Mi no entender/ Crónicas perplejas desde La Pérfida y España: weblog sobre una española en Londres y su regreso a España

Choose a Topic:

Mie
28
Nov '07

Donde no está el do de mi clarinete

Amigos, tengo noticias. Según mis averiguaciones, el do de mi clarinete que perdí (según os contaba aquí) no está en las plantas de mis pies: la sesión de reflexología de ayer no ha sido capaz de hallarlo ahí. Se ve que el lenguaje (el idioma castellano/español en este caso) se equivoca cuando acuña expresiones como “se me cayó el alma a los pies”. Según fuentes tan bien (o tan mal) informadas como mi reflexóloga, el pie izquierdo representa o está relacionado con el pasado y lo inconsciente, mientras que el derecho representa el presente y la razón.

Esto viene significando que cada vez que la insigne reflexóloga da por concluidas sus manipulaciones en mi “amable” pie izquierdo y arremete contra el derecho y éste se resiste porque “sabe” lo que va a pasar, el motivo real es que mi razón y mi presente están irritables per se y no, sencillamente, que el gato escaldado del agua caliente huye (en versión cadenas musculares en modo huye o lucha, adrenalina on, contractura etc).
Yo, empírica e imaginativa como soy, estaba por sugerirle a la insigne reflexóloga que probara a hacerlo al revés, empezando por el pie derecho, a ver qué pasaba, pero al escuchar determinadas explicaciones suyas he llegado a la conclusión de que en el libro gordo de Petete de los reflexólogos una “innovación” como esa iba a ser considerada como un cisma, y para cismas estoy yo, con el presente que tengo, tenso y con la razón “de uñas”. Pero eso sí, mi inconsciente está estupendo, y de traumas infantiles, nada. Quién necesita psicólogos teniendo reflexólogos. Pero qué digo, si lo que yo necesito es un musicólogo o alguien de la serie “Sin rastro” para que localicen el do de mi clarinete que he extraviado. Quizá mi reflexóloga esté en lo cierto, y la nota do se halle agazapada en algún pliegue de mi planta del pie derecho, esa que no se deja manipular.

Lun
26
Nov '07

No me olvido

Ni yo ni ninguno de los amigos nos olvidamos de Jesús Mendirichaga, que hubiera cumplido hoy “ytantos” años. Como todos los años lo hubiéramos celebrado con una buena cena, con su mucho queso y su mucho vino tinto, charlas, risas y demás. Esta vez no podrá ser, pero el recuerdo permanece.

Dom
25
Nov '07

Cosas que hago en Madrid y que no podría hacer en Londres

Celebrar mi aprobado del Master con una sidra El Gaitero, famosa en el mundo ente(i)ro, ni con mis amigos X Y y Z. Enfadarme cada vez que veo la información bursátil y compruebo que la libra sigue bajando respecto al euro (la fianza me la devolvieron en libras). Comer estupendamente a diario sin cocinar yo y cuando salgo tener acceso a comida variada y de calidad a un precio razonable (aunque tampoco barato, para qué nos vamos a engañar). Mencionar el tema del fracaso inglés en los europeos de fútbol sin que peligre mi integridad física. Salir de fiesta sin preocuparme por la vuelta, en una ciudad en la que los taxis son bastante asequibles, sobre todo si vives en el centro.

En la cara negativa, las posibilidades son hartarse de programas de televisión bastante espantosos (cotilleos, malos guiones, actores de calidad muy dudosa; las obsesiones de siempre, nacionalismos, las dos Españas y su enfrentamiento), esa sequedad ambiental castellana que queda como al final, sortear a la gente en el súper o en lugares de alta densidad de ocupación porque hay que ver qué poco se respeta el espacio físico ajeno en este país y también aislarme de las voces y de los oídos de las personas con las que coincido en una cafetería o en un restaurante porque hay que ver qué poco se respeta el espacio sonoro ajeno en este país. Y claro, salvo honrosas excepciones, también brilla por su ausencia el respeto por las colas.

