Archivo de la Categoría “Vida cotidiana”


No, no es la Real Academia de la Lengua, ni tampoco un multiusos milagroso con etiqueta de un forzudo calvo, ni siquiera una vaporeta de última generación. Aquí quien limpia, fija y da esplendor es el propio bloguero (bloguera en este caso). Y es que mantener un blog es como un curso gratis de bricolaje o de DIY (Do It Yourself) como dicen los angloparlantes, para cada problema cotidiano hay que probar alguna solución barata y creativa. Como comentaba, el blog de repente se me ha llenado de símbolos extraños donde antes había acentos, eñes e interrogaciones, así que estoy limpiando manualmente esos horrores tipográficos en los post publicados.

En el proceso de limpieza, además de echarme unas risas con post que ya ni recordaba, estoy puliendo algunas erratas y descubriendo trucos que me pueden venir bien en el futuro, para temas de trabajo y también para mantener el blog. Como os indicaba hace unos días, los post cortos los corrijo directamente sobre el blog, pero los largos los copio en un documento Word y los corrijo con las herramientas de Buscar y Reemplazar (de esa manera se ahorra mucho tiempo y energía en revisar errores que se repiten mucho).

Básicamente, lo que he aprendido es que a la hora de buscar y reemplazar hay que buscar primero los caracteres y combinaciones de caracteres más raros (y que por tanto tienen menos posibilidades de ser confundidos con otros), después los más frecuentes (por ejemplo corregir las terminaciones en “ión”, muy habituales en castellano y así se empieza a ver el texto limpio cuanto antes) y terminar con los caracteres que son menos distintivos y que por tanto podrían generar errores a la hora de sustituir (en mi caso las íes con acento dan problemas porque su equivalente equivocado es “Ô más un espacio y Word no reconoce el espacio y confunde ese símbolo con otras letras acentuadas). Lo interesante de dejar los menos distintivos para el final es que así evitas que se confundan con otros porque los otros ya los has corregido previamente. (Para los que están acostumbrados a trabajar con Indesign, Quark o con editores de html todo esto les puede parecer muy obvio pero a la gente que viene de otros ámbitos lo más probable es que no se les ocurra y que pierdan mucho tiempo aplicando cambios y revirtiéndolos después).

Además, estoy corrigiendo algunas erratillas que se me pasaron en su momento, así que no hay mal que por bien no venga, aunque, claro, corregir a mano más de setecientos post es mucha corrección… Pero mis habilidades de “bricolaje” se incrementarán mucho, eso seguro.

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Ahí estaba aquel espantajo enfundado en un bañador y con una faldita medio caí­da moviéndose con desgana. El espantajo tendría unos treinta años y un cuerpo delgado, ni muy fuerte ni muy elástico. La piel morena, el pelo rubio teñido y tirando a fosco y aspecto de ser mezcla de español y tunecina o magrebí­.
No es exactamente que se moviera a cámara lenta, ahí­, levantada sobre el bordillo y frente a una veintena de bañistas pero había tal desgana en todo lo que hací­a que daban ganas de darle un buen café a ver si se despertaba.

Era una clase de algo llamado AquaLatino, una especie de aerobic en agua con cuarto y mitad de bailes latinos, lo que hací­a que el delito de la monitora fuera mayor aún, porque si es grave impartir una clase de aquagym entre bostezo y bostezo si encima la clase está salpicada de bailes latinos la falta de sangre en las venas lo volvía todo mucho más gris aún.

Está claro que cualquier actividad que uno haga en la vida se beneficia si quien la practica le pone corazón. Pero en áreas como la enseñanza, la expresión corporal o la educación física tener un monitor que no se cree lo que hace o que tiene la tensión arterial bajo cero.

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He pasado una semana en un resort en la playa levantina. Ríete tú de la experiencia religiosa de Enrique Iglesias. Lo mío sí­ fue iluminación y penitencia y propósito de la enmienda…
La vida en un complejo de este tipo básicamente consiste en esperar el ascensor, esperar a que te den mesa en el buffet, esperar a que esté libre la máquina de las tostadas y respirar hondo para no dar un par de bofetadas a los puñados de niños maleducados con los que te encuentras, o a sus padres…
Al principio te las prometes muy felices porque el lugar es moderno, bien equipado y el hall está lleno de carteles de actividades de todo lo que en teorí­a puedes hacer. Cuando lees con detalle la información descubres que las excursiones y salidas más o menos interesantes no están incluidas y que de la lista de actividades la mitad se realizan en la otra punta del complejo por un módico precio, eso sí­.

A lo largo de estos dí­as he aprendido a odiar cordialmente los carritos de niños que se apropian de ascensores, pasillos y puertas, he aprendido a compadecer algunos padres de monstruitos y a abominar de otros padres que simplemente confían la educación-contención de sus vástagos al sistema. Por confiar a sus vástagos al sistema entiendo cosas como soltarlos en el buffet libre del desayuno y que sea lo que dios quiera. Luego llegan las carreras entre tus piernas, los empujones a la gente mayor, los gritos…
Una de las mañanas un niño de unos dos o tres años la emprendió con un extintor pegado a la pared. De repente parecí­a que fuera un objeto irresistible para él. Su madre, un metro más allá de él, pero de espaldas viví­a feliz en la ignorancia de la que podí­a montar su monstruito, mientras yo imaginaba aquel rincón del enorme salón de desayuno inundado de espuma, la gente resbalando, comensales cegados por la espuma, niños pisoteados…
Dijimos al niño “extintor no” -adaptándonos a su complejidad intelectual- y durante 0,3 milisegundos para para retomar su tarea muy pronto. Volvimos a decir “extintor no” y esta vez la madre se tomó la molestia de reprender al niño sin girarse. El monstruito se detuvo esta vez 0,6 milisegundos pero luego retomó la tarea con más brí­o. Terminamos nuestro desayuno y nos fuimos.

Un buffet de un hotel de 600 habitaciones consiste básicamente en gente abalanzándose sobre los bollos, el Tang que te venden como zumo o el bacon, como si no hubiera mañana. Niños italianos que se pegan a tu pierna cuando te echas cereales ante la mirada aprobatoria de la madre que le está explicando no sé qué como si tú no estuvieras ahí­ y no te hubieras ganado a pulso el primer puesto del dispensador de chococrispies.
Tripones muy tripones con un plato lleno de bacon, salchichas y chorizos fritos. Glotones con mala conciencia como yo misma con sus cruasanes pequeñitos combinados con una raja de melón “para compensar“, sin reparar en que sólo se compensa si una porción de melón se come en lugar de otra de bollerí­a y no además de ella, pero en fin…
Lo de la monitora sin alma es otra historia de la que ya hablaremos.

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Es curioso esto de que te pongan la etiqueta de ansiosa. Es como si de repente todo lo que hago estuviera marcado por esto. Por ejemplo, mi trabajo con la bicicleta elí­ptica. ¿Eliptiqué? para saber más sobre la elíp­tica echa un vistazo a este post.
Cuanto más me observo a mí misma y a mis compañeras de Pilates y de otras actividades físicas más me convenzo de que cada uno deberí­a enfocar su entrenamiento o su deporte en función de su forma de ser y no de manera genérica como se suele hacer. Habría que aplicar pequeñas adaptaciones. A la gente rápida habría que darle tareas rápidas y enseñarle a ser constante y planificar. A la gente lenta pero constante habrí­a que encargarle tareas de larga duración pero retarles también con pequeñas actividades rápidas y trabajar su velocidad de reacción.
Volviendo al tema, la elíptica es parecida a la bici estática, pero en ella vas de pie y trabajas también los brazos. Pones los pies en unas plataformas grandes que hacen un recorrido elíptico (de ahí el nombre). Puedes elegir mayor o menor resistencia. Y por supuesto puedes enfocar el ejercicio como quieras, de resistencia, más o menos anaeróbico o aeróbico. Incluso puedes pedalear al revés (poco recomendable si la coordinación no es lo tuyo).
En mi caso, aunque llevo bastante tiempo con la elí­ptica y he usado distintos enfoques, últimamente parece que lo único que no me aburre (ansiosa como soy) y que no me abruma (deportista más bien dominguera, reconozcámoslo) es el de intervalos.
Y es que es lógico. Si eres impaciente, es lógico que plantearte diez minutos a ritmo moderado-alto se te haga un mundo, pero en cambio pensar en 3 minutos a ritmo moderado-alto y un minuto a máxima potencia es mucho más llevadero. Ese minuto es precisamente el intervalo, y en teorí­a es bueno para adelgazar y para progresar en el entrenamiento porque fuerza al corazón a adaptarse. Como son series de 4 minutos puedes hacer unas cuantas por sesión. Yo normalmente suelo hacer sesiones de unos 45 minutos o más porque, si no, al descontar el calentamiento y la vuelta a la calma el ejercicio efectivo se queda en nada.
A efectos prácticos, con el entrenamiento por intervalos lo que notas es que los minutos a más de 21 km/hora son durillos pero llevaderos y que te dan un subidón de hormonas euforizantes que te dejan estupendo y con ganas de repetir. Tienes que estar bastante concentrado en el ejercicio para ir calculando siempre la proporción 3 minutos a ritmo moderado - 1 minuto a máxima potencia (saberte los múltiplos de tres bien, o ir contando con los dedos de alguna mano libre).
Pues en resumen así es la cosa. Primero estiras la musculatura anterior y posterior de las piernas, calientas durante 5 u 8 minutos en la propia elíptica a ritmo suave, luego 3 minutos a ritmo medio, 1 min al máximo y tantas series de 3+1 como quieras. Te guardas unos 8 minutos para la vuelta a la calma sobre el propio aparato, preferiblemente bajando la resistencia (para no eternizarte en recuperar las pulsaciones normales) y luego estiras bien gemelos, gastronemio, isquiotibiales y cuádriceps, los tí­picos estiramientos que se hacen después de correr, vamos y si tienes los brazos cargados también los sueltas un poco.
Y por hoy se ha acabado el capí­tulo de “El libro gordo de Petete”. Seguiremos informando en cuanto superemos el empacho de torrijas ;-)…

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“Ansia viva para Dummies”, o, mucho mejor, “Ansia viva para lagartijas bilingües”.
El libro no existe pero conozco unas cuantas personas a las que les serí­a útil, empezando por mí­ misma.
Y ya que no existe y dado que soy una lagartija con inventiva (y ansiosa) me he aprestado a consultar los libros de temática similar que he encontrado y he elaborado un mix. Eso sí­, mientras consultaba con avidez esos libros en distintos formatos e idiomas me he esforzado en respirar profunda y ansiosamente.
Hay teorí­as de todo tipo en torno a la ansiedad. Que si es adaptativa (ya que ese estado de alerta es el que históricamente ha hecho que sobreviva el hombre), que si es una maestra que te indica qué áreas de tu vida no van bien o necesitan cambios, que si hay que aplacarla, que si hay que escucharla… Básicamente parece que lo esencial es el grado: el estrés o la ansiedad empieza a ser patológica o disfuncional cuando cobra gran intensidad, te paraliza o te hace infeliz.
Las formas de aproximarse a la ansiedad varí­an en gran medida, pero parece que las que tienen más aceptación son las cognitivas-conductuales (pensamientos, sentimientos y conductas) y aquellas relacionados con la meditación y el mindfulness o atención plena.
Los primeros consideran que en algún momento de la vida del paciente se ha generado un hábito de creencia errónea-sentimiento negativo-ansiedad que hay que romper mediante herramientas como la disputa sistemática de las creencias erróneas y la exposición controlada a los factores de estrés. En general, salvo que se combinen con un enfoque de psicoanálisis, estos enfoques se detienen poco en el origen de esa creencia errónea y se centran más bien en disputar su lógica y en mostrar lo poco eficaz que es como planteamiento (preguntándote si el sitio al que te va a llevar esa creencia es un sitio al que no quieres ir).

