Andamios, filtros y paradojas

Tengo tres imágenes en la retina.

La primera es de un andamio ascendiendo por la fachada de mi casa, los tubos metálicos y el entramado de tablas trepando desde el suelo hasta el último piso y demorándose en el mío.

Edificio con andamio

La segunda es del antivirus de mi ordenador bloqueado. Y diréis: ¿eso cómo se visualiza? Pues muy fácil -qué haríamos sin la sinestesia- mediante una imagen sonora: un sonido como el que ponen en los concursos de la tele cuando el concursante falla o el sonido de derrota en los videojuegos; el sonido despierta una serie de ecos de pantallas que se bloquean, programas que se cierran en banda y procesadores que van a dos por hora.

Y por fin la tercera imagen es la del primer día de clase de Pilates, otra alumna y yo solas para una clase de 15 personas, mirando perplejas el reloj de la pared que siempre marcaba las 3 menos cuarto por más que ya eran las 3 y cinco y allí que no aparecía ni profesor ni compañeros, ni monitor sustituto.

Reloj en la arena

Al rato irrumpe en la sala el profesor contando que la moto se le había quedado sin batería después de todo el verano sin usarla y que ha tenido que venir en coche, pero que en coche tarda mucho más y que además él pensaba que no empezábamos hasta mediados de septiembre (me digo: este hombre cada vez parece más una mujer, menuda locuacidad).

Y en cuanto deja de protestar por los elementos que se le han vuelto en contra y se tumba frente al espejo para empezar la clase, abre las piernas, se oye un rasguido y comenta que el pantalón corto se le acaba de romper (la imagen es de algo vagamente de color claro por debajo del pantalón oscuro; cuatro imágenes en total, pues).

Antes de las imágenes tuve una sensación, una cierta tensión absurda ante la perspectiva de volver a Pilates después de dos meses de vacaciones y una cierta tensión por la claustrofobia de tener la fachada de casa cubierta de andamios y unos tipos mirándome al otro lado del cristal del balcón y la casa cerrada a cal y canto en medio del calor por lo que pueda pasar y una cierta tensión porque el miniportátil se enciende cuando quiere y cuando no no da señales de vida y el PC normal a veces va realmente a pedales y así no hay quién se libre del carapantallismo-sentada-en-la-mesa-de-trabajo, con lo malo que esto es para la espalda.

Fachadas transparentes

Pero en fin, el profe parlanchín del pantalón roto sale al paso con cierta gracia, usamos mi reloj como referencia para evitar meternos en un no lugar-no tiempo de clase de Pilates eterna y aunque resulta evidente que debo trabajar mis abdominales, en los estiramientos me doy cuenta de que el verano no me ha anquilosado apenas y me digo que en este mundo lleno de goteras y andamios y filtros que no funcionan como deben la flexibilidad es lo único que nos queda y que en lugar de renovar aquel antivirus tan heurístico lleno de tuercas, y que tantos problemas me dio, voy a comprar uno nuevo, más humano, con un dibujo de un simpático oso de piel blanca y negra o de unas cuantas estructuras celulares de esas con una cierta geometría y una enorme capacidad de crecer y adaptarse.

Y bueno, puede que suene extraño, pero cuando termino de desinstalar el antivirus antiguo de las tuercas e instalo completamente el Panda 2010 tengo la sensación de que el osito blanco y negro me guiña el ojo desde su icono en el Escritorio.

El reloj del ordenador marca las 3 menos cuarto.

Quizá sea por eso.