Cumpleaños mestizo y prejubilación de Elsinora

Ayer celebré mi primer cumpleaños de regreso en Madrid, junto con mi hermano, en una Chueca sin aglomeraciones, pero en medio de un calor que se podí­a cortar.

La cosa resultó bien: la gente se divirtió y se mezcló razonablemente. Por mi parte, yo también me divertí­ con y sin delantal, mezclando ingredientes, influencias y grupos de amigos y comprobando la salud de algunos de los lazos de siempre. Aparentemente, mi Chicken Tikka Massala (con el permiso de Sharwood’s) ha mejorado: dejar el pollo en salsa varias horas antes de consumirlo ayuda a que el pollo coja el sabor del curry, está claro; pero también puede ser que los paladares se hayan ido adaptando más al sabor (además de que la salsa de Sharwood’s es menos picante que la Patak’s).

No hubo grandes cambios que reseñar salvo que la mayor parte de las caras que estaban allí­ no estaban en los tiempos de Londres (algunas estuvieron en algún momento), que la rúcula se llama rúcula y no rocket, que las cervezas Stella son más difí­ciles de conseguir y se pagan en euros (y por tanto más baratas), y que faltaban algunas caras que poblaron mi paisaje durante dos años.

La que sí­ estaba era la dinámica Mayéutica, habitante por tres años del South East londinense y aficionada también a estas cosas de la literatura y lo multicultural. Brindamos con nuestras Stellas, como quien brinda con la magdalena de Proust tratando de palpar la textura del tiempo “perdido”. Ignoro lo que pasarí­a por la cabeza de Mayéutica en ese momento; de hecho ignoro muchos detalles de lo que pasaba por la mí­a, pero intuyo que debo buscarlo y que probablemente esa búsqueda la haré con lápiz y papel y en clave no bloguera.

Algunos amigos que siguen mi blog protestan ante mis comentarios sobre su anunciado cierre. Lo que puedo decir es que hoy por hoy, “Mi no entender” no me aporta en términos de resultados ni en feedback (sólo siete comentarios en un mes) un estí­mulo proporcional al tiempo y energí­a que le dedico, sobre todo teniendo en cuenta que el tiempo que le dedico al blog no se lo puedo dedicar a escribir ficción. Esto puede cambiar y se pueden encontrar sistemas de hacer compatible el blog con otros proyectos si los alicientes se incrementaran (por efecto de mayor número/frecuencia de comentarios, por ejemplo :-)), pero en principio, visto lo visto, me parece que lo más probable es que los últimos post salgan en agosto, comentando la estancia en China (Las clónicas pelplejas desde China, como sugerí­a Parianea).

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Noche de cuentos (¿bis?)

Me he quedado un poco perpleja.

El sábado posteé con urgencia un artí­culo cortito titulado “Noche de cuentos” con motivo del inminente fallo del Javier de Mier. Decía algo así­ como que era la gran noche de nuestro concurso de relatos y que sentí­a la tentación de hacer el gamberro y decir eso de que pasara lo que pasara con las votaciones estaba segura de que ganarí­a la democracia, esa frase que se usa tanto tras las elecciones, especialmente si el que gana no es nuestro partido. Añadía después que en nuestro caso la palabra “democracia” debí­a ser sustituida por “literatura” y remataba contando que estaba segura de que en mi caso iba a ganar la literatura porque me habí­a hecho el propósito firme de escribir con regularidad desde ahora al Javier de Mier del año que viene, para beneficio de la calidad de mi cuento a concurso y para beneficio de mi proyecto de novela sobre Londres y mi propia salud mental.

Concluía suponiendo que a medio plazo escribir ficción con regularidad y mantener el blog iban a ser tareas incompatibles por falta de tiempo, por lo que advertía que probablemente tuviera que cerrar el blog en breve. Para rematar prometía informar puntualmente de los siguientes pasos.

