Mi no entender/ Crónicas perplejas desde La Pérfida y España: weblog sobre una española en Londres y su regreso a España

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Dom
28
Sep '08

Apueste por una (situación)

Como os contaba hace unos días se acerca el cierre del blog. A partir de ese momento, no habrá actualizaciones pero los contenidos seguirán disponibles (mientras sea posible). Los casi quinientos post que hay permiten andar trasteando y releyendo una buena temporada.

De momento parece que los post favoritos de los basados en personajes son los de los empleados de Oriente Próximo de la pizzería y la sección Elsinora como pincho moruno.

El otro día estuve viendo las estadísticas de visitas y me llevé una agradable sorpresa. En Agosto hubo nada menos que 8000 entradas. Fue un mes muy bueno, supongo que por efecto de las olimpiadas y también porque la gente estaba de vacaciones y se ve que mi perfil de lectores se nutre de gente a la que le gusta leer en vacaciones, y no sólo desde el curro. Los meses “normales” oscilan entre 2000 y 3000 visitas. No está nada mal para una bitácora independiente, ajena a un portal de blogs y que además tiene un dominio tan poco relacionado con su contenido (bdbaloncesto). Y por supuesto está muy bien para un blog escrito por una sola persona.

Había anunciado una selección de post basados en situaciones, para facilitar vuestro voto. Aquí va.

1. Mis primeros contactos con el que sería mi college durante dos años Todos somos raros
2. Cómo conseguir una rebaja en inglés con la boca anestesiada.
3. Bragas católicas.
4. “However” dijo Blair o un marciano en la Casa de los Comunes.
5. Un zorro en South East London.
6. Pliegue ficción-realidad en Brixton a cuenta de una película: Mirando al sur.
7. Vida nocturna de una estudiante universitaria en tres partes: Inglaterra está dormida (Parte I); Inglaterra está dormida (Parte II); Inglaterra está dormida (Parte III)
8. La naturaleza (inglesa) y la cultura (española) echan un pulso: Satán regresa y trae la cordura.
9. Peculiaridades de mis compañeros de piso del sector polaco. El minifundio según los paisanos de Copérnico.
10. Flatmates (compañeros de piso) adoptivos: Aventuras y capitulaciones de los Pavlowski en Londinum.
11. Flatmates de las antípodas: Ovejas estresadas y urracas parlanchinas.
12. Arte, surrealismo y multiculturalismo en una exposición de la Tate: El pánico voluptuoso de ser otro según Carsten Höller.
13. Una Inglaterra que no se ve tanto. Cambio camisetas del Real Madrid por cuentos de hadas en español.
14. Elsinoras sin fronteras Las aventuras de Madame Betadine en Pekín.

¿Cuáles son tus favoritos?

Mie
24
Sep '08

Quince páginas de títulos y una extraña foto

Llevo un par de días revisando los artículos del blog y me he dado cuenta de que los casi quinientos post que hay publicados han dado para mucho (sólo los títulos llenan quince páginas), tanto en lo que se refiere a los temas como respecto a los enfoques. Al releer he recordado lo mucho que he disfrutado haciendo la bitácora y lo mucho que me acompañó en La Pérfida.

Para cualquier persona a la que le guste escribir llevar un blog es un plan estupendo, aunque es cierto que para un escritor de ficción es un entretenimiento “peligroso”, porque la energía que le dedicas a uno y las satisfacciones que te da le restan energías y motivación al otro. En cualquier caso, estoy barajando fórmulas para abrir un nuevo blog, compartido quizá, de forma que no me lleve tanto tiempo. El tema esta vez sería o la actualidad o los secretos de Madrid. Quizá un fotoblog.

Se admiten sugerencias, of course.

También estoy dándole vueltas a la parte del gestor web, el formato y la plantilla. No entiendo mucho de la parte técnica, pero algo sé sobre composición y maquetación. Wordpress (el software con el que está construido y gestionado este sitio web) es uno de los editores web de mayor difusión, pero a mí últimamente se me está atragantando, básicamente porque no consigo modificar los formatos (o temas) como quisiera, por una cuestión de permisos del hosting y porque desconozco los procedimientos.

Consultar los numerosos foros y ayudas sólo consiguió sepultarme bajo un aluvión de más dudas. Overwhelming. En estos casos lo que uno necesita es un libro, que empiece en una página y termine en otra, que tenga una concepción unitaria y progresiva, pensada por un autor o autora o un editor que se hace responsable de lo que pone ahí, y que se pueda tocar, subrayar o incluso tirar al suelo en caso de desesperación (tirar el portátil relaja igualmente, pero tiene consecuencias peores).

Así que me puse a investigar en la Red y vi que no había libros especializados en Wordpress en español. Todo lo que pude encontrar fue un libro en inglés escrito por una bloguera norteamericana, ensalzado por su claridad y su contenido completo. La autora es Lisa Sabin-Wilson; una chavala rubia que a juzgar por la foto de su blog es un cruce entre un alien y un personaje femenino de los Mosqueperros. ¿No te parece? Miedito. ¿Lo habrá hecho aposta, como reclamo para su web, en plan ‘¿has visto este blog con esta foto tan espantosa?’ Y los tipos reenviando como locos el link para reirse de ella y ella mientras gozándola al ver cómo sube enteros en el Technorati.

Aunque también es posible que la foto sea normal y la rara sea yo. Sea como fuere, el libro que debería sacarme de mi analfabetismo perplejidad tecnológica se llama “Wordpress for Dummies” y vuela ya hacia mi casa por cortesía de Amazon (lástima que el dólar haya subido…) y de un puñado de euros.

Pues nada, si alguien tiene alguna sugerencia respecto a gestores web que hable ahora o calle para siempre :-) También es un buen momento para que los amigos de Lisa Sabin-Wilson que disientan de mi interpretación de su background genético me comuniquen sus impresiones o bien le aconsejen como gente que quiere lo mejor para ella que cambie la foto.

Mar
23
Sep '08

Con birrete y a lo loco (final)

La ceremonia duró bastante, porque primero salían los undergraduates, es decir los que habían aprobado un Bachelor in Arts, y estos eran ciento y la madre. Se ve que la edad y la mayor frecuencia de las clases habían creado un vínculo más estrecho entre estos alumnos: sus compañeros aplaudían a rabiar, jaleaban e incluso unos cuantos alumnos saludaron desde el estrado a la concurrencia, como un político en campaña.

Yo, siguiendo el espíritu de los juegos de Pekín decidí que aplaudiría a todo el mundo aunque no los conociera y que me dejaría llevar por su alegría. Eso sí, tenía cierto temor a que el público llegara a la fase de los Master bastante cansada y no nos aplaudiera. Como mi facultad es muy multiculti (ha habido alumnos de 204 nacionalidades, ahí es nada) resultaba muy curioso fijarse en los nombres de los graduados. Los había anglosajones, chinos, indios, latinoamericanos, griegos, italianos, árabes, rusos. De hecho, al inscribirte te decían que si por razones culturales no podías estrechar la mano del Chair lo advirtieras de antemano.

Mis problemas por razones culturales no tenían que ver con estrechar manos, sino con mi nombre. Para evitar problemas había dado mi nombre oficial a la hora de registrarme, pensando que era más seguro así. De manera que como tantas españolas de repente me vi con un María delante de mi nombre. Lo que ya no es tan frecuente es tener un segundo apellido kilométrico. Así que esperaba con cierta expectación el momento en que el speaker tuviera que leer mi nombre interminable y entre tanto, además de colocarme cada rato la beca y aplaudir, andaba comparando la extensión de los apellidos más largos (de latinoamericanos con nombres de pila compuestos y largos y que usaban los dos apellidos) para ver si alguno superaba el mío en longitud.

No fue así, así que cuando después de los tropecientos graduados de todos los BA posibles y tras las menciones honoríficas (muy espectaculares, les sacaban una especie de reclinatorio para que se arrodillaran y el Chair del Council pudiera ponerles la distinción, como si les nombrara caballeros) nos llegó el turno a los máster y después al nuestro concretamente, yo era la primera por orden alfabético (Bonasera) y protagonicé un momento gracioso al ver que el speaker se atragantaba con la penúltima palabra de la retahila: María Elsinora Bonasera de todos los… San-tos. Imagino que en el DVD del acto quedará cutre esa parte, y además, de haber sabido que podía dar el nombre no oficial, lo hubiera dado pero por otra parte me parece estupendo que haya que respetar la diferencia también aunque uno sea occidental y también creo que a mi madre le gustará que se oiga su apellido, aunque sea pronunciado a trompicones y con acento de doña Croqueta.