El enfoque mindfulness y meditación considera menos hostil la ansiedad, recomienda escucharla y aceptarla y centrarte en el presente y desarrollar un hábito de meditación continuada . La meditación se ha comprobado que activa zonas del cerebro relacionadas con la serenidad, la compasión y el control de las emociones. De hecho, un estudio de la Universidad de Winconsin realizado en 2004 con 8 monjes tibetanos descubrió que generaban ondas cerebrales un 800% más potentes y sincronizadas que las de las personas del grupo de comparación; entre los monjes estaba el famoso Mathieu Ricard. Según otro estudio, la meditación de los monjes tibetanos da lugar a cambios plásticos en el cerebro y fortalece la habilidad de inhibir procesos mentales como la preocupación continua (Moreno, p 200).
Para que los beneficios de la meditación y el mindfulness se produzcan es necesario ser constante. Según Pedro Moreno (2013: 194-196), con practicar unos 15 minutos al dí­a la meditación formal durante seis u ocho semanas se empiezan a ver resultados.
Pues nada, respiren hondo, disputen sus creencias erróneas y a disfrutar del fin de semana ;-)

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No sé si os pasará a vosotros, pero mi cuerpo tiene cierto espí­ritu de contradicción que hace que cuanto más me cuide peor esté.
Es una teorí­a difí­cil de demostrar, pero realmente fácil de experimentar.
Y es que media un abismo entre lo que uno siente y lo que le pasa a tu cuerpo.
Estoy adaptándome a un cambio de trabajo, de entorno y de costumbres y de momento lo llevo bien (under the circumstances), pero las últimas semanas noto ciertas molestias en aquagym y en Pilates.
El otro día, haciendo un ejercicio en la piscina de los pitufos, el dedo pulgar del pie derecho cobró vida propia y se rebeló, atrincherándose en modo garfio fuera del agua. En palabras más sencillas, tuve un calambre y el dedo se quedó en una postura involuntaria, que no remitía. Una especie de corte de mangas a lo artis mutis.
Otros días en Pilates en los movimientos que requieren estirar y levantar las piernas era como si me hubieran desconectado la pila y apenas pudiera con mi cuerpo. De repente unas piernas pesadas como demonios habí­an tomado mi cuerpo y no hacían más que temblar y ponerme las cosas difí­ciles.
La fisio diagnosticó acortamiento de gemelos y me contó que tengo los cuádriceps muy potentes y tanto los gemelos como los isquiotibiales acortados. A continuación tuvo una revelación y decidió comprobar hasta qué punto de la escala de los sádicos sin fronteras puedo aguantar el dolor sin matar a nadie.
Y dicho y hecho: masaje en los pies, en la tibia y peroné y luego bocabajo y a sufrir. De repente es como si te estuvieran clavando algo en unos gemelos que a vez estuvieran llenos de pequeñas agujas.
A esta maniobra la llamó punción seca y se quedó tan pancha, como si poner nombre a la tortura que te han aplicado borrara su crimen contra la humanidad… de mis gemelos.

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El Ansiosus Ibericus (división también conocida como Lagartijus Mediterraneus) es una especie protegida. No porque esté en peligro de extinción (esta especie abunda), sino porque los ejemplares de esta especie necesitan cierto nivel de protección para no lanzarse a quemar o romper cosas (bastante tenemos con lo que tenemos). En otras palabras, el Ansiosus integrado y aparentemente normal va a todas partes con una especie de navaja suiza con utilidades que le permiten sobrevivir al estado de alerta en el que vive… permanentemente.
Tras lecturas sesudas en diversas fuentes he llegado a la conclusión de que pertenezco a una rama “moderada” de la especie de Ansiosus Ibericus, lo cual significa básicamente que la procesión va por dentro y que un@ se come con tomatito y en silencio (como en aquel anuncio de crema rectal) su exceso de adrenalina y cortisol. Las versiones más radicales de la especie no pueden salir de casa sin ansiolí­ticos y suelen tener crisis y ataques aparatosos, visitar al psicólogo y demás.
En las versiones “light” de Ansiosus, más conocidas como Lagartijas, nos conformamos con cuarto y mitad de contracturas de cuello y trapecio, el pulso un poco acelerado de vez en cuando y una especie de runrún continuo en la cabeza y por toda la columna vertebral que te impulsa a tratar de dar la talla todo el tiempo, como si estuvieras metido dentro de una mala broma de evaluación vital continua y no pudieras relajarte nunca. De ahí los tironcillos de la lagartija…
Por lo que he leí­do, los Ansiosus -Ibericus y de otras latitudes- sufren de un exceso de actividad en los ganglios basales, una parte del cerebro destinada a alertar al individuo del peligro. Es como esos coches que tienen la alarma demasiado sensible y saltan con cualquier vibración un poco intensa. Agotador de todo punto para uno mismo, pero aunque no lo parezca bastante cómodo para los que te rodean porque el Ansiosus tiende a ser muy activo y muy responsable.

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Por si alguno se lo preguntaba, puedo declarar y declaro que estoy viva, aunque algunas fuerzas del mal hayan intentado neutralizarme de diversas maneras a lo largo del último mes.
En el primer puesto de mi top ten de malos malísimos está el comando “tonto l’haba”, unos obreros sui géneris que han tenido a bien acompañarme las últimas semanas con sus golpes y gritos desde los andamios del patio interior de mi casa. Discuten a voces todo el tiempo, dejan caer utensilios y cascotes desde los pisos más altos y sobre todo dominan el arte de poner el andamio justo en la salida de nuestra caldera de manera que nos han dejado sin calefacción ni agua caliente unas tres semanas en pleno invierno, gesto que nunca les podré agradecer lo suficiente…

Lo de “tonto l’haba” es porque uno de ellos con cierta voz de pito se empeña en insultar a otro que está unos pisos más abajo con este calificativo como del siglo XIX, gritando muy alto y de forma muy repetida. Al parecer, según me contó mi hermano, hace unas semanas tuvieron una discusión muy interesante sobre la definición exacta de un ladrillo doble o algo semejante y el de “tonto l’haba” consideraba que el otro tení­a muy poco futuro en la construcción si no distinguía un ladrillo doble de un no sé qué. Yo no sé si tienen futuro o no en la construcción, pero espero que ese futuro sea lo más lejos posible de mí­ y así poder dormir siesta sin estar en medio de un festival de golpes, dormir hasta después de las ocho de la mañana en vacaciones, y cosas exóticas como tomar un baño caliente.
Pero estos deseos van a tardar en cumplirse porque el dueño del piso justo encima del nuestro ha decidido aportar su granito de arena y lanzarse a hacer obras al mismo tiempo.
Festival del horror…

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A partir de ahora podéis llamarme “Palillos despiadados”.
Ya lo sé, más que dar miedo, mi mote de boxeadora mueve a la risa. Pero con estos bracitos que me ha dado la genética ya me diréis…
¿Qué tal la lagartija de Chamberí?, así­ como el Potro de Vallecas pero en reptil escurridizo. Vale que no tengo puños de acero y mucho menos un biceps descomunal, pero tengo mucha cintura… me muevo rápido. Fiu fiu. Mi pequeño saltamontes. Ya me he equivocado de animal.
¿Y a qué viene todo esto de los puños y los motes con animales? os preguntaréis. Pues es que el otro dí­a hicimos cardiobox en la clase de aquagym (o de aguají­n como dice un compañero; hay una tercera opción, aguagí­n, que me hace pensar en un vaso de ginebra con agua tónica).
La clase fue muy divertida y trabajamos mucho pero al empezar a dar puñetazos en bañador a la decena de chicas nos entraba un poco la risa. Andabamos tan escasas de músculo como de convicción. A quienes no les faltaba una pizca de interés en nuestra actividad era a los nadadores de la piscina grande. Habí­a uno en concreto que parecía hipnotizado. Tijera patada patada. Pum puñetazo en cara de mirón. Socorrista. Botiquín. Etc. Pero no, al mirón ni le rozamos.
Y ahí estábamos nosotras con nuestros ganchos y puñetazos al mentón, de lo menos creí­bles y nada amenazadores. La parte de las defensas con las piernas, en cambio, me salieron mucho más profesionales, se ve que me acordaba de mis tiempos de yudo.
Es curioso, en caso de necesidad me veo mucho más dando una buena patada a alguien que un puñetazo. Cosas de las caderas femeninas, supongo, y de los bracitos de lagartija, que no dan para mucho…

