La familia

Javier Bardem dedicó su óscar como mejor actor secundario a su madre y al resto de su familia de cómicos. Hace un par de semanas, en House, el tema era el enigma de la relación del controvertido doctor con sus padres, por qué poní­a tanto empeño en evitarlos y hasta qué punto la relación con sus progenitores explicaba su “peculiar carácter”. Zapatero aparece en las fotos de un mitin en León saludando a su padre, además de que todos conozcamos a su mujer y sepamos que tiene dos hijas. Rajoy aparece en la portada de El País del domingo con la cabeza apoyada en el hombro de su mujer. Bill Clinton interviene activamente en la campaña de su esposa, a pesar de puros, faldas manchadas y a pesar de que Hillary se refiriera a la “simpática” situación en la que le dejó el ex presidente como el momento más duro de su vida al final del debate del otro día y que eso le sirviera para derivar hacia los veteranos de guerra y el sufrimiento de los norteamericanos en general, en una finta que puso en pie a bastantes de los presentes (y que fue el único momento en que estuvo más hábil que Obama).

La última comidilla de “Fama. A bailar” son la escasa autoestima y los problemas de socialización de Marcos (ese chaval con algunos kilos de más y cara aniñada), derivada directa o indirectamente de la elevada exigencia de sus padres, por más que algunos de sus compañeros de concurso interpreten que la razón es que sus padres lo han mimado demasiado. También en ese programa una de las herramientas más empleadas por los profesores es una psicología elemental pero hasta ahora efectiva basada en redirigir las carencias afectivas (ese novio al que se echa de menos, esa madre a la que se añora) hacia una performance más intensa.

Por mi parte, por razones que no vienen al caso, me he pasado el fin de semana sumergida en vida familiar y me he dado cuenta por enésima vez de hasta qué punto la familia marca un punto de partida y unas coordenadas en muchos aspectos, más allá del parecido fí­sico y del pasado compartido y también de cómo termina convirtiéndose en una tarjeta de presentación que uno lleva consigo, a veces sin darse cuenta.