Vie
23
Nov '07

Dime qué pierdes y te diré quién eres

Las pérdidas van por barrios. En algunos lugares la gente se contenta con perder de vez en cuando las llaves de casa (a Sofía, mi ex flatmate semisueca le solía ocurrir), del coche, o el móvil.

Pero en algunos barrios, pongamos en Downing Street, Westminster y alrededores han inventado una nueva modalidad en plan “think big”. Ambiciosos como son, en La Pérfida se han propuesto actuar a lo grande y lo han conseguido a la primera: perder los datos fiscales de 25 millones de británicos de repente, con información del tipo cuentas corrientes, número de hijos, estado civil, información sobre discapacidades, deudas. Qué ojo tiene El Topo Brown.

Yo, por mi parte, envidiosa como soy, he optado por otro tipo de pérdida. Como si dejar Londres no fuera en sí mismo una pérdida considerable, ahora resulta que he perdido el do de mi clarinete. Como lo oís. La cosa no es tan surrealista como suena. De momento no parece que haya que encerrarme por estas cosas que me pasan. En realidad lo que ocurre es que de pequeña en mi colegio francés cantábamos una canción que decía, muy filosóficamente: “J´ai perdu le do de ma clarinette; j´ai perdu le do de ma clarinette. Ah si papa savait cela, tralala…”. Y últimamente esta canción me viene mucho a la mente y me siento muy identificada con la cantante/narradora.

“¿Qué nos quiere decir el autor con esto de que ha perdido la nota ‘do’?” os preguntareis. De momento no voy a contestar, porque descubrimientos así no le dejan a un@ especialmente bien situad@ para aclarar nada a nadie. Se aceptan interpretaciones. Una pista, la pérdida de una nota, en un sistema musical…

Jue
22
Nov '07

Discriminación de género en La Pérfida: Menos bromas y más veras

La discriminación en cuestión de género es un asunto complejo que me gustaría tratar siquiera brevemente en una clave menos frívola de la empleada en post anteriores. En mi conversación con mi amiga V., además del asunto del fenómeno “caza y captura de marido rico” para acceder a una “high life” como apunta Mistress, salió también a relucir el asunto de si mujeres y hombres cobran igual en Reino Unido. Las estadísticas que publican los medios de comunicación dicen que no. Tanto en Reino Unido como en España hay menos mujeres en cargos directivos.
Más allá de la presión social más o menos soterrada de suegras y compañeras de trabajo para que las madres dejen su trabajo o tengan una jornada reducida, hay un signo muy visible de que la sociedad inglesa trata con un cierto paternalismo a las mujeres trabajadoras: la edad de jubilación es distinta para hombres y mujeres.

Ellas, que han llegado al mercado de trabajo de rebote, por “circunstancias de la producción” (como en los contratos basura), porque tras la Primera Guerra Mundial había muy pocos hombres sanos que pudieran trabajar en las fábricas, están autorizadas a dejar de trabajar cinco años antes. Dicho de otro modo, al cumplir los sesenta años, ya no hace falta seguir fingiendo que somos iguales a los hombres, y por fin podemos dedicarnos a lo que realmente nos corresponde, cuidar a nuestros nietos o a nuestros maridos, cocinar, limpiar o echar una mano en la charity local. Esta discriminación en la edad de jubilación tiene los días contados porque Estrasburgo se puso firme a raíz de casos como el del señor Barber, como se explica a continuación.

No es mi intención analizar aquí el complejo sistema de pensiones británico, que no conozco apenas y que además ha sido recientemente reformado como se refleja en el Pension Act 2007. Sin embargo sí me gustaría llamar la atención sobre dos casos concretos de la regulación de los esquemas de pensiones porque me parece que reflejan mucho mejor la ideología de la sociedad inglesa que muchas encuestas y desiderata de distinta especie.

