Finalmente, el martes por la mañana me dejé de guiones tragicómicos y de versiones de género. Decidí que la cosa no podía esperar más y nos plantamos en mi facultad (qué fácil es a veces hacer las cosas al estilo de los tíos ¿no? Quizá deberíamos hacerlo más a menudo, chicas. Si queremos que nos acompañen, basta con decir: quiero que me acompañes y callarte tus dudas sobre si para él puede resultar un coñazo ir a eso o no; si tienes derecho a pedir semejante cosa o si tu petición en el fondo es egoísta. Si le resulta un pestiño ya te lo hará saber… a su manera; y, sí, esto puede ser el problema, que su manera de comunicar su fastidio no es la manera que a ti te gusta, que es fácil que te lo diga a lo bruto, pero en fin, no nos liemos ahora con matices femeninos que si no nunca llegaremos a la facultad).
Pensando yo en estas cosas de la (in)comunicación humana y mi hermano en Dios sabe qué, llegamos a la facultad y entramos por la puerta principal, abarrotada de gente con trajes de graduación y de familiares con la ropa de los domingos y nos desviamos hacia la secretaría. Esta, cómo no, estaba cerrada por causa de la graduación, lo cual es una contradicción en los términos: ¿cómo te vas a graduar si para ello te tienes que registrar y el registro está cerrado porque la gente se está graduando?
No dejé que las contradicciones pudieran conmigo –como antes no había dejado que mi rol femenino me metiera en un bucle- y después de investigar un poco dimos con un cartel que decía que para asuntos de registro de graduación acudiéramos a tal sala.
Llegué a la tal sala, que era el Cinema hall, el lugar donde se hacían pequeños cineforum y donde alguna vez había acudido a alguna clase con proyección y vi una mesa con dos colas y una mesa individual con el rótulo Queeries (consultas) y debajo el nombre real de la persona bautizada como “the woman” por mi compañera de máster amante de las onomatopeyas.
Me adelanté hacia la tal “the woman” y le conté mi problema de un tirón: yo me iba a graduar el miércoles, pero no había tickets porque contesté muy tarde y entonces me reservasteis para el viernes pero no me ha llegado la confirmación y bla bla bla.
La cara de la tipa, cordial, pero ya inicialmente ojerosa y tensa, empezó a mostrar una preocupación creciente según hablaba y me preguntó qué master era el mío. Se lo dije y me dijo, pero tú no te gradúas hoy, entonces. Claro, pero no me habéis mandado confirmación y he venido para asegurarme la plaza el viernes. Me explicó que ella ese día debía dedicarse a solucionar los problemas de la gente que se iba a graduar ese día, que lo comprendiera, que había gente sin registrar.
La cosa tenía su gracia, porque yo estaba en aquel lío por haberlo dejado todo para el último momento y ahora que estaba intentado hacer las cosas con margen, los propios ingleses no me dejaban. Le dije que lo entendía, que no me importaba esperar, pero que necesitaba confirmar mi plaza para el viernes.
Esperamos un rato sentados en aquella pequeña sala de proyección observando el desfilar de los alumnos hasta la mesa donde tras preguntarles el apellido les daban la invitación. Todos terminaban deletreando sus apellidos, como ocurre siempre con el inglés y pensé el ligero cachondeito que habría cuando me tocara a mí deletrear mis múltiples y largos apellidos (Bonasera de Todos los Santos, Elsinora).
Observamos también los modelitos de los presentes, las chavalas supermaquilladas, con minifalda y taconazos bajo la toga y los chavales con zapatos más o menos elegantes y pantalones de todo tipo. El asunto de la minifalda hizo saltar mis alarmas.
Yo había meditado cuidadosamente qué llevaría debajo de la toga hasta la altura de la cintura (la beca debía sujetarse mediante un botón, la prenda que llevaras debía ser fuerte para que el peso de la “capucha” no la levantara… las instrucciones sobre la blusa eran muy detalladas) y también qué zapatos elegantes pero cómodos me pondría y con qué medias, pero me había olvidado completamente de lo que había en medio, porque las fotos de los chavales con toga de la empresa de alquiler no lo mostraban.
Hasta aquel momento había dado por supuesto que la toga negra lo tapaba todo hasta casi los pies, pero viendo a la gente en vivo descubrí que no era así. Así que mientras esperábamos a que nos pudiera atender “the woman” y mientras mi hermano se divertía observando a la variopinta fauna de mi facultad con sus ropas de gala –el premio se lo llevó una con unos taconazos y bronceado de bote- yo andaba rumiando que mis pantalones negros de lycra no eran la mejor opción para llevar debajo de la toga en la graduación, pero que a estas alturas dónde podría encontrar una falda larga mona y bla bla bla.
Estaba contenta con los zapatos, unos zapatos marrones Geox de tacón no muy alto y bastante cómodos y con las medias cortas que había traído, pero me fastidiaba no haber caído en el asunto de la falda o el vestido. Esta maldita graduación se estaba convirtiendo en una carrera de obstáculos sin fin, lo cual resultaba paradójico, porque mi principal interés para ir a la graduación era que lo consideraba un premio a la consecución de un master que resultó complicado, pero no me parecía que los premios debieran ser a su vez una prueba de fondo.
Mientras pensaba estas cosas tan útiles y reconfortantes, vi cómo “the woman” solucionaba los problemas de última hora de mucha gente, pero también cómo dejó a una chica compuesta y sin ticket, ya que le oí decir a su amiga que no se podría graduar ese día.
Lo curioso de haber adquirido un buen nivel de inglés es que el ser capaz de comprender todas las conversaciones que se producen a tu alrededor por una parte te da la tranquilidad que uno espera, pero por otra es una fuente continua de inquietud, porque terminas manejando demasiada información (o será que tengo la “parabólica” demasiado bien sintonizada; en España también me pasa a veces).
Cuando quedó libre, me acerqué a “the woman”, le conté de nuevo la película y me dijo que le resultaba familiar el nombre, pero que no recordaba el mail.
Nos condujo a su oficina y una vez allí, consultó sus archivos, me dio un formulario y me preguntó si quería graduarme el día original es decir, el miércoles, el día siguiente. No pregunté qué cataclismo había ocurrido para que de repente quedaran tickets libres pese a la inmensa lista de espera, sino que me limité a decir que sí, a rellenar el formulario y a tratar de pagar el ticket. Me dijo, no, eso lo tendrás que hacer mañana, cuando vengas a la graduación. Nos piramos de allí bastante aliviados, pero yo me quedé dándole vueltas al asunto de la falda sí falda no. El resto del día me invadió una especie de ligereza postgestión, sensación que tras la ceremonia en sí adquiriría un cierto matiz de vacío.
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