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La piscina a la que voy es un espacio inquietante. Parece un campo de pruebas. Yo creo que es una especie de reality show tipo Gran Hermano destinada a analizar la capacidad de adaptación del hombre a un medio cambiante. Algo tipo “¿Quién se ha llevado mi queso?”, pero con variaciones y repeticiones.
Primero no habí­a perchas, luego sí­, y luego volvieron a desaparecer. El sistema de cierre de las taquillas, con monedas, se estropeaba cada dos por tres quedándose con tus euros y el otro día, de repente, nos encontramos con que habí­an cambiado la mayoría de los cierres por un sistema de candados… pero el candado habí­a que traérselo de casa o comprarlo por 4 euros en recepción.
A todo esto, como siempre, faltaban dos minutos para que empezase tu clase, tú estabas en bañador y chanclas y tenías toda la ropa en una mochila dentro de la taquilla. La opción de salir hasta las taquillas en bañador por el pasillo helado te parecía un horror y además no estabas segura de llevar cuatro euros en el mini monedero que llevas en la mochila. La opción de dejar tus cosas en una taquilla sin protección era una lotería (a la que yo jugué el primer día, por cierto y no perdí­). Y habí­a una tercera opción apta para habitantes del ecosistema con buenos reflejos: conseguir alguna de las taquillas que aún tenían el cierre con moneda.
Aquí­ cada una se las apañó como pudo: mis reflejos de lagartija me permitieron conseguir una de las pocas taquillas que funcionaban con euro aprovechando que una chica se iba; otra dejó sus cosas sin ninguna protección… Adaptación al medio, riesgos asumidos y decisiones. Un experimento sociológico con todos los ingredientes.
Un fenómeno paranormal parecido de apariciones y desapariciones ocurrió con los secadores. Primero no había secadores de pelo, sino sólo esos de manos que duran cero coma tres segundos. Para secarte el pelo había que ser malabarista y muy paciente, pero al menos funcionaban sin monedas. Además, habí­a enchufes en los que enchufar tu secador traí­do de casa. A las pocas semanas vimos con sorpresa y alegrí­a que habí­an puesto unos cuantos secadores de pelo, pequeños, parecidos a los modelos de viaje y que funcionaban sin monedas. De los cuatro que había pronto sólo funcionaba uno, cosa normal dado el grado de humedad del sitio y el tute que se les da.
El otro dí­a de repente se los habí­an llevado todos, hasta el único que funcionaba. Así­ que de repente muchas nos vimos compuestas y sin secador, en plena noche de invierno…
Ayer recordé que tení­a que llevar mi candado y lo llevé. Usé uno de los tropecientos que tengo para las maletas y tuve la precaución de asegurarme de que la llave iba bien. Metí todo en la mochila y cerré la puerta, ajusté el candado al peculiar cierre y todo quedó listo. El problema era que no habí­a traí­do ninguna cadena ni goma para la minillave y a ver qué hací­a para no perderla. Podí­a dejarla sobre las chanclas, al borde de la piscina, pero estarí­a demasiado visible. Preferí el viejo truco de meterla en la toalla doblada y recé para acordarme de que estaba allí cuando cogiera la toalla, porque dado el tamaño que tiene era muy fácil perderla.
La clase transcurrió bien, no me lesioné ni transformé mis dedos en percebes, recuperé sin problemas la llave, y hasta quité sin problemas el candado. Lo malo fue cuando quise abrir la puerta. Yo tiraba y tiraba con la energí­a del ejercicio aeróbico que acababa de hacer pero aquello no se abrí­a. El agua escurrí­a por mi cuerpo y soñaba con coger mi champú y mi suavizante y la toalla del pelo, pero aquello no se abría.

-Es que está muy duro. Tira con fuerza -me dice una compañera de clase-. A mí me pasó lo mismo el otro día.

Ahí­ estoy yo tirando con fuerza asida al borde, dejándome las yemas de los dedos, pero aquello no se habí­a movido ni un milí­metro. Sí que es seguro este sistema -me digo a mí­ misma-, está claro que mi ropa no se la va a llevar un ladrón, y a este paso tampoco yo misma…
Tercia una chica que no es de mi grupo.
-No, mira, es que para abrirlo tienes que ponerlo en horizontal…
Se oye un uau uau uau… el tí­pico sonido de cuando un concursante mete la pata en la tele.
Agradezco adecuadamente la indicación iluminadora de esta nadadora con estudios de ingenierí­a, cojo lo que necesito y me voy a la ducha. A la vuelta ayudo a dos compañeras de vestuario que han tenido problemas parecidos con sus candados y que empiezan a mostrar signos de desesperación.

En ese momento alguien comenta que se han llevado los secadores de pelo y al rato, la compañera de clase que me dijo que tirara fuerte de la taquilla me presta su secador, por generosidad o mala conciencia…
En fin, la moraleja es que para entornos cambiantes y hostiles la solidaridad y el trabajo en equipo es lo que te saca del apuro.
Hoy por ti y mañana por mí­, vamos.

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Tras día y medio de tratamiento de choque a base de hielo, antiinflamatorio y reposo relativo (además de un protector de estómago, no vaya a ser) me empiezo a encontrar mejor.
Cada vez me parezco menos a Chiquito de la Calzada en mi forma de caminar y afortunadamente cada vez me alejo más de la trayectoria vital del personaje de Amanece que no es poco arrancado prematuramente del bancal de Pastora Vega que no hace sino repetir “cojito para toda la vida”.
Aunque a muchos les resultará incomprensible, tanto reposo me abruma, y pese a lo agradable que es por una parte quedarte en casa por la tarde y ahorrarte el frí­o exterior, no tener prisa y no tragarte las apreturas del metro y demás, la lagartija con dedos de percebe se aburre con tantas horas de inactividad fí­sica y tanta escasez de estí­mulo externo. La lagartija Elsie necesita salir a explorar nuevas tapias, escudriñar nuevas piedras. O empezaré a parecerme a un reptil disecado…

Ansiosa o no, todavía me queda una cierta reserva de sentido común y hasta que mis dedos lesionados no recuperen un “pantone” más tirando a color carne (han pasado de morado-verdoso a una especie de granate), una resistencia estándar al contacto con el zapato y al movimiento en general no recuperaré mis actividades extraescolares.

Pero en fin, ahora mismo entrar y salir libremente o poder subir y bajar escaleras me parecen lujos maravillosos. Qué contenta voy a estar en un par de días cuando pueda caminar sin problemas. Hay que ver lo relativo que es todo, quién me iba a decir a mí hace unos di­as que me parecerí­a maravilloso poder caminar…
En fin, valoremos lo que tenemos y digamos aquello de “virgencita, que me quede como estoy”.

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Piscina de pitufos 1, Elsinora 0.
Ya sabía yo que esta pileta de menos de un metro de profundidad y yo no estábamos hechos la una para la otra. Anoche tuvimos nuestro primer asalto y sí­, por ahora voy perdiendo. Concretamente he perdido el esmalte de cuatro dedos del pie y la dimensión y color habitual de dos dedos. Ahora están morados e hinchados y recuerdan vagamente a percebes.
Mi conversión al sector del marisco de lujo fue una consecuencia de un par de carreritas que teníamos que dar por la piscina, con salto sobre colchoneta en medio. Lo de correr estuvo Ok, pero en el momento de levantarse tras hacer la plancha sobre la colchoneta a una velocidad supersónica que habí­a en el medio no recordé que estaba en una piscina de pitufos y los dedos del pie derecho aterrizaron sobre el suelo. Ya puestos, para garantizar un servicio completo de pedicura, el limado de uñas y golpeteo de dedos tuvo lugar a la ida y a la vuelta. Aunque la cosa podrí­a haber sido peor si me hubiera dado con la rodilla, una posibilidad ya explorada en el pasado (Madame Betadine en Pekí­n).
Así que nada, me paso el tiempo poniéndome hielo en el pie (para que los percebes se mantengan fresquitos), voy al trabajo en taxi y de momento estoy anulando todas mis actividades extraescolares. El hielo resulta muy eficaz, pero con el frí­o que hace, apetecer no apetece nada.
Y otra cosa, no sé si tuvo que ver, pero justo ayer Massiel nos obsequió con su presencia en la piscina. Fue una visita muy breve, porque la tipa se presentó completamente vestida y con zapatos de tacón (y un acompañante). Venía como quien viene a comprobar lo bonito que le han dejado a uno el seto de su chalet, con una sonrisa autocomplaciente y de persona que cree tener derecho a hacer lo que hace. Enseguida se acercaron a Massiel las fuerzas vivas de la piscina, léase un socorrista bajito y bastante intransigente con el que tuve unas palabras el otro día, pero eso ya es otra historia.
En fin, mis percebes y yo nos retiramos para entregarnos a los chupitos de Ibuprofeno on the rocks… Sean felices y tengan cuidado con los suelos engañosos.

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Señores inventores:
Tengo una petición muy especial para ustedes. Necesito una peluca que se autoseque o un tratamiento capilar que haga que mi pelo se seque rápidamente al salir de la piscina.
Con el frí­o que está empezando a hacer, está claro que ya no va a ser posible salir con el pelo a medio secar con el secador de mano…
En fin, alégrenme la temporada de otoño-invierno de piscina, hagan el favor ;-)

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Parece que hubiera pasado un siglo desde el desconcierto total al descubrir que esta piscina de Pin y Pon iba a ser el escenario de nuestras operaciones en los próximos meses. En otras palabras: a la hora de corretear por la piscina de los pitufos persiguiendo a la otra mitad de la clase lo hago como con más energía y seguridad. Y en las coreografías a veces acierto la coordinación brazo pierna a la primera (hasta incluso). Un pequeño paso para la humanidad pero uno enorme para mi cerebro descoordinado.
El jueves pasado, víspera de festivo (El Pilar), la profe habí­a dicho que obsequiaría a quienes no hicieran puente con una clase de Batuka. Dicho y hecho. Estuvimos muy poquitos, o mejor muy poquitas, porque el único hombre del grupo no vino. De Richard que es todo un personaje ya hablaré. La cosa es que ahí estábamos en el vaso pequeño tratando de enterarnos de la pequeña coreografí­a de ese baile-ejercicio llamado Batuka (marca registrada). “Patada derecha, patada izquierda, derecha y giro a lo Bisbal” empieza a decir la profesora.
Al oí­r aquello, la antigua Elsinora hubiera fruncido el ceño, como en el momento Paquito el chocolatero en las bodas años atrás, pero por algún motivo en mis años en la Pérfida me abrí al disfrute de las cosas sencillas como Pocoyo (doblado por Stephen Frears, eso sí), al humor físico y a cierta tendencia a tratar de divertirte sin juzgar la calidad estética o musical del momento. De intelectual exquisita a disfrutona todoterreno. Supongo que en parte esa transformación tuvo que ver con estar lejos de tus amigos, tus sitios favoritos y tus referencias. A algo habí­a que agarrarse. Adaptación al medio, mezclada con una especie de maduración. La cosa es que aunque Bisbal me sigue dando un poquito la muerte (los grititos, la nariz de berenjena, esa felicidad rústica y boba que desprende), me limité a tratar de hacer lo que se me pedía y a pensar que la profesora nos pedí­a ese movimiento con esas palabras con un objetivo global concreto: aprender una coreografí­a con diversos pasos (este es el subterfugio intelectual que aún necesito para que mi coherencia no se resquebraje, supongo).
Una vez dominado esto habí­a que sustituir el momento giro Bisbal por un movimiento de twist (girar las caderas y descender). “Lo siguiente es caminar hacia atrás sacudiendo el pecho y…”, explicaba la profe sacudiendo su ancho torso de pecho voluminoso frente a nosotras, dando la espalda a la piscina grande.