Había sentido la necesidad de hacer pública mi decisión porque me parecí­a que así ésta serí­a más firme, además de que esta decisión tenía consecuencias para el blog y me parecí­a bien informar. La cosa es que al ir a ver el post titulado “Noche de cuentos”, el post no aparece por ninguna parte, y ya no sé qué ha podido pasar con él y no quiero ni pensar que esa misteriosa desaparición sea una maldad de los duendes del hiperespacio para minar mi voluntad de escritora responsable, o que en realidad todo se deba a que mi medicación para el riego cerebral necesita un reajuste 🙂

En fin, amigos, pulso el botón Publicar sin demasiada fe en que este artículo siga estando mañana donde yo lo puse. Pero esta vez tengo testimonio por escrito por si el hiperespacio me la jugara de nuevo. Cuidaos de las apariencias, y las nuevas tecnologías, que las carga el diablo burlón.

My first birthday back in Madrid (part II)

Hace unos dí­as fue mi cumpleaños. Se trata de mi primer cumpleaños en Madrid, tras dos años en Londres. La historia la empecé a contar aquí­ y prometí­ publicar una segunda parte en breve. He tardado en hacerlo por falta de tiempo y también porque querí­a afinar mucho en el enfoque y en los elementos elegidos, por el valor narrativo del evento: un cumpleaños en dos sitios era una oportunidad muy apropiada para comparar etapas y hacer interpretaciones.

El borrador incompleto de la primera fase (los post más narrativos del blog los escribo por oleadas, pero normalmente las oleadas añaden pero apenas corrigen; quizá “oleada” no es la mejor metáfora para explicarlo, pero no se me ocurre otra) me parecí­a costumbrista en el mal sentido de la palabra. Pertenezco a un tipo de escritores que funcionan mayoritariamente “de oí­do”: si el tono no suena bien, me resulta muy difí­cil hacer como otros escritores menos emocionales o más disciplinados y seguir adelante con el propósito de fijar las ideas y retocar al final. Yo necesito que la “sintoní­a” esté medianamente definida, aunque luego pueda afinar una nota aquí­ o allá, ampliar una sección, eliminar otra, repetir. De hecho, si aquello no suena, siento que no hay ideas que fijar, porque las ideas surgen al abrigo de la música o al menos ella las muestra con más fuerza.

Así­ que el comienzo del artí­culo ha dormido unos dí­as hasta que hoy, a la sombra de los Javier de Mier leí­dos y por leer, y a la sombra del trabajo que tengo pendiente y que abordaré en breve, por fin he encontrado (he oí­do) la forma de continuarlo y me he puesto a ello. Es curioso que una vez tienes el tono, lo que más te ayuda a la hora de construir un texto de este tipo es la memoria visual. Pero basta de “cocina de escritor”. Vayamos al texto en sí­.

Inicié mi dí­a de cumpleaños en Madrid levantándome a las 7 y media para ir a nadar. Me puse el bañador, una camiseta y unos pantalones cortos y desayuné un té con sacarina (¡hecho con el agua de una kettle!) y un yogur desnatado. A dos minutos de mi casa está el metro, cosa que en Londres ni por asomo (bueno, van a ampliar la East Line así­ que en breve habrá Tube por allí­ y los precios de las casas subirán etc etc.) Nadé unos cuantos largos como si aquello de la crisis de los treinta y tanto no fuera conmigo (la edad media de mis compañeros ayuda, qué duda cabe) y no comenté con mis compañeros de piscina también conocidos como la fauna piscinil que era mi aniversario porque nos conocemos poco y todo iba a resultar forzado.

De vuelta a casa, superada la logí­stica post-nadar (aclarar bañador y gorro, etc etc) trabajé un poco hasta la comida, en los ratos en los que no me llamaron para felicitarme. En realidad no me llamó mucha gente, pero con los que lo hicieron estuve hablando largamente (hay por ahí­ una araña roja, sin ir más lejos) y realmente fue como si no hubiera pasado dos años fuera, ni hubieran transcurrido 13 años (oh cielo santo, 13 años, qué horror) desde que dejamos la facultad. Me acordé también de los que antes siempre llamaban y que nunca podrán volver a hacerlo (soy de las que se ponen trascendentes con los cumpleaños, qué le vamos a hacer 🙂 y saqué la conclusión de que habrá que evitar posponer nada con los presentes.

