Archivo de la Categoría “Búsqueda de trabajo”


Así es. Vengo de cenar en Brick Lane con unos amigos virtuales (y virtuosos, que ni fuman ni beben) que han pasado a ser reales (si es que me son muy riquiños, ya digo) conocidos en la blogosfera tonicapertuttil como Familia PiliB. Los he guiado con paso firme y muy preciso por la zona de Spitalfields y Bricklane, a pesar de los esfuerzos del AGENTE (marido de PiliB) por confundirme y llevarme en sentido contrario. La prima de Mister Bean (o sea, yo) no ganó su parentesco en una tómbola, así que de no ser por sus ‘esfuerzos’ hubiéramos acabado en un sendero bifurcado tipo planta trepadora de la Biblioteca de Babel, que viene quedando por Russel Square, sede de la biblioteca de Senate House, sede del Ministerio de la Verdad en la novela 1984 de George Orwell (aquí, link en inglés, este otro también en inglés pero con foto) y sede de la censura inglesa en la época de la guerra. O algo así, que con tanta subordinada y tanto juego de palabras me lío (¿he dicho ya que soy la prima de Míster Bean?).

En fin, no sé yo si les ha gustado mucho la comida india (que para los españoles suele ser un gusto adquirido, como dicen aquí, es decir, como el anuncio de tónica de toda la vida, que hay que cogerle el tranquillo) por más que haya evitado los platos más picantes, pero al menos han conocido de primera mano (de primer paladar) la cocina favorita de los ingleses y nos hemos puesto al día de la actualidad británica con el caso Madeleine.

Como sabréis, la madre está siendo interrogada a fondo porque hay ciertas sospechas sobre ella. Había división de opiniones, EL AGENTE, fiel a su nombre, sospechaba desde el principio de la pareja; a mí me parecían un poco repelentes, pero mi naturaleza ‘bienpensante’ y mi lógica de telefilme daba a la madre por inocente, porque salía muy compungida hablando de su hija en presente, “Madeleine es” y no “Madeleine era” y todos sabemos que los asesinos de las pelis siempre se delatan por hablar de sus víctimas en pasado; aunque bien visto si todos lo sabemos, también lo sabe la tipa esta que es médico.

Por su parte, Pilib –que se ve que tiene un fondo multicultural y un lado tierno también ella- me preguntaba si en Inglaterra es habitual dejar a los niños solos por la noche. Sinceramente, no lo sé pero he contado la situación que relata Enric González en Historias de Londres (libro muy recomendable; tiene otro sobre Nueva York que me han dicho que también es muy bueno), de una vecina que tenía por costumbre dejar a su bebé solo a la intemperie en su carrito un rato cada noche para que se curtiera (algunos dicen que gracias a esta costumbre los británicos se vuelven isotermos y que por eso van con tirantes, minafalda y sandalias con 5 grados). El adolescente de la familia PiliB no se pronunció sobre el caso, con lo cual algunas fuentes sospechan que puede ser un AGENTE doble (de tal palo y demás…) y otras fuentes consideran que simplemente andaba centrado en los papadum (tortas finas que se parten y se toman con salsas diversas), las nan (esas masas de pan esponjosas y tirando a dulces) y la rica pechuga de pato con exquisita crema de coco (eso decía la carta) o los rojizos King prawn etc etc.

Lo que no le conté a PiliB porque lo acabo de recordar es que Reino Unido tiene un porcentaje escalofriante de muerte infantil y que el de maltrato a menores también es muy alto. Y ahora se me ocurre que tanto el aumento de la violencia entre adolescentes como la ’siniestralidad’ infantil tienen que ver con un concepto muy laxo de la familia (todas las españolas con hijos que me encuentro en Reino Unido comentan que para criar niños es mucho mejor España) y con el respeto casi obsesivo por la privacidad de los miembros de tu familia: no es sólo que eso favorezca el maltrato, sino que dificulta que otros familiares se enteren de ese maltrato y que en el caso de que se enteren consideren que deben intervenir. Los británicos en lo personal y lo familiar nos son muy de “laisser faire laisser passer”, o sea “deja que rule y no preguntes”.

Eso explica la presencia de determinadas sustancias en determinados sitios, además y varias industrias florecientes de ética dudosa. También hablamos de la (in)seguridad de las transacciones económicas por Internet, de la locura de que en este país no haya DNI pero sí cámaras por todas partes, de lo agradable que es que la gente de la Pérfida no se comunique a gritos como en España y de lo poco agradable que es que no te miren a la cara cuando hablan o que se aparten de ti como si estuvieras infectado por su alergia al contacto físico. Mañana la familia PiliB se va a Stonehenge temprano. Ya nos contarán qué tal.

Por mi parte, sí me ha gustado la comida india y me lo he pasado muy bien con estos nuevos amigos. De hecho me han sacado de un cierto empanamiento en el que estaba cayendo, fruto del cansancio acumulado.

(Desde el corazón de Brick Lane, con su curry flotando en el aire y sus pastelerías con bollos de colores ´radioactivos´ y sus tiendas con saris y DVD de Bollywood, PiliB y yo prendimos una vela imaginaria por la causa de cierta ave gallega expatriada. Con viento propicio los efluvios no tardarán en llegarle; con viento menos favorable seguro que llegan antes del lunes).

