¿Cómo dice, joven?

Parece que las tornas lingüí­sticas han cambiado y que ahora el viento sopla a tu favor. Estás frente a la pantalla del ordenador y Ashkom trata de explicarte cómo funciona el proceso de introducción de pedidos en el ordenador. El conoce el software, conoce el menú del restaurante y se supone que deberí­a llevar la voz cantante, pero lo cierto es que habla poco, le sacas las explicaciones con sacacorchos. “Así­ que una vez que entro en esta pantalla” – estás diciendo para ver si se anima a continuar. Su laconismo no se debe a que su inglés no le dé para más: tras diez años aquí el suyo es un inglés eficaz, a pesar de su acento bastante cerrado y su no muy amplio vocabulario. Pero la cuestión fundamental es que se trata de una persona poco verbal. No es exactamente que hable poco: en las cosas que le motivan se extiende (su pasado como marino, su familia, la forma de hacer negocios en UK). Se explica mal. El tiene la información y el poder en este pequeño local pero yo muevo las cartas/palabras con más habilidad. No soy ni mucho menos la mejor speaker del mundo: simplemente, el lenguaje lleva años siendo algo central para mí­ y además supongo que como universitario estás predispuesto a creer que toda transmisión de conocimiento pasa por la palabra.

A Ashkom le basta con que el lenguaje le permita obtener lo que necesita. El balance lingüí­stico tampoco queda aquí­: pronto se restablece el equilibrio normal en este microclima de Oriente Medio: la mayor parte de las conversaciones tienen lugar en parsi (lo sé porque lo pregunto, no porque lo reconozca) y yo no entiendo ni una palabra. Al principio resulta molesto que tu desconocimiento de las claves te deje fuera, pero pronto aprendes a desconectar. No entender le libera a uno de fingir que escucha o de molestarse en escuchar.
Sin embargo… (Continuará)