Llegada a Londres y españoles sin fronteras

El aeropuerto de Gatwick me gusta por algún motivo, además de que me pilla cerca de casa. Prefiero la zona de salidas que la de llegadas. Está como curiosito (células fotoeléctricas en los lavabos, geles buenos para lavarse las manos, un colgador para el abrigo o el bolso en cada WC, pequeños detalles agradables), es espacioso, tiene tiendas interesantes (discos, libros, chocolates, ropa) y zonas amplias para sentarse. Incluso unos sillones que te dan un masaje por una libra.

Esta vez, la zona de llegadas resultaba algo caótica porque estaban de obras trabajando en nuestro beneficio (en plan despotismo ilustrado, todo para el pueblo, pero sin el pueblo). Así­ que los “female toilet” no estaban donde se suponí­a que debí­an estar y las zonas para recoger el equipaje se camuflaban tras vallas de obras y demás. Mis cuarenta kilos de maletas no tardaron mucho en aparecer, pero eso sí­, cogí­ la más pesada con la mano izquierda, cosa muy recomendable para alguien que no es zurdo.
Del trayecto en el Gatwick Express lo más reseñable es la conversación de una chica catalana residente en Londres con un joven norteamericano, creo (en todo caso no era inglés, ya que no conocí­a Londres), que vení­a de Barcelona y estaba bastante alucinado con los movimientos nacionalistas, el Estatut y todo eso. La chica catalana no estaba de acuerdo con que sólo se enseñe el catalán en las escuelas, “porque el bilingüismo es una riqueza”, frase que decí­a con un marcado acento catalán y enseñando mucho unos dientes muy blancos cada rato porque sonreí­a con frecuencia -como hacemos muchos al hablar un idioma ajeno o cuando nos comunicamos en el nuestro con un extranjero; como un comodí­n fático, que dirí­a un lingüista, un “estoy aquí­”, que dirí­a un castizo- y añadió que el joven habí­a tenido oportunidad de estar en Cataluña en un momento muy interesante. Esta chica era una entusiasta de la vida, de Londres (sobre todo por la noche, “por la noche se vuelve un sitio muy especial, sobre todo la zona del rí­o, muy especial”), de vivir en Barcelona por un tiempo siendo extranjero, de apurar una corta estancia en la capital de Gran Bretaña como se aprestaba a hacer el chico que tení­a enfrente y seguro que también serí­a una entusiasta de los Máster de Literatura Comparada, aunque no supiera en qué consiste semejante cosa. Ya le oigo decir “suena realmente muy sugerente”, marcando mucho los sonidos nasales. La verdad es que no me hubiera importado charlar con ella, o en sus términos, la verdad es que me hubiera encantado hablar con ella -yo también soy o estoy entusiasta- pero estaban un poco lejos.
Detrás de mí­, de pie junto a la puerta, dos españolas estudiantes de Farmacia o algo así­ (hablaban de sus ejercicios de quí­mica, de si eran grupos dos pi o tres pi; suena a quí­mica orgánica pero no sé, una con un ligero acento gallego o leonés y otra andaluza) se contaban sus vacaciones, la enfermedad del familiar de una de ellas, que se habí­a puesto un spray bronceador en lugar de los rayos UVA, no el familiar sino ella, a lo mejor también el familiar, pero eso no lo contó; que le costaba 10 euros la sesión, cosa que a la andaluza pareció gustarle, porque comparado con los UVA no sé qué (el estrépito de un tren que pasó a toda velocidad junto al nuestro nos sobresaltó a las tres y a mí­ no me dejó oír esa parte; en los trenes de Gatwick y en el Thameslink pasa mucho, cardiacos con destino Londres estén prevenidos), que no habí­an salido en Nochevieja pero sí­ antes y después y esas cosas y los muchos ejercicios que le faltaban por hacer, que si se iba a estar dos dí­as pasando a limpio no sé qué cosa que omito porque sonaba bastante rollo. Que no se habí­an traí­do champú ni colonia Nenuco pero que estaban seguras de poder encontrar en Inglaterra alguna colonia de niños parecida. Toda la conversación me pareció que traslucí­a esa camaraderí­a tranquila de los años de facultad y que el vivir fuera no cambiaba apenas este hecho. Añoré aquellos años de universidad y aquella ligereza, aunque supongo que fue una falsa impresión, porque un familiar gravemente enfermo y una carrera técnica en otro idioma ya son bastante poco livianos, pero está claro que solemos ver en los demás lo que nos apetece. Dicho de otro modo, es evidente que nuestras traducciones de los demás son bastante libres.

3 respuestas a «Llegada a Londres y españoles sin fronteras»

  1. Lo que está claro es que es un gran vicio observar y escuchar a la gente en estos sitios que tanto se prestan a ello como el metro o el aeropuerto y a partir de cuatro frases y el aspecto general que tengan esos sujetos, imaginarnos su vida entera. Confieso mea culpa sobre el tema. Me encanta hacerlo y me encanta como no solo lo haces tu sino también como lo sabes contar. Besotes

  2. Los observados seguro que también se formaron una impresión y desarrollaron una teoría. ¿Tendrán un blog en el que lo cuenten?

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