Aquí­ me quedé clavada. “¿Sacudiendo el pecho? ¿A qué viene esto ahora, a las ocho de la tarde y sin luces de colores, ni bolas de espejo? ¿en bañador y con el agua a mitad de la pierna? ¿ein?” Estas y otras preguntas se agolpaban en mi mente, mientras de fondo sonaba en sordina la música de la batuka de marras.
No es sólo que nuestra pileta dé justo a la piscina grande en la que los nadadores pasan mucho tiempo observándonos fascinados, ni tampoco que mi bañador de lycra tipo faja ajustada esté genial para hacer deporte pero te deje la “pechonalidad” a media asta, aplastada fí­sica, moralmente que dirí­a Chiquito, sino que, en fin, algo de naturaleza fí­sica, emocional o mental, pero en todo caso muy real me impedí­a dedicarme en serio a ese sacudir absurdo del pecho sin venir a cuento, así que inventé una opción alternativa y seguí adelante. Miraba a mis compañeras moverse tan panchas ajenas a todo, como si estuvieran bailando en la disco del pueblo y como si lo más normal es que la clase de aquagym fuera una disco de pueblo en la que uno baila en bañador. Quizá es que me he vuelto más inglesa de lo que creo y por eso he perdido completamente la capacidad de bailar… sobria. Pero, claro, lo que me faltaba era ponerme a beber alcohol antes del aquagym. O a lo mejor es que mi sentido del ridículo necesita otra vuelta de tuerca o que sigo bajo la invisible influencia de la cultura de las “bragas católicas“.

Mientras yo pensaba todas estas cosas, la profe nos estaba contando la historia de…

Continuará.

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Como os comentaba hace días, traspapelar mi volante para una ecografí­a de hombro me devolvió a la casilla número 1 del tablero y me deparó varias miradas de esta-mujer-se-chuta por el camino y me hizo “perder” una tarde de viernes. Las comillas son porque en realidad no perdí­ esa tarde, sólo la reinventé, como se dice ahora. Implementé cambios de última hora, como también se dice. La rediseñé, en definitiva, como en plan “redecora tu vida” de Ikea pero en tarde de viernes.
Así­ que el otro día volví­ al ambulatorio. Previamente había recuperado mi volante, que se había quedado traspapelado entre el fondo de la cajonera y el propio cajón (el cajón estaba muy lleno y se ve que los papeles decidieron ir en busca de horizontes más despejados en la parte de atrás…). Recuperar el volante me tranquilizó, debo decir, porque además de evitarme tener que pedirle a mi médico que saque un duplicado de ese documento tan secreto y probablemente aguantar una pequeña reprimenda por su parte, quiere decir que todavía hay esperanza para mi capacidad mental

En el ambulatorio me tocó esperar casi una hora entre la habitual parroquia de estos sitios hasta ser atendida. Esperar a entrar a ver al médico en medio de conversaciones en chino, bebés que lloran, ancianos con aspecto de estar idos, niños que se estampan contra el suelo con gran estrépito, toses sospechosas, compañeros de asiento que no entienden qué hay de malo en sentarse encima del vecino y gente que te pregunta con aire inquisitivo a qué hora tienes cita con afán de colarse son situaciones que me ponen nerviosa por más que me esfuerce en respirar hondo y estar tranquila.
Sin embargo esta vez tuve una pequeña alegría en forma de una compañera de asiento de unos treinta y muchos, simpática y probablemente norteamericana, que hablaba en inglés con su hija de unos tres años, que era un encanto y andaba empeñada en darle chocolate a su osito e iba locutando cada interacción con el peluche con su media lengua. La madre le pedía en inglés que hablase con ella en este idioma y la pequeña le contestaba en español que no hablaba inglés. La conversación era muy divertida y dejaba claro que la niña entendía perfectamente a su madre pero le daba pereza hablar en inglés en medio de un contexto tan hispanohablante. Me acordé fugazmente de los colegios supuestamente bilingües de nuestra recién dimitida Esperanza.

Sea como fuere finalmente me tocó el turno. Mi doctora fue muy comprensiva, me estuvo palpando el brazo y observando mis movimientos, escribió en el volante el hombro correcto y me pidió que esta vez no traspapelara el documento. Al parecer, los del centro diagnóstico cuelgan la prueba (en lugar de dártela impresa) y la ves con tu médico en la consulta. Esta doctora es la típica persona que parece haber nacido para médico, una persona tranquila y sensata que te da buen rollo… A lo mejor es que es una médico-veterinaria especializada en tratar a mujeres-lagartija.

Bajé a Atención al paciente (impaciente en mi caso) y cuál no serí­a mi sorpresa cuando me toca el turno, le paso los papeles a la empleada, mira la pantalla y me dice:

-No le puedo dar cita porque la web del Clínico no funciona.
-¿Ein?
-No funciona.
-Pero, estoooo… ¿Cuánto puede tardar en volver a funcionar?
-Como comprenderá -la cara de asco se intensifica- No tengo ni idea.

Yo esperaba algo del tipo: “pasa a menudo y suele tardar tanto o tanto” o “no pasa nunca y por eso no tengo ni idea de cuánto puede tardar” o “llevamos toda la tarde con problemas con la red”, o “inténtelo en veinte minutos” o “este es el teléfono del Clínico, pregúnteles a ellos”. Pero por supuesto esto es España y no Reino Unido (donde los polí­ticos dimiten por llamar plebeyos a los empleados de Downing Street o piden disculpas por incumplir el programa electoral en algún punto…) y además con los recortes de sueldo el personal está especialmente irritable. Todo se zanja con un “Vuelva usted mañana” (como en el artí­culo de Larra) o si uno se pone insistente, con un “Multiplíquese por cero“.

Con la misma simpatía me indica además que este tipo de citas no se puede obtener por teléfono. Al día siguiente ya tengo mi cita para la ecografía y por una vez mi optimismo se ve confirmado por la realidad (querida Simoneta ;-) y el centro diagnóstico asignado está más cerca de casa que el de la otra vez, realmente muy cerca.

Hago una fotocopia del volante y de la cita y la guardo en lugar seguro, no vaya a ser…

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Tener como ascendiente a Mister Bean en tu carta astrológica puede tener su gracia, pero a veces resulta un poco cargante.

La cosa es que aunque llevo años yendo a piscinas públicas en España y en La Pérfida sigo teniendo algunos comportamientos de dominguera.

Hace unos días sin ir más lejos empezaba mi aquagym en un polideportivo nuevecito que han abierto en pleno barrio de Malasaña-Chueca, del que ya os hablaba aquí, y que es muy de diseño, pero de diseño marca ACME en algunos aspectos (Escuelas Pías, en la calle Farmacia 13).
Por ejemplo, los vestuarios no tienen perchas. Sí, hombre, esos elementos normalmente metálicos con una parte ganchuda y debajo una parte triangular de la que se cuelgan blusas, pantalones, y faldas… Lo explico por si alguno de los responsables del polideportivo me está leyendo y consigo abrirle la mente a nuevos horizontes y utilidades. Las perchas puede que no sean un artículo de nueva generación, pero ayudan mucho a que la ropa no termine completamente arrugada…

La cosa es que ya tenía mi mochila preparada con mi neceser con botes herméticos y pequeños con todos los productos que necesitaba, monedero con monedas distintas para el secador (¿será de 5 céntimos o de más? cojo de 5, 10 y 20 por si acaso?), y para las taquillas (¿será de 0,50 o de 1 euro; cojo de ambos). Me encaminé al lugar de autos con la hora un poco justa (justo lo que no se debe hacer el primer día que vas a ningún sitio con hora fija) y hete aquí que una vez que subo los tres pisos (¿una piscina en el 3º piso del complejo?), atravieso el torniquete sin necesidad de preguntarle a nadie cómo se aplica la tarjeta de contacto (una será Mister Bean, pero tiene un poco de mundo :-) y localizo el vestuario de chicas, resulta que este es una habitación pequeña, achicharrante, con pocos bancos y todos ocupados por mujeres en distinto grado de desnudez y piel mojada (no se me alteren los lectores masculinos, hagan el favor).

Me hago un hueco como puedo, me desvisto, embuto la ropa en la mochila y la meto en una taquilla. Previamente he visto que nadie tiene perchas. Saco una moneda de 1 euro, la introduzco en la ranura, giro la llave y tachán, la llave no se cierra pero la máquina se ha tragado mi moneda tan tranquila. Me cae un chorro de sudor, y eso que ya estoy en bañador.

Saco la mochila y las zapatillas, abro el monedero y hago un par de intentos infructuosos más en otras taquillas que van acabando con mis reservas de monedas y consumiendo los primeros minutos de la clase. Al final localizo con ayuda de una compañera una taquilla que funciona y la moneda que alguien se ha dejado en una taquilla que no funciona y dejo allí mis bártulos sanos y salvos.

Para entonces, tras tanto experimento infructuoso con las taquillas, mi imaginación calenturienta había creado varias escenas en las que yo volvía de la piscina y encontraba mi mochila vacía o desaparecida y tenía que volver a casa en bañador y chanclas a las diez de la noche. Ya se sabe que la prisa, el calor y las máquinas defectuosas son una combinación explosiva, pero es que además alguna vez he vivido una experiencia así, que terminó en una comisaría de esa guisa, pero en fin, esa es otra historia.

La compañera-salvadora me guía hasta la piscina. Me dice que ella viene a natación, no a aquagym y que me prepare porque las clases son muy cañeras. En ese momento no sé si por la adrenalina, por el alivio de tener mi mochila segura o porque últimamente estoy bastante en forma me parece la mejor noticia del mundo.

En el recinto de la piscina hay dos piletas. Una olímpica y otra liliputiense. Adivinad cuál les toca a los de aquagym. La liliputiense, of course, y yo que venía con ganas de caña. Vaso de enseñanza creo que es el nombre oficial (¿no, Simoneta?). La piscina de los pitufos es pequeña, peluda, suave… Bueno, no, en realidad es pequeña, poco profunda y está llena de adultos haciendo cosas raras.
La profe está en el bordillo, de espaldas a mí, dando instrucciones por su micrófono. Espero a que se gire, pero como no lo hace le doy un toque en la espalda y me presento. Me meto en el agua justo a tiempo de participar en algo que se llama “Pregunta a quién le gusta el helado de chocolate y vete con él“. Y no, no es un speed dating, ni una clase para niños de ocho años.