La cuestión es que, hasta hace poco, las mujeres accedían cinco años antes que los hombres tanto a la jubilación de régimen general (Basic State Pension, BSP) como a la anticipada (Early Age Retirement). Mister Barber , que se había jubilado anticipadamente de la Guardian Royal Exchange (GRE) a los 52 años como consecuencia de una reduccion de plantilla, consideró que tenía derecho a que su antigua empresa le diera además de la indemnización y de las ayudas estipuladas genéricamente para casos de reducción de plantilla, la misma pensión compensatoria (retirement benefits) que recibían mujeres de su misma edad en situación semejante, a pesar de que la legislación dice que para los hombres la edad mínima es de 55 años. Los jueces ingleses dijeron que no basándose en el Pension Act 1995 y él recurrió a la Corte Europea de Justicia y ésta fue tajante: el trato debía ser igual para hombres y mujeres, según lo establecido en el Tratado de Roma. Como consecuencia de este fallo, desde 1996 la edad mínima para la jubilación anticipada de pensiones contributivas es la misma para hombres y mujeres y además se está trabajando en la equiparación de la edad de jubilación ordinaria.
Tiene su gracia que al final sea la denostada “Europa” (“el continente”, como lo llaman en La Pérfida frunciendo la nariz) quien tenga que poner orden en un país que para tantas cosas está o ha estado en la vanguardia de los derechos y libertades.

Más información en inglés aquí.
Información sobre la nueva legislación en esta materia, en inglés, aquí.

Información sobre el feminismo en Reino Unido aquí .

Mie
21
Nov '07

Trabajo de campo en un pub inglés

Cuando salí al encuentro de “Grititos” -una compañera de clase inglesa-, en mi recámara cerebral rondaban algunas ideas sobre la libertad o su carencia de las inglesas a la hora de vestir y sobre las relaciones entre hombre y mujer en La Pérfida.
“Grititos” es una tipa simpática, pero no demasiado inteligente. Vive justo en Putney, al sur oeste de Londres, de manera que era muy fácil quedar para despedirme de ella. Quedamos en un pub de su calle (llamada Lazey: es decir, casi “vaga”) y ahí estaba ella: alta, rubia (pelo lacio con mechas, cómo no) y un poquito sandia. Tomamos una copa, mientras celebraba entre grititos las noticias buenas o regulares que yo le daba y luego me estuvo contando lo preocupada que estaba con aprobar o no el master, después de la mucha pasta que le había costado. Esta compañera, que trabaja e hizo el master part time como yo, faltó mucho los dos años, no intervenía en los seminarios salvo para preguntar cómo se escribía el nombre de algún autor extranjero sobre el que supuestamente había tenido que leer veinte páginas en casa, y tenía una curiosa tendencia a ponerse enferma cuando tocaba exponer en clase. Pero, claro, no mencionó nada de esto al contar su miedo al suspenso, y sí en cambio el hecho de que su tutora de tesina la dejó tirada…

Seguimos hablando de esto y aquello y salió a relucir el tema pareja. Me contó que había quedado después con una especie de novio suyo, que según comentó era feo, y bastante soso, pero que al menos la sacaba por ahí y le pagaba las copas. Remachó el comentario con unas risitas/grititos que parecían llevar la firma de mi amiga V en plan “I told you”, pero en realidad la fase “te lo dije” no había hecho más que empezar. El comentario de “este tío es un rollo y no me gusta, pero me paga las copas”, dicho una vez es una broma, pero repetido de mil formas se convierte en un modus operandi (que seguramente le deba mucho al pragmatismo inglés, por otra parte).

Grititos y yo cambiamos de pub. Esta vez fuimos a uno junto al río: con vistas, de hecho, al Támesis. Serían las nueve de la noche. El lugar era un pub/disco, con una zona más vespertina/tranquila y otra zona más nocturna/fashion. Nos instalamos en la zona tranquila y Grititos se dedicó a escanear las mujeres presentes, especialmente a las que estaban con algún hombre. Una pareja del fondo (en la que la mujer parecía mayor que el hombre) bastante acaramelada le despertó envidia, cosa que me repitió varias veces. Otra pareja del centro de la sala llamó su atención, ya que él llevaba anillo y ella no y decidió que ella era su amante. Para mí, que además de tener peor perspectiva para verlos tenía menos interés en el estado civil de los presentes (interés cero, de hecho), no encontraba en su body language nada que me hiciera pensar en una relación más allá de lo profesional o lo amistoso. Sin embargo, Grititos lo tenía claro.

