Preparando el mutis

El relato de la graduación está en camino o, como dicen los castizos, “la están peinando”. Y como comentaba dí­as atrás, en cuanto quede cerrado ese capí­tulo mi intención es clausurar el blog. Por eso me inquieta que el post de la selección de artí­culos favoritos en plan “sumario antes de cierre” no haya recibido ningún comentario.

No es que esperara un ejército de lectores con lágrimas en los ojos y katanas sobre el vientre amenazando con matarse si cierro el blog, pero hombre/mujer, algún tipo de reacción de un puñado de lectores habituales (visibles o invisibles) no hubiera estado mal. Juro que aquí no se come a nadie por poner un comentario, positivo o negativo.

Pues eso, que aunque éste sea un blog más de lectores que de comentaristas, la falta de respuesta ante determinados post más intensos me deja con la sensación de estar hablando sola. No me parece mala costumbre esa de hablar sola (siempre que sea en privado y no haya loqueros en las cercaní­as), pero si ése fuera mi propósito no me pelearí­a con los trescientos comentarios de spam que recibo a diario ni me esforzaría por actualizar con regularidad ni por buscar tí­tulos con chispa (bueno, esto a lo mejor sí­ lo haría, que soy un público exigente incluso cuando hablo conmigo misma 🙂 ni de complementar la información con ví­nculos de actualidad… snif, snif.

En fin, amigos, ya sólo me queda recurrir al soborno: si me contestan les haré llegar unos cuantos gallifantes autografiados por Elsinora Bonasera. Es mi última oferta. 🙂

Cuí­dense.

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La Noche en blanco y los agujeros negros

Le tení­a ganas a La Noche en blanco madrileña: no pude ir a las dos primeras convocatorias por estar en Londres, así que la tercera oportunidad tení­a que ser la vencida.

Pero se ve que el destino tení­a otros designios. Creo que el hecho de que hubiera luna llena y de que fuera día 13 tienen algo que ver. Juzgad vosotros. Desde hace unas semanas tengo problemas con el antivirus. Primero no se actualizaba y luego al instalar una nueva versión se actualizó tan profundamente que decidió cepillarse la tarjeta de red y con ella las conexiones inalámbricas que uso para conectarme y cerrarme la posibilidad de toda conexión. El fallo de la tarjeta se produjo justo al meter una actualización de Windows, con lo que supuse que era culpa suya. Tras intentar distintas cosas conseguí­ que el controlador reconociera las conexiones inalámbricas e incluso que fingiera conectarse a ellas, pero ahí no habí­a intercambio de paquetes alguno.

Ordenador roto
DoubleMcK – Pixabay

Un amigo que entiende de estas cosas se ofreció a ayudarme el sábado 13. Nos pareció un buen plan: arreglo de portátil y luego cosa cultural por la noche y cenita y demás. Mi amigo tampoco habí­a estado en Noches en blanco anteriores. Quizá eso influya. Se ve que el destino nos quiere mantener vír­genes de contacto (visual y sonoro) con La noche en blanco. La cosa es que durante 6 horas nos peleamos con diversos dispositivos de mi portátil, instalamos y desinstalamos y viceversa, cambiamos configuraciones, bajamos de Internet archivos de nombre impronunciable, probamos alternativas, restauramos sistema, fuimos para adelante y para atrás y claro, nos colamos en un agujero negro. Nosotros pensando que aquello era como un CSI: descubrir al culpable, atar cabos y procesarlo, cuando en realidad era un encuentro con las supercuerdas del todo a cien.

Pues nada, después de intentar todo lo que el sentido común y la observación indicaban y no conseguir nada -o conseguir cosas que iban contra la lógica tal como la conocemos- decidimos darnos un paseo por ese Madrid tan lleno de oferta cultural, con el programa en el bolsillo. Nos montamos en el coche de mi amigo un coche veterano que me recordó a un DeLorean, dirección a Plaza España.

Yo habí­a visto en Madrid.es -esa tele digital terrestre de Madrid que tiene cosas tan chulas de vez en cuando- que habí­a algo interesante en el Edificio España, una “escultura luminosa” de un artista contemporáneo británico llamado Ron Haselden; unas cuatrocientas personas iluminarían otras tantas habitaciones del edificio para dar forma y color al dibujo de un niño de su jardín ideal proyectado desde las entrañas del edificio.