Por una décima de segundo pienso que estoy en “Vacaciones en el mar” versión personas con problemas de riego cerebral, pero no he llegado hasta aquí peleando contra los elementos para hacerme la quisquillosa ahora… En los siguientes minutos participamos en otras actividades con enunciados sesudos como “las que tengáis nombres con “a” aquí y las que no allí y salpicaos unas a otras”, o los del Atleti a un lado y los del Madrid al otro. Como casi todo somos mujeres y nos da bastante igual el fútbol hay cierto momento de impasse, pero según transcurre la clase se hace evidente que la profesora sabe lo que hace y que estas chorradas han conseguido que a lo tonto a lo tonto hagamos un buen calentamiento. El resto de ejercicios son bastante más normales y de hecho hemos trabajado bastante.

Consigo ducharme, peinarme y demás en estos vestuarios mínimos sin incidentes, pero como no hay secadores de pelo (sólo de manos; otra genialidad de este polideportivo de diseño) voy con el pelo medio mojado. No me importa porque hace una noche magnífica y porque el ejercicio me ha dejado espídica y me siento capaz de enfrentarme a taquillas traicioneras y a lo que se ponga por delante.

Por el camino me encuentro con la profesora, a la que le ha llamado la atención mi apellido (Bonasera), y que resulta que es un encanto, sabe mucho de educación física y se toma con mucho interés los problemas físicos de sus alumnos. Le hablo de mi contractura de hombro, pero desestimo hablarle de mi lado Míster Bean. Eso ya lo descubrirá por sí misma a lo largo del curso, supongo…

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-Un descafeinado de sobre, por favor.

Estoy en la terraza de un pub llamado The Drunken Duck (El pato borracho, you know), aunque a estas horas debería estar haciéndome una ecografí­a. Resulta que en el momento de salir de casa no encontraba el volante que me dieron hace unas semanas.
Optimista como soy, y dado que estamos en la era de los DNI digitales, las oficinas sin papeles y los archivos sincronizados en la nube, he pensado que si les facilitaba mi tarjeta a los del centro diagnóstico colaborador rápidamente les aparecería la cita a mi nombre en sus archivos, así que he decidido acudir pese a todo. No era cuestión de dejar pasar una cita como esta.
Se me ha hecho tarde buscando los papeles, así que cojo un taxi. Recuerdo la calle del centro diagnóstico, pero no el número, así que le digo al taxista la calle y por el camino busco la dirección en Google.
La encuentro, se la digo al taxista y llegamos a tiempo, cinco euros más tarde.
Una vez en el mostrador le cuento la historia a la recepcionista.
-Tengo cita ahora para una eco, pero no he traído el volante porque no lo encuentro. Pero aquí tiene mi tarjeta para que pueda consultar la cita en su base de datos…
-Imposible, hace falta el volante.
-Pero es que no lo encuentro… Y además, si he podido pedir cita a través de internet y en esa página se almacenan mis citas y se pueden gestionar seguro que podemos acceder a mi ficha y ver la reserva de hora.
-Imposible. Nuestra base de datos es independiente.
-Lo que quiero decir es que si me da cinco minutos miro desde mi Iphone, en la parte de gestión de mis citas y seguro que aparece esta cita y se lo podré mostrar.
Me estoy acordando de lo que hacen en muchas compañí­as aéreas, que en lugar de tarjeta de embarque escanean un código de barras en tu Iphone. No espero algo así, pero al menos sí un poco de colaboración…

La recepcionista pone cara de esta-tía-se-chuta o de preguntarse dónde está la cámara oculta.
Lo intento por el lado emocional.
-Con lo difícil que es conseguir cita… ¿Seguro que no hay alguna forma de arreglarlo?
-Como mucho puedes llamar a tu ambulatorio, decir que te cojan el volante y nos lo manden por fax.
Dice esto y desaparece sin darme el número de fax.
Llamo al ambulatorio. Aguanto estoicamente la retahíla de “si desea tal pulse cual” (y también dos huevos duros) y cuando por fin me pasan con un interlocutor humano le cuento la película.
Resulta que mi cita para la eco es una información súper confidencial que sí me puede proporcionar (o duplicar) mi médico. Y digo yo, si tan confidencial es esa prueba por qué la cita para la eco me la ha dado personal administrativo no autorizado. Me guardo mis reflexiones para mí misma para no complicar más las cosas y me limito a decir:
-Pero ese tipo de información tiene que estar en mi ficha, y ser accesible desde la intranet… Es por no perder la cita…
Me siento como un investigador de CSI que tuviera que trabajar con un Spectrum.
-Bla, bla, bla… -mi interlocutora sigue a lo suyo.
La solución “salomónica” con la que sale es que me da una cita con mi médico para que éste, que es el único autorizado para acceder a mi historial, haga un duplicado del volante, yo vuelva a pedir cita para esta prueba ante un administrativo no autorizado a conocer mis citas, y vuelva a venir a este centro médico-diagnóstico del número 40 de Juan XXIII. Una solución realmente imaginativa y un prodigio de eficacia, el de repetir todo el proceso, por mi parte, la del Insalud y la de la entidad colaboradora. (Visto en clave positiva al menos ya sé el número y dónde está el sitio; ¿he dicho ya que soy optimista?).
Le explico a la muy entregada y servicial recepcionista, con la voz un poco temblorosa, que no lo he podido conseguir.
-¿Me dice cuál es su nombre para anular la cita?
Pienso: “ahora sí que aparezco en tu base de datos, ¿verdad, pedorra?”. Pero respiro hondo y le digo mi nombre sin poner cara de asesina ni nada.
En la calle, en un arranque de vena concienzuda, didáctica o por simple cabezonería me meto en la página de cita previa a ver si aparece mi reserva de hora para la ecografía.
Ni rastro de ella; de hecho, esta página solo recoge citas directas con el Insalud. Ahí está por cierto resaltada en un recuadro la cita de la semana que viene con mi médico de primaria para repetir todo el proceso.
Me pongo a caminar calle arriba, sin tener claro si es el camino correcto, pero diciéndome que qué más da, si ya no tengo prisa. Resulta que voy bien, porque al poco tiempo reconozco un acueducto, el de la calle Pablo Iglesias. “Esa sí era buena tecnología, la de los acueductos” me digo a mí misma, aunque este es del siglo XX y bastante feo, la verdad. Hay una cuesta muy pronunciada y aunque podrí­a ir por otro camino la empiezo a subir animada porque me parece una forma de expiar mis culpas. Cierto, el sistema del Insalud es primitivo y poco flexible y es lamentable que en la era digital si pierdes un papel estés perdido, pero a mí ya me vale también, a estas alturas de la vida ir perdiendo los volantes de las ecografías…
Cuando termina lo peor de la pendiente y siento que he pagado mi penitencia avisto una terraza de una cafetería tipo pub llamada “El pato borracho”. Lo encuentro tan apropiado para mi situación que decido sentarme. Dado que mi lucidez es poca como para reducirla aún más tomando algo con alcohol y puesto que ya llevo dos cafés pido un café descafeinado de sobre y me pongo a escribir este post.
Al poco me traen una taza en la que se lee “Cafés El templo del café”. Lógico, si los cafés son divinos en un sitio, lo suyo es pedir un descafeinado de sobre… En mi descargo diré que quién iba a pensar que la especialidad de El pato borracho fuera el café… (bien pensado, las especialidades de El pato borracho sólo pueden ser el Alkaselzer, el bloody mary o los cafés bien cargados).
El café -de la misma marca que la taza- es magnífico, y la leche está muy cremosa. Definitivamente el mundo esta tarde de viernes no es tan hostil como me parecía.
Mientras pago la cuenta me prometo a mí misma empapelar mi habitación con copias del próximo volante que me den, no vaya a ser…

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Soy una muñeca de Famosa. Momentáneamente. Es un efecto colateral de mi última clase de Pilates. Aunque dada la ubicación de las agujetas principales sería mejor decir que es un efecto posterior o trasero, más que colateral.
La cosa es que pese a la ignorancia en la que vivimos la mayor parte de las oficinistas del mundo occidental, esa zona en la que uno se sienta y se aplica crema anticelulítica y en la que apenas una se fija cuando sufre cambios drásticos (aumentos y disminuciones de volumen, mayormente) o cuando te da por comprar lencería, existe una serie de músculos “deseosos” de ser desarrollados, ávidos de tomar parte en movimientos básicos de Pilates, relacionados con la movilización o inmovilización de la pelvis (otra zona que también tiene lo suyo) y muy vinculados a la correcta flexión de la columna (o algo así nos explicó la nueva profesora de Pilates anoche).
Aunque en épocas de frenesí­ con la elíptica habí­a descubierto ciertos músculos en esa zona general llamada glúteos, hoy he descubierto a sus primos menores. Se les reconoce porque están tensos. Tengo dos tiras muy tirantes en los laterales del trasero, como una tensa jarcia que uniera los isquiones con otra cosa, así­ que camino un poco como una muñeca de Famosa.
La sensación me trae a la memoria esos muñecos que hací­amos de pequeños con piezas de contrachapado y cuyas articulaciones estaban hechas con una especie de argollas metálicas. Tengo agujetas más leves en la parte posterior de los brazos y también en la parte posterior de las piernas. De ahí lo de efectos posteriores o traseros, más que colaterales. Y yo que me creí­a una persona “echá p’alante”. Ver para creer.

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Ahí estáis tú y la cámara. Horror. Te viene a la memoria brevemente la imagen de un viejo sketch humorístico en un fotomatón. Un tipo calvo entrado en carnes y con un mechón de pelo ridículo. Cuatro flashazos que le pillan en posturas a cual más absurda. La desesperación del retratado in crescendo hasta el final apoteósico en el que se agacha y no sale en la instantánea. Las fotos carnet son un género aparte, con sus propias leyes, te dices, y respiras hondo, como quien trata de engullir un vaso de calma.

Con los años y la autobservación has mejorado tu relación con tus fotos. El abismo entre cómo te percibes y cómo te muestran (a veces) las fotos ha perdido profundidad. Aun así, esta vez el suplicio implica sonreírle a una webcam en el mostrador de una piscina municipal, ante varias personas que llevan media hora esperando en una cola. En absoluto tu idea del set de fotografía ideal para un retrato (aunque agradeces que la foto no sea en bañador, al menos).