A la hora de comer, en lugar de tener frente a mí­ el careto de F. mi flatmate londinense, o la pantalla de la tele de la cocina (con frecuencia comí­a con el Cifras y letras británico; a esto me gustarí­a dedicarle un post en el futuro) o el cherrytree del front garden y un séquito de arañas, moscas, avispas y demás bicherí­o (con el que solí­a bailar una danza-batalla en la que solí­a ganar yo a fuerza de terminar agotada), en el caso de que hubiera sacado mi bandejita al jardí­n para comer allí­ aprovechando el buen tiempo; decí­a que en lugar de lo anterior, frente a mí­ tení­a a mis padres y a mi hermano menor (sí­, el que leyó la tesis según conté aquí­) y comí­amos en una mesa grande de roble en un comedor de un tercer piso de una céntrica zona de Madrid sobre sillas estilo reina Ana restauradas, comida no hecha por mí­, y no comprada ni el Sainsbury’s de Stanstead Road (jurarí­a que se llamaba así­ el Sainsbury’s local al que iba, junto a los bomberos y frente al dentista pakistaní­ seguidor del Madrid; de camino a casa de mi alumna de español en Sydeham y a la pizzerí­a donde hice mis pinitos) ni en las tiendas de los pakistaní­es cercanos, ni en el Welcome de Crofton Park, ni el mercadillo de los sábados de Lewisham (ah, qué frutas y qué quesos, y qué aceitunas francesas; lo pesado era llevarlos a casa en el bus desde allí­) frente al Ladywell Leisure Centre donde yo iba a nadar, ni siquiera en el enorme Sainsbury’s de Forest Hill (esa zona que me parecí­a más agradable y segura que la mí­a, pero que en realidad era bastante más peligrosa) o en el Price de cerca de mi college (¿se llama así­ la cadena de congelados baratos que anuncia una madre oronda y sonriente? Cada vez me cuesta más precisar estos detalles; podrí­a mirar en Google, pero la gracia es tratar de acordarse).
Después de comer, mi intención era trabajar un poco…

Continuará

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Al final he tenido que mirar el nombre de la tienda de congelados. Recordaba que el logo era naranja y de tipografí­a muy sólida (tipo bloque), pero del nombre nada. Metiendo en Google las palabras con las que ellos se venden (good price, frozen products y añadiendo UK) aparece en seguida Iceland, que era el nombre de la cadena de congelados que querí­a recordar. Una especie de La Sirena, pero más cutre. He encontrado este comentario sobre la tienda (en inglés) con el que coincido bastante. Incluye precios recientes, además. Resulta que la madre regordeta que yo pensaba que era una actriz de una soap opera o una presentadora es en realidad una cantante de un grupo y se llama (según el autor del artí­culo) Kerry Katona (qué rica tona está la Kerry, apetece decir; aunque esta en realidad ha comido demasiado helado congelado marca Iceland).

My first birthday back in Madrid

Ayer fue mi cumpleaños. El último lo celebré en Londres,  en unas condiciones bastante distintas. Entonces trabajaba en algo muy parecido, aunque el ritmo era mucho más fuerte en aquel momento. Recuerdo las duras negociaciones con S. hasta que consiguió convencerme de que por mucho trabajo que tuviera, en algún momento tendrí­a que cenar y que dado que era mi cumpleaños estarí­a bien que cenara fuera, invitada por ella y tal y tal. (Y luego me extrañará que mi contractura no quisiera abandonarme ni a la de tres: con ese nivel de estrés; y también me extrañará que para F. yo sea el paradigma de la persona aplicada…; si ella supiera :-)).

Cenamos en un restaurante indio que estaba cruzando la calle, un lugar célebre en el Southeast londinense, muy agradable, de decoración minimalista y buena cocina que de una forma u otra me acompañó todo el tiempo que viví­ allí­. Recuerdo que S. me apuntó el tigre de la fachada del restaurante como referencia para encontrar la casa cuando fui a verla por primera vez y recuerdo también cuántas veces me sirvió de referencia de regreso a casa por la noche en el bus nocturno o cada vez que cogí­a un bus nuevo.