La cuestión es que pillé la noticia a medias y pensé que era para este año, cuando en realidad la performance habí­a tenido lugar en 2007 (según he descubierto al preparar este artículo). Se ve que mi amigo y yo, al darle a Restaurar el sistema a un punto anterior, en nuestro afán por arreglar las conexiones de mi portátil nos retrotrajimos al año anterior. Sea como fuere, lo que estaba previsto para entonces en el espacio-tiempo Madrid 2008 era la proyección de una luna enorme fotografiada por Chema Madoz, que durarí­a gran parte de la noche. Según lo que ojeé en el programa oficial, en la zona de las Vistillas y del Palacio Real también habí­a cosas interesantes, así que encaminarse hacia esa zona parecí­a una buena alternativa.

Por supuesto, estaba todo atascado. Tardamos bastante en llegar a Plaza de España -ni rastro de fachada con lucecitas de colores y ni rastro de la Luna de Madoz- y luego tardamos bastante en entrar al parking y encontrar sitio. En el parking de Princesa vimos a un grupo de chavales de diseño haciendo botellón: sacaron las cosas del maletero y se dispusieron a beber. Visto retrospectivamente y teniendo en cuenta las paradojas temporales de aquella velada del día 13 con luna llena, creo que los del botellón éramos mi amigo y yo en otra reencarnación y que uno de ellos además era un famoso funambulista nacido en Canadá.

Cuando conseguimos aparcar finalmente, decidimos dar un paseo y buscar un lugar para cenar, ya que era la 1 de la madrugada y el “arreglo” del ordenador nos habí­a dado hambre. El restaurante indio (Delhi) estaba supercerrado, el brasileño (El brasileininho o algo semejante) medio cerrado, el árabe de cartón piedra (Aladín) a medio chapar, el seudoitaliano (Ginos) de la plaza de los cubos cerrando, de manera que en medio de aquel Madrid más fantasmal que “en blanco” nos metimos en el Vips, que aquel dí­a retrasaba su cierre hasta las 4 de la mañana.

Dentro de un reloj
Viaje en el tiempo; Valentinsimon0 – Pixabay

La cosa es que estuvimos cenando tranquilamente mientras charlábamos y nuestros ojos se iban enrojeciendo al recordar las cosas extrañas que les había tocado leer en la pantalla del ordenador y en parte también por los recuerdos de vidas anteriores y futuras de puntos anteriores de restauración. De repente nuestros relojes marcaban las cuatro menos diez y estábamos matados, así­ que pagamos, y levantamos el campamento, con el programa completo de la Noche en blanco en el bolso sin tocar y mi resumen de cosas más apetecibles, inevitablemente caducadas. En la Plaza España no se veí­a iluminación de colores, ni foto de la Luna Gong por ninguna parte…

Por lo que me contó un pajarito, la actuación estrella de la Noche en blanco también estuvo presidida por el efecto Bruja avería. El mejor funambulista del mundo iba a caminar desde la sede del Instituto Cervantes hasta el Cí­rculo de Bellas Artes, en la calle Alcalá, sobre un cable dispuesto a 40 metros del suelo. El ambiente era expectante en medio de la noche frí­a y ventosa. Las viejas de turno se habí­an arremolinado y clavaban el bolso en los riñones de los que tení­an más cerca. Los maduros tripones se abrían paso en la multitud gracias a sus flotadores naturales. Algún niño pisaba los pies de los adultos cercanos que no eran de su familia.

Por supuesto nadie pedí­a disculpas por invadir el espacio fí­sico de los demás (esto es España en hora punta, ¿qué querías?). Se acercaba la hora. Llegó la hora. Gran expectación. Pasaron cinco minutos. Pasaron diez. Salió un tipo a saludar. Pasaron veinte minutos. Pasó media hora. Allí­ nadie sabía nada. Soplaba un viento muy fuerte y el cable por el que supuestamente tenía que caminar el funambulista se mecí­a. Pasó un rato más. El público empezó a dispersarse en busca de una fachada forrada de tubos hinchables o alguna fuente con patos de plástico o de besos virtuales en la Casa de América o cosa semejante.

Al rato, un recién llegado, bastante joven y delgado y con el aliento espeso, se acercó a un policí­a que había por allí­ y le preguntó si llegaba a tiempo para la actuación o si era demasiado tarde. El policía se encogió de hombros filosóficamente. La gente terminó de dispersarse, bastante molesta ante la falta de información. Al dí­a siguiente los madrileños y los turistas nos enteramos por la prensa de que la actuación se anuló por culpa del viento.