Quizá porque iba pensando en estas cosas de doña Croqueta (cuya forma de hablar me inspiró en parte el título “Mi no entender”), o porque iba rumiando la charla que había dado nuestro Warden (equivalente al decano o al gerente de mi college) la cosa es que mientras atravesaba el estrado hacia el lugar donde tenía que estrecharle la mano al Chair del distrito (podéis verle en este link) se me dibujó una gran sonrisa en los labios, que mantuve mientras el citado Chair me estrechaba la mano con energía y me decía: Congratulations, well done! Aquí me tienta hacer un chiste malo con la expresión “well done”, que también se aplica a los filetes muy hechos; pero después de criticar a mi hermano por sus chistes malos no sería justo que yo hiciera lo mismo sólo porque tengo un blog y los lectores no suelen protestar; y además probablemente la broma se volvería contra mí: de la ternera bien hecha se pasaría fácilmente a la carne añeja; los juegos de palabras los carga el diablo).

La cosa es que me pareció que el tipo tenía toda la razón, que sacar adelante un Master de literatura comparada en un idioma que no es el tuyo –que ni siquiera es tu primera lengua extranjera- y haberlo hecho en parte mientras trabajaba tenía mucho mérito. Gallifante para Elsinora, hombre por Dios.

Para volver a tu asiento había que seguir un camino determinado que no representaba demasiado problema salvo en la parte en la que tenías que atravesar una fila entera por entre las sillas vacías de los que estaban cerca del estrado. El espacio era pequeño, yo llevaba tacones y una ropa bastante aparatosa candidata a engancharse con cualquier cosa, pero finalmente bastó con poner los pies en diagonal, sujetar las faldas de la toga y sacar mi espíritu Pilates para esquivar las patas de las sillas y así llegar sana y salva a mi sitio.

Después de eso: resoplido de alivio y satisfacción al llegar al asiento, mirada a mi compañera de fatigas, sí, sí, la de los emoticones y las onomatopeyas y después cansancio considerable, el típico que se hace dueño de uno en cuanto te baja la adrenalina.

Mi hermano estaba contemplando la ceremonia desde otro lugar, desde el que no veía mi sitio. Según me contaría después, tras ver desfilar decenas y decenas de alumnos y no verme pensó que se había despistado y no me había visto cuando me nombraron. Tuvo entonces un momento de pánico imaginando mi enfado al enterarme. Por supuesto, a mí me faltaba un rato para aparecer en escena y además cómo podría habérsele pasado por alto la entrada triunfal de una tal Magüía Elsinoura Bounasera de Toudous lous (parada para coger aire y para acordarse de la madre del multiculturalismo) San-tous. Un ser elegante, gracil, que irradiaba una luz y una inteligencia proporcionales a la longitud de sus seis nombres, jur jur jur.

Link a las fotos de la ceremonia.
¿De qué siglo son estos personajes? Las personas de los extremos estuvieron en mi presentation. El de la izquierda es el warden de mi facultad y el de la derecha el chair del distrito de Croydon, precisamente quien estrechó mi mano y me felicitó por mi buen trabajo.

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Lun
22
Sep '08

Con birrete y a lo loco (IV)

Mientras atravesaba aquel maremagnum de gente variopinta, desconocida y excitada para reunirme con mi hermano pensé que precisamente una ceremonia como ésta hubiera perdido gran parte de su sentido de acudir sola. Creo que hubiera venido en todo caso –me habría acoplado a mi classmate Louisa, por ejemplo-, pero lo cierto es que estaba feliz de compartir un momento así con mi hermano, quien por cierto tendrá su graduación por el doctorado en unos meses, en Madrid.

Había quedado después de la historia con mi alumna de japonés, que andaba muy liada escribiendo su “dissertation”, como el año anterior lo había estado yo. Esperaba que la proverbial paciencia oriental tuviera una base real, porque la mareé un poco con sucesivos cambios de planes: nos vemos el viernes en el campus después de la ceremonia; no, que al final es el miércoles, nos vemos hacia la 1 ya que el acto empieza a las 11:30, ah no, me olvidaba que el lunch empieza como a la 1, nos vemos a las 2. Le mandé la última versión diciendo que nos veríamos a las 2 en el Loafers, la cafetería de la facultad en la que alguna vez tuvimos nuestras clases de español, entre cafés latte y muffins de blueberries (mi favorito de entre los más saludables). Por supuesto, me disculpaba copiosamente al estilo oriental (o según creo yo que es el estilo oriental, que cualquiera sabe) y me consolaba saber que ella vive a 5 minutos del college, con lo que no le robaría demasiado tiempo a esa “dissertation” pendiente.

Una vez dejé los trastos en la cloakroom bajo el cuidado de Whoopie Golberg II, nos dedicamos a hacer un poco el “moñas” hasta la hora de la ceremonia. Fotos aquí y allá. Me entró de repente la vena de alumna aplicada y me puse a leer la información sobre la ceremonia que acompañaba a la entrada. En el momento en el que trataba de memorizar cuándo tenía que ir con gorro y cuándo sin gorro y qué había que hacer frente a las autoridades y si la salida era por el pasillo de la derecha y la entrada por el de la izquierda o justamente al revés, mi hermano, que ignoraba lo delicado de la información que yo estaba procesando tan esforzadamente, decidió sacarme una foto de esas “espontáneas”. En la foto aparezco reclinada sobre un papel y armada con un boli en una postura que todo monitor de Pilates o de Técnica Alexander censuraría pero sorprendentemente no me sale humo por las orejas. Menos sorprendemente aparezco casi bizca. Se ve que como espía no me ganaría la vida, poniéndome bizca cada vez que tuviera que memorizar una clave secreta antes de comerme el papel en pedacitos o de quemarlo y luego además seguramente me entrarían las dudas, ¿la primera parte era 23Z o Z23?

Continuará.
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Dom
21
Sep '08

Con birrete y a lo loco (parte III)

En la sala siguiente la sensación de formalidad era mayor. Había unos tres o cuatro empleados, cada uno junto a un pupitre. Por lo que pude observar mientras esperaba la cola, el procedimiento una vez era tu turno consistía en ponerte en manos del empleado y dejarte hacer. El rasgo que ponía el toque británico y cómico al mismo tiempo era que tú te tenías que dejar hacer pero los operarios como ingleses que son no se sienten autorizados a tocarte salvo necesidad perentoria. Cuando me tocó –el turno, que no el empleado-, me quité la cazadora, dejé la bolsa con los zapatos, el maquillaje y el pack de la graduación en el suelo y el traje sobre el pupitre y me quedé muy erguida esperando acontecimientos.

La situación me recordó a cuando de pequeña iba a la modista y me tomaba medidas para algún uniforme, o para el traje de la comunión. No soy una persona especialmente dada al contacto físico, pero como española y como habitual de los fisioterapeutas no es una cosa que me suela preocupar.

El tipo de la sastrería académica más antigua del reino me ofreció las mangas en un gesto que me recordó a las peluquerías y me indicó que sacara las manos por la abertura que había a media altura, después cogió lo que nosotros llamamos beca y la colocó en la parte alta de mis hombros y me dio el extremo, que tenía una especie de ojal y me indicó que lo abrochara en el segundo botón de mi camisa, como si yo le fuera a denunciar por acoso si lo hacía él. Conseguí ajustarlo a la segunda.

Esta es la tarjeta que me regaló mi alumna japonesa de español.

Faltaba sólo el gorro. Le extendí el papel con la medida, buscó uno, lo trajo, decidió que no era mi talla y cogió otro, que a mí me parecía pequeño, se lo dije, pero me respondió que no. Los gorros estos tienen su técnica: tienes que levantarlo sobre tu cabeza y cuando puedas leer lo que hay escrito en su interior te lo encajas en la cabeza, de esa manera te quedará uno de los picos en la mitad de la frente y el resto, lógicamente, a noventa grados de éste. Llegados a este punto ya sólo queda colocar el pompón –o como quiera que se llame ese penacho de hilos sedosos- a la izquierda.

