Tauromaquias

Ayer dí­a 1 de mayo celebraba su cumpleaños un amigo Tauro. Parece que en este puente largo (en Madrid el dí­a 2 se celebra el dí­a de la Comunidad, una especie de “Gabachos go home!”de hace muchos años, protagonizado por el alcalde de Móstoles) se ha ido menos gente que en Semana Santa. La cosa es que este amigo y su mujer (también amiga) andaban muy liados y tuvieron que improvisar la celebración del cumple y se les ocurrió que el Cenacho, un restaurante de comida gaditana (pescaí­to frito y demás) -que siempre está vací­o-, de Chueca, casi en frente de la Bardemcilla (el garito de los Bardem) era una solución socorrida. Lo que mis amigos no sabí­an es que alguien del tal restaurante habí­a tenido una idea brillante para conseguir llenar su local y que habí­a decidido aplicarla justo ese dí­a: ¡celebrar la Feria de Abril! Así­ que nos fuimos congregando en el local, que se iba llenando a velocidad preocupante y después de mucho esperar nos dieron mesa y luego nos tomaron nota y en ese momento, con un Rueda fresquito en la mano nos empezamos a relajar.

El relax nos durarí­a poco. Por el rabillo del ojo veí­amos cómo alguien subido a una escalera colocaba unos farolillos y unas bonitas guirnaldas mientras nosotros nos poní­amos al dí­a de nuestras peripecias durante estos meses, porque algunos llevábamos tiempo sin vernos y al mismo tiempo notábamos cómo el ruido se incrementaba. Yo, aplicando las enseñanzas espirituales de Eckhard Tolle y su famoso “El poder del ahora”, trataba de centrarme en el presente y de ignorar mi rechazo a las fiestas/personas ruidosas y mis ganas de estrangular a unos cuantos congéneres molestos.

Cuando más metidos estábamos en nuestra conversación, de repente se apagó la luz y vimos cómo el camarero que nos habí­a dado la mesa, un argentino cincuentón vestido de corto, entraba en trance, juntaba las manos y se poní­a a cantar la salve rociera atronadora que empezó a escucharse por los altavoces.

Unos cuantos comensales empezaron a dar palmas con entusiasmo y en mi mesa las caras se ensombrecieron. Se ve que al resto de mis compañeros de mesa les gustaba tan poco como a mí­ la algarabí­a extemporánea aquella. Recordé un consejo que da Tolle para recuperar la serenidad en cualquier momento y que consiste en tratar de escuchar el silencio entre el ruido y por debajo de él. Pero en medio de aquella algarabí­a a oscuras y bajo el humo de los cigarros era difí­cil encontrar el silencio y mucho más la serenidad. Así­ que como el plan A de la serenidad y de convertirse en observador que no juzga y que no se altera no funcionó, decidí­ sumarme a las palmas, que con lo que me gusta a mí­ la percusión no parecí­a una opción tan mala, en una aplicación directa de aquello de “si no puedes con tu enemigo únete a él”.

La cosa es que el plan B hizo el trance más breve y supongo que fue una forma de aceptar el presente, pero también comprobé que la mayor parte de la gente daba las palmas mal y que además aquello podí­a resultar agotador. Milagrosamente, la luz se volvió a encender, recuperamos nuestros tenedores y proseguimos la cena pensando que los sustos ya se habí­an terminado y que no serí­an tan sádicos de seguir poniendo a prueba nuestra paciencia. Nos equivocábamos. Al poco rato volvieron a poner la música muy alta (esta vez con luz), unas bonitas sevillanas (para quien le gusten) y aparecieron los mismos camareros con pelucas y vestidos de flamencas bailando de forma estrambótica. Esta parte debí­a ser la parte Chueca de la velada. Aquello era más grotesco que rompedor, pero al menos tení­a un cierto punto de reírse de uno mismo, de no terminar de creerse el lado farandulero de estas celebraciones que podí­a tener su valor profiláctico. Los camareros, altos, bajos, con barba y sin barba dieron un par de vueltas en sus ataví­os transexuales y luego reaparecieron con las bandejas de pescaíto frito. A todo esto un frenesí­ de exclamaciones y flashes de cámaras de fotos habí­a hecho presa de un montón de comensales haciendo patente que la mayor parte de la gente estaba encantada con todo aquello. De hecho, hasta vi algunos brazos de mujer alzándose y describiendo movimientos de sevillanas.

A todo esto, mi amiga la del marido “cumpleañoso”, que ha nacido en Cádiz y pasado toda su vida en Madrid, y que odia las celebraciones ruidosas y el folclore, andaba renegando de que un local gaditano se sume a una celebración sevillana. Se ve claramente que esta amiga sobrevalora la importancia de la geografí­a, que no conoce el poder que emana de aceptar el ahora y que no domina la escucha del silencio que hay detrás del ruido.

En fin, qué trabajosas resultan ciertas veladas del Dí­a del Trabajo, ¿no te parece?