El pánico voluptuoso de ser otro según Carsten Höller

Aquel sábado por la tarde la ciudad había sido tomada por la oscuridad y un frío inhabitable pero aquel lugar al borde del río bullía, alimentado por antiguos motores y nuevos alientos. Cinco mangas atravesaban la sala como restos de un trabajo de cirugía o de un malabarista surreal, bajo la luz roja de un sol remoto. Como antiguo útero, aquel artefacto daba a su luz su propio público: gente pequeña surgiendo por todas partes, arracimándose en colas que conectaban como sistemas nerviosos las mangas con los alimentos de las mangas. Uno de los censos menciona cuatrocientos treinta y cuatro españoles, doscientos veintidós franceses y ciento once italianos y un número indeterminado de británicos de distinto origen racial, geográfico y cultural y no necesariamente más amplio que el de extranjeros.

De uno de los italianos, una persona aparentemente común, se sabe que entró como tal en una de las mangas y salió siendo Berlusconi y exigiendo ipso facto una mesa de juntas para reunirse. Todos los ingleses circunspectos salían gritando y gesticulando como italianos y recitando la receta del mejor pomodoro del mundo. Una alta proporción de los españoles que se internaron en el tubo (la estadística que habla de 444 presentes es largamente corta: era sábado por la tarde y la exposición era gratis; 4444 se acerca más a la cifra real) abandonaban el tobogán con la convicción de haber ganado un piso en Oxford Street con vistas a las principales tiendas.

Al constatar que este hecho no traía la felicidad esperada, ni los volvía cool de un plumazo, se desesperaban y se arrastraban alicaídos hasta la manga para un nuevo salto, para comprobar que el piso no les satisfacía del todo aún y que tenía que haber algún error… Algunas fuentes declaran que las existencias de jamón ibérico de Harrods se agotaron esa noche y que hubo varios casos de empacho de jamón, que en realidad eran intentos de suicidio fallido (Easyjet se apresuró a mandar una circular advirtiendo de que cobraría sobrepeso a quienes hubieran engordado de forma desmesurada o a quienes quisieran llenar su maleta con jamón ibérico comprado en Harrods con destino ¿a España?).

Las fuentes no son precisas respecto a las cifras francesas, ya que como es sabido en situaciones de crítica intensa los galos tienden a la “deconstrucción”, pero algunos testigos cuentan que la mayor parte de ellos, especialmente los de París, perdían la “u” francesa y se olvidaban de la correcta pronunciación de la “r”. Al reincorporarse a su grupo se corregían unos a otros incesantemente y a falta de un representante autorizado de la Academie de la Langue Française en la zona (¿algún académico en la sala?) se produjeron algunos enfrentamientos, “peut- êtrrrrre, grrjjaves, ou peut-être pas du/di/dui tout” explicó uno de los presentes, visiblemente turbado al no poder confiar nunca más en que su francés pudiera ser impecable o en toda posibilidad de recuperar una noción de francés puro en el futuro.

Los escasos alemanes presentes se ocupaban más de analizar la arquitectura de los tubos que en usarlos, o en todo caso cuando los usaban no acusaban cambio sustancial aparente salvo un flequillo despeinado o unos ojos más brillantes y el pecho hinchado ante la obra bien hecha de un paisano. Eso sí, nadie les pudo persuadir de que prescindieran de una buena cerveza o un buen vino blanco después de aquello. Y el vino les salió caro, por supuesto. Pero por Alemania, cualquier cosa.

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