Con este aspecto, y una bolsa en una mano y la cazadora y mis botas de goretex en los pies me dirigí al cuarto de baño para cambiarme los zapatos, retocarme el maquillaje y peinarme. La sensación con la toga era buena: para alguien de mi tamaño el traje resultaba favorecedor ya que daba sensación de altura y disimulaba un poco ciertas redondeces. Bajo aquellas ropas amplias, la gente bajita terminaba pareciendo más baja mientras que la delgada perdía parte de su ventaja comparativa. El baño estaba verdaderamente crowded. Había alumnas que se saludaban con entusiasmo, real o fingido, con sus “cuánto tiempo, muá, muá, felicidades, felicidades”, gente que se peinaba y maquillaba, madres de alumnos, ilusionadas pero algo fuera de lugar.

Esperé mi turno con paciencia, a la inglesa, y me metí en un baño. Maniobrar con aquella ropa y tanto trasto en el cubículo pequeño y no muy limpio tenía su complicación. Finalmente me puse las medias cortas y los zapatos de tacón y conseguí hacer pis en plan preventivo sin mayores problemas. Una vez fuera vi que el maquillaje resistía bien pero que el pelo no terminaba de estar bien bajo el birrete. Me lo mojé y me lo peiné y volví a encajar el gorro siguiendo las instrucciones del sastre, borla incluída.

Continuará.

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Vie
19
Sep '08

Con birrete y a lo loco (parte II)

Aquella mañana del miércoles 3 de septiembre la facultad era un hervidero. A estas alturas, el parecido del edificio principal con la Academia de la serie Fama, parecido que saltó cuando vine de exploración a Londres desde las Middlands y me encontré en pleno agosto un lugar que compartía rasgos con algún instituto destartalado poblado de gente talentosa del Bronx, English style, incluso con su Whoopie Goldberg al cargo de la cloakroom, había pasado a segundo plano, desplazado por el cúmulo de recuerdos y sensaciones, en su mayoría positivos, surgidos a lo largo de dos años.

Mi hermano, artista y profesor de Historia del arte, y yo recorrimos el pasillo donde había un montón de obras de los alumnos de Arte de la facultad. Mi college es uno de los más importantes de Reino Unido en Arte; de allí salió el famoso grupo Young British Artists, cuya cabeza más visible es el artista vivo mejor pagado del mundo, Damien Hirst que ahora está de actualidad por haber puesto en venta su obra reciente en Sotheby´s saltándose el paso del agente. Mi universidad es en realidad una confederación de facultades surgida en el siglo XIX como alternativa “laica” a las anglicanas Oxford y Cambridge; fue la primera en admitir mujeres de todo Reino Unido (más datos aquí).

Como siempre, dediqué unos segundos a contemplar un grabado que reproducía una versión de “Untitled (Boy)”, la escultura de Ron Mueck que muestra un chaval gigante en cuclillas que mira al espectador con cara de especimen doliente (ver escenas 8 y 9 de esta presentación) . La obra me había llamado la atención desde siempre, incluso antes de saber de quién era y ahora la cosa volvía a ser significativa, porque este asunto de los tamaños relativos no sólo estaba presente en mi primera novela, sino también en la tesis de mi hermano.

Los pasillos estaban llenos de gente de diversas razas con sus trajes de domingo y de alumnos de todo el mundo siendo retratados con su toga. Era muy difícil no dejarse contagiar por la expectación reinante. Quedé en ir a buscar a mi hermano a la cafetería en cuanto consiguiera los tickets en el Hall cinema, ya que los invitados no estaban autorizados a hacer cola en esa parte, ni tampoco en la parte de recogida de trajes académicos. Conseguí los tickets sin problemas y pagué el importe de la entrada del invitado en metálico, por más que las indicaciones de la documentación hablaran de cheques. Me sorprendió que no hubiera penalización por la tardanza y pensé que lo hacían para disuadir a la gente de retrasarse. Al salir de la sala con el ticket me interceptó un grupo de jóvenes para que rellenara un formulario. Después me encaminé hacia el lugar de las togas.

Había dos salas, una para que te dieran una especie de ficha y otra para la recogida propiamente. Las salas eran clases pequeñas, en las que yo había asistido a diversos seminarios. Por supuesto, entré primero en la que no era y una empleada eficaz pero algo cansada me indicó mi error. Una vez en la correcta, le mostré al tipo –un señor sesentón cordial- mi comprobante de pago y le conté que en principio me iba a graduar el viernes, pero que al final la cosa iba a ser hoy y que se lo había contado a un colega suyo y me había dicho que no había problema. El tipo miró mi comprobante de pago, ignoró los detalles que recogía la hoja y que tanto me había costado obtener, me preguntó si Master o Bachelor le dije que Master y entonces me dirigió una mirada muy profesional a la cabeza para calibrar tanto la altura como el perímetro pectoral (o bien ya había captado durante la conversación que el mío no superaba los 142 cm que abarcaban las togas normales y que por tanto no era necesario precisar más; hay que ser muy pechugona para superar los 142 cm de contorno…). Me extendió una prenda grande de color negro, a la que le había prendido una especie de ficha con grapas. Mientras tanto pude comprobar que algunas personas se habían presentado a las bravas, sin haber reservado su toga y que solucionaban la gestión sin mayor problema y pagando en metálico. Con datos así era difícil abandonar la vía de la procrastinación, me dije.

Continuará.

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Jue
18
Sep '08

Domingo de resaca en Regreso al futuro

La noche en blanco del sábado, incluso con su agujero negro y todo, tuvo su domingo de “resaca”: al encender mi portátil a eso de las dos de la tarde vi con perplejidad que el icono de la red inalámbrica había reaparecido misteriosamente, por más que el día anterior fuera imposible detectar ningún elemento Wifi. El milagro no se limitaba a que de repente detectara el router de casa sino que también era capaz de conectarse. Eso sí, no puedo actualizar el antivirus, so pena de que todo vuelva a empezar. Y tampoco me atrevo a actualizar Windows, por lo que pueda pasar. Al menos he tenido la precaución de Crear un punto de restauración, así que si vuelve la máquina del tiempo me garantizo que uno de los momentos tendrá conexión a internet.

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Mie
17
Sep '08

Con birrete y a lo loco (parte I)

Lo malo de esto de estirar una historia (y una historia real) es que el tiempo va pasando, los detalles se diluyen en la memoria y el ímpetu disminuye. Digo esto porque la serie “Procastineisons…” se ha extendido bastante. Por otra parte, mi viaje a Londres de esta vez ha sido muy especial, por lo que tenía de reencuentro de la Elsinora presente con la del pasado. O, mejor dicho, por lo que tenía de reencuentro y revisión de la persona real que está detrás de ese seudónimo con su pasado.

A estas alturas es un poco difícil distinguir dónde empieza el personaje y dónde termina la persona, pero creo que se entiende lo que quiero decir. Y, claro, la parte de reencuentro del personaje real con su mismidad es algo que necesito terminar de procesar y que no tengo intención de volcar en el blog. Este aspecto seguramente servirá de base para alguna escena de una novela que ando rumiando, una vez transformado en material de ficción.

La cuestión es que llegado el día de marras, el miércoles 3 de septiembre, mi hermano y yo nos levantamos temprano. Teníamos que estar en la facultad a las 9, aunque la ceremonia en sí empezaba a las 11:30. En Inglaterra amanece muy pronto y la habitación de F. como suele ocurrir en La Pérfida, no termina de estar del todo aislada de la luz, así que a eso de las cinco y media o seis de la mañana es fácil que te despiertes bañado en una luz potente que se filtra por los extremos de la cortina roja. Eso generalmente molesta, sobre todo si no tienes que madrugar, pero visto desde ahora, es algo positivo: en Madrid ahora a las 7 y media todavía es de noche y cuesta un esfuerzo considerable ponerse en marcha, al menos es lo que nos ocurre a los helio-dependientes.