Delorean abierto
Dave Tavres – Pixabay

Tengo la sospecha de que en realidad no hací­a tanto viento, y que lo que ocurrió es que el mejor funambulista del mundo era un chaval canadiense que andaba de botellón en el parking de Princesa, junto con unos jóvenes de diseño que éramos Metrolando y yo en otra vida (una vida en la que mi portátil tenía su internet perfectamente). Así­, el canadiense de repente se dio cuenta de que llegaba tarde y trató de ir a su actuación. Llegaba realmente tarde, así­ que no se atreví­a ni siquiera a ir a la zona habilitada como camerino. Vio a un policía y le preguntó si llegaba a tiempo. Éste detectó la huella del whisky en su aliento y un deje como norteamericano en el acento y se encogió de hombros, ya que en la Academia de Policí­a no les cuentan nada de coches DeLorean, paradojas espacio-tiempo ni funambulistas canadienses de gira.

Esto pasa por andar trastocando el orden natural de las cosas y no respetar ni la noche, ni la luna llena, ni al número 13, hombre por Dios.

En el siguiente link hay una aproximación (rendering es la palabra que en realidad necesita esta frase) bien distinta a La Noche en blanco; si bien han rebautizado al conocido fotógrafo Chema Madoz como Chema Muñoz. Se ve que las paradojas temporales -o los programas de corrección ortográfica- andan haciendo travesuras.

Post dedicado a Metrolando, que guió su DeLorean con pulso firme por la corriente espacio-tiempo.

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Mirando hacia atrás con guasa

Se acerca el final de este blog, me temo. En cuanto termine de dar cuenta de mi viaje a Londres para la ceremonia de graduación del Master que (entre otras cosas) me llevó a Inglaterra “presentation” la llaman ellos- será momento de cerrar esta bitácora.
(Para vuestra tranquilidad :-), ese relato está casi terminado).

Mujeres nostálgicas
Steve Buissinne – Pixabay

Una buena forma de preparar el cierre, creo, es recordar los momentos “estelares” del periplo. El concepto de “estelar” es muy relativo, pero para entendernos digamos que los recursos básicos de los casi quinientos post publicados se pueden distribuir en torno a tres polos: personajes curiosos, tono o punto de vista y situaciones. Cada persona tendrá sus favoritos: por ejemplo, habrá lectores para quienes lo más atractivo sea conocer las costumbres inglesas, y otros para quien el humor sea el principal aliciente. Otros internautas tendrán especial interés en los aspectos relacionados con la lengua inglesa.

Sea como fuere, y dado que los bloques fundamentales son los personajes y las situaciones, empezaré por éstos.

A continuación van mis propuestas para el top de artí­culos sobre personajes. Apuesten por su preferido, o incluso sugieran otros (dos años dan para mucho).

Se me ocurren los siguientes personajes:

-El caballero de la Fanta (aquí y aquí).

– La acupuntora china que me confundió con un pincho moruno.

-Los obsesos sexuales de Oriente Próximo de la pizzería Pianeta.

-La flora y fauna de las piscinas victorianas londinenses (mi compañera de piso, por cierto, me ha contado que hace poco detectaron Legionella en la piscina a la que í­bamos).

La monstruita.

-El padre de la monstruita también conocido como “el pirómano”.

El cura que comía demasiado.

¿Cuáles son tus favoritos? Puedes votar hasta tres textos.

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Procrastineison and selebreisons (Parte V)

Finalmente, el martes por la mañana me dejé de guiones tragicómicos y de versiones de género. Decidí que la cosa no podí­a esperar más y nos plantamos en mi facultad (qué fácil es a veces hacer las cosas al estilo de los tíos ¿no? Quizá deberíamos hacerlo más a menudo, chicas. Si queremos que nos acompañen, basta con decir: quiero que me acompañes y callarte tus dudas sobre si para él puede resultar un coñazo ir a eso o no; si tienes derecho a pedir semejante cosa o si tu petición en el fondo es egoísta. Si le resulta un pestiño ya te lo hará saber… a su manera; y, sí­, esto puede ser el problema, que su manera de comunicar su fastidio no es la manera que a ti te gusta, que es fácil que te lo diga a lo bruto, pero en fin, no nos liemos ahora con matices femeninos que si no nunca llegaremos a la facultad).

Mente descifrando otra mente
Yo tratando de descifrar la mente de mi hermano – Gerd Altmann – Pixabay

Pensando yo en estas cosas de la (in)comunicación humana y mi hermano en Dios sabe qué, llegamos a la facultad y entramos por la puerta principal, abarrotada de gente con trajes de graduación y de familiares con la ropa de los domingos y nos desviamos hacia la secretarí­a. Esta, cómo no, estaba cerrada por causa de la graduación, lo cual es una contradicción en los términos: ¿cómo te vas a graduar si para ello te tienes que registrar y el registro está cerrado porque la gente se está graduando?