-Muévete un poco -dice la chica que sostiene la webcam con expresión bobalicona-. Estás a contraluz.
Mientras te preguntas a qué mente brillante se le habrá ocurrido poner la webcam a contraluz en plena campaña de matriculación, das un par de pasos tratando de no perder la sonrisa natural que te ha costado años desarrollar y tratando de olvidarte de las diez personas que te están observando desde la cola. La empleada mira la pantalla de ordenador, hace una mueca de desaprobación y vuelve a levantar la webcam. Se escucha un chasquido de impaciencia en la cola, o eso te parece. La tortura no ha terminado. Vuelves a sonreír con toda la naturalidad que puedes fingir en una situación así y cruzas los dedos metafóricamente para que ni el contraluz ni la falta de pericia de la empleada te vuelvan a retener.
-Ya está, has terminado -dice la empleada mientras te entrega una tarjeta de plástico con tu nombre y un número, pero ninguna foto.
-¿Y la foto? -preguntas, pensando que con lo que te han hecho pasar al menos mereces conocer el resultado.
-Es para nuestros archivos nada más.
-Gracias -le dices, sintiendo aún la sonrisa “natural” en tu rostro y después musitas para ti: “pero que sepas que ser, eres” y te das media vuelta.

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Cuando se despertó los ecos de risas y susurros y gritos y las voces femeninas todaví­a estaban ahí. Mencionaban a una tal Mère L, recia y dada al castigo, y algo sobre el privilegio de tocar una campana y acerca de los peligros de traspasar los límites del colegio de arriba y adentrarse en el de abajo.
Habí­a también una mano negra, y un aviso de bomba, y ciertas prácticas rituales con dientes de leche, cuerdas y puertas, gente con tendencia a ser expulsada (tras sentir la llamada irresistible de un cuerno de chocolate), escenas de canciones y bailes, algo siniestro llamado Test de Cooper que equivalí­a a una tortura de vueltas interminables jadeando bajo las órdenes de una tal Olga, paños de vainica sucios o primorosos, cuestaciones incansables de una tal B. (qué gran fichaje para tiempos de crisis como estos), un gato con botas de fieltro, un comedor de pinzas de madera, un macetero de macramé, una alfombra, algún que otro petit point (que fuera de ese entorno, por algún motivo, todos llamaban “punto de cruz”), la historia de los Reyes de Castilla en unas hojas gigantes cuadriculadas, los reyes son los padres, platos de alta cocina llamados faisán, arena finita que amontonar y meter en globos, montículos con los que tropezarse y hacerse heridas en las rodillas -siempre en la misma-, las cañas, árboles de morera llenos de hojas para gusanos de seda, un dÃía especial en que llevar lazos y calcetines blancos y disfrutar el extra de unas Mirindas, quesitos y chocolate Bounty, el himno, la bandera de España y la foto del rey, niñas castigadas a contar árboles o a contar las hojas de los árboles, como se te olvide el baby en casa te vas a enterar, bandas y medallas, partidos de minibasket, la bombilla, el veintiuno, la rayuela (”animales animales” etc), el balón prisionero, voleibol, rutas que recorrían Madrid y terminaban en la gran explanada de grava blanquecina que te cubría de polvo los zapatos azules, alguien grita que dejemos de tocar el violín, otra con aspecto de animal de monte dice que dibujemos un circo, alguien forma palabras en francés con letras de molde de madera y luego duerme la siesta tras jugar a la zapatilla por detrás.
El catecismo de memoria, las filminas, los gladiolos blancos para la Primera Comunión, los pasillos de suelo de losetas blancas y negras que se llenan y se vací­an a golpe de campana. Silencio. Alguien llama a un tal Ángel González por megafoní­a con voz nasal, el único nombre masculino en un mundo sólo de mujeres. Esperemos que no hayan vuelto a expulsar a N, a L o a G.

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Ya se sabe que el marketing busca formas cada vez más personalizadas de acercarse a uno, pero esas aproximaciones a veces producen monstruos.
Veamos un ejemplo. El otro día, al abrir el correo, me topé con un mensaje de mi banco que decí­a así­: ELSINORA, tus hijos merecen lo mejor.
Hay que ser muy mala gente o muy retorcido para disentir de la lógica de esta afirmación: mis hijos potencialmente se merecen lo mejor… o se lo merecerían si existieran. Pero no existen (por ahora), así que detendré toda tentación de poner en marcha una supuesta vena neurótica en plan “¿acaso no estoy ocupándome de mis hijos como debo?” “¿les falta algo?” (lo más importante, les falta la vida), “¿deberí­a cambiarles de colegio?”.
En fin, menudos sustos me dan las mentes preclaras de marketing o publicidad de algunos bancos…

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Un amigo concibió hace años un título estupendo para un cuento. Decía así: “Miles de extraños me empujan”. Y aunque mi sensación de las últimas semanas no es exactamente la de estar en medio de una liza multitudinaria, ni ser objeto de múltiples vectores de fuerza en sentidos contradictorios, sí experimento cierta extrañeza semejante a la de la frase. En realidad sería más exacto decir que pocos o ningún extraño me empujan, vamos que casi que no me empuja nadie, ni yo misma… O que puede que me empujen o puede que no, porque según el principio de incertidumbre la observación de cualquier fenómeno modifica la naturaleza del fenómeno observado. O dicho en términos más cotidianos, estoy en la fase “déme un café, no me lo dé”.
Qué rara está Elsinora, pensaréis los lectores habituales. Pero si este es un blog gamberro, ¿a qué viene tanta filosofía?
Digo yo que la climatología tendrá algo que ver: en la zona central de España llevamos unas cuatro semanas de días nublados en plena primavera (que me han hecho preguntarme cómo soporté yo el clima londinense dos años enteros; mi no entender), pero precisamente los últimos días han sido soleados (casi demasiado). Todo muy contradictorio y desconcertante.
Pero tranquilos, que el post este tendrá su punto humorístico, como debe ser en un blog de este tipo.

-Manos a la altura de los hombros, rodillas al suelo y luego las piernas como una flecha hacia atrás y juntas.

Estoy en clase de Pilates y la frase anterior la ha pronunciado nuestra eficiente y acelerada monitora. Lo que la profesora acelerada quiere de mí y de mi compañera de los grandes aros en las orejas que está un poco más allá es un típico push-up (un fondo; en inglés se dice empujar para arriba; muy gráfico y muy en la línea del título del cuento). A estas alturas de la vida sé en qué consiste eso y tengo más o menos la fuerza para hacerlo. Pero tengo un problema. Sé que es muy importante poner las manos justo debajo de los hombros, sé que tengo tendencia a no hacerlo y además me tomo muy en serio mis clases de Técnica Alexander que se basan en la máxima de parar antes de hacer (de hacer demasiado, básicamente, “overdo” como decía su creador) para corregir los malos hábitos.
Por si fuera poco, los libros de Pilates que he leído (soy así de rara, qué le vamos a hacer, tengo una pequeña biblioteca de libros de natación y Pilates; si me meto en algo me meto en serio) insisten en que es muy importante la precisión de los movimientos, que sin control muchas posiciones son incluso perjudiciales y que de hecho originalmente el Pilates se llamaba contrología. Y por supuesto en la técnica Alexander el paso previo a cualquier “postura” es no hacer y observar y decirse a uno mismo las direcciones u órdenes (cuello libre etc etc).
Así que ahí estoy yo, en esta décima de segundo precisa, calculando si las manos están donde deben estar, pensando si el cuello está lo bastante libre, si el “core” (los músculos del centro) está activado para que las lumbares no trabajen y las piernas estén lo bastante fuertes para formar la flecha que la profe espiritada quiere de nosotras.
A mí me parece una décima de segundo, pero a la profe se ve que se le hace eterna porque me dice que no me lo piense, y me jalea para que me ponga a ello. La de los aros ya está en posición, en una bastante incorrecta, un push-up mutatis mutandis diríamos, los aros de las orejas se balancean un poco y como el core no está del todo activado es posible que las lumbares le duelan toda la semana o es posible que le duelan los brazos o los hombros por la misma razón.

-No te lo pienses. Adelante, Elsinora. Arriba.

Obedezco y resulta una serie bastante apañadita.
Cuando termina la clase la profesora me mira con incomprensión.

-Tu trabajo está bien -me dice-. Pero no te lo debes pensar. Si lo haces mal, descuida que ya te lo diré yo. Lo fundamental es que no te lo pienses y no te pares.
Todo lo contrario de lo que me dicen en mis clases de Técnica Alexander, que se basan en aprender a parar. Mi no entender at all.
Pero en fin, me siento un poco como un dibujo animado que fuera hacia adelante y hacia atrás y luego se para y se ve el típico bocata o globo de pensamiento y luego según se suceden las viñetas se empiezan a ver cosas como brrr !&puff y otros símbolos que no encuentro en mi teclado pero son muy habituales en los cómic.
Si es que no se pueden tener aficiones contradictorias: terminas preguntándote si quieres más a mamá o a papá o volviéndote tarumba con tus lealtades.

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Miro por el visor, parpadeo, y me quedo perpleja.

Si fuera Sara Montiel hubiera dicho, “pero ¿qué pasa, qué invento es esto?”. Como sólo soy Elsinora y ni tengo novio cubano cuarenta años menor que yo, ni esparadrapos detrás de las orejas, ni llevo un panty en el bolso cuando voy a la tele para las cámaras, y como además es un jueves por la mañana y estoy en ayunas en un gabinete médico pasando un reconocimiento médico, me guardo mi perplejidad para mí­ misma y vuelvo a parpadear. Pero la imagen sigue estando desenfocada.
Hasta entonces todo habí­a ido muy bien, las consabidas letritas diminutas pero “adivinables” y una pequeña novedad, números ocultos en un dibujo, parecidos a los de los “catcha” para evitar el spam (hasta los reconocimientos médicos se suman a la era de internet). Todo razonablemente visible o interpretable. Y de repente me ponen una imagen frente al ojo derecho que parece una broma. Es como si hubieran puesto vaselina sobre la pantalla del visor o hubieran puesto un filtro de desenfoque para diagnosticar quién sabe qué. Por un momento pienso que es un truco, pero no entiendo su finalidad.
Me oigo decir a mí­ misma con cierto tono de Mister Bean “está desenfocado”, convencida de que hay algo erróneo en la imagen. La ATS ignora la gran verdad que le acabo de revelar y se limita a pedirme que lea la fila anterior y ahora sí­, asiente. Pasamos a otra imagen para el ojo derecho y me vuelve a pasar lo mismo, la última fila está “desenfocada”, pero la penúltima se deja leer.
Ahora resulta que tras todos estos años de “carapantallismo” y de lecturas en todo tipo superficies Elsinora está dejando de parecerse a Mister Bean y se va asemejando más a Míster Magoo.
Acabáramos.
Espero que mi estatura no empiece a menguar y que mi cabeza no multiplique su tamaño.
Me voy a dar a la vitamina A y a la luz natural y voy a dosificar mi exposición pantallil. Puestos a elegir, más que Mister Magoo prefiero parecerme a Penélope Glamour o incluso a Pierre Nodoyuna (o incluso a Risitas).
En fin… C’est la vie.

