Breve historia de unos apuntes volando por el mundo mundial

El tí­tulo es un poco amarillo o un poco rosa. Lo reconozco (quien tuvo retuvo). Los apuntes no volaron tanto y eso fue parte del problema. Pero empecemos por el principio. Érase una vez una chica que se volvió estudiante de repente. No es que se levantara un dí­a, se mirara al espejo y se viera convertida en una estudiante-escarabajo. Simplemente, volvió a la vida del estudiante universitario, tras unos diez años algo apartada de él (en realidad no habí­a dejado nunca de estudiar, pero una cosa es estudiar y otra cosa ser estudiante).

El caso es que se plantó en Londres a hacer un Master de, pongamos, Literatura Comparada, en inglés, eso sí­. Su inglés no estaba mal pero tampoco estaba del todo bien (ella siempre habí­a preferido el francés; pero sospechamos que si hiciera un master en Francia descubrirí­a los lí­mites de su francés querido y aparentemente fluido, así­ que mejor no “meneallo”), pero en el examen de inglés académico se las apañó bien, sacó una nota bastante buena, un punto por encima de lo que le pedí­an.

Así­ que con su 7,5 en el IELTS (International English Language Testing System) y un colchón o un flotador bajo el brazo que consistí­a en hacer el Master a media jornada (por aquello de darle tiempo a su inglés a mejorar y a su cuerpo y circunstancia a disfrutar la estancia tranquilamente) se plantó en lo que resultó ser -estas cosas nunca se saben- un plan bastante agradable: una asignatura por trimestre, una ciudad a tu disposición, y mucho muuucho tiempo para leer, escribir, y sobre todo observar y aprender. Porque además de aprender inglés y hacer un máster, la idea era vivir fuera y escribir una segunda novela.

Por no extenderme demasiado dejaré para un “continuará” esos primeros tres meses y me limitaré a decir que saqué partido a mi condición de estudiante y decidí­ que mis navidades este año se iban a extender a las tres semanas, en parte porque no habí­a nada que me retuviera en Londres esos dí­as, en parte porque los billetes fuera de las fechas festivas eran más baratos y en mucha parte también porque echaba en falta mi casa y mi gente.

Así­ que a mediados de diciembre ya estaba en Madrid. A los dos o tres dí­as recibo un e-mail de la secretaria de mi departamento diciendo que adjuntaba el programa en un documento PDF y que en su despacho ya estaban disponibles los apuntes para el siguiente trimestre. Ahí­ podí­an estar. Así­ que le agradecí­ el PDF y le comenté que no podí­a recoger los apuntes porque estaba en Madrid y dudé por un segundo si pedirle que me los mandara por correo porque las universidades de aquí­, al menos para los postgraduados, resultan mucho más “friendly” que en España, vamos, que no era descabellado pretender que como estudiante en el extranjero te lo mandaran. Sin embargo tení­a mis dudas. (Continuará).

Enero 2006. Londres. Interior día

Amanecer el primer dí­a del Post-Madrid en South-East London resulta raro. Cuando vine a vivir a esta casa todo era nuevo y por tanto oficialmente raro. Ahora es medio raro medio normal pero los agentes de Rarezas y Puertos se han ido y también los intérpretes de enchufes de tres clavijas y volantes a la derecha, así­ que me tengo que apañar yo sola.

Salvando las distancias, esto debe ser como lo que pasa con los exploradores: una cosa es atravesar el mar, vencer las tormentas, desembarcar y abrirte paso entre la maleza, defenderte de los animales salvajes al tiempo que te maravillas con las cascadas, las montañas y demás, y otra cosa es construirte ahí­ una nueva casa con las cañas, planificar los servicios del poblado, formar un grupo humano y decidir a qué te dedicarás en lo sucesivo.

De eso se trata: ahora la novedad ha pasado a un segundo plano y uno deberí­a centrarse en hacer las cosas bien. Y por otro lado uno empieza a exigirle más a su vida de aquí­. La novedad no es lo que era, decí­a, pero alguna cosa nueva nos queda, tranquilidad: nuevo profe (aquí­ llamado lecturer y Roy para los amigos), grupo nuevo a medias (están parte de mis compañeras de antes pero ahora somos unos 20 en clase) y nueva asignatura, Ficción postmoderna. Y algunas compañeras bastante combativas, sobre todo una a la que llamaremos señorita Pepis que debe de ser americana y que se empeña en hablar muy bajito muy bajito para que ni los extranjeros, ni el profe, ni si me apuras ningún ser dotado de oí­do más allá del cuello de su camisa la pueda entender con facilidad. Así­ que mientras la tipa del pelo del mismo color que la cara: la piel blanco-rosada, el pelo blanco-amarillo, con un boli prendido del dedo filosofa sobre por qué tradicionalmente la noción de sujeto como algo coherente ha podido ser interesada y artificialmente mantenida o interesada y artificialmente silenciada (en distintos momentos parece considerar una cosa y su contraria, en mi master somos así­ de chulos), parte de la clase entrecierra los ojos y mueve la cabeza hacia donde ella está, como una planta hacia la luz.

Y así­ estamos, escuchando los susurros filosofico-polí­ticos de Rostro pálido, chavala que vale, tiene una voz sugerente y dice algunas cosas que aisladamente, en plan cuarto y mitad de palabra, suenan bien, pero vamos, a quien un poquito de vitaminas y un volumen un poco más normal no le vendrí­an mal. A lo mejor su subjetividad se volví­a más saludable, digo, o menos (auto) silenciada ya que estamos con eso de la noción de sujeto como algo coherente o al menos audible.

El profe, uno de los girasoles que torcí­an el cuello para acercarse a la alumna-luz, girasol barbado tirando a pelirrojo y especialista en literatura del Holocausto, introdujo una sugerencia en esta coyuntura, como decí­an (¿en Torrente?): razones polí­ticas”, y con ese montaje” sonoro tan caótico (ni de la contigüidad se puede una fiar hoy en dí­a, ¡dónde vamos a ir a parar!) ya no supe si contestaba a ser artificialmente mantenida o interesadamente silenciada, pero por lógica parecí­a que esta última.

Yo estaba pensando en el caso de Pessoa, en sus heterónimos y en el hecho de que el poeta portugués no creyera en la individualidad: para él, si no recuerdo mal, el individuo era una invención religiosa, todos éramos todo y él pretendí­a escribir el “drama in gente” (no sé portugués; seguramente no se escribe así­), pero en fin, tampoco estaba muy segura de que mi percepción de lo dicho fuera exacta y además no habí­a podido leer los apuntes por culpa del correo y de alguna torpeza mí­a. Pero eso ya es otra historia.

———–
Este post de tí­tulo cinematográfico, enfoque perplejo y humor subterráneo va dedicado a Parianea.