No dejé que las contradicciones pudieran conmigo -como antes no habí­a dejado que mi rol femenino me metiera en un bucle- y después de investigar un poco dimos con un cartel que decí­a que para asuntos de registro de graduación acudiéramos a la room nosecuantitos.

Llegué a la tal sala, que era el Cinema Hall, el lugar donde se hací­an pequeños cineforum y donde alguna vez había acudido a alguna clase con proyección y vi una mesa con dos colas y una mesa individual con el rótulo Queeries (consultas) y debajo el nombre real de la persona bautizada como “The Woman” por mi compañera de máster amante de las onomatopeyas.

Mujer en un laberinto
Elsinora a punto de internarse en el laberinto de la mente masculina y la burocracia de La Pérfida; Arek Socha – Pixabay

Me adelanté hacia la tal “The Woman” y le conté mi problema de un tirón, sin respirar: yo me iba a graduar el miércoles, pero no había tickets porque contesté muy tarde y entonces me reservasteis para el viernes pero no me ha llegado la confirmación y bla bla bla.

La cara de la tipa, cordial, pero ya inicialmente ojerosa y tensa, empezó a mostrar una preocupación creciente según hablaba y me preguntó qué máster era el mío. Se lo dije y me dijo: “pero tú no te gradúas hoy, entonces”. Claro, pero no me habéis mandado confirmación y he venido para asegurarme la plaza el viernes. Me explicó que ella ese dí­a debía dedicarse a solucionar los problemas de la gente que se iba a graduar ese día, que lo comprendiera, que había gente sin registrar.

La cosa tení­a su gracia, porque yo estaba en aquel lí­o por haberlo dejado todo para el último momento y ahora que estaba intentado hacer las cosas con margen, los propios ingleses no me dejaban. Le dije que lo entendí­a, que no me importaba esperar, pero que necesitaba confirmar mi plaza para el viernes.

Esperamos un rato sentados en aquella pequeña sala de proyección observando el desfilar de los alumnos hasta la mesa donde tras preguntarles el apellido les daban la invitación. Todos terminaban deletreando sus apellidos, como ocurre siempre con el inglés y pensé el ligero cachondeíto que habrí­a cuando me tocara a mí deletrear mis múltiples y largos apellidos (Bonasera de Todos los Santos, Elsinora).

Dos graduadas se abrazan
Perdona, flower, pero Ian me quería a mí; Maura Barbulescu – Pixabay

Observamos también los modelitos de los presentes, las chavalas supermaquilladas, con minifalda y taconazos bajo la toga y los chavales con zapatos más o menos elegantes y pantalones de todo tipo. El asunto de la minifalda hizo saltar mis alarmas.

Yo habí­a meditado cuidadosamente qué llevaría debajo de la toga hasta la altura de la cintura (la beca debí­a sujetarse mediante un botón, la prenda que llevaras debí­a ser fuerte para que el peso de la “capucha” no la levantara… las instrucciones sobre la blusa eran muy detalladas) y también qué zapatos elegantes pero cómodos me pondrí­a y con qué medias, pero me había olvidado completamente de lo que había en medio, porque las fotos de los chavales con toga de la empresa de alquiler no lo mostraban.

Hasta aquel momento habí­a dado por supuesto que la toga negra lo tapaba todo hasta casi los pies, pero viendo a la gente en vivo descubrí­ que no era así. Así que mientras esperábamos a que nos pudiera atender “The Woman” y mientras mi hermano se divertí­a observando a la variopinta fauna de mi facultad con sus ropas de gala -el premio se lo llevó una con unos taconazos y bronceado de bote- yo andaba rumiando que mis pantalones negros de lycra no eran la mejor opción para llevar debajo de la toga en la graduación, pero que a estas alturas dónde podría encontrar una falda larga mona y bla bla bla.

Gorros al cielo en graduación
Gillian Callison – Pixabay

Estaba contenta con los zapatos, unos zapatos marrones Geox de tacón no muy alto y bastante cómodos y con las medias cortas que había traído, pero me fastidiaba no haber caí­do en el asunto de la falda o el vestido. Esta maldita graduación se estaba convirtiendo en una carrera de obstáculos sin fin, lo cual resultaba paradójico, porque mi principal interés para ir a la graduación era que lo consideraba un premio a la consecución de un master que resultó complicado, pero no me parecí­a que los premios debieran ser a su vez una prueba de fondo.

Mientras pensaba estas cosas tan útiles y reconfortantes, vi cómo “The Woman” solucionaba los problemas de última hora de mucha gente, pero también cómo dejó a una chica compuesta y sin ticket, ya que le oí­ decir a su amiga que no se podrí­a graduar ese dí­a.

