(La literatura puede ser todo lo ficticia que se quiera. ¿La vida puede ser todo lo literaria que se quiera?)

Llevo dos semanas proponiéndome buscar un buen momento para ir a la Feria del Libro y sin ser capaz de ello. O hacía mucho calor, o era mal momento, o la Feria iba a estar hasta arriba. Trabajo en el sector de la cultura y de la edición, así que aunque no estoy obligada a acudir, hacerlo es “altamente aconsejable” que diría cualquiera acostumbrado a leer malas traducciones o a hacerlas o a no corregirlas convenientemente, pero también es -añado yo con sorna- “altamente irritante”, porque lo que pueda encontrar en la Feria me afecta mucho y en más de un sentido.

La cosa es que hoy, sábado 13 de junio, a las 12 y pico del mediodía, por alguna razón que mi yo más racional no capta pero que mi yo más emprendedor tiene clara, he decidido que es buen momento para escaparme a la Feria, por más que haga un calor espantoso y que siendo sábado y penúltimo día de la Feria, el Retiro vaya a estar hasta arriba.

Mientras empiezo a caminar calle abajo, veo a dos chavales de unos cinco o seis años correr encantados debajo del andamio de un edificio. Van cantando “andamio, oé; andamio, oé”, como si fuera una especie de sortilegio de felicidad. Tienen las mejillas coloradas y los ojos brillantes.
Quizá contagiada por esos vítores infantiles, o simplemente porque hace buen tiempo, aunque no estoy sobrada de tiempo (los puestos los cierran a las dos y media), opto por tomar el camino más agradable, que también puede ser el que tarde más, según esté el tráfico. Una vez en la Castellana, espero fundida en la parada del bus en medio de una Castellana cuasi desierta. Observo detenidamente la amplia avenida bajo la luz intensa, que pareciera estar ahí sólo para mí, ya que apenas hay gente o autobuses a la vista. Eso son malas noticias por una parte y buenas por otra: tardaré en llegar, pero a cambio tendré un momento de paz. Al fijar la vista en los pies, veo en el suelo un post-it amarillo, doblado por la mitad. La única palabra que aparece completa junto al margen derecho es “Larra”, el resto es “olf”, “dos” y “Chejov”.

Se me ocurre pensar que es una nota de alguien que va a la Feria del Libro como quien va a la compra, con su nota de 3 barras de pan, 1 brick de leche desnatada, 4 Joseph Conrad y 2 Faulkner. Pienso en qué se habrá podido basar esa preferencia o esos encargos e imagino a un profesor, un amigo, una revista o un manual aconsejando, prescribiendo, orientando. Pienso fugazmente en que ese trozo de papel amarillo podría ser también la primera losa amarilla de la senda como en aquella historia clásica.

No suelo coger cosas del suelo, escrupulosa como soy, pero la casualidad de encontrar una lista de autores justo cuando voy a la Feria del Libro me hace pensar en los azares del book crossing (un diálogo silencioso e invisible entre lectores que van dejando libros en sitios determinados para que otros lectores los encuentren y los lean) y me siento curiosa y con un afán empírico. El post-it dice así: “Mariano Jose de Larra, Virginia Woolf, Chejov, Cartier Bresson, Melville, John Berger, Galdos”. La letra es suelta y de buena caligrafía, aunque algo apresurada. Parece de un hombre cultivado, y no muy mayor, aunque también podría ser de mujer (una amiga tiene una letra parecida). Universitario, diría, porque tiene esa soltura del acostumbrado a escribir rápido. Apostaría que usó los cuadernos Rubio de pequeño/a, porque, aunque la letra es suelta, hay como una cierta armonía de tamaños y formas y la prisa no consigue que la letra se vuelva ilegible salvo casi en el último nombre, “Cartier Bresson”. No ha puesto el acento a José ni a Galdós (el de Chejov, que tampoco ha puesto, me parece discutible; he aquí la deformación propia de mi oficio) y eso me irrita un poco, pero trato de olvidarme de ello. Deduzco que el autor de la nota es un hombre de unos cuarenta y tantos, universitario. La gente por debajo de esa edad apenas sabe escribir a mano con esto de los SMS y los chat y las generaciones mayores suelen tener una letra de caligrafía menos de imprenta (las letras de la nota tienen un punto “de molde” que sólo he visto en gente nacida a partir de 1960 y 1970… esa forma de escribir en la que predomina la forma de las letras individuales por encima de los enlaces entre ellas; pero esto es una apreciación mía que no he contrastado en plan sistemático).
Mientras ando en estas disquisiciones llega el autobús.