En fin, a lo que íbamos, la peculiar cama donde yo dormía se llenó de luz y al poco rato me levanté. Llené la kettle con agua filtrada para preparar unos Earl Grey para mi hermano y para mí y recogí un poco la cocina (las nuevas flatmates son rápidas para fregar pero muy lentas para colocar). Como no tengo mucha costumbre de maquillarme –y menos tan temprano- aquello me estresaba un poco y además no cesaba de imaginarme situaciones en las que manchaba de maquillaje la camisa blanca inmaculada y planchada que iba a llevar ese día o escenas en que vertía sobre la camisa la mermelada de fresa de las tostadas.

En previsión de los líos matinales, mi hermano se duchó por la noche para dejarme expedito el baño. Me puse a maquillarme sin tener muy claro si aquel era el orden correcto y cuando había avanzado bastante descubrí que no me había traído el lápiz de labios. Recordé que le había prestado mi barra de labios a mi madre, meses atrás. Sólo había traído un gloss rosa. En esas circunstancias no me quedaba otra que usar alguno de F, a sabiendas de que a ella no le importaría. Creía recordar dónde los guardaba.Ya sé que no es buen hábito el de compartir los lápices de labios, pero en fin, la necesidad me empujaba a ello.

El estuche de F. no tenía más que una barra de labios, de un color bastante oscuro que quedaba bien con su piel bronceada, pero que cualquiera sabía cómo quedaría con mi cutis claro. Me puse a ello. Esperaba que al menos no fuera de las que te tiñen los dientes a la mínima de cambio. Cuando terminé, intercepté a mi hermano en el pasillo, le conté la historia y le pregunté con cierto nerviosismo si el color le gustaba. Me miró un poco de soslayo desde su traje de chaqueta perfectamente planchado–como tratando de evitar que mi nerviosismo se le contagiase- y me dijo con calma que estaba bien, que era un poco oscuro, pero que eso se debía a la poca iluminación del cuarto de baño y que durante la ceremonia habría más luz. Cualquiera contradiría a un pintor hablando de efectos cromáticos y menos cuando su respuesta era la menos problemática, así que cogí mi bolsito con el maquillaje esencial –incluido el gloss rosa, just in case-, me tomé mi té con tostadas (fríos ambos) y nos dispusimos a irnos.

Eran días lluviosos y tirando a fríos, así que me puse unas botitas de Goretex y metí los zapatos de tacón de Geox con unas medias cortas en una bolsa, junto con el bolso de maquillaje, los móviles y el peine. Como los zapatos estaban nuevos, llevaban aún el palito destinado a que no se tuerzan.

Finalmente había optado por los pantalones negros de lycra, con la ventaja que supone que no se arrugan, que pegan con todo y combinan bien con la toga académica. Siguiendo el consejo de la empresa de alquiler de prendas académicas, había optado por una blusa con botones, concretamente una camisa blanca ceñida a la cintura, de Liz Clairborne, blanca y con rayas rojas, de un algodón muy amoroso y que al ser clara ilumina mucho la cara.

Cogimos el bus de la facultad en la parada en la que lo había cogido decenas de veces para ir al mismo sitio, un poco más allá del Chandos Pub que veía desde una de mis habitaciones y casi en frente de la tiendas de coches y del pequeño dinner en el que nunca estuve porque lo abrían a horas raras y parecía una casa de muñecas más que un establecimiento para humanos. Nos acomodamos en los estrechos asientos del 171 (un bus de dos pisos), sintiendo que desentonábamos un poco del resto, mi hermano con su traje de chaqueta de raya diplomática y yo con mi extraño maquillaje y tan preocupada de no arrugar la camisa recién planchada y con mis zapatos de tacón en una bolsa, con sus palitos incluidos.

Continuará.

Este post va dedicado a Vincenzo Andolini, por razones evidentes (bajo estas condiciones de luz).

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Mar
16
Sep '08

Preparando el mutis

El relato de la graduación está en camino o, como dicen los castizos, “la están peinando”. Y como comentaba días atrás, en cuanto quede cerrado ese capítulo mi intención es clausurar el blog. Por eso me inquieta que el post de la selección de artículos favoritos en plan “sumario antes de cierre” no haya recibido ningún comentario.

No es que esperara un ejército de lectores con lágrimas en los ojos y katanas sobre el vientre amenazando con matarse si cierro el blog, pero hombre/mujer, algún tipo de reacción de un puñado de lectores habituales (visibles o invisibles) no hubiera estado mal. Juro que aquí no se come a nadie por poner un comentario, positivo o negativo.

Pues eso, que aunque éste sea un blog más de lectores que de comentaristas, la falta de respuesta ante determinados post más intensos me deja con la sensación de estar hablando sola. No me parece mala costumbre esa de hablar sola (siempre que sea en privado y no haya loqueros en las cercanías), pero si ése fuera mi propósito no me pelearía con los trescientos comentarios de spam que recibo a diario ni me esforzaría por actualizar con regularidad ni por buscar títulos con chispa (bueno, esto a lo mejor sí lo haría, que soy un público exigente incluso cuando hablo conmigo misma :-) ni de complementar la información con vínculos de actualidad… snif, snif.

En fin, amigos, ya sólo me queda recurrir al soborno: si me contestan les haré llegar unos cuantos gallifantes autografiados por Elsinora Bonasera. Es mi última oferta. :-)

Cuídense.

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Lun
15
Sep '08

La Noche en blanco y los agujeros negros

Le tenía ganas a La Noche en blanco madrileña: no pude ir a las dos primeras convocatorias por estar en Londres, así que la tercera oportunidad tenía que ser la vencida.

Pero se ve que el destino tenía otros designios. Creo que el hecho de que hubiera luna llena y de que fuera día 13 tienen algo que ver. Juzgad vosotros. Desde hace unas semanas tengo problemas con el antivirus. Primero no se actualizaba y luego al instalar una nueva versión se actualizó tan profundamente que decidió cepillarse la tarjeta de red y con ella las conexiones inalámbricas que uso para conectarme y cerrarme la posibilidad de toda conexión. El fallo de la tarjeta se produjo justo al meter una actualización de Windows, con lo que supuse que era culpa suya. Tras intentar distintas cosas conseguí que el controlador reconociera las conexiones inalámbricas e incluso que fingiera conectarse a ellas, pero ahí no había intercambio de paquetes alguno.

Un amigo que entiende de estas cosas se ofreció a ayudarme el sábado 13. Nos pareció un buen plan: arreglo de portátil y luego cosa cultural por la noche y cenita y demás. Mi amigo tampoco había estado en Noches en blanco anteriores. Quizá eso influya. Se ve que el destino nos quiere mantener vírgenes de contacto (visual y sonoro) con La noche en blanco. La cosa es que durante 6 horas nos peleamos con diversos dispositivos de mi portátil, instalamos y desintalamos y viceversa, cambiamos configuraciones, bajamos de Internet archivos de nombre impronunciable, probamos alternativas, restauramos sistema, fuimos para adelante y para atrás y claro, nos colamos en un agujero negro. Nosotros pensando que aquello era como un CSI: descubrir al culpable, atar cabos y procesarlo, cuando en realidad era un encuentro con las supercuerdas del todo a cien.

Pues nada, después de intentar todo lo que el sentido común y la observación indicaban y no conseguir nada –o conseguir cosas que iban contra la lógica tal como la conocemos- decidimos darnos un paseo por ese Madrid tan lleno de oferta cultural, con el programa en el bolsillo. Nos montamos en el coche de mi amigo un coche veterano que me recordó a un DeLorean, dirección a Plaza España.

Yo había visto en Madrid.es -esa tele digital terrestre de Madrid que tiene cosas tan chulas de vez en cuando- que había algo interesante en el edificio España, una “escultura luminosa” de un artista contemporáneo británico llamado Ron Haselden; unas cuatrocientas personas iluminarían otras tantas habitaciones del edificio para dar forma y color al dibujo de un niño de su jardín ideal proyectado desde las entrañas del edificio. La cuestión es que pillé la noticia a medias y pensé que era para este año, cuando en realidad la performance había tenido lugar en 2007 (según he descubierto al preparar este artículo). Se ve que mi amigo y yo, al darle a Restaurar el sistema a un punto anterior, en nuestro afán por arreglar las conexiones de mi portátil nos retrotrajimos al año anterior. Sea como fuere, lo que estaba previsto para entonces en el espacio-tiempo Madrid 2008 era la proyección de una luna enorme fotografiada por Chema Madoz, que duraría gran parte de la noche. Según lo que ojeé en el programa oficial, en la zona de las Vistillas y del Palacio Real también había cosas interesantes, así que encaminarse hacia esa zona parecía una buena alternativa.