Lo curioso de haber adquirido un buen nivel de inglés es que el ser capaz de comprender todas las conversaciones que se producen a tu alrededor por una parte te da cierta tranquilidad, pero por otra es una fuente continua de inquietud, porque terminas manejando demasiada información (o será que tengo la “parabólica” demasiado bien sintonizada; en España también me pasa a veces).

Cotillas espiando
No he podido evitar oír… Couleur – Pixabay

Cuando quedó libre, me acerqué “The Woman”, le conté de nuevo la película y me dijo que le resultaba familiar el nombre, pero que no recordaba el mail.

Nos condujo a su oficina y una vez allí­, consultó sus archivos, me dio un formulario y me preguntó si quería graduarme el dí­a original es decir, el miércoles, el día siguiente. No pregunté qué cataclismo había ocurrido para que de repente quedaran tickets libres pese a la inmensa lista de espera, sino que me limité a decir que sí­, a rellenar el formulario y a tratar de pagar el ticket. Me dijo, no, eso lo tendrás que hacer mañana, cuando vengas a la graduación. Nos piramos de allí­ bastante aliviados, pero yo me quedé dándole vueltas al asunto de la falda sí­ falda no. El resto del día me invadió una especie de ligereza posgestión, sensación que tras la ceremonia en sí adquiriría un cierto matiz de vacío.

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Procrastineison and selebreisons! (Parte III)

Me puse a redactar el emilio llorica-formal dirigido a la empresa de alquiler de togas, exprimiendo mis conocimientos de inglés formal y mis dotes de persuasión, pero no quise enviarlo antes de tener confirmación de la facultad de que tenía plaza, porque vi que las anulaciones de alquiler de togas tení­an un plazo que yo no podía permitirme. Y me pareció muy fuerte plantarme en Londres para mi graduación, no poder graduarme y encima ir cargando una bonita toga y un bonito birrete bajo la lluvia londinense.

En vista de que no contestaban de la facultad, terminé mandando el mail a la empresa de las togas y contándoles mis penas a varios conocidos de confianza que viven en Londres, por ver si se les ocurría algo.

Al poco contestó la más reciente de mis amistades londinenses, una profesora de niños discapacitados a la que conocí­ en el viaje a China; una tipa estupenda, y deduzco que, a causa de su trabajo, muy acostumbrada a desfacer los entuertos de otros y de ahí­ la naturalidad de su oferta. En efecto, esta amiga se ofrecí­a a llamar a la secretarí­a para contarles el caso a la vista de la falta de respuesta y también me ofrecía alojarme en su casa. Le agradecí­ su amabilidad, pero decliné el ofrecimiento de la llamada, porque me pareció que me correspondí­a a mí pasar el mal trago de llamar y exponer el caso y porque a estas alturas de la vida, las dificultades con el inglés no son (o no deberí­an ser) una excusa convincente: una podrá ser una procrastinadora con pintas, pero tiene su orgullo profesional, ¿no?

En medio de estas disquisiciones se coló en escena una antigua compañera del master que se gradúa al mismo tiempo que yo y a la que pensaba escribir en breve. Me escribí­a con su jerga juvenil habitual, llena de admiraciones, emoticones y onomatopeyas, despliegue que al principio te produce un cierto rechazo, pero que en cuanto te acostumbras simplemente te hace admirar la capacidad de su prosa y su grafismo de reflejar con total fidelidad su forma de hablar en persona.

Te preguntas fugazmente si su habilidad para lo lingüí­stico-audiovisual tendrá que ver con el hecho de que trabaja en un periódico editando fotos (ay oy uf 😉 en un periódico de lo más decadente (arrf, yiha) y tomas una nota mental para usar este tipo de recursos en tu novela, cuando tengas que escribir sobre un determinado personaje que habla de determinada forma. La cosa es que esta compañera de promoción me preguntaba cómo estaba por mi fabuloso Madrid (la jerga también se caracteriza por el uso de determinados adjetivos) y si pensaba acudir a la ceremonia.

A ella también se le había olvidado contestar en su momento a lo de la reserva de plaza, y había escrito hacía un par de semanas llorándole a la mujer (así decía, “to the woman”; más concretamente I sent a frantic email to the woman; siendo “frantic” en este contexto sinónimo de “desperate”; “frantic search” significa búsqueda frenética y “frantic person” equivale a “persona desquiciada”; según el Collins Pocket plus; yo conocía sobre todo la acepción “frenético”). La mujer era lovely, pero había tardado en contestar, así­ que esta amiga estaba segura de que nos veríamos el día de la graduación ya que sin duda yo iba a conseguir mi ticket, aunque fuera en el tiempo de descuento.

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