Cruzo a buen paso la Castellana en Cibeles con las gafas de sol que tardé tanto en elegir el verano pasado (¿mejor unas gafas con más personalidad pero que pueden pasar de moda o unas clásicas más neutras que nunca lo harán?; elegí las clásicas) mientras pienso en el día tan bueno que hace para ir al Retiro y también en que mi relación con la Feria del Libro es ambivalente; quizá no es casualidad que mi yo emprendedor haya optado por aprovechar un rato del penúltimo día para pasarme (pasarnos) por allí. La Feria me viene produciendo sentimientos encontrados desde hace tiempo, por razones diversas.

En primer lugar es una cosa masiva, en la que uno no sabe por dónde empezar y en segundo, tiene más de Parque de Atracciones o Juvenalia que de biblioteca o de café con mesas donde uno se sienta a leer. Hay una cierta sensación de falta de orden, los amantes del best seller son los que hacen cola frente a los autores que parecen tener más presencia, cuando en realidad los autores que son verdaderamente interesantes –y que por tanto deberían interesar- no firman, porque no les llaman o porque están muertos, o porque viven a miles de kilómetros. O porque escribir y leer buenos libros no tiene nada que ver con el culto a la personalidad.

Entro al parque por el acceso de la puerta de Alcalá, entre extranjeros de vacaciones, gitanas que venden un romero muy aromático y familias con niños. Llevo años entrando por este acceso, así que inevitablemente me llega el recuerdo difuso de las actividades veraniegas con mis primos cerca del Palacio de Cristal siendo niña, las barcas de remos y muchos domingos siendo adolescente.

El día es verdaderamente espléndido y el parque está espectacular: con verdes intensos y brillantes y flores de todos los tonos conocidos y ese sol tan ancho que nos regala Madrid con frecuencia, así que las esculturas de la exposición temporal de Ripollés, que no son gran cosa desde el punto de vista artístico, tienen el mejor lugar de exposición que pudieran pedir. De las figuras de niños gigantes como monigotes algunas simplemente chirrían, con sus miembros enormes y sus colores chillones como un niño que harto de tratar de conseguir atención por sus propios medios hubiera decidido disfrazarse y berrear, pero hay otras que consiguen entusiasmarme con su combinación de las curvas, el punto naif y lúdico de la figura y la superposición de perfiles o las posturas dinámicas en desequilibrio. No sé cómo lo ha hecho el escultor, pero las figuras tienen el grado exacto de expresividad y de relevancia.

No he traído la cámara porque el plan no era fotográfico pero a falta de alternativas me digo “andamio oé oé” y pruebo con el móvil. Para alguien acostumbrado a una buena cámara, fotografiar con la del móvil es como intentar levantar un chalet de dos plantas a escala humana con piezas de Lego o como tratar de fotografiar con unos prismáticos temblorosos del todo a cien; además, con este sol reflejándose sobre el metal pulido el contraste es muy alto y por supuesto la cámara del móvil no sabe qué es una medición por matrices ni por zonas, ni te permite compensar y además tampoco me apetece andar buscando un emplazamiento mejor, so pena de romper la magia del momento.

Al ver mis operaciones, un par de personas ha decidido sacar fotos también y el clima de fascinación se está rompiendo completamente (demonios, ¿qué le pasa a la gente? ¿acaso no sabe lo que le gusta hasta que ve a alguien apreciarlo?; ¿es acaso la misma ceguera y afán de imitación que acumulan “lectores” en las colas de los autores más vendidos?).

Pese a todo, tras borrar un par de fotos, guardo mi móvil extrafino con la sensación de haber pescado un par de pepitas de oro, amarillas, redondas y brillantes.

No tengo un plan demasiado claro de lo que quiero ver y tampoco sé los números ni la ubicación de las casetas porque a mi yo emprendedor estas cosas le resbalan bastante (de no ser así jamás podría ponerse en marcha) y mi yo planificador no ha tenido tiempo para prepararse. En todo caso, creo que nunca he venido a la Feria con un plano de las casetas a visitar, precisamente porque no sabría por dónde empezar y porque al ver los nombres de los puestos me hubiera puesto a analizar por qué están unos y no otros, cuál es el criterio, quién decide la ubicación, qué hace mejor una ubicación respecto a otra, cuántas librerías y editoriales conozco y cuántas no y por qué, por qué interesan tanto el esoterismo y los libros de tema militar y toda una interminable serie de preguntas más o menos peregrinas y más o menos relevantes que me hubieran impedido poner un pie fuera de casa y mucho más llegar hasta el Retiro.

