Otra forma de celebrar un cumpleaños (“El castellano viejo” de Larra)

Las aguas andan revueltas por la Pérfida en sentido literal y figurado. Llueve mucho muchí­simo, se suceden las noticias sobre coches bomba aquí­ y allá y por mi parte estoy quemando los últimos cartuchos del carapantallismo y preparándome para la tutorí­a que tengo mañana.

El tema de mi primer cumpleaños de adulta me ha recordado que por fin dispongo de un artí­culo sobre un cumpleaños de un castellano (viejo, que no adulto) contado por un maestro, Mariano José de Larra, escritor romántico español y periodista. Este texto sobre la comida en casa de Braulio para celebrar “un dí­a de dí­as” siempre me ha encantado. Creo que la primera vez que lo oí­ fue porque nos lo dictaron en clase (en el colegio… allá por el año no se cuantos antes de Cristo) y me aprendí­ párrafos enteros por lo mucho que me gustaba. El castellano antiguo siempre me ha gustado, por otra parte. Lo que sobre el papel me parecí­a estupendo, empezaba a ser inquietante en cuanto se trasladaba a la vida diaria: la desventaja de saberse trozos de memoria y de tener la escena grabada es que con frecuencia me parecí­a que mi vida era como la comida del castellano viejo. Y aquello no me gustaba nada. Hoy por hoy, tras haber protagonizado muchas escenas en el rol de Mí­ster Bean en La Pérfida, acojo con mayor afán festivo las similitudes (véase Crowded House) e incluso las reivindico, porque cada cultura tiene su forma especial de montar números según su idiosincrasia. Leí­do en el 2007 -y con mi cabeza medio inglesa además- el texto de Larra me resulta un poquito lento pero me parece que sigue conservando una gracia y una agudeza impresionantes. Pertenece a una serie de artí­culos de costumbres que escribió en el primer tercio del siglo XIX con la intención de denunciar y ayudar a renovar una España anquilosada (él se habí­a educado en Francia y la piel de toro le dejó un poco perplejo al principio… él tampoco entendí­a mucho). La mayor parte de sus dardos se dirigí­an al Madrid castizo en el que él viví­a. Muchas de las cosas que él critica sobre España creo que siguen siendo verdad, pero en fin, ya me diréis. Lo divido en varias entregas porque es bastante largo.
Que lo disfrutéis.

“El castellano viejo”

Mariano José de Larra

11 de diciembre de 1832
Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo dí­a para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tení­an adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar a veces ciertos convites a que parecerí­a el negarse groserí­a, o por lo menos ridí­cula afectación de delicadeza.

Andábame dí­as pasados por esas calles a buscar materiales para mis artí­culos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí­ varias veces a mí­ mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que a mi lado pasaban, me hací­a reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraí­da y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraí­dos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e impasibles. En semejante situación de mi espí­ritu, ¿qué sensación no deberí­a producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (a lo que por entonces entendí­) a un grandí­simo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante.

[Una de esas interjecciones que una repentina sacudida suele, sin consultar el decoro, arrancar espontáneamente de una boca castellana, se atravesó entre mis dientes, y hubiérale echado redondo a haber estado esto en mis costumbres, y a no haber reflexionado que semejantes maneras de anunciarse, en sí­ algo exageradas, suelen ser las inocentes muestras de afecto o franqueza de este paí­s de exabruptos.]

No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quien fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos a los ojos y sujetándome por detrás:

-¿Quién soy?-, gritaba, alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. -¿Quién soy?-

-Un animal [irracional]-, iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales: -Braulio eres-, le dije.

Al oírme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle y pónenos a entrambos en escena.

-¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?

-¿Quién pudiera sino tú?

-¿Has venido ya de tu Vizcaya?

-No, Braulio, no he venido.

-Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?

-Te los deseo muy felices.

-Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan y el vino vino; por consiguiente exijo de ti que no vayas a dármelos; pero estás convidado.

-¿A qué?

-A comer conmigo.

-No es posible.

-No hay remedio.

-No puedo -insisto ya temblando.

-¿No puedes?

-Gracias.

-¿Gracias? Vete a paseo; amigo, como no soy el duque de F…, ni el conde de P…

¿Quién se resiste a una [alevosa] sorpresa de esta especie? ¿Quién quiere parecer vano?

-No es eso, sino que…

-Pues si no es eso -me interrumpe-, te espero a las dos; en casa se come a la española; temprano. Tengo mucha gente; tendremos al famoso X. que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla. (…)

Fin parte I