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Ya dije que estoy bastante aliviada desde que puedo tomar aceite de oliva y tomate, y que la vida me sonríe a nivel gastronómico (o casi).
Pero en esto como en muchas cosas conviene no confiarse ni bajar la guardia. Hoy por ejemplo a punto he estado de terminar desayunando corn flakes con trinaranjus de naranja. La cosa es que si te despistas y no compras las jugosas tostadas de pan de centeno y se te acaban las tortas de maíz y por algún motivo no quieres desayunar fruta, la alternativa son los corn flakes (que llevan maíz, que me sienta bien), pero como no puedes mezclar los hidratos de carbono (maíz) con las proteínas (leche de vaca) ni tampoco puedes tomar zumo (porque tiende a fermentar y tú no puedes tomar levaduras, ni fermentos) ni tampoco yogur (por la leche de vaca y el fermento) y como aunque por una vez te fueras a saltar lo de mezcla de proteínas con hidratos resulta que ayer te dio el capricho y te tomaste un cafécon leche de vaca no puedes volver a tomar leche de vaca hasta dentro de tres días…
Lo dicho, que esta dieta es como estar suscrita al Brain Training: hay que ver lo mucho que hace por tu memoria y tus habilidades combinatorias y lo poco que hace por tu paladar. No es de extrañar que uno adelgace con ella: te lo piensas tanto antes de comer, hay tanta distancia entre el impulso de comer y el momento en que comes, que se te pasa toda glotonería… Pero eso sí, lo de digerir bien y no sentirte eternamente pesado es algo merece todas las pequeñas molestias del mundo.
(Al final he desayunado un huevo pasado por agua y una manzanilla… y bien rico que me ha sabido; eso sí, no puedo tomar huevo de gallina en tres días).

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Un pequeño paso para la humanidad y uno muy grande para la calidad de vida de Elsinora: el endocrino me ha reincorporado el aceite de oliva y el tomate y la piña y el melocotón. A un inglés supongo que le darí­a bastante igual lo del aceite de oliva y que lo terrible para él serí­a la prohibición de cerveza y tikka massala y el rebozado del fish and chips y las propias chips (la patata es un tubérculo maléfico incompatible con pieles delicadas como la mí­a, al parecer), pero en un paí­s como España no poder tomar nada con aceite de oliva ni con tomate es una verdadera faena, así­ que estoy encantada, aunque la reincorporación no es inmediata sino a partir del 15 de abril; se ve que a mi endocrino también le mola el “hoy no, mañana” de “La hora de José Mota”.

Sea como fuere el 15 de abril haré una fiesta con esos nuevos ingredientes, aunque no sé qué tal van a combinar… Y además el apartado de celebración lo tenemos un poco perjudicado mientras está vedada la harina de trigo y la levadura por aquello de las tartas y mientras no pueda tomar alcohol por aquello de los fermentos. Brindaremos con Trinaranjus, pues, y con esas ricas tostadas de centeno integral y con una magnífica ensalada de tomate bien aliñada con aceite de oliva, ummm…

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Ahí­ estaba yo, revolviendo en la cocina llena de ansiedad, cual yonqui de los ochenta atracando una farmacia. Y diréis, ¿qué hací­as, tení­as un mono repentino de sustancias prohibidas por la pitonisa Lola? ¿Ibas por un chute de aceite de oliva o un buen trozo de pan, con su harina de trigo y su levadura, tras meses de tenerlo prohibido por el nutricionista? No, en realidad buscaba un cuaderno de hojas cuadriculadas y sabí­a que el cuadernillo de la lista de la compra tení­a esas caracterí­sticas.
¿Y para qué querí­a yo un papel cuadriculado en la era de internet, los Iphone y los lectores electrónicos? ¿Acaso habí­a un apagón?
La cosa es simple, tras varios años sin rellenar un solo sudoku, ayer sábado cometí­ el error de rellenar uno como quien no quiere la cosa en un VIPS, mientras comí­a con un amigo y su hijo. Poco sabí­a yo que el cuadernillo para niños menores de 12 años pudiera contener un arma de destrucción intensiva bajo el tí­tulo de “Sudoku difí­cil”.

Confieso que soy un poco compulsiva con algunas cosas, por ejemplo, la videoconsola. Hace unos cuantos años los Reyes me trajeron una Nintendo DS con el Brain Training del doctor Takashima. Me dediqué a hacer cuentas, tratar de memorizar listas y demás (mi edad mental era bastante desalentadora, por si a alguien le interesa), pero lo que más me enganchó fue con diferencia el Sudoku. No es que se me diera especialmente bien (soy más bien de letras) pero habí­a algo adictivo en la sensación de orden que te proporcionaba conseguir rellenar correctamente aquellos cuadraditos y cierto afán de demostrar tu capacidad ante un ente abstracto que al parecer siempre estaba ahí­, mirándome fijamente. Tras agotar las baterí­as con insistencia (cómo odiaba el momento en que aparecí­a la luz roja que indicaba que habí­a que correr a por el cargador) entendí­ la razón de las advertencias que acompañaban a la consola sobre problemas musculares y molestias en la vista por un uso demasiado prolongado.

Me terminé cansando de los sudokus y probé otros programas como el de Francés que también resultó muy adictivo, sobre todo el Bloquebulario (una especie de tetris para formar palabras en francés). En este juego eliges un profesor que te va guiando a través de tus progresos, pues bien, el mí­o indefectiblemente me acababa diciendo que ya estaba bien por hoy, que descansara un poco y que así­ fijarí­a mejor lo aprendido… pero es que yo no querí­a fijar mejor lo aprendido, yo querí­a seguir jugando y hacer más puntos, completar más palabras…

Con el programa de Eye Training (destinado a mejorar tu percepción y memoria visual, visión periférica, concentración etc) me pasó algo semejante, habí­a pruebas que me gustaban más que otras, pero la de descubrir dónde estaba el guisante me enganchaba y también la de bateador de béisbol. Por el contrario, la parte de contabilizar los muñequitos que entraban y salí­an de una casa me irritaba un poco.

La cuestión es que el “Sudoku dí­ficil” del Vips para niños menores de 12 años era fácil para un adulto con una mí­nima práctica y cuando llegué a casa y me puse a leer El Paí­s, contrariamente a lo que hago siempre, no pasé de largo la página de pasatiempos y decidí­ resolver el Sudoku dí­ficil. Este era difí­cil de verdad, así­ que me enzarcé un buen rato y como lo estaba haciendo con bolí­grafo y no en la pantalla interactiva de la Nintendo que te permite tomar notas y borrar y te avisa cuando te equivocas al poco rato habí­a organizado un pequeño desastre ilegible. Necesitaba una hoja nueva, a ser posible cuadriculada para que las matrices no fueran un desastre de lí­neas torcidas, así­ que me puse a buscarla. La encontré en la cocina y me puse a copiar la matriz del sudoku en plan posesa y a rellenar el pasatiempo. La cosa resultó muy laboriosa (se ve que estaba muy desentrenada y los números no son lo mí­o) pero finalmente lo conseguí­ y ardo en deseos de bajar a la calle a comprar el periódico de hoy para comprobar la solución (casi seguro que está bien, porque cumple los requisitos).
A todo esto no encuentro la Nintendo DS, no sé si la escondí­ muy bien para evitar engancharme a ella o si algún espabilado se ha hecho con ella en un descuido… Si ven a un extraño con una Nintendo DS rosa dí­ganle que me la devuelva, que es mí­a…
Pero en fin, hay que tener cuidado con los pasatiempos infantiles del VIPS, que los carga el diablo. Por cierto, creo que hay una errata en la sopa de letras de esos pasatiempos para niños, porque me pareció que la palabra TOMATE no aparece; sino TOMATI y TOMATT, pero tampoco lo puedo asegurar, porque no quise obsesionarme con el tema y me puse con el postre, una mus de chocolate, otra cosa que engancha bastante… ummm.

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Si estos dí­as has hecho como la mayorí­a y te has sumado a las comidas opí­paras habrás experimentado la curiosa sensación de ver cómo tu energí­a merma y andas todo el dí­a arrastrándote un poco como un alma en pena… Pues bien, yo antes de que me diagnosticaran la intolerancia alimentaria iba por la vida con esa sensación casi todo el tiempo, por más normalita que hubiera sido mi comida (el concepto de normal es muy relativo, ya se sabe, y si lo que tu cuerpo no procesa bien es el trigo, el arroz y el aceite de oliva la comida más normal te puede sentar como un tiro).
Por otra parte, estos dí­as he puesto entre paréntesis parcialmente las indicaciones de mi pitonisa Lola con tí­tulo universitario, porque si no la Navidad iba a ser demasiado triste, pero estoy notando las consecuencias…

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Desde que el Comité Mundial de las Intolerancias Elsinoriles se pronunció en contra del aceite de oliva, el trigo, el arroz y la levadura (entre otras cosas) mis incursiones en restaurantes tienen un punto extra de reto y aventura para mí y para quienes me acompañan.
No es sólo que tenga vetadas comidas muy comunes, sino que no puedo repetir el mismo tipo de alimento en tres días. Así que en lugar de consultar la carta, hago un verdadero escaneado y análisis de contenido y lo contrasto con la chuleta en la que voy recogiendo lo comido los últimos días en el Iphone, me pregunto si el jengibre es tubérculo o rizoma y ya puestos si puedo comer rizomas (porque me han quitado también los tubérculos, por mi tipo de piel…, pero de rizomas no me han dicho nada). Cualquiera que me vea leer una carta de restaurante pensará que más que leyendo, la estoy hipnotizando