En lugar de bordear el lateral largo del estanque como solía hacer siempre, como veo que hay menos gente voy por la parte de atrás y me compro un enorme polo de limón, a sabiendas de que puede ser un problema tener una cosa chorreante a la hora de ver libros y a sabiendas de que por el mismo helado de siempre me están cobrando el doble, pero yo quiero el helado aquí y ahora y no donde y cuando me lo cobran a su precio “real”.

Ando siguiendo mi instinto y termino en medio de la Feria por un camino bastante directo. Me topo con unas fotografías enormes y espectaculares de una editorial sobre los efectos de la climatología en el paisaje y las miro detenidamente mientras chupo mi helado. A mi alrededor la gente zumba de caseta a caseta como en un avispero de seres que se afanan pero no parecen tener un objetivo claro. Me gusta esta sensación de ser yo quien marque mis tiempos y la dirección de mis pasos, aunque en términos de número soy yo quien está en desorden, simplemente por hacer algo que el resto no hace. Las imágenes muestran cómo el viento modifica completamente el perfil de las dunas de un desierto africano y cómo en Australia el mismo viento y la calidad de la roca han formado una especie de dientes de perro. Los pies de foto parecen una traducción apresurada del francés y pienso que cualquier lector cuidadoso como yo misma habría pulido mejor los textos, pero después reparo en que por mucho mejores que fueran seguirían estando aquí.

Cuando termino de ver las fotos he terminado también con el helado y milagrosamente tengo las manos limpias.

La primera caseta con la que doy es un acierto. Es de una librería y que tiene muchas cosas de fotografía, cómic y libros infantiles y que según me entero después está muy cerca de mi casa. Veo un par de libros interesantes para mí (de foto y otro un libro práctico con de todo un poco) pero como no corren prisa me decido por un regalo que me parece muy simpático para el hijo de una amiga. Me apunto un libro de fotografía sobre España en plan Elogiemos ahora a hombres famosos en mi wish list mental.

En medio de este paisaje de casetas y libros, de tanto en tanto descubro que el que creía un librero ocioso y aburrido en realidad es un autor ocioso y aburrido. La que al parecer no se aburre nada es Rosa Montero, charlando con un peruano con cara de emoción en la caseta de Antonio Machado, tras una torre de su última novela, publicada en Alfaguara. Llevaba una camiseta de un niño macarra con piercing que creo haberle visto en alguna entrevista y los ojillos negros como trozos de carbón en combustión constante y el pelo muy negro también liso y apelmazado y así como si fuera un galán de culebrón trasnochado (mi hemisferio lógico traduciría: al pelo de la Montero le sobraban tres centímetros). Pensaba saludarle y preguntarle si se acuerda de mí (hemos charlado un par de veces), pero aquel peruano que decía encontrarla entrañable, como si se conocieran de toda la vida, por más que se acabaran de conocer, no terminaba de irse mientras ella reiteraba cuán generoso era él y que ella estaba encantada y me pareció raro dirigirme a ella sin un libro suyo que darle a firmar (el último que compré me horrorizó), así que me fui.

La escena me dejó un poso de tristeza que no sé si atribuir a la escena o a la espectadora. La Montero tiene un punto de persona accesible y comunicativa y un verdadero talento para hacer entrevistas en profundidad; talento que no encuentro en sus novelas, pero en todo caso me pareció que su intensidad y sus ganas de comunicarse aquel sábado abrasador en la Feria del Libro estaban mal dirigidos, desperdiciados. Había algo de pez fuera del agua en la escena, un pez voluntarioso pero equivocado.

En la caseta de Tres rosas amarillas hacía tanto calor como en el resto, pero allí nadie protestaba. Alguien había decidido que hacía tanto calor como en Cuba y había puesto el disco de Buena Vista Club Social, así que antes de que me pudiera dar cuenta estaba absorta en los libros mientras seguía el ritmo del clave cubano con el pie (ta-tá, ta, ta y tá final más largo) frente a un vendedor sonriente y servicial. A punto estuve de quedarme a vivir en un puesto con tantos tesoros y casi vacío la tarjeta; eso sí, me obsequiaron con una rosa amarilla. Mi botín fue el siguiente:

Cuentos y cuentistas- El canon del cuento, Harold Bloom. Páginas de Espuma.
Llamadas telefónicas, Roberto Bolaño. Anagrama.
El libro de los abrazos, Eduardo Galeano Siglo XXI. ¿Cómo pasar ante un libro con semejante título y no echar una ojeada? ¿y cómo no terminar comprándolo, si en la caseta aceptan tarjeta?
Unos buenos zapatos y un cuaderno de notas. Cómo hacer un reportaje, Anton P. Chejov. Alba.

