Sentirás una pequeña presión

Viendo todas las fotos de bebés que tapizan este rincón de la planta 3 del ambulatorio en el que nunca habías estado no te queda duda de que está destinado a las madres. Por un momento fantaseas con haberte equivocado y que este no sea tu sitio pero, en seguida, detrás de una mamá en tres dimensiones con su bebé en un carrito también en tres dimensiones ves el rótulo “Citología” y sabes que ya no hay marcha atrás.

—Quítate el pantalón y la braguita y tiéndete ahí —dice la mujer de la bata.

 

Enfermera sonriente

Antes, para que no fuera un aquí te pillo aquí te mato te había preguntado algunas cosas de tu pasado ginecológico, una especie de <<¿estudias o trabajas?>> o <<¿vienes mucho por aquí?>> en jerga sanitaria.

—Sentirás una pequeña presión.

Lo que sientes es un dolor intenso y un impulso de patalear. Pero te esfuerzas en no hacerlo. Varios años de colegio y universidad te han enseñado a dejar a un lado estos impulsos, así que no le pateas la cara a la médico que está asomada a tus partes bajas con un instrumento que afortunadamente no aciertas a ver y que es una de las razones que además de la cortesía desaconseja recurrir a las patadas.

Antes la médico te ha dicho: <<Separa las rodillas y baja el trasero hasta el borde de la camilla. Bájalo más, hasta el borde, como si quisieras que el trasero se te cayera>>. No sé quién podría querer que su trasero se cayera —has pensado entonces—, con lo que cuesta mantenerlo firme con esta vida sedentaria.

El trasero no se cae pero aquí está de nuevo la médico con otro mensaje para la posteridad.

—Y otra pequeña presión más.

Y de nuevo sientes un pellizco infernal en una zona muy profunda y, de nuevo, un impulso inequívoco de sacudir las piernas que vuelves a ahogar y, después, un latido ahí abajo como si la fiera que habita en tu vagina se hubiera enfadado por la reiteración y quisiera rugir y comerse los dedos de la médico y el instrumento maléfico que te ha metido por ahí, se supone que con la mejor intención.

—Ya está. ¿Ves qué rápido? —lo dice como si la rapidez del intento de asesinato fuera una buena eximente —Puedes vestirte— añade mientras trata de arrancar la sábana de papel que cubre la camilla, pero no la puede arrancar porque ahí sigues tú, con el culo medio caído en el borde, los pies aún en los estribos metálicos que aparecen en las películas de miedo y la espalda quién sabe dónde y estás arrastrándote hacia arriba, con tu cuerpo desnudo de cintura para abajo, como un reptil pálido y sobrealimentado.

Te vistes con rapidez y tu braga de algodón te parece el mejor escudo antimisiles. Y te pones tu pantalón y tus zapatos y sales al otro lado del biombo, a la zona civilizada en la que te preguntarán los equivalentes sanitarios de <<¿puedo llamarte?>> o <<¿nos volveremos a ver?>>, que en este ambiente son, <<los resultados se los daremos a tu médico>>, <<tienes que repetir la prueba dentro de tres años>>.

Les das las gracias efusivamente sintiéndote afortunada de que no te hayan amputado nada visible y tratando de borrar la sensación de intimidad violentada. Y te reintegras en una vida de gente vestida que camina en lugar de estar tumbada con las piernas abiertas y a la que no le extraen trozos de su cuerpo a la menor oportunidad.

P.S. El momento te-arranco-tu-tejido-vaginal-y-corro no satisfizo a los miembros de aquel sistema y volvieron a por más. Esta vez querían mi sangre, tres tubos pequeños concretamente.

Antes muerta que chinchilla

Sus caras se asoman sobre el capó abierto mientras encienden una herramienta que hace un ruido infernal. Lo malo es que lo que está debajo del capó en realidad es mi boca y los “mecánicos” son mi dentista y su ayudante. Uno pensaría que un momento tan intenso en el que un simple despiste te puede llevar a poner la fresadora sobre la lengua o el diente equivocado es una situación que requiere toda su atención

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La ballena contra los malvados anacolutos

Si se me ocurre cerrar los ojos por un instante pasan dos cosas. La primera es la invasión de sonidos: mis oídos se llenan de carcajadas, oigo a gente chasquear la lengua, abrir latas de refrescos, teclear mensajes en su móvil, hablar por teléfono, farfullir y mascullar “qué mierda” y otros tacos, oigo a alguien sorber y a alguien masticar kikos y patatas fritas ruidosamente. Mi nariz se llena de olor a kikos y pipas rancias.

bolsa de patatas fritas

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¿Es un pájaro, es un avión? No, ¡es un anacoluto!

¿Es un pájaro, es un avión? No, ¡es un anacoluto!

¿Cómo saber que te encuentras ante un verdadero anacoluto? Es fácil. Cuando estás en clase con uno de estos curiosos especímenes, cada cierto tiempo suena una campana indicando que alguno ha recibido un mensaje. Cada cierto tiempo le suena el móvil a algún ejemplar y el anacoluto sale del aula para seguir hablando. Es característico además de los representantes de esta especie que no estimen necesario localizar el móvil cuanto antes ni por supuesto abandonar el aula rápidamente, sino que más bien encuentren divertido llenar de ruido la clase.

Redes sociales en el móvil

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Curvas Bézier, mindfulness y anacolutos

Dicen los orientales que la atención y la intención lo rigen todo y que sabiéndolas gestionar se puede conseguir cualquier cosa. Así que me siento, abro el ordenador, cojo cuaderno y boli y me dispongo a centrar mi atención en la clase con toda mi intención puesta en ello. Enfoco al profesor y a la pantalla del proyector como si no hubiera mañana. Todo a rojo y par y que se acabe el mundo.

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