Después de la cena, F volvió a negociar (“a estas horas ya no vas a poder trabajar y bla bla”) y finalmente cedí­ porque ella tení­a razón y porque en el fondo a mí­ me apetecí­a más aquel plan y nos fuimos a tomar algo al Jam Circus, un lugar muy agradable de fachada roja, con dos partes, una en plan café con sofás de piel y sitio de copas y otra restaurante, que según S. serví­a comida fundamentalmente inglesa (si eso existe), y unos estupendos brunch dominicales.

Por su estilo y por sus prestaciones, el Jam Circus era una rara avis para aquel barrio peculiar. En aquel barrio lo que más abundaba eran las tiendas de conveniencia de los pakis, algún pequeño comercio tradicional (ferreterí­a y electricidad; papelerí­a-regalos-videoclub), un par de iglesias y unos cuantas casas de comida y sobre todo cibercafés en su versión integrados en peluquerí­as y alternativamente en las versión pequeños locales monográficos más o menos lóbregos. En ese contexto, aquellas mesas de madera en medio de un diseño diáfano tení­a una estética muy atractiva, y mucha actividad, sus jóvenes de diseño con el portátil de diseño. En cuanto hací­a bueno (entendiendo por bueno el concepto inglés y no el español) poní­an unas mesas largas en la calle, que también destacaban del resto.

Según me contó F., el Jam Circus pertenecí­a a una cadena que tení­a modos bastante mafiosos de deshacerse de la posible competencia. La cosa es que aquella noche ella tomó vino tinto (chileno o australiano), creo, y yo pedí­ un mojito, que no terminaba de estar bueno, pero que era una novedad después de tantos dí­as de encierro y que parecí­a tener una mejor relación calidad /precio que el vino a secas. Recuerdo que me alegré de haber salido y que por un instante me olvidé completamente del trabajo que me esperaba. Eso sí­, el impacto al entrar en casa y llegar hasta mi cuarto me devolvió bruscamente a la realidad.

Recuerdo también el episodio tarta de chocolate del Sainsburys (finita, fresquita, crujiente ummm; más tipo mousse que chocolate propiamente). Fue imposible conseguir una en las inmediaciones, así­ que compré una cajita con trozos de brownie y algún otro dulce semejante. Estaba bueno, pero no era una tarta: para que el sí­mbolo funcione tiene que ser una unidad de la que se parten trozos, me parece a mí­. La cosa es que mi dí­a de cumple ayer, de vuelta en Madrid fue muy distinta…

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Niño muerde a perro: otro caso de la fauna piscinil

En mi ausencia, en mi piscina de cabecera ha habido un corrimiento de tierras. Al menos yo he tenido esa sensación, pero no pondrí­a la mano en el fuego (tres elementos en dos lí­neas: no vamos mal). La cosa es que he faltado a mis clases de natación, primero por faringitis, luego por curro acumulado y luego porque me levanto con la garganta chunga y me da miedo empeorarlo con la piscina. A dí­a de hoy apuesto a que tengo alergia a algo y que por algún motivo la piscina me lo agrava, pero en fin.

No cuento como natación la escapada del viernes pasado a la piscina de verano después de la comilona después de la tesis de mi hermano después de ocho años de investigación (mi hermano, que no yo; lo anterior si iba por mí­), porque aquello -producto de que repente empezó a hacer un calor impresionante después de semanas de lluvia- fue más terapia de choque que otra cosa: sobre la toalla se estaba estupendamente tomando el sol, pero si cedí­as a la tentación del agua azulí­sima y de la muy poca gente en la pileta y te metí­as, un ser malvado y congelado se te agarraba a los miembros (las miembras, como existir, no existen) y te inmovilizaba. Lo que no estaba nada inmóvil era mi pelo que se me vení­a a los ojos (no llevaba gorro), así­ que entre el frí­o, la ceguera temporal y la no muy limpia superficie del suelo (será que a la luz del dí­a se ve más) tuve muy claro que aquello no tení­a nada que ver con mi natación en recinto cubierto y climatizado y ni siquiera hice un segundo intento.