Me quedo pensando en que por más mastodóntica que sea la Feria del Libro y por más que España sea el cuarto productor mundial, el sector editorial es un pañuelo, ya que conozco personalmente a los editores de los tres primeros libros. Me pregunto si este factor personal habría influido en mi elección. En todo caso, el libro que me ha parecido más sugerente es precisamente el de Chejov, editado por una editorial en la que no conozco a nadie y con una bonita portada color oro viejo.

El penúltimo libro que compro es Vaya País. Cómo nos ven los corresponsales de prensa extranjera (coordinado por Werner Herzog) Punto de lectura. Es una caseta de publicaciones en alemán pero he dado con este libro (que debe ser el único en castellano; hay otros bilingües, a juzgar por las portadas). Me interesa este asunto de la mirada de los otros y del choque cultural. Me atiende una chavala muy agradable con acento alemán. Se ve que está muy sensibilizada con la cosa ecológica porque en lugar de meter automáticamente el libro en una bolsa como ha hecho en el resto me pregunta si necesito bolsa. No sé qué dirán esos 18 corresponsales extranjeros en Madrid sobre España, pero que a los alemanes les preocupa la ecología ha quedado claro en un solo minuto.

Mi última parada es curiosamente en De Viajes. Pregunto por el título de una guía turística en inglés que no tienen (Madrid de las Rough Guides; que al parecer no existe); mientras dos jovenzuelos cambian los libros en exposición aplicando criterios que no sé si comparto (La Reina de África está muy vista… y no sé qué más) y que tampoco sé si hubieran compartido mis profesores del Máster de Edición, mientras charlan entre sí sin prestar demasiada atención a los clientes. Se acercan peligrosamente las dos y media de la tarde y los libreros están deseando echar el cierre para tomarse algo fresquito y descansar. Aparece un librero de más edad (quizá el dueño) y por alguna asociación de ideas confunde la guía de Madrid en inglés por la que he preguntado por una guía de Londres en español y me ofrece una. Al final, no sé si por darle la razón en parte, o por cuestión de genealogía literaria y vital, aprovecho los dos minutos que quedan para las 2 y media para que me cobren Londres victoriano de Juan Benet; Editorial Herce, tarjeta en mano.

Vuelvo a leer el post-it con esa relación de siete autores (en realidad seis autores y un fotógrafo) y de nuevo me pregunto en qué se habrá podido basar esa preferencia o esos encargos, y pienso en que hay un fotógrafo, uno que me gusta, obsesionado con plasmar lo instantáneo como también lo estaba la Woolf y dos escritores que practicaron el periodismo y el retrato de la vida cotidiana madrileña (alguno con un punto humorístico admirable), y ese Melville de ojo tan penetrante para los misterios de la vida y para la elipsis y el tandem Berger-Chejov con esa atención al detalle significativo y a los mundos pequeños, y a la sugerencia y sus teorías sobre cómo mirar… Me quedo saboreando estas sensaciones y reparando en que he comprado un libro de Chejov con un título espléndido y antes de empezar a valorar qué significa haber metido a estos y dejado a otros fuera, qué criterio subyace a esta lista, me digo que es bastante absurdo plantear la compra de libros para uno mismo como una obligación y pienso que el profesor, el amigo, la revista o el manual que prescribió, aconsejó, u orientó hacia estos nombres al mismo tiempo y de forma inevitable estaba excluyendo, desaconsejando y desorientando.

Regreso por un camino distinto, saboreando la sensación de haber tenido una mañana de pesca provechosa, reflejada en el peso de la carga de mis brazos, especialmente por el texto Unos buenos zapatos y un cuaderno de notas. Cómo hacer un reportaje de Chejov y también por El libro de los abrazos de Galeano, con su punto de cosa tierna y sabia. Y esas fotos redondas y brillantes de esculturas traviesas en medio del paseo. Y en fin, no tengo muy claro en la contraportada de qué libro lo he leído, pero hay una frase que me ronda: Todo lo que está en el mundo pasa por el cuerpo. ¿Sería en la caseta de Libros para el bienestar? Sea como fuere, no puedo estar más de acuerdo.

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Este texto ha sido mi Javier de Mier de este año; empezó siendo un borrador de post para este blog, de forma que me parece de justicia poética que regrese a él. He esperado a que el concurso se fallara para subirlo, aún a costa de perder actualidad, por respeto a las bases del certamen de relato. Por otra parte, se ve que el intrusismo de género literario está tan mal visto como el profesional, ya que el texto no recibió ningún punto, básicamente porque al jurado oficial del concurso (incluída yo misma) le pareció un “no cuento”. Como post, o como crónica periodística, me parece que funciona bastante bien, sin embargo.

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