Por supuesto, estaba todo atascado. Tardamos bastante en llegar a Plaza de España -ni rastro de fachada con lucecitas de colores y ni rastro de la Luna de Madoz- y luego tardamos bastante en entrar al parking y encontrar sitio. En el parking de Princesa vimos a un grupo de chavales de diseño haciendo botellón: sacaron las cosas del maletero y se dispusieron a beber. Visto retrospectivamente y teniendo en cuenta las paradojas temporales de aquella velada del día 13 con luna llena, creo que los del botellón éramos mi amigo y yo en otra reencarnación y que uno de ellos además era un famoso funambulista nacido en Canadá.

Cuando conseguimos aparcar finalmente, decidimos dar un paseo y buscar un lugar para cenar, ya que era la 1 de la madrugada y el “arreglo” del ordenador nos había dado hambre. El restaurante indio (Delhi) estaba supercerrado, el brasileño (El brasileininho o algo semejante) medio cerrado, el árabe de cartón piedra (Aladín) a medio chapar, el seudoitaliano (Ginos) de la plaza de los cubos cerrando, de manera que en medio de aquel Madrid más fantasmal que “en blanco” nos metimos en el Vips, que aquel día retrasaba su cierre hasta las 4 de la mañana.

La cosa es que estuvimos cenando tranquilamente mientras charlábamos y nuestros ojos se iban enrojeciendo al recordar las cosas extrañas que les había tocado leer en la pantalla del ordenador y en parte también por los recuerdos de vidas anteriores y futuras de puntos anteriores de restauración. De repente nuestros relojes marcaban las cuatro menos diez y estábamos matados, así que pagamos, y levantamos el campamento, con el programa completo de la Noche en blanco en el bolso sin tocar y mi resumen de cosas más apetecibles, inevitablemente caducadas. En la Plaza España no se veía iluminación de colores, ni foto de la Luna Gong por ninguna parte…

Por lo que me contó un pajarito, la actuación estrella de la Noche en blanco también estuvo presidida por el efecto Bruja avería. El mejor funambulista del mundo iba a caminar desde la sede del Instituto Cervantes hasta el Círculo de Bellas Artes, en la calle Alcalá, sobre un cable dispuesto a 40 metros del suelo. El ambiente era expectante en medio de la noche fría y ventosa. Las viejas de turno se habían arremolinado y clavaban el bolso en los riñones de los que tenían más cerca. Los maduros tripones se abrían paso en la multitud gracias a sus flotadores naturales. Algún niño pisaba los pies de los adultos cercanos que no eran de su familia. Por supuesto nadie pedía disculpas por invadir el espacio físico de los demás (esto es España en hora punta, ¿qué querías?). Se acercaba la hora. Llegó la hora. Gran expectación. Pasaron cinco minutos. Pasaron diez. Salió un tipo a saludar. Pasaron veinte minutos. Pasó media hora. Allí nadie sabía nada. Soplaba un viento muy fuerte y el cable por el que supuestamente tenía que caminar el funambulista se mecía. Pasó un rato más. El público empezó a dispersarse en busca de una fachada forrada de tubos hinchables o alguna fuente con patos de plástico o de besos virtuales en la Casa de América o cosa semejante.

Al rato, un recién llegado, bastante joven y delgado y con el aliento espeso, se acercó a un policía que había por allí y le preguntó si llegaba a tiempo para la actuación o si era demasiado tarde. El policía se encogió de hombros filosóficamente. La gente terminó de dispersarse, bastante molesta ante la falta de información. Al día siguiente los madrileños y los turistas nos enteramos por la prensa de que la actuación se anuló por culpa del viento.

Tengo la sospecha de que en realidad no hacía tanto viento, y que lo que ocurrió es que el funambulista mejor del mundo era un chaval canadiense que andaba de botellón en el parking de Princesa, junto con unos jóvenes de diseño que éramos Metrolando y yo en otra vida (una vida en la que mi portátil tenía su internet perfectamente). Así, el canadiense de repente se dio cuenta de que llegaba tarde y trató de ir a su actuación. Llegaba realmente tarde, así que no se atrevía ni siquiera a ir a la zona habilitada como camerino. Vio a un policía y le preguntó si llegaba a tiempo. Éste detectó la huella del whisky en su aliento y un deje como norteamericano en el acento y se encogió de hombros, ya que en la Academia de Policía no les cuentan nada de coches DeLorean, paradojas espacio-tiempo ni funambulistas canadienses de gira.

Esto pasa por andar trastocando el orden natural de las cosas y no respetar ni la noche, ni la luna llena, ni al número 13, hombre por Dios.

En el siguiente link hay una aproximación (rendering es la palabra que en realidad necesita esta frase) bien distinta a La Noche en blanco; si bien han rebautizado al conocido fotógrafo Chema Madoz como Chema Muñoz. Se ve que las paradojas temporales -o los programas de corrección ortográfica- andan haciendo travesuras.

Post dedicado a Metrolando, que guió su DeLorean con pulso firme por la corriente espacio-tiempo.

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Sab
13
Sep '08

Mirando hacia atrás con guasa

Se acerca el final de este blog, me temo. En cuanto termine de dar cuenta de mi viaje a Londres para la ceremonia de graduación del Master que (entre otras cosas) me llevó a Inglaterra –“presentation” la llaman ellos- será momento de cerrar esta bitácora.
(Para vuestra tranquilidad :-) , ese relato está casi terminado).

Una buena forma de preparar el cierre, creo, es recordar los momentos “estelares” del periplo. El concepto de “estelar” es muy relativo, pero para entendernos digamos que los recursos básicos de los casi quinientos post publicados se pueden distribuir en torno a tres polos: personajes curiosos, tono o punto de vista y situaciones. Cada persona tendrá sus favoritos: por ejemplo, habrá lectores para quien lo más atractivo sea conocer las costumbres inglesas, y otros para quien el humor sea el principal aliciente. Otros internautas tendrán especial interés en los aspectos relacionados con la lengua inglesa.

Sea como fuere, y dado que los bloques fundamentales son los personajes y las situaciones, empezaré por éstos.

A continuación van mis propuestas para el top de artículos sobre personajes. Apuesten por su preferido, o incluso sugieran otros (dos años dan para mucho).

Se me ocurren los siguientes personajes:

-El caballero de la Fanta (aquí y aquí).

- La acupuntora china que me confundió con un pincho moruno.

-Los obsesos sexuales de Oriente Próximo de la pizzería Pianeta.

-La flora y fauna de las piscinas victorianas londinenses (mi compañera de piso, por cierto, me ha contado que hace poco detectaron Legionella en la piscina a la que íbamos).

-La monstruita.

-El padre de la monstruita también conocido como “el pirómano” .

-El cura que comía demasiado.

¿Cuáles son tus favoritos? Puedes votar hasta tres textos.

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Vie
12
Sep '08

Procastineison and selebreisons (Parte V)

Finalmente, el martes por la mañana me dejé de guiones tragicómicos y de versiones de género. Decidí que la cosa no podía esperar más y nos plantamos en mi facultad (qué fácil es a veces hacer las cosas al estilo de los tíos ¿no? Quizá deberíamos hacerlo más a menudo, chicas. Si queremos que nos acompañen, basta con decir: quiero que me acompañes y callarte tus dudas sobre si para él puede resultar un coñazo ir a eso o no; si tienes derecho a pedir semejante cosa o si tu petición en el fondo es egoísta. Si le resulta un pestiño ya te lo hará saber… a su manera; y, sí, esto puede ser el problema, que su manera de comunicar su fastidio no es la manera que a ti te gusta, que es fácil que te lo diga a lo bruto, pero en fin, no nos liemos ahora con matices femeninos que si no nunca llegaremos a la facultad).

