Trabajo de campo en un pub inglés

Cuando salí­ al encuentro de “Grititos” -una compañera de clase inglesa-, en mi recámara cerebral rondaban algunas ideas sobre la libertad o su carencia de las inglesas a la hora de vestir y sobre las relaciones entre hombre y mujer en La Pérfida que había estado comentando con una amiga española afincada en Londres.

“Grititos” es una tipa simpática, pero no demasiado inteligente. Vive justo en Putney, al suroeste de Londres, de manera que era muy fácil quedar para despedirme de ella. Quedamos en un pub de su calle (llamada Lazey: es decir, casi “vaga”) y ahí­ estaba ella: alta, rubia (pelo lacio con mechas, cómo no) y un poquito sandia.

Pub inglés

Tomamos una copa, mientras celebraba entre grititos las noticias buenas o regulares que yo le daba y luego me estuvo contando lo preocupada que estaba con aprobar o no el máster, después de la mucha pasta que le habí­a costado. Esta compañera, que trabaja e hizo el master part-time como yo, faltó mucho los dos años, no intervení­a en los seminarios salvo para preguntar cómo se escribí­a el nombre de algún autor extranjero sobre el que supuestamente habí­a tenido que leer veinte páginas en casa, y tení­a una curiosa tendencia a ponerse enferma cuando tocaba exponer en clase. Pero, claro, no mencionó nada de esto al contar su miedo al suspenso, y sí­ en cambio el hecho de que su tutora de tesina la dejó tirada…

Seguimos hablando de esto y aquello y salió a relucir el tema “pareja”. Me contó que habí­a quedado después con una especie de novio suyo, que según comentó era feo y bastante soso, pero que al menos la sacaba por ahí­ y le pagaba las copas. Remachó el comentario con unas risitas/grititos que parecían llevar la firma de mi amiga V en plan “I told you”, aunque en realidad la fase “te lo dije” no habí­a hecho más que empezar. El comentario de “este tí­o es un rollo y no me gusta, pero me paga las copas”, dicho una vez puede ser una simple broma, pero repetido de mil formas se convierte en un modus operandi (que seguramente le deba mucho al pragmatismo inglés, por otra parte).

Grititos y yo cambiamos de pub. Esta vez fuimos a uno junto al rí­o: con vistas, de hecho, al Támesis. Serí­an las nueve de la noche. El lugar era un pub/disco, con una zona más vespertina/tranquila y otra zona más nocturna/fashion.

Nos instalamos en la zona tranquila y Grititos se dedicó a escanear las mujeres presentes, especialmente a las que estaban con algún hombre. Le despertó envidia una pareja del fondo, bastante acaramelada y en la que la mujer parecí­a mayor que el hombre, cosa que me repitió varias veces. Otra pareja del centro de la sala llamó su atención, ya que él llevaba anillo y ella no y decidió que ella era su amante. Yo que además de tener peor perspectiva para verlos tení­a menos interés en el estado civil de los presentes (interés cero, de hecho), no encontré en su lenguaje corporal nada que me hiciera pensar en una relación más allá de lo profesional o lo amistoso. Sin embargo, Grititos lo tení­a claro.

Interior de café

Decididamente lo que mayor interés le despertó fue una mujer de unos treinta y muchos sentada sola en otra mesa. Tení­a un periódico que leí­a distraí­damente. Yo estaba bastante sorprendida con la situación, ya que Grititos observaba la escena con bastante descaro, cuando se supone que en Inglaterra la gente es mucho más discreta. A los ojos de Grititos, el primer “crimen” de la tal chavala era haber ido a un pub sola, porque su código de conducta de chica de las Middlands (Grititos es originaria de esta zona más al norte) autoriza a ir sola a un café pero no a un pub.

El segundo “crimen” era tener treinta y muchos y estar sola. Grititos no lo mencionó en esos términos, pero toda su conversación se dirigí­a hacia semejante idea, con su obsesión por echarse un novio y por la arruga y media que tení­a a sus veintipocos junto a los ojos. No se cansó de alabar mi cutis liso, “y eso que tú tienes treinta y cinco y yo veinticinco, y además vienes de un paí­s con mucho sol, con lo malo que es el sol para la piel”.

Me quedé con ganas de decirle que salvo que trabajes al aire libre, nadie te obliga a estar horas y horas debajo del sol en verano y que existen unas cosas llamadas filtros solares, gorros, incluso casas y oficinas que limitan la exposición a la luz solar.

Pero en fin, me pareció que sacar a Grititos de su mundo de fantasí­a y color iba a ser tarea ardua, y me dije que “preferirí­a no hacerlo”, cual Bartleby.