No sé qué tal terminará mi aparato digestivo con esto, y espero que mis amigos no huyan de mí como de la peste, pero desde luego mi agilidad mental va a mejorar mucho, en plan Brain Training de Nintendo, por no mencionar lo que estoy aprendiendo sobre el reino vegetal y animal. La cuestión es que o gano agilidad mental o me van a declarar persona non grata en todos los restaurantes de Madrid ;-) tras repartir una nota en la que se lea algo como “Elsinora, esa chica que colapsa las mesas porque tarda dos horas en decidir lo que va a comer y hace preguntas extrañas sobre rizo no sé qué…”.
La cosa es que una de las primeras incursiones post-test de intolerancia fue en un sitio muy cool de Chamberí llamado Gabinoteca, en el que es costumbre pedir muchos platos pequeños de cocina imaginativa y contemporánea, cosa que agrada mucho a mi paladar pero que no facilita nada mi mano a mano con la carta. Así que cuando por fin descubrí una ensalada que podía tomar (sin tomate y sin aceite de oliva y sin ningún vegetal que hubiera tomado en los últimos tres días), un rico plato de proteína apto (afortunadamente puedo tomar todo tipo de carnes y pescados, thank Goodness; la cosa es no repetir lo ya comido en los últimos tres días) en forma de Magret de pato con kikos (que son maíz y no trigo, afortunadamente) y un entrante de gambas al ajillo, la camarera
-que parecía un sargento- nos hizo saber a mi comadre y a mí que hoy las gambas al ajillo eran en forma de carpaccio y a continuación nos explicó lo que era un carpaccio por si no lo sabíamos (se sirve crudo, dijo, en un alarde de concisión marcial) a lo que contestamos que perfecto, temiendo que con lo que nos había costado cuadrar nuestro castillo de naipes gastronómico cualquier nuevo dato lo tirara por el suelo.
La cuestión es que cuando llegaron las gambas, más que un carpaccio de gambas al ajillo aquello era una alfombra rosa-blanquecina sobre un plato cuadrado, una especie de tranchete derretido que uno tenía que ir cortando a trozos e ir comiendo sintiéndose un poco inadecuado y acuciado por cientos de dudas (¿por qué lo llaman carpaccio si es un tranchete? ¿dónde se han ido las gambas? ¿son tan trasgénicas que se han disuelto en el aire? ¿la masa blanquecina insípida que parece tranchete es ajo crudo? y sobre todo ¿a qué cocinero iluminado se le habrá ocurrido esta idea tan “brillante”?).
Al ver aquella triste planicie de color y textura indefinida sobre un plato cuadrado, mi comadre y yo bramamos contra Derrida y su rollo deconstructivo y recreamos en nuestras mentes pre postmodernas la imagen del tradicional cuenco de barro con sus gambas en tres dimensiones, y su ajito y su salsita (en mi caso de aceite de girasol, eso sí) y sobre todo su olor, mientras salivábamos como el gato Silvestre cuando fantasea con comerse a Piolín.
La alfombra de gambas con cosa blanca no es que estuviera mala, es que carecía de aroma y tenía un sabor plano, como corresponde a una alfombra, que se extendía hasta la línea de fuga sin alcanzar nunca altura suficiente para lograr el umbral de estímulo de nuestras papilas gustativas. Un desperdicio, vamos. Pero cualquiera se lo explicaba a la camarera-sargento. Y afortunadamente el restaurante no era caro y el magret de pato estaba realmente bueno… Por no hablar de la fantástica compañía, por supuesto, a quien aprovecho para agradecer su paciencia ;-)

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…o quizá incluso alarmante.
He estado curioseando en la red sobre la prueba de intolerancias alimentarias que me han hecho y cuyos resultados aún no tengo y he descubierto con horror que en la lista de noventa y tantos alimentos que recoge (según esta web) no figura el chorizo… ¡acabáramos! Ni por supuesto el lomo ibérico, ni el jamón, ni el salchichón. ¿A quién se le ocurre? Saber que es una prueba diseñada en Estados Unidos lo explica en parte, pero en fin, la validez del test para España y para otros países con nuestra tradición gastronómica deja mucho que desear…

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Como el tiempo es propicio al piscineo (y a ir a la playa para los privilegiados que la tengan cerca), recupero este post de temporada estival que espero que os deje una sonrisa en los labios para empezar el “finde” con buen pie.

Una piscina pública de verano en una ciudad del interior es la máxima entropía. Una playa muy concurrida también lo es aunque en menor grado, porque al fin y al cabo la parte que tiene de naturaleza impone un cierto orden (natural): es natural que haya arena, es natural que haya olas, es natural que haya peces… y esta naturalidad (contaminada, si se quiere, asfixiada por la urbanización salvaje en las zonas costeras incluso) compensa en cierta manera por todo lo demás, mientras que en una piscina pública en pleno agosto y en pleno Madrid todo es accidental o artificial o entrópico.

Estas cosas pensaba yo mientras trataba de encontrar un hueco para mi toalla y mi mochila bajo un sol de justicia en la piscina de El Canal un día cualquiera de la semana pasada. Me habían dado el número 13 a cambio de mi percha con ropa, pero como no soy supersticiosa no lo tomé como un presagio de nada. Extendí la toalla sobre el suelo, la crema sobre la piel y mi cuerpo sobre la toalla (la teoría lingüística comparativa dice que en español las partes del cuerpo o el cuerpo en sí no precisan de adjetivo posesivo, me habrá poseído el espíritu del espanglish). En seguida el bikini se puso a tono con la entropía del lugar y decidió descolocarse cada pocos segundos y hacer surgir de la nada unos michelines que yo nunca había tenido y que por supuesto no se correspondían con cierta fijación con los gusanitos y los helados. Por más que estirara y recolocara aquella cosa no había manera de disimular esas extrañas incorporaciones, así que aplicando mis conocimientos anatómicos sobre medicina china, meridianos y demás, decidí que lo mejor era permanecer tumbada. Vuelta y vuelta, mano a mano con el bikini y surge en escena el humo de la tipa de al lado. Huyendo del humo me tiro al agua sin gafas y sin gorro y sin tapones sintiéndome rara o poco preparada porque durante nueve meses al año no entro a la piscina sin ninguno de esos elementos. El agua no escuece demasiado los ojos pero al pelo le va la entropía y me ciega. La parte de arriba del bikini no combina bien con un estilo de natación vigoroso, por más que sea un bikini Speedo (de los que la FINA nunca prohibirá), o quizá es que me lo he atado mal y tengo que reprimirme las ganas de recolocarlo cada tres segundos porque así no hay quién nade y menos en medio de los adolescentes chillones, los niños tirándose a bomba y las parejitas besuconas que surcan el agua. Menudo estrés, así no hay quien se relaje para flotar bien.

Descubro que han aislado dos calles mediante corcheras supuestamente para nadar. Ilusa de mí, o gobernada por una nube de neuronas entrópicas, intento nadar por una de ellas, hasta que me rindo a la evidencia de que lo no puede ser no puede ser y además es imposible: la gente ha interpretado que las corcheras son para jugar, saltar sobre ellas, bucear bajo ellas o para hacer vida social.

Abandono la zona de nado y nado un poco por la zona de no nado. Esta agua es defectuosa, algo le pasa, me digo, porque no termino de sentir que floto bien, porque en cuanto doy cuatro brazadas deja de cubrir o aparece alguien o me tropiezo con objetos flotantes no identificados de tacto inquietante.

Salgo de la piscina y me tiendo junto a la tipa fumadora. De nuevo inicio las negociaciones con la rebelde braga del bikini que va por libre y cuando consigo una tregua me relajo. Empieza a hacer demasiado calor, así que es hora de otro chapuzón. Esta vez pienso ir preparada: me hago una coleta y me pongo las gafas. He ajustado mejor la cuerda del bikini, de hecho creo que el nudo me va a perforar una vértebra cervical, pero me digo que no se puede tener todo en la vida. Una vez en el agua, descubro que las gafas no eran tan buena idea: con una visibilidad casi perfecta bajo la intensa luz del sol no puedo evitar ir haciendo inventario de las sustancias flotantes que habitan el agua: la cantidad y la variedad de esta fauna acuática me da vértigo o quizá el vértigo lo produce el chaval que se tira en bomba a escasos centímetros de mi cabeza o la chavala que ha decidido bucear debajo de mí y de las sustancias en suspensión o el anciano que hace largos nadando de espaldas pasando por encima de lo que se le ponga por delante (y por supuesto no flotando en absoluto y haciendo mal el barrido de los brazos).

En cuanto decido dejar de hacerme mala sangre por las cosas que no me permite hacer este extraño entorno piscinil y ponerme a explorar las que sí me deja, como bucear un poco o mejorar la patada de braza, surge una voz por megafonía que nos informa de que son las 8 menos veinte y que esa voz del más allá nos agradecería que nos fuéramos para evitar aglomeraciones y bla, bla, bla. Obedezco al rato porque total, quién querría luchar para defender su derecho a estar un rato más en este charco superpoblado y caótico.

La versión supuestamente inglesa del aviso me hiela la sangre: una especie de pitufa de voz nasal y acento tirando a marciano masculla que please nos vayamos en el established time y otras cosas. El acento es extraño pero lo que más me extraña es que diga “Attention please” en lugar de “Your attention, please” que es como yo creo que debería empezar su anuncio, pero con tanta confusión como la que reina en este lugar ya no estoy segura de nada. Miro el reloj grande de la fachada y veo que en él son las 6 y media. No entiendo nada, porque recuerdo que compré la entrada poco antes de las siete con el temor de que a esas horas no me dejaran entrar, pero en fin, se ve que no tienen problema en venderte una entrada a las siete menos diez y luego echarte del agua a las ocho menos veinte. Y que tampoco tienen problema en tener un reloj con la hora equivocada.

Mi bikini rebelde y yo nos quedamos secándonos al sol hasta las ocho menos cinco y después regresamos a un mundo donde reina un cierto orden, las zonas dedicadas a una función se respetan y los relojes, a veces, marcan la hora real y uno puede desplazarse sin miedo a que le caiga alguien sobre la chepa o a que alguien le aparezca por debajo.

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Mis vecinos están de obras. Ayer estuvieron dando unos golpazos terribles pared por medio, justo al otro lado de mi cuarto de baño. No me atreví a ducharme en ese baño por si todo el alicatado se caía sobre mí en un momento porno-ñapa de lo más lamentable, pero sí me lavé los dientes en medio de un frenesí de melodía “bakala”. La cosa era como el anuncio de Oral B de cepillos eléctricos que hacen vibrar las casas de diseño de los vecinos, pero al revés: mi cepillo manual y toda yo vibrábamos al son de los martillazos.
Por la tarde los ocho sacos de cascote del descansillo daban fe del destrozo que habían perpetrado durante todo el día y demostraban que no exagero un ápice.
Al ver tanto saco respiré aliviada y me dije que no podía quedar nada que echar abajo a martillazos, pero hete aquí que ahora se dedican a hablar en voz baja y después dan golpes puntuales aquí y allá.
Para mí que en realidad mis vecinos andan buscando un tesoro y tanteando dónde puede estar…

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