Primer plano de cara de foca en el mar
PublicDomainPictures – Pixabay

Me limité a rociarme con filtro solar factor 60 en spray y a tratar de relajarme. Pero mi afán analógico y la experiencia vivida en el agua me lo impidieron: aquella repentina desazón en el agua tras tres meses de natación me empezó a inquietar y mi inquietud tomó la forma y el volumen de las nubes esponjaditas y robustas que lucí­an en un cielo azulí­simo. Desde sus curvas decí­a una nube pomposa: en estas semanas sin piscina tu cerebro se ha desprogramado, pero en seguida el viento la moví­a y se acercaba otra con forma helicoidal que sostení­a que yo, pariente de Mí­ster Bean como soy, tengo algún defecto genético que me hace parecer torpe per se, por muy familiarizada que esté con un determinado medio.

Me dije que como nubes eran muy monas, incluso realmente fotogénicas -lástima que mi móvil no tenga cámara-, pero que para diagnósticos ya estaba House o al menos algún ser animado. La noticia buena fue darme cuenta de que ir a natación te libra del trauma del bañador al comienzo del verano: si te ves a diario de esta guisa, ningún michelí­n nuevo te hace saltar las alarmas, amén de que ya vayas depilada de serie (o casi).

Salvavidas
Mikele Designer – Pixabay

Hoy por fin he decidido que irí­a a nadar contra viento y marea (he aquí­ el cuarto elemento que nos faltaba en el párrafo inicial), con todas las monedas necesarias para acceder a taquilla y secador. A todo lujo, vamos. La cuestión es que hoy éramos muy pocos en clase y el destino ha querido que mi rentrée fuera por la puerta grande. Os hablaba hace un tiempo de los animales de piscina y especialmente de una apocalí­ptica con ideas peculiares sobre lo absurdo de beber agua después de nadar, la bondad de las sillas de cocina para personas con problemas de espalda y otras aportaciones igualmente peregrinas.

Pues bien, hoy la tabla incluí­a algo llamado remolque a braza que consistí­a en remolcar a alguien o algo sosteniéndolo por las axilas y avanzando gracias a la patada de braza de las piernas. Y claro, de las posibles combinaciones, remolcar a J. , a C., a una señora que no sé cómo se llama o al muñeco de plástico (que se llama Pepito; qué extraño mundo aquel en el que los muñecos tienen nombre y las personas no), me ha tocado a mí­ remolcar a este ser de lógica inenarrable, alias Doña Apoca.

Medusa azul
Public Domain Pictures – Pixabay

La tipa, que además está bastante entrada en carnes pero tiene poca flotabilidad, lejos de dejarse remolcar como cualquier ví­ctima bien educada, daba patada a su vez, de manera que por un lado me lanzaba agua a los ojos y la nariz y por otro a veces me hací­a hundir la cabeza. Así­ que mi rentrée ha consistido en que tragara más agua la salvadora que la supuesta ví­ctima. En fin, sobrevivimos a la experiencia y ni siquiera traté de vengarme cuando el caso era el contrario: ella remolcándome a mí­; que floto mucho más y tengo la masa mejor repartida y en educación como ser humano de a pie y como ví­ctima de ahogamiento le doy mil vueltas, dónde va a parar.

Al salir, percibí­ una cierta hermandad entre tres de mis compañeros, incluida la tal Apoca, aunque en algún momento parece que Apoca le habí­a dado un manotazo, gajes del socorrista en alta mar, serí­a. La cosa es que luego, en los vestuarios, Dios o la justicia poética quisieron compensarme por mi buena acción (dejarme ahogar por la persona a la que yo supuestamente estaba salvando) y de repente hablando de esto y aquello Apoca terminó dándome una idea para un proyecto de trabajo e incluso ofreciéndome su asesorí­a. En fin, ya veremos en qué queda esto. Pero está claro que quien se aburre es porque quiere, o porque no tiene a mano una piscina con su fauna por allí­.

(c) Elsinora Bonasera.