Parecidos razonables o coincidencias forzadas

Algo en nuestra naturaleza nos lleva a buscar resonancias, ecos, coincidencias, y parecidos por todas partes. En cuanto decidí escribir sobre 2001: Una odisea en el espacio empezaron a aparecer monos o gorilas por todas partes (en el artículo sobre el vello corporal, en un anuncio que dejaron en nuestro buzón), tengo una foto de Kubrick en la que sale igualito a Salman Rushdie, sobre el que escribí en el penúltimo trabajo, el periódico se llena de menciones a Penélope Cruz que debería ser la esposa fiel de algún Odiseo (Raya) del celuloide y por otra parte no puedo evitar sentirme un poco Penélope de mí misma: por la noche destejo lo que tejí de día, me sumo en el eterno retorno de Nietzsche, Zaratustra o quien se ponga por delante .
Muchos espectadores y críticos consideran que desde 2001, el Danubio azul está indisolublemente unido a esa peli, pues bien, el otro día pongo la televisión y caigo en un programa sobre Mister Strong, el hombre más fuerte del mundo, parece ser que es una serie de reportajes (de interés únicamente antropológico, en mi caso). La cosa es que ese día tocaba la sección maduritos: unos cachas de caras completamente arrugadas y cuerpos hinchados (pero aún compactos, algunos) hacían posturitas mientras sonaba el Danubio Azul. No sabría calificar el efecto logrado, tragicómico quizá.
Hace unos días escribía sobre Reginald Perrin en este blog, pues cuál no sería mi sorpresa al reparar en que el científico ruso con el que habla Floyd en el transbordador Hilton es el mismo Rossiter, el actor que encarnaba al protagonista de aquella serie.
Las coincidencias y repeticiones son muy literarias y dan mucho juego, pero a mí me parece que en esto ocurre un poco como lo que cuentan algunas embarazadas, que basta que se ellas esperen un niño para que reparen en todas mujeres embarazadas que hay en su entorno, o cuando uno se rompe una pierna y empieza a reparar en todos los que llevan escayola como él. Así somos: habitualmente pasamos junto a un montón de cosas que obviamos hasta el momento en que se vuelven importantes para nosotros. En ese momento nos parece que todo el mundo está obsesionado con lo que nos obsesiona (o lo contrario: que hemos visto pasar taxis toda la noche hasta que nos hace falta coger uno para volver a casa) porque de alguna manera concebimos el mundo como una extensión de nosotros y no al revés. Seguro que hay una razón biológica para nuestro filtro de indiferencia/coincidencia, probablemente relacionada con que procesamos la información que es relevante para nosotros de manera inmediata y prescindimos del resto.