Pensando yo en estas cosas de la (in)comunicación humana y mi hermano en Dios sabe qué, llegamos a la facultad y entramos por la puerta principal, abarrotada de gente con trajes de graduación y de familiares con la ropa de los domingos y nos desviamos hacia la secretaría. Esta, cómo no, estaba cerrada por causa de la graduación, lo cual es una contradicción en los términos: ¿cómo te vas a graduar si para ello te tienes que registrar y el registro está cerrado porque la gente se está graduando?

No dejé que las contradicciones pudieran conmigo –como antes no había dejado que mi rol femenino me metiera en un bucle- y después de investigar un poco dimos con un cartel que decía que para asuntos de registro de graduación acudiéramos a tal sala.

Llegué a la tal sala, que era el Cinema hall, el lugar donde se hacían pequeños cineforum y donde alguna vez había acudido a alguna clase con proyección y vi una mesa con dos colas y una mesa individual con el rótulo Queeries (consultas) y debajo el nombre real de la persona bautizada como “the woman” por mi compañera de máster amante de las onomatopeyas.

Me adelanté hacia la tal “the woman” y le conté mi problema de un tirón: yo me iba a graduar el miércoles, pero no había tickets porque contesté muy tarde y entonces me reservasteis para el viernes pero no me ha llegado la confirmación y bla bla bla.

La cara de la tipa, cordial, pero ya inicialmente ojerosa y tensa, empezó a mostrar una preocupación creciente según hablaba y me preguntó qué master era el mío. Se lo dije y me dijo, pero tú no te gradúas hoy, entonces. Claro, pero no me habéis mandado confirmación y he venido para asegurarme la plaza el viernes. Me explicó que ella ese día debía dedicarse a solucionar los problemas de la gente que se iba a graduar ese día, que lo comprendiera, que había gente sin registrar.

La cosa tenía su gracia, porque yo estaba en aquel lío por haberlo dejado todo para el último momento y ahora que estaba intentado hacer las cosas con margen, los propios ingleses no me dejaban. Le dije que lo entendía, que no me importaba esperar, pero que necesitaba confirmar mi plaza para el viernes.

Esperamos un rato sentados en aquella pequeña sala de proyección observando el desfilar de los alumnos hasta la mesa donde tras preguntarles el apellido les daban la invitación. Todos terminaban deletreando sus apellidos, como ocurre siempre con el inglés y pensé el ligero cachondeito que habría cuando me tocara a mí deletrear mis múltiples y largos apellidos (Bonasera de Todos los Santos, Elsinora).

Observamos también los modelitos de los presentes, las chavalas supermaquilladas, con minifalda y taconazos bajo la toga y los chavales con zapatos más o menos elegantes y pantalones de todo tipo. El asunto de la minifalda hizo saltar mis alarmas.

Yo había meditado cuidadosamente qué llevaría debajo de la toga hasta la altura de la cintura (la beca debía sujetarse mediante un botón, la prenda que llevaras debía ser fuerte para que el peso de la “capucha” no la levantara… las instrucciones sobre la blusa eran muy detalladas) y también qué zapatos elegantes pero cómodos me pondría y con qué medias, pero me había olvidado completamente de lo que había en medio, porque las fotos de los chavales con toga de la empresa de alquiler no lo mostraban.

Hasta aquel momento había dado por supuesto que la toga negra lo tapaba todo hasta casi los pies, pero viendo a la gente en vivo descubrí que no era así. Así que mientras esperábamos a que nos pudiera atender “the woman” y mientras mi hermano se divertía observando a la variopinta fauna de mi facultad con sus ropas de gala –el premio se lo llevó una con unos taconazos y bronceado de bote- yo andaba rumiando que mis pantalones negros de lycra no eran la mejor opción para llevar debajo de la toga en la graduación, pero que a estas alturas dónde podría encontrar una falda larga mona y bla bla bla.

Estaba contenta con los zapatos, unos zapatos marrones Geox de tacón no muy alto y bastante cómodos y con las medias cortas que había traído, pero me fastidiaba no haber caído en el asunto de la falda o el vestido. Esta maldita graduación se estaba convirtiendo en una carrera de obstáculos sin fin, lo cual resultaba paradójico, porque mi principal interés para ir a la graduación era que lo consideraba un premio a la consecución de un master que resultó complicado, pero no me parecía que los premios debieran ser a su vez una prueba de fondo.

Mientras pensaba estas cosas tan útiles y reconfortantes, vi cómo “the woman” solucionaba los problemas de última hora de mucha gente, pero también cómo dejó a una chica compuesta y sin ticket, ya que le oí decir a su amiga que no se podría graduar ese día.

Lo curioso de haber adquirido un buen nivel de inglés es que el ser capaz de comprender todas las conversaciones que se producen a tu alrededor por una parte te da la tranquilidad que uno espera, pero por otra es una fuente continua de inquietud, porque terminas manejando demasiada información (o será que tengo la “parabólica” demasiado bien sintonizada; en España también me pasa a veces).

Cuando quedó libre, me acerqué a “the woman”, le conté de nuevo la película y me dijo que le resultaba familiar el nombre, pero que no recordaba el mail.

Nos condujo a su oficina y una vez allí, consultó sus archivos, me dio un formulario y me preguntó si quería graduarme el día original es decir, el miércoles, el día siguiente. No pregunté qué cataclismo había ocurrido para que de repente quedaran tickets libres pese a la inmensa lista de espera, sino que me limité a decir que sí, a rellenar el formulario y a tratar de pagar el ticket. Me dijo, no, eso lo tendrás que hacer mañana, cuando vengas a la graduación. Nos piramos de allí bastante aliviados, pero yo me quedé dándole vueltas al asunto de la falda sí falda no. El resto del día me invadió una especie de ligereza postgestión, sensación que tras la ceremonia en sí adquiriría un cierto matiz de vacío.

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Jue
11
Sep '08

Procastineison and selebreisons (Parte IV)

La empresa de alquiler de ropa académica no tardó en contestar a mi e-mail. Como ocurre a veces, un texto personal de quince líneas, que contenía cosas como mi altura en pies y el contorno de pecho en pulgadas y mis comentarios sobre la falta de un cheque asociado a una cuenta inglesa, recibió asimétricamente un simple mail profesional de tres líneas que venía a decir que no había problema, que podía pagar por teléfono o por Internet, pero que confirmara pronto mi pedido porque mi facultad la iban a cerrar en breve, en una asimetría que demostraba claramente quién tenía la sartén por el mango.

Me alegré de haber recibido una rápida respuesta -aunque escueta- y me puse a pensar que seguramente la razón de la falta de respuesta de facultad se debía a que había pillado en medio un bank holiday (tiene narices: con los pocos días de fiesta que hay en Inglaterra me tiene que tocar uno en un momento crítico).

Dado que aquel día ya era laborable y seguía sin noticias, lo más sensato era llamar por teléfono y contarle la película a la persona que se ocupaba del asunto. No me apetecía nada ser llamada al orden por teléfono, como procrastinadora que trata de sufrir su mal en silencio me parece una falta de estilo que me estén recordando a cada rato mi condición, pero no quedaba otra. Conseguí hablar con “the woman” y le expliqué el problema, con un discurso más misterbeaniano de lo que me hubiera gustado (emm, arrr, estoooo, aquí Paca Martínez Soria, española de España, mire usted, digo mire you, soy alumna…, se ve que la culpabilidad acentúa la torpeza).

Me escuchó cortésmente pero cuando terminé de exponerle el caso contestó algo que me costó entender. Las palabras eran claras, pero el significado de su combinación no entraba en mi diccionario de posibles respuestas. Decía: There are no accommodations for Wednesday ceremony. Las frases adyacentes las entendía en espíritu y en letra: hay una larga lista de espera, las plazas para la graduación son limitadas… pero no era capaz de asumir que no hubiera sitio para mí en mi propia graduación y menos después de haber mandado por partida doble un email tan currado y apremiante. ¿Y además, a qué venía llamar “accommodation” a un simple asiento en una sala? Porque a lo mejor se referían a una habitación en una “residence hall” y yo no necesitaba alojamiento en absoluto, yo quería simplemente un par de asientos.