Más información sobre el caso de Madeleine McCann, en español, aquí y sobre las reacciones en Reino Unido aquí.

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La búsqueda de trabajo resultó un poco frustrante, a pesar de unas pequeñas incursiones en el sector de la restauración local y una opción en Borders que no se materializó finalmente. Pero por otra parte fue una enseñanza importante y creo que a partir de entonces empecé a escribir con más regularidad el blog, cosa que no es exactamente lo mismo que escribir ficción, pero se parece y supone una gimnasia estupenda para cuando uno se ponga a “crear”. El trabajo que me ha tenido tanto tiempo bajo su yugo, más conocido como carapantallismo, llegó casi in extremis y cayó como maná. Antes de ello me tuvieron que echar un cable mis padres, porque por más que uno recorte gastos, una ciudad como Londres vampiriza tus recursos a un ritmo del equivalente a 700 euros de alquiler mensuales (habitacion grande, casa mona, ADSL y facturas en general incluidas, cocina amplia compartida, baño compartido con tres personas más; aunque una no está casi nunca…), más la matrícula del master (más de 1500 libras por año… da miedo pensarlo; y eso que me aplican precio de alumno inglés por ser de la Unión Europea), más la alimentación, el transporte (3 libras el billete sencillo de metro, unas 750 ptas; o casi 6 libras el One day travel card zones 1 to 4, que es el mío, o sea 9 euros para moverte por la ciudad durante un día), la ropa, periódicos, o el ocio que te quieras o puedas procurar. Pues nada, ya tenía curro, ya había empezado el segundo año del master. Parecía que la cosa iba bien. Pero claro, ser part time significa que estás colgado siempre entre dos promociones: no te acabas de integrar ni en la primera ni en la segunda, ni a nivel social ni a nivel académico. El segundo año no tienes fresco lo que viste el primero, por más que las asignaturas estén pensadas para complementarse y por más que intentes releer los apuntes o hacer memoria. Efectivamente el segundo año entendía mucho mejor lo que se decía en clase, conocía el funcionamiento, conocía a parte de los profesores y a una de mis compañeras del año anterior, pero en la clase A se seguía hablando de la clase B, en la que yo no había estado, habia estado en una muy parecida el año pasado, pero a saber donde estaba esa clase almacenada. Según avanzaba el tiempo el proyecto carapantallil tomaba forma y se iban concretando las fechas. Era un maxiproyecto, relacionado con el inglés y con la enseñanza, terrenos que me interesan, pero suponía mucho esfuerzo, mucha capacidad intelectual y organizativa y ser lo que aquí llaman “a self starter” una persona autoimpulsada, vamos. La parte técnica en sí también era problemática, porque había que manejar un programa complicado y poco estable y porque la nomenclatura o codificación en principio resultaba liosa. Estaba bien pagado y suponía un paso adelante en mi currículum. Un señor paso, en realidad. Era un trapo rojo y el toro ya le había cogido cariño. Así que allá me fui, derechita, sin saber exactamente cuántas horas de trabajo suponía cada entrega o cuantas fases acabaría teniendo. En noviembre empecé a perfilar aquello y en diciembre ya estaba en pleno agobio. Se me fastidiaron las navidades…
Continuará

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La cuestión curiosa fue que estos meses de búsqueda de trabajo estaban siendo bastante infructuosos hasta que una tarde tropecé con el cartel de “Se necesita personal” en Pizza Pianeta. Fue como si entrando en aquel lugar rompiera el velo que me había separado del mundo laboral inglés hasta entonces, como un insecto que recibe el impulso necesario para romper la tensión superficial del agua y sumergirse en ella. Pero en este caso, es como si el insecto hubiera tenido la posibilidad de hacerlo pero en el fondo no se lo hubiera creído o no lo hubiera intentado del todo. La mosca Elsinora no batía las alas a plena potencia. El caso es que una vez me interesé por lo de las pizzas empecé a recibir respuestas favorables de posibles trabajos. De un colegio de Notting Hill donde necesitaban una hablante nativa de español (el anuncio lo vi en Gumtree), de una madre cuya hija aprendía español y estaba interesada en mis clases particulares (puse un cartel en mi facultad, esta era la 5 ó 6 tanda y sólo entonces alguien empezó a llamar) y también de una cadena de librerías llamada Borders (mandé CV tras ver vacante en su website; comento las circunstancias por si sirve de ayuda).
La de Borders precisamente fue mi primera entrevista de trabajo en Inglaterra. Digo la primera entrevista porque las conversaciones y contactos con la gente de Pizza Pianeta aunque funcionalmente se parezcan mucho a una entrevista no los considero tales. En fin, el caso es que me presenté en Kingston (un distrito de Londres que es un pueblo fundado en el siglo XV, cerca de Wimbledon) para mi entrevista. Era un día de mucho calor, pero yo llevaba mi chaqueta de ejecutiva, mi camisa de manga larga y mis zapatos de ante, los únicos que tengo de vestir. Estos meses de buscar trabajo y leer consejos sobre entrevistas y demás me habían hecho tener claro que la presencia era muy importante, así que yo cumplía los requisitos, pero estaba asada. El caso es que la entrevista fue muy bien. Contesté lo que se esperaba de mí y sólo le hice repetir al Manager una pregunta (lo cierto es el tipo vocalizaba muy poco y hablaba muy bajo). Mi acento no era perfecto. Pero yo contestaba rápido, el tipo me entendía y la conversación era fluida. Como la vida es como es, este trabajo era de 30 horas, en un lugar a hora y pico de mi casa, contrato temporal hasta Navidad y teniendo que rotar turnos. No pregunté cuántas libras la hora, pero será en torno a las 5 ó 6, así que en realidad podemos decir que la buena noticia es más bien que me llamaran y que me manejara bien en la entrevista, aunque la vacante concretamente no me conviene demasiado (tres horas de trayecto diario, correturnos, y largas jornadas difíciles de compatibilizar con el Master). El ambiente me gustó, la gente era muy agradable. El cuarto común estaba forrado de fotos de los empleados en fiestas, sonriendo en bares y demás. Lo comparaba mentalmente con las mochilas tiradas en el suelo de Pianeta o con las cosas colgadas de clavos de la pared y no había color. Lo que pasa que una cosa está a 20 minutos de mi casa y otra a hora y media. En fin, veremos qué pasa. Me dicen algo el miércoles.

