Un zorro en South East London

Era medianoche y allí­, en medio de aquella calle desierta, estábamos el zorro y yo. “Amigus, el zorro no ibéricus” -la voz de Félix Rodríguez de la Fuente acude a mi memoria desde el más allá- el zorro no ibéricu, más conocidu como el zorro de la Pérfida, es un animal extraordinariu. Me pregunté si era realmente un zorro. Tendría el tamaño de un perro, pero la cara no era de perro, ni de lobo. Tení­a apariencia ágil, pero al mismo tiempo fofa, supongo que por la cantidad de pelo. Me pregunté si era peligroso. Me aseguré de no estar cerca de ninguna basura: una de las pocas cosas de las que estaba segura era que la basura le atraería. Frío gélido y el zorro. Y el buho (bus nocturno), no vení­a.

La visita de Satán

Ayer mi pereza se vio desalojada del salón por una criatura de unos diez centí­metros y color marrón. Vi un cuerpecillo alargado y con cola debajo de una mesita que tenemos en el living, en la parte que da al jardí­n frontal. Cogí­ mis móviles, mis libros y mi plato vací­o y cerré la puerta, abandonando a su suerte el portátil (y la tele y el equipo de música… pero era una emergencia).

Me refugié en el resto de la casa, pasillo abajo (como en “Casa tomada” de Cortázar) y me acometió una furia limpiadora que dejó el suelo de la cocina como los chorros del oro y mis brazos y espalda un poco hechos polvo. ¡Lo que fuera para evitar visitas semejantes en el futuro o al menos hacer nuestra casa menos apetecible como destino!

Mientras pasaba enérgicamente la mopa arriba y abajo por la cocina (no es una fregona, sino una mopa de esponja), imaginaba al ratón comiéndose el cable de mi portátil… Porque además el visitante inesperado tuvo a bien presentarse justo un finde en que estoy sola en casa. Sola en medio de la noche con un monstruo de humm, 10 cm de largo y pocos gramos de peso, pero monstruo al fin. Buahhh.

He estado leyendo toda la mañana en mi cuarto y ahora, una vez cumplido mi objetivo matutino, he parado para comer. ¿Se atreverí­a nuestra heroí­na a abrir la puerta en la que mora Satán? Bueno, Satancillo. Pues sí­. Lo cierto es que durante el dí­a se ve todo distinto y además no me iba a dejar vencer yo por un vulgar ratón de campo (si hubiera sido una rata, hubiera llamado a los bomberos, tenedlo por seguro, ja, ja).

Así­ que nada, abrí­ la puerta sosteniendo mi plato de comida en una mano y el vaso de agua en otra y muy atenta a mis pies, porque temí­a especialmente una huida del bicharraco ví­a suelo con parada no autorizada y denterosa en mis pies. Pero no fue así­. Todo tranquilo, corto. Aparentemente no ha habido bajas, Joe.

Eché un vistazo en el soleado living y aparentemente estaba todo normal. Un detalle importante, sin embargo: detrás del sofá en el que me siento, la leve pelusa de junto a la pared (ejem, mi furia limpiadora no ha llegado todaví­a al living) estaba un poco removida. Así­ que habí­a sido real. Satancillo nos habí­a visitado esa noche. Me puse a comer y al rato empecé a oír unos crujidos procedentes de lugar difí­cil de determinar.

¿Serí­a Satán? El caso es que tras escrutar la habitación tratando de saber de dónde venían sólo pude deducir que parecí­a proceder del techo, lo cual significarí­a, o Satancillo o los vecinos de arriba, ruidosos por naturaleza. Pero aquellos crujidos eran leves, no del estilo de los vecinos.

No sabiendo qué hacer (¿qué cosas espantan a un ratón?) di una sonora palmada, como diciendo, que estoy aquí­, got you, y lo cierto es que al poco rato el ruido cesó, probablemente por casualidad. Decidí­ abrir la ventana, en plan indirecta elegante dirigida a Satán y también sabedora de que el gato de un vecino tiene costumbre de pasear por aquí­ y asomar la cabeza de vez en cuando (me sentí­a un poco como la alumna chivata recurriendo a la maestra, “seño, este niño me ha pegado”, en versión “misifú, este ratón se ha colado”). Quizá el olor de una breve parada en el alféizar sea suficiente para espantar a Satancillo o a futuros visitantes, me decí­a.

El caso es al rato, mientras comí­a mi rico pescado a la plancha con pimientos y cebollita apareció algo peludo por el hueco de la ventana, enseñó los dientes al tiempo que gruñí­a y me produjo un sobresalto considerable. Era el gatito de siempre, que miraba con interés mi comida mientras mostraba sus dientes. Se poní­an las cosas difí­ciles para mí­ si el antí­doto más fácil contra Satán también me daba miedo. Urbanita impresentable. El gato diabólico se fue y de Satancillo no tuve noticias. Pero eso sí­, estoy muy muy ventilada con mi ventana abierta.

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Este post va dedicado a los Begoyos, que han tenido un año complicado. Un abrazo y ánimo.