Reformulé la frase fatal para asegurarme de que la había entendido: ¿así que no hay ni un solo ticket para mi graduación? Repitió que había una gran waiting list para ese día y entonces yo me refugié en la tradición de mi país… en mi país estas cosas no se organizan así. Insensible al cultural gap, dijo que las plazas eran limitadas y que por eso nos habían pedido que confirmáramos antes del 2 de mayo. Touchée. La tipa tenía razón aquí y en las Cochibambas. Le pedí disculpas. La solución que me proponía era acudir a la ceremonia del viernes 5, en la que se presentarían otras personas que no tenían plaza para el miércoles. Una repesca en toda regla. Le dije que ya que no me quedaba otra posibilidad, que por favor me cogiera plaza para el viernes, pero aún así le pregunté si habría gente de mi promoción ese día. Dijo que sí, que acudirían algunas personas que se habían quedado sin entrada. Pensé que aquello iba a ser algo caótico, pero que al menos acudiría a la ceremonia. Me dijo que le mandara mi dirección física para hacerme llegar la información sobre el evento y que ya concretaríamos el asunto del pago del ticket y demás.

Aprendiendo de mis errores, le envié con diligencia la dirección de mi antigua casa en Londres, casa en la que me iba a alojar esos días, comentándole que si me escribía a España, la carta y yo nos cruzaríamos ya que volaba inmediatamente a Londres. Transcurrían los días y no había noticias de la facultad.
Aterrizamos en Londres un viernes por la tarde. Llegamos a la que fue mi casa durante casi dos años hacia las nueve de la noche. La escena fue muy parecida a muchas que viví allí. F. pasaba la aspiradora con diligencia porque una nueva flatmate estaba a punto de llegar. Nos saludamos muy efusivamente y la encontré igual.

En Londres, lo mismo: me encontré con un montón de cartas mías atrasadas (F. juró y perjuró que las acababa de ver), entre ellas una de la oficina del Censo con las papeletas para votar en las elecciones de Marzo (en las que no pude votar, a pesar de haber comunicado al Consulado español que regresaba a España definitivamente), una carta de Zapatero pidiéndome su apoyo y cartas variadas del móvil inglés y de la cuenta inglesa que contiene 0,64 libras. Imaginé que a Madrid tampoco había llegado la famosa carta, porque mi madre me habría llamado ipso facto y me habría reproducido el contenido a su manera (aún recuerdo la escena de mi madre leyéndome por el móvil desde España una carta en inglés de la facultad sobre un supuesto brote de meningitis imparable…; menudo choteo tuvieron un par de dos que yo me sé a cuenta de esto).

Habíamos llegado al martes y aún no había noticias de la facultad. Yo había pagado ya la ropa académica, por Internet, usando mi tarjeta de crédito y comprobado cuán inútil había sido la batería de medidas corporales y de conversión de unidades, ya que aunque la versión formulario postal te pedía todo tipo de datos, la versión on line sólo requería tu contorno de pecho si superabas los 142 cm y además te permitía poner tu altura o tu contorno de cabeza en cm. Me cargaron 1 libra por el retraso, además. 41 libras en total por la toga, la beca y el birrete. En previsión de cambios de última hora, yo le había comentado al de la empresa de togas que aunque mi graduación era el viernes, y había alquilado el traje para ese día, tenía la esperanza de conseguir plaza para el miércoles. Me dijo que no había problema, que llevara impresa la confirmación de pago del alquiler y que les contara la película: los trajes los dejaban en mi facultad toda la semana.

Así que se acercaba el día de la graduación y yo no había recibido aún la confirmación de la plaza, pero eso sí tenía una flamante toga de mi talla esperándome. No teníamos Internet en casa, y llamar tampoco hubiera solucionado mucho, porque en cualquier caso necesitaba recoger el ticket físico con la numeración de la silla. La mejor solución era pasarse por la facultad, pero por otro lado, me daba palo hacer perder el tiempo a mi hermano yendo a la facultad para investigar qué pasaba con las confirmaciones cuando él podría estar durmiendo un rato más o paseando por Londres. Por otra parte, no me apetecía nada ir sola y aquello nos concernía a ambos. Todo ello y mi propia idiosincrasia montaron una escena tragicómica de lucha de sexos en el que la mujer se contradice, el hombre sigue la lógica de una parte de lo que ha dicho la mujer y la mujer se enfada porque el hombre no sabe leer entre líneas. (Seamos ecuánimes, contemos las dos versiones. Según la percepción del hombre, la mujer ni siquiera se contradice: simplemente dice primero A y cuando el hombre contesta a ese A, ella se saca de la manga que también había dicho B y que es evidente que la verdadera opción es B y que hay que estar ciego –o ser hombre; esto lo dirá sólo si está muy cabreada, pero casi siempre lo pensará- para no verlo).

Continuará.

Mie
10
Sep '08

Procrastineison and selebreisons! (Parte III)

Me puse a redactar el emilio llorica-formal dirigido a la empresa de alquiler de togas, exprimiendo mis conocimientos de inglés formal y mis dotes de persuasión, pero no quise enviarlo antes de tener confirmación de la facultad de que tenía plaza, porque vi que las anulaciones de alquiler de togas tenían un plazo que yo no podía permitirme. Y me pareció muy fuerte plantarme en Londres para mi graduación, no poder graduarme y encima ir cargando una bonita toga y un bonito birrete bajo la lluvia londinense.

En vista de que no contestaban de la facultad, terminé mandando el mail a la empresa de las togas y contándoles mis penas a varios conocidos de confianza que viven en Londres, por ver si se les ocurría algo.

Al poco contestó la más reciente de mis amistades londinenses, una profesora de niños discapacitados a la que conocí en el viaje a China; una tipa estupenda, y deduzco que, a causa de su trabajo, muy acostumbrada a desfacer los entuertos de otros y de ahí la naturalidad de su oferta. En efecto, esta amiga se ofrecía a llamar a la secretaría para contarles el caso a la vista de la falta de respuesta y también me ofrecía alojarme en su casa. Le agradecí su amabilidad, pero decliné el ofrecimiento de la llamada, porque me pareció que me correspondía a mí pasar el mal trago de llamar y exponer el caso y porque a estas alturas de la vida, las dificultades con el inglés no son (o no deberían ser) una excusa convincente: una podrá ser una procrastinadora con pintas, pero tiene su orgullo profesional ¿no?

En medio de estas disquisiciones se coló en escena una antigua compañera del master que se gradúa al mismo tiempo que yo y a la que pensaba escribir en breve. Me escribía con su jerga juvenil habitual, llena de admiraciones, emoticones y onomatopeyas, despliegue que al principio te produce un cierto rechazo, pero que en cuanto te acostumbras simplemente te hace admirar la capacidad de su prosa y su grafismo de reflejar con total fidelidad su forma de hablar en persona.

Te preguntas fugazmente si su habilidad para lo lingüístico-audiovisual tendrá que ver con el hecho de que trabaja en un periódico editando fotos (ay oy uf ;-) en un periódico de lo más decadente !! yiha) y tomas una nota mental para usar este tipo de recursos en tu novela, cuando tengas que escribir sobre un determinado personaje que habla de determinada forma. La cosa es que esta compañera de promoción me preguntaba cómo estaba por mi fabuloso Madrid (la jerga también se caracteriza por el uso de determinados adjetivos) y si pensaba acudir a la ceremonia.

A ella también se le había olvidado contestar en su momento a lo de la reserva de plaza, y había escrito hacía un par de semanas llorándole a la mujer (así decía, “to the woman”; más concretamente “I sent a frantic email to the woman”; siendo “frantic” en este contexto sinónimo de “desperate”; “frantic search” significa búsqueda frenética y “frantic person” equivale a “persona desquiciada”; según el Collins Pocket plus; yo conocía sobre todo la acepción “frenético”). La mujer era lovely, pero había tardado en contestar, así que esta amiga estaba segura de que nos veríamos el día de la graduación ya que sin duda yo iba a conseguir mi ticket, aunque fuera en el tiempo de descuento.