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En Gumtree precisamente vi un anuncio para hacer de personaje femenino de las novelas de Sherlock Holmes en el museo del mismo nombre. Me apresuré a mandar lo que pedían y a escribir una covering letter imaginativa, dinámica y entusiasta que era lo que ellos sugerían que hicieras, una foto y demás (en UK rara vez te piden foto, para evitar demandas por discriminación y tampoco es costumbre que el CV recoja tu edad, por lo mismo). Tu misión sería conducir a un grupo de visitantes por ciertas salas y hablarles de algunos aspectos. No contestaron. Hay varias teorías para esta falta de respuesta: algunos amigos que viven en España consideran que es porque no soy nativa (mi inglés no es lo bastante bueno; sería cantoso un personaje de Sherlock Holmes con acento cheli, dicen); los amigos españoles que viven en UK consideran más bien que seguramente contratarían a una actriz con experiencia en algo semejante: era un trabajo por horas y alguien de arte dramático lo haría mejor que un escritor. En Londres hay un montón de gente no inglesa y muchos de ellos trabajan en puestos de cara al público en museos y demás: aquí en teoría que tu inglés no sea perfecto no es un “issue” (un problema). Esta cuestión de que fuera tan esquivo un mero trabajo de figurante/guía intensificó un malestar y una conclusión que todo el proceso de búsqueda de trabajo había generado. Por un lado, que toda tu experiencia laboral y tu conocimiento del medio en tu país parecía haberse esfumado: mis diez años de curros diversos en España y mi licenciatura y mi Master en Edición parecían no valer de mucho. Y por otro, me di cuenta de lo difícil que lo tienen los extranjeros en España: una vez abandonas tu país te conviertes en alguien sospechoso de ser un inútil hasta que se demuestre lo contrario. Sensación que en algunos anuncios se verbaliza: imprescindible experiencia laboral en un puesto semejante en UK.

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Las empresas que buscan empleados en UK siempre dicen ser muy dinámicas, te proporcionan una oportunidad única para aprender y progresar en un entorno estimulante, son receptivas a tus aportaciones personales, te permiten intervenir activamente en el progreso de la sociedad y con frecuencia los salarios son negociables en función de la experiencia y del rendimiento. (En España la tendencia va también hacia ese lado, pero aún determinadas cosas se ven como exageradas, absurdas o ridículas, tanto desde el punto de vista del que emplea como del empleado. Ni uno ni otro se venden tanto, por ejemplo, y los puestos son más rígidos). Esta visión de los trabajos como la panacea contemporánea es particularmente visible en los anuncios de The Guardian: la tipografía, el diseño y la redacción de los anuncios son especialmente buenos y audaces, sobre todo en los sectores de Comunicación y Tecnologías de la Información. El cliente del anuncio es el candidato y las empresas se quieren vender bien, no tanto al mayor número de candidatos sino a los mejores. No reparan en gastos. Si uno tuviera tendencia a ser carne de secta pensaría haber encontrado su billete para el paraíso al ver que hay vacantes en una maravillosa multinacional que aparentemente fabrica productos de celulosa pero cuya misión en realidad consiste en “enjugar las lágrimas de los que sufren, pero también las lágrimas de alegría. Te acompañamos desde la cuna, con los pañales, en tu día a día con el papel higiénico y en la pubertad si eres mujer con tal y pascual”. Pero hay una contrapartida… (Continuará)

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La segunda tanda fue más humilde: recepcionista con idiomas. Pensaba que alguien con experiencia en trabajos face to face y en entornos internacionales y que habla tres idiomas lo tendría fácil para conseguir trabajo en un hotel. No fue así: muchos de los anuncios pedían alguien con al menos un año de experiencia en el sector y dominio de programas informáticos ocultos en misteriosas siglas. O a lo mejor sencillamente la oferta se estaba haciendo esperar: en Londres hay bastante trabajo pero también bastantes candidatos, así que a veces es cuestión de paciencia y suerte (pero el ritmo de caída libre de los ahorros no incrementa tu paciencia precisamente). Intenté también la opción secretaria con español. Había concretamente un puesto para el que me consideraba muy cualificada: una empresa internacional especializada en temas de farmacia y salud en el ámbito europeo, que necesitaba un PA (Personal Assistant) con español. Mis largos años de botica y mi experiencia en entornos laborales internacionales tendrían que servirme para aquello. Me contestaron que estudiarían mi perfil, pero creo que están agotando convocatorias y que al final los tendré que suspender ;-)