Decididamente lo que mayor interés le despertó fue una mujer de unos treinta y muchos sentada sola en otra mesa. Tenía un periódico que leía distraídamente. Yo estaba bastante sorprendida con la situación, ya que Grititos observaba la escena con bastante descaro, cuando se supone que en Inglaterra la gente es mucho más discreta. A los ojos de Grititos, el primer “crimen” de la tal chavala era haber ido a un pub sola, porque según su código de conducta de chica de las Middlands (Grititos es originaria de esta zona más al norte) autoriza a ir sola a un café pero no a un pub. El segundo “crimen” era tener treinta y muchos y estar sola: Grititos no mencionó tal cosa, pero toda su conversación se dirigía hacia semejante idea, con su obsesión por echarse un novio y por la arruga y media que tenía a sus veintipocos junto a los ojos. No se cansó de alabar mi cutis liso, “y eso que tú tienes treinta y cinco y yo veinticinco, y además vienes de un país con mucho sol, con lo malo que es el sol para la piel”. Me quedé con ganas de decirle que salvo que trabajes al aire libre, nadie te obliga a estar horas y horas debajo del sol en verano y que existen cosas llamadas filtros solares, gorros, incluso casas y oficinas que limitan la exposición a la luz solar. Pero en fin, me pareció que sacar a Grititos de su mundo de fantasía y color iba a ser tarea ardua, y me dije que “preferiría no hacerlo”, cual Bartleby.

Mar
20
Nov '07

Antropología cultural comparativa (II)

Yo había observado que en general los ingleses participan más en el cuidado de los niños y en la compra, porque es muy habitual ver a los padres empujando carritos de niños o con niños en brazos y también es frecuente ver a padres con niños comprando. Y además había hablado de este tema con una amiga española, Mayéutica, que insistía mucho en que en España los hijos varones sólo dejan de depender de las madres para todo lo doméstico para pasar a depender de las novias y mujeres.

La cosa es que mi amiga V. tampoco estaba de acuerdo con esta teoría. En su opinión lo de la igualdad entre géneros en Inglaterra es más formal que real: más un asunto de “policy” que del día a día. En La Pérfida está muy mal visto hacer comentarios machistas y tener comportamientos machistas, pero en realidad las mujeres también están discriminadas. Al parecer, las suegras inglesas aprovechan cualquier ocasión para sugerir a sus nueras españolas con hijos que deberían dejar el trabajo y dedicarse a cuidarlos.

Según mi amiga, el sueño de muchas profesionales inglesas es casarse con un tío rico y dejar de trabajar. Eso explica determinados comportamientos tipo loba en las cenas de empresa, por ejemplo, o la profusión de escote, maquillaje y oros, natural en las inglesas “casaderas”. Esto también me desconcertó bastante, porque la sociedad inglesa en muchos aspectos es o parece más igualitaria que la española, así que dejé esta teoría en la recámara, pendiente de ser contrastada, y me dispuse a despedirme de una compañera del master, inglesa.

Lun
19
Nov '07

Antropología cultural comparativa (I)

Los “emigrantes” en tierra extraña tienden a agruparse en dos extremos: los del “en mi tierra es todo mucho mejor” y los fascinados por la novedad (“Londres es la mejor ciudad del mundo”, “Reino Unido es la caña” etc). Seguramente el sector más numeroso es el intermedio, el de aquellos que reconocen muchas cosas positivas en la cultura de adopción, pero siguen prefiriendo algunos aspectos de su país de origen.

Yo me considero una persona de esta corriente intermedia, pero a veces, cuando profundizo en algunos temas con personas más informadas descubro que en algunos aspectos he escorado peligrosamente hacia alguno de estos polos extremos. Me pasó con el asunto de la forma de vestir de las inglesas. Estábamos charlando mi amiga V. y yo sobre la forma de vestir de las británicas y yo comenté eso tan manido de que