Continuará (seguramente)

Mar
9
Sep '08

Procrastineison and selebreisons! (Parte II)

(La parte I está aquí)

La empresa de alquiler de ropa académica, pese a ser muy antigua y prestigiosa (fundada en el siglo XVII) tenía algunas costumbres bárbaras como la de permitirse la grosería de preguntarte tus medidas sin preámbulo ninguno –y encima en pies y pulgadas; ¡que yo no tengo de eso, oiga!- y te volvía a advertir que si no procesabas tu petición con margen suficiente no te aseguraban la disponibilidad de las prendas. Pensé que eso no era tan grave, que en Londres habría más “Cornejos” donde alquilar togas y birretes y que a lo mejor incluso eran más baratas, al ahorrarse el transporte. Incluso teníamos tiempo de buscar, porque llegábamos a Londres varios días antes. Sea como fuere, me dije que lo fundamental era conseguir plaza en la ceremonia y que a partir de ahí ya veríamos.

Volví a leer la documentación de la facultad y ahí decía claramente que en el país del “arreglá pero informal” para casi todo, para las presentations sin embargo es compulsory ir vestido con esas peculiares ropas y que la empresa de marras era adjudicataria de mi facultad (official robemakers to…) y bla bla bla. En la documentación proporcionada te pedían que rellenaras los datos y adjuntaras un cheque en libras y lo mandaras todo a una dirección de Cambridge. Advertían en varios lugares que no se podía mandar cash y que la anticipación era la única forma de garantizarte tu trajecito.

Todo eran ventajas para mí, que vivo en España y he dejado morir mi cuenta inglesa, de la que por supuesto nunca he tenido chequera, y sobre todo teniendo en cuenta que si mandaba los datos por carta llegaría yo antes a Londres que la misiva.

A todo esto, tanto para sacar el billete de avión, como para indagar en la web de la empresa de ropas académicas tuve que lidiar con una conexión de Internet a pedales. Ya sabéis, lo típico: cuando después de un buen rato ya has localizado el vuelo que te interesa y has quitado pacientemente todos los extras que te quería cargar Easyjet a poco que te descuidaras y has dado una última oportunidad a la persona que viaja contigo para que se asegure de que las fechas le vienen bien y has rellenado las casillas de tu nombre con tus múltiples nombres y apellidos que no caben en las casillas anglosajonas, pero que no debes resumir porque hay que escribirlos tal y como aparecen en la tarjeta de débito y has cruzado los dedos para que haya bastante saldo y cuando por fin estás a punto de formalizar el pago, la conexión se cae y aparece el cartelito: No se puede realizar la conexión o bien te sale esa bonita advertencia: Ha excedido el tiempo, pedazo de lento procrastinador y bla bla bla. Tras varios intentos heroicos al final no sé muy bien cómo conseguí comprar los billetes.

Me puse a redactar el emilio llorica-formal dirigido a la empresa de alquiler de togas…

Continuará

Lun
8
Sep '08

Procrastineison and selebreisons! (Parte I)

Culebrón tragicómico a vueltas con la procrastinación, el choque cultural y la mentalidad reventa

Qué mala es la procrastinación. Ya lo dice el refrán: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. El capítulo del Libro Gordo de Petete o de Barrio Sésamo que explicaba esto se ve que me lo salté (preferí no hacerlo o lo pospuse indefinidamente: la pescadilla que se muerde la cola). Y si no a los siguientes hechos me remito, señoría.

Que por marzo era por marzo, cuando hace “la” calor, cuando los trigos encañan… decía el poema (el capítulo de Barrio Sésamo sobre el Romance del prisionero lo tengo muy fresco; la literatura siempre me ha tirado mucho. Ya sé que el poema decía “mayo”; en seguida se verá por qué he cambiado la cosa).

En el mes de marzo recibí un abultado sobre de Londres. Como no era la primera vez, a pesar de lo peliculera que soy, no me hice ilusiones pensando que sería un suculento soborno para que hiciera una crítica laudatoria de un libro mediocre ni un abultado fajo de billetes para que dejara de publicar fotos comprometidas de fulanito o menganita. No me hice ilusiones porque poco antes había recibido por la misma vía una encuesta y un sobre del equivalente a la Hacienda inglesa. Un poco después recibí también una llamada de mi college para otra encuesta distinta.

Este sobre abultado venía lleno de bonitos impresos llenos de jerga burocrática en la lengua del Imperio. Abrí el sobre, ojeé el contenido y deduje que se referían básicamente a algo que iba a ocurrir en septiembre, la ceremonia de graduación del máster, y que si los analizaba cuidadosamente en ese momento conseguiría un bonito dolor de cabeza que no me serviría para nada y que más me valía volver al curro, cosa que me daría un dolor de cabeza mucho más productivo (por entonces, si no recuerdo mal, andaba yo trabajando con los vendedores de humo).

Vi por encima que había muchas casillas para rellenar, impresos para solicitar que te hicieran una foto tan cursi como las del catálogo por el “módico” precio de nosecuantas libras, un papelito para solicitar el alquiler de un traje académico previo pago mediante un cheque en libras y varias fechas límite que sonaban muy lejanas.

Intuitiva como soy, me asaltó una cierta mala conciencia anticipada y guardé aquel fajo de papeles en el primer cajón de mi escritorio, muy a mano, para al menos no tener que buscarlos frenéticamente en el último minuto.

Desde entonces he tropezado con el fajo varias ocasiones, buscando el pendrive, el atril o las diversas cosas que guardo en ese cajón, pero si he sentido la tentación de leerlo y lo he leído, se ve que no he retenido la principal información, a saber: que tenía que decir si acudiría a la ceremonia antes del día 2 de mayo, y que debía comunicar el número de invitados que me acompañarían, amén de pagar mediante cheque en libras veinte quids por barba (unos 35 euros, destinados a costear el refrigerio que nos darán ese día, al parecer; “quid” es la palabra de argot para libra, by the way).

Por no aburriros con el relato tanto como yo me aburrí con los impresos de marras, resumiré diciendo que a la vuelta de China, tras aclimatarme a un mundo con tenedores y cuchillos y gente que habla un idioma que entiendes, bebés que no van con el culo al aire y en el que más o menos hay libertad de prensa me puse a organizar el viaje a Londres.

Ni que decir tiene que saqué los billetes en plena paranoia social post incidente de Spanair (aunque curiosamente no vi que los precios de los billetes bajaran, sino que subían según se acercaban las fechas) y que cuando por fin decidí enfrentarme a los papeles malditos comprobé con horror que la fecha límite para confirmar que ibas al acto de septiembre era el 2 de mayo y que a partir de entonces no sólo no te aseguraban plaza para la ceremonia de tu propia graduación, sino que además había una penalización de 25 libras, es decir, más alta que el ticket en sí.

Di por bien empleada la penalización, pensando que ciertamente estaba muy mal haberse saltado la fecha límite (ruido de latigazos, plas plas), y lo consideré una especie de segunda oportunidad, una suerte de reventa en la que compensabas tu falta de diligencia rascándote el bolsillo (cómo nos gustan a los católicos las penitencias; entre los protestantes y anglicanos la forma más difundida de ponerle precio a su buena conciencia es mediante charities y fundaciones benéficas de todo tipo).

De manera que pensé que escribiendo un email educado, lleno de sentimiento y de condicionales (debería haber, si hubiera… etc) y pagando ese precio extra conseguiría un modesto lugar para mí y otro no menos modesto para mi hermano. ¿Quién le negaría un par de asientos a una graduada arrepentida y que viene de lejos sólo para la ocasión? La cosa es que redacté el emilio de marras, lo mandé y me senté a esperar. De hecho, lo mandé a dos personas de la secretaría, para asegurarme de que le llegaba a la persona correcta. No me relajé exactamente, porque los impresos en papel cuché de los “academic robes”, los trajes académicos, también venían cargados de veneno antiprocrastinación.

La empresa de alquiler de ropa…

Continuará

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Dom
7
Sep '08

El regreso de Elsie

Acabo de regresar de Londres, tras una semana larga llena de acontecimientos.

Dejamos una Pérfida encapotada y gris y nos recibió un Madrid luminoso y tapizado de lomas marrones a punto de incendiarse.

Ha habido unos cuantos reencuentros además de rostros nuevos, en cuanto al reino animal, vegetal y mineral.

Ya iré dando cuenta de lo más señalado del viaje en cuanto pueda sentarme a escribirlo.

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