El sector administrativo, secretariado y tal pide con mucha frecuencia dominar ciertos programas, muchas palabras por minuto (lo miden en palabras y no en pulsaciones), inglés perfecto, very good telephone manners, ser muy organizado, trabajar bien bajo presión y una serie de capacidades rimbombantes que probablemente ningún empleado contratado para el mismo puesto tenga o sea consciente de tener (probablemente pedirían más pasta, de saber lo maravillosos que son). Lo cierto es que tras varios meses de búsqueda de trabajo aquí tengo una idea bastante clara del sector laboral y de los negocios en Londres. Es muy curioso cómo también esto es cultural: En UK los empleadores se venden en sus anuncios. Sus empresas siempre son muy… (Continuará)

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Es curioso cómo la vida nos revuelve las expectativas y los planes. Desde mayo he estado buscando trabajo en las cosas más variopintas: empecé con el listón alto. Mandé CV y cover letters (cartas de presentación) a diversas ofertas para revistas científicas, universitarias, una editorial infantil que necesitaba alguien que hablara español para asistente del Departamento de Ventas, una editorial de guías de viaje y una glossy revista mensual y local llamada “Living South”, de un papel cuché muy bueno y a cuatro colores (vamos, que de presupuesto iban bien). A los de la revista les mandé una propuesta de reportaje, con fotos y una carta bastante dinámica y bien pensada, creo, llena de sugerencias enfocadas a su público objetivo y plenty of humour. La directora me contestó un par de días después agradeciendo muy polite que hubiera compartido mi interesante trabajo con ellos, pero declarando con desolación que no estaban recibiendo colaboraciones so far. Sabía que mi apuesta por el mundo de las revistas y las editoriales era arriesgada, porque suponía trabajar básicamente con mi inglés, una herramienta que no rinde al 100% (probablemente nunca lo haga ni siquiera al 80%), pero en aquel momento en el que mis ahorros aún gozaban de buena salud quería intentarlo al menos. La segunda tanda… (Continuará)

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Mi paso por Pizza Pianeta se puede leer como una experiencia lingüística, con su parte de diálogo, de monólogo, incluso de Torre de Babel.

-¿Estás casada?- preguntaban aquellos afganos e iraníes cada dos minutos. Yo entendía ¿quién eres?, ¿a quién te pareces? ¿en qué categoría te puedo meter? O simplemente “sé cómo te llamas y de dónde eres. Lo siguiente que se me ocurre es si estás casada”. Y contestaba simplemente “no”, es decir, lo que a mí me parecía la verdad. Su insistencia en la pregunta y el hecho de que para hacerla tuvieran que pelearse con su escaso inglés me llevó pensar en un doble sentido. Cierto: mucho Master de Literatura Comparada y mucha ponencia sobre multiculturalismo pero como no me pongan un cartel no lo capto: “Mujer casada” en el código de Shalim o Ahmed no significa lo mismo que en el mío “alguien que vive en pareja y ha decidido casarse”, sino una mujer controlada y protegida por un hombre y gracias a eso respetable. Cada vez que yo decía “no estoy casada” ellos entendían “estoy sola, disponible y a merced de cualquier cosa”. Los que llevan años viviendo en Occidente como Ashkom contemplaban la conversación desde un punto equidistante: comprendían la dirección del discurso de unos y otra. A mí me costó captarlo y puede resultar extraño, porque no hace tantos años que en España la situación era parecida: pero en las últimas décadas las costumbres han cambiado mucho, sobre todo en las ciudades. La memoria social de la urbe es corta.

Si además de contestar que no estás casada cometes el tremendo error de ser cordial –en tus propios términos- con estos afganos o iraníes, estarás cavando tu propia tumba: el trato entre chico y chica que en España se considera simplemente de amabilidad y buen compañerismo en este contexto se interpreta como luz verde. Te lloverán los “qué guapa estás hoy” como si te hubieran visto alguna otra vez o tu jefe te propondrá que vayas con él a Hyde Park en su mañana libre (tu jefe tiene bastante morro, porque tras diez en años viviendo en Inglaterra sabe que las occidentales tenemos un código distinto; pero dirá que más vale intentarlo por si acaso). Declinas amable pero firmemente y te propones reencauzar el asunto en días sucesivos. Cuando quieras recoger velas ni se te ocurra intentar que te dejen en paz diciendo que estás cansada: en seguida se presentará algún voluntario para hacerte un masaje.
(Continuará)

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El buzoneo no sólo es un deporte de riesgo, sino que, además, cuando encuentra temperamentos proclives acentúa las dotes de observación y análisis del sujeto. Un par de días más en esto y haré una comparativa sobre los jardines más comunes en South East London, con un apartado especial sobre la enorme proporción de estos en la que los árboles, arbustos y plantas crecen libremente en medio del camino hacia la puerta obligando a los visitantes y a los inquilinos a realizar movimientos de contorsionista para poder llegar hasta ella (¡maldito jardí­n inglés! ¡Donde esté un cartesiano seto francés bien recortado que no molesta nada, nada! O un jardín español vulgaris: rama que crece fuera de sitio, se corta y punto). O si no, sobre la media de escalones de las entradas, porcentaje que no se consideraría apto para minusválidos ni para carteros comerciales, nada “postman friendly”, la verdad. (¿Dónde están los médicos del trabajo del Royal Mail? ¿A qué se dedican? ¿Por qué nadie investiga los problemas de menisco de los carteros y su relación con el urbanismo londinense?). O una nueva forma de enfocar las construcciones victorianas y georgianas, llamando a las cosas por su nombre: es desesperante cuando te encuentras que toda la manzana está formada por casas cuya entrada tiene ocho o diez empinadísimos escalones de altura desigual y cimentación dudosa: te chupas los ocho o diez cada vez, arriba y abajo y luego otros ocho o diez arriba y abajo, sorteando los cascotes y tratando de no doblarte el tobillo como consecuencia de la distinta altura ¡Quién pillara un bloque! O una pasarela entre casas para ahorrarte las escaleras cada vez. Pero claro, los inquilinos de la “terrace”, con sus casas tan iguales, quieren preservar su escasa individualidad a toda costa, así­ que se aseguran de que la valla entre las casas idénticas sea infranqueable y hete aquí que el cartero comercial -afgano, iraní, chino o española como en este caso- paga las consecuencias de semejante ego. Supongo que nuestras tonificadas piernas lo agradecerán algún dí­a. De momento sólo duelen.

Las dos viejas molestas se limitaron a rechazar amablemente los folletos y yo muy amablemente me fui. De momento no ha habido que avisar a la embajada, ya que no habí­a amigos de las petunias por la zona.

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Estábamos con la escena “cartero comercial versus perro rabioso”. Imaginad: una puerta con su ranura horizontal a media altura. La parte de arriba es de cristal esmerilado, lo que garantiza en un 90% que va a haber una cortina, probablemente con puntillitas, puntillitas que se enredan con el folleto, la carta de amor o del juzgado, o lo que se quiera introducir por semejante orificio. No hace falta que tenga puntillas: la cortina más lisa del mundo también se resistiría al paso de tu folleto, o de tu soneto, por pura física: es una pared vertical que opone resistencia, si bien afortunadamente es un cuerpo elástico. Pero antes de luchar con la cortina tienes que luchar con la famosa pinza. En este caso, además, hay una especie de grapa sobresaliendo del marco metálico del buzón, que tú no ves hasta que es demasiado tarde. Te clavas la grapa, porque no hay forma humana de presionar la pinza sin meter la mano hasta dentro. Metes el folleto, te clavas la grapa, observas con alivio que no está oxidada y justo en ese instante suena un ladrido como a medio centí­metro de ti, vibra la cortina con sus puntillitas, vibra el marco de metal, vibras tú como si fueras una campana y te imaginas que estás siendo mordida por el dichoso perro sólo porque todo ha sido casi simultáneo: el folleto, la cortina, la grapa, y el perro. Qué digo perro, la fiera salvaje que sigue ladrando salvajemente aunque tú ya hayas doblado la esquina.

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Volvamos a la metodologí­a. Estábamos con los buzones verticales no anunciados. Y decí­a que yo me preparo un par de folletos doblados en previsión de las “letterbox” que se puedan presentar en este formato. Aquí hay que señalar algo importante: si eres diestro, el taco lo debes sostener con la izquierda, para dejarte la derecha libre para lidiar con la pinza del buzón, que esa es otra: muchos buzones tienen una pinza interna o un tope metálico que tienes que presionar para meter el folleto. Como el proceso se va a repetir mucho hay que buscar la máxima eficacia y rapidez: o sea tener libre la derecha para luchar contra los elementos. Si el repartidor es pelí­n maniático como una servidora y especialmente si reparte de modo ocasional, intentará doblar el folleto con la portada hacia fuera (como mandan los cánones de la prensa escrita) consciente de que de poco servirí­a que el diseño de portada sea bueno si el folleto doblado muestra la mitad de la parte de atrás. Y si además de esto, al buzoneador le falta un tornillo o frecuenta los mundos de Tarta de Fresa o de dibujos animados de ese tipo, se preguntará por qué tarda más que su compañero en repartir los folletos y me temo que servidora vuelve a estar incluida en este supuesto ;-))), por más que haya comprobado que su compañero no se molesta en asegurarse de que los folletos atraviesan el buzón, a pesar de haber sido instruí­do sobre que debe hacerlo para evitar que cuando llegue la competencia saque tu folleto medio metido, lo tire a la calle y meta el suyo. Esto es una selva, por más campestre que sea el entorno. Hasta la fecha, sin embargo, no he tirado nunca al suelo folleto alguno que colgara del buzón para meter los míos: tan empinadas son las escaleras para mí como para los repartidores de la competencia. Supongo que si les viera hacerlo a ellos mi actitud cambiarí­a.

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El primer día estuve tentada a no hacer ni caso y meter mi folleto, pero pensé que dada la tendencia de los ingleses a reclamar y dado lo visible del teléfono en el folleto, la probabilidad de que un inglés airado llamara a Pizza Pianeta para quejarse era alta: “¿Cómo se atreve él o ella? ¿Ella o él no sabe leer? ¿No vio el cartel? ¡¡Es completamente inadmisible!! Pertenezco al club de amigos de las petunias y le advierto que como ustedes no declinen su insultante actitud respecto a los así llamados ‘folletos’ –le ha temblado un poco la voz al decir “leaflets”, su alma puritana se ha estremecido un poco al concebir semejante aberración de la sociedad moderna, buscar el beneficio a costa de los derechos individuales, esquilmar los árboles de la Amazonia, el agujero de la capa de ozono, la acidez que produce el tomate de las pizzas en estómagos sensibles por no mencionar el repugnante ajo, estos italianos no saben cocinar sin ajo y demás- haré saber a todos los socios lo que ustedes están haciendo en Pizza Pianeta. Por otra parte, le advierto que el número de socios amigos de las petunias asciende a una cifra nada despreciable y que algunos ocupan un puesto elevado en la sociedad. Una vez dicho esto, gracias por escuchar mi reclamación. Ha sido usted muy amable. Que tenga un buen día”. Y que pronto se sabría a quién correspondía esa zona y me echarían la bronca (asesina de las petunias, “how did you dare? How could you possibly have done such a terrible crime!”) porque claro, al que cogió el teléfono su inglés apenas le daría para entender que alguien había echado folletos donde no debía y que la señora en cuestión parecía enfadada. Además del riesgo de la amonestación me movía un ápice de ética profesional o de pura empatía: entiendo que la publicidad satura y que la gente está en su derecho de que no le den la plasta con el tema.
En España la cosa hubiera sido distinta. Nosotros nos cabreamos pero no solemos protestar formalmente: nos gusta más despotricar en caliente frente al compañero de cola del ambulatorio o del Cajamadrid abarrotado, que ni tiene culpa de nada el pobre ni puede hacer nada por ayudarnos, antes que tomarnos la molestia de llamar por teléfono al departamento correspondiente o escribir una carta. Pero a los ingleses les gusta reclamar formalmente. No sé si es por su larga tradición parlamentaria o porque evitan los enfrentamientos directos o porque creen firmemente en la palabra escrita. Sea como fuere, viendo la profusión de carteles prohibiendo la publicidad (algunos de ellos apenas legibles al estar la tinta borrada por el sol) no dejaba de preguntarme qué pensaría Shalim de tanta nota, él que apenas entiende el nombre de las calles. Shalim es un compañero afgano que reparte más rápido que yo sólo porque es un desaprensivo que no introduce los folletos hasta dentro, dejándolos a merced de la malvada competencia. Desaprensivo pero buena gente: como terminó antes que yo e íbamos repartiendo a la par (yo los pares y él los impares, por ejemplo) cogió parte de mis últimos folletos, tres o cuatro y los repartió él. A su poco escrupuloso modo, eso sí. En realidad su compañerismo no era tal sino un paso más dentro de su estrategia de conquista: Shalim es el mayor abonado al “¿Estás casada?”, y también es el que se ofreció a darme un masaje y el que me compró una Fanta Twist en medio del reparto. Es bajito, tiene 25 años y habla muy poco inglés. Pero aún así se considera mi media naranja.
(Continuará)

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Lo de repartir folletos, visto con cierta perspectiva, es como si te pagaran por ir al gimnasio. Sudas, haces ejercicio, corres, acabarás con agujetas, pero te dan dinero por ello en lugar de cobrártelo. No mucho, cierto es: tres veces menos que las clases particulares de español, por ejemplo. Y conoces gente. Al menos a mí en mis dos salidas se me han acercado dos señoras ancianas a preguntarme de qué eran los folletos. Se lo he explicado y se han ido muy contentas con su papelito (y yo me he quedado muy contenta pensando lo polite que soy cuando me pongo y el buen inglés que hablo, del mismo Cambridge). Se ve que unas y otra somos fáciles de contentar. Ayuda el hecho de que me consta que las pizzas son buenas: además de comerlas las he visto hacer. Ahora que lo pienso, me he hecho amiga de dos viejas en cada reparto y enemiga de otro par. Y hay que añadir a la lista de enemigos a algún perro rabioso agazapado al otro lado de la puerta esperando una mínima vibración en el buzón para saltar. Grrrr. Menudo susto te pegan. Pero para que se entienda hay que explicar que la mayor parte de los buzones de UK no son buzones propiamente sino ranuras en la puerta. La mayor parte están a media altura pero también los hay bajos, casi a ras de suelo. Los bajos son muy incómodos: te obligan a agacharte, con mochila y todo y sientes cómo los folletos se revuelven en tu espalda al mismo tiempo que tus vértebras pero en una secuencia distinta. Los buzones son horizontales en su mayoría pero también hay alguno vertical. Los verticales complican el proceso porque normalmente son más estrechos y no cabe el folleto entero, así que lo tienes que doblar. Y como ir doblando sobre la marcha supondría perder mucho tiempo, yo doblo por anticipado un par de ellos y los pongo al final del taco, en previsión de lo que venga. No hay nada que indique si… (Continuará).

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Aquel día tocaba la misteriosa cosa llamada ‘leaflets’. Yo no tenía demasiada gana de dedicarme a aquello, y además eso de “haz el training”, “no lo hagas”, “reparte folletos”, “ven mañana” o “vuelve pasado” era molesto y señal de que algo no iba bien. Pero entendí que era una especie de paso previo que los aspirantes a cualquier puesto en Pizza Pianeta tenían que recorrer. O sea que el verdadero training no era el training, sino los folletos. Pero los folletos los pagaban, por no mencionar el punto literario que encerraba la cosa.

El equipo de carteros comerciales se suelen juntar en la zona de la cocina. En una de las paredes hay un inmenso plano del sureste de Londres, sobre el que se han resaltado en diversos colores fosforescentes diferentes itinerarios que parten de la pizzería. Te dan medio kilo de folletos, que pesan sobre la propia mesa con una balanza con libras y gramos, una mochila, y una zona que debes cubrir en unas dos o tres horas, ida y vuelta. Te proporcionan una fotocopia más o menos destrozada de tu zona correspondiente o si el recorrido es sencillo simplemente te lo explican. A veces lo harás andando y a veces recurriendo al bus, pero el billete en este caso corre de tu cuenta. Te pagan 15 libras (algo más de 22 euros) por la distribución de un total de 400, que son los que al parecer caben en medio kilo. Te dicen que tardarás dos o tres horas, pero sospecho que los itinerarios y el volumen de folletos están pensados para tres horas o más. Existen pequeños trucos para acabar antes, que por supuesto nadie te explica. Es un trabajo realmente duro porque tienes que caminar muy deprisa, subir y bajar escaleras y además la horizontalidad del urbanismo de Londres no ayuda (mucha casa baja, mucho jardín y mucho parque: pocos buzones por metro cuadrado). Si no te das prisa, podrías tardar el doble y entonces no sería rentable en absoluto.
Cuando hay campaña, se buzonea cuatro días por semana, diversificando zonas. Yo hubiera agradecido mucho que me informaran de que sólo se reparte cuatro días y qué días son. Me habría ahorrado unos cuantos viajes en balde. Pero se ve que era información privilegiada al alcance de pocos, por pura desorganización más que otra cosa.
El método está medianamente bien concebido: se anota sobre el mapa grande la fecha última en que se hizo y se hacen repeticiones según una pauta temporal determinada. Lo que ocurre es que como el dueño se escaquea con frecuencia, a veces decide el itinerario el afgano o el iraní “de confianza”, persona que no sabe nada sobre campañas de publicidad, poco sobre el callejero de Londres y muy poco inglés. En mi casa había visto folletos de Pizza Pianeta, pero es lógico porque vivo a 20 minutos andando.
Continuará en El buzoneo ¿es medicina o es golosina?

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Al final, había vencido la voluntad y ahora estaba subiendo la cuesta que le llevaba a la pizzería.
Cuando entró en el local, el tipo del día anterior no estaba a la vista. En la barra había un nuevo personaje –todo aquello resultaba bastante cinematográfico-, un árabe ancho con camisa fantasía que le preguntó “How can I help?”, confundiéndola con una cliente. Le contó la historia, vengo a ver a tu jefe y demás. Dijo lo del jefe porque no era capaz de recordar aquel nombre que no se parecía a nada que hubiera oído antes y porque el tipo del día anterior actuaba como si fuera el jefe. El de la camisa fantasía pareció entenderla más o menos. Al rato salió el supuesto jefe. Habló en un idioma sin identificar, sobre ella, al árabe de la camisa fantasía, que debía rondar los treinta años. Dedujo que hablaban de ella porque de vez en cuando sonaba su nombre y porque la miraban. Después el joven le preguntó que qué tal su inglés. Ella dijo que bien (pensaba: mejor que el vuestro) y él le pidió que volviera el día siguiente por la mañana porque el viernes por la tarde era un momento de mucho follón y por tanto poco propicio para el training. Así que el de la camisa fantasía y las gafas de pasta negra tenía más sentido común que el supuesto jefe. Pero la orden había sido que volviera al día siguiente para una actividad misteriosa llamada “hacer los folletos”. Vale, entendía lo que significaba “do leaflets” y de hecho ella sabía algo de diseño gráfico y maquetación. ¿Pero cómo sabían ellos que ella sabía? Su cara debía mostrar cierto desconcierto porque el de la camisa fantasía cogió un folleto y lo agitó bajo su nariz. Ella pensó, vale, sé lo que es un leaflet y éste precisamente está bastante bien diseñado, el verde tranquilizador del fondo y el contraste de la figura roja del chile en la planta, dando a entender que es comida elaborada con ingredientes naturales y la tipografía redonda del nombre Pizza Pianeta, con rasgos tan curvos como una pizza. Los tipos elegidos son llamativos y elegantes al mismo tiempo. Hay coherencia y buen diseño, vale, pero ¿qué quieren estos que haga con este folleto? El folleto ya está hecho. Evidentemente, lo que querían era que repartiera los folletos y así lo hizo al día siguiente. Pero eso ya es otra historia.

Portada de los folletos de Pizza Pianeta.
(¡Gracias, David, por tu consejo)

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Durante el lapso entre el primer contacto con la pizzería y la cita de las seis al día siguiente su pequeño mundo se había revuelto bastante. No sólo por lo cutre del lugar y de las condiciones de contratación, sino porque llevaba casi un año sin trabajar propiamente, salvo breves intervalos en Madrid. En todo caso, acudir aquella tarde de viernes al Pizza Pianeta no era sólo vencer su resistencia a un mundo extraño y no especialmente “friendly”, sino trabajar por primera vez en un país extranjero. Y además estaba el asunto del teléfono. Para todo no nativo, el teléfono en un país de otra lengua es un elemento especialmente cargado de retos, en términos anglosajones. Porque es una puerta a cualquiera sabe qué tipo de llamada hecha por quién sabe quién y porque exige una respuesta en directo. Porque a veces uno no oye bien, o no entiende bien o no se hace entender. Pero en realidad su inglés era mejor que el del supuesto jefe y de quienes había visto pululando por allí y además si podía seguir bien un seminario de dos horas sobre Ficción Postmoderna también podía seguir bien llamadas de tres minutos encargando pizzas. Así que a lo mejor no era tanto un problema de inseguridad sino de pereza. Y dada la caída libre de sus ahorros no se podía permitir ser perezosa.

Estas y semejantes reflexiones se había estado haciendo en esas veinticuatro horas. Al final, había vencido…
Continuará

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Se puso su mejor peor ropa. Le pareció que su futuro papel de persona que coge el teléfono en una pizzería le exigía esforzarse en vestir ropa ‘casual’. En días sucesivos se daría cuenta de que no valía cualquier camiseta ni cualquier vaquero: aquellos compañeros de trabajo le preguntaban el significado de los dibujos de la camiseta y por si fuera poco, mientras estaba en la zona del horno y frente a los teléfonos sentía cómo desde atrás los que estaban en la rebotica ‘escaneaban’ sus vaqueros. Tendría que tener cuidado, porque estos se motivaban con poco. Y tampoco se trataba de ofender su posible religiosidad con camisetas sobre demonios.

Dos días atrás había visto un cartel en el escaparate de una pizzería pequeña, de un barrio muy cercano al suyo, justo al lado del Sainsburys. Se paró a anotar el teléfono con parsimonia (no decía “Apply within” -Razón aquí-, únicamente proporcionaba un móvil) y al rato salió un hombre delgado, de cuarenta y pocos y raza árabe. Aparentemente para fumar. Pero mientras ella se demoraba en escribir el teléfono, él se demoraba en el cigarrillo. Se miraban de reojo, se estudiaban. Parecían ellos mismos personajes de la película El Padrino I “The Godfather”, salidos del póster que presidía el comedor al otro lado del escaparate. Al final fue ella quien rompió el duelo de observaciones. Le preguntó a qué se refería el “Staff” del anuncio. “Necesitamos a alguien para que coja los encargos por teléfono y los meta en el ordenador”. Las sucesivas preguntas de ella arrancaron también “Serían entre 12 y 19 horas semanales”. Y “Pagamos 4 libras la hora (¡menos del mínimo interprofesional!). Aquella no era precisamente una oferta que ella no pudiera rechazar, pero en fin no adelantemos acontecimientos. “Pero si luego funcionas bien lo iremos subiendo”.

-Pero entra, entra, dijo él mientras tiraba el cigarro.

La parte del público estaba limpia y brillante, alicatada de madera clara. Había un mostrador y tras él un horno de leña y dos mesas grandes de acero inoxidable.
Un joven de grandes ojos negros y largas pestañas añadía ingredientes a la masa de pizza sobre la mesa más próxima al horno.

-Tendrás que practicar con el ordenador. El programa es sencillo, pero hay que habituarse a él. Necesitarás hacer un training de dos o tres días.

Tenía un fuerte acento mediterráneo, pero hablaba con fluidez.

Había tres ordenadores de pantalla plana. Uno, apagado. Tenían pantalla táctil y estaban forrados de plástico transparente sobre el cual se habían depositado partículas de harina. El plástico estaba roto en algunas partes, lo cual convertía aquella pantalla táctil en cualquier cosa menos fiable.
Entre los ordenadores, dos teléfonos.

Pasaron a la rebotica, que contenía la cocina y el almacén, todo bastante industrial y bastante sucio.
El tipo se dirigió hacia una sartén de mango largo que tenía en el fuego, con algo que parecía carne picada con tomate, y la removió enérgicamente. Se oyó un pequeño bullir.
En la pared de su derecha había cinco o seis cuchillos de tamaño gigante.

-El trabajo es sencillo, pero tendrás que practicar un par de días.

En este mundo ritualizado, la gente es de pocas palabras pero esas pocas suele repetirlas.

-Vuelve mañana viernes, por la tarde. Es un día movido, así que es un buen momento para que practiques.

Ella pensaba lo contrario. Pero cualquiera contradecía a los de Pizza Pianeta, con tanta escenografía mafiosa y tanto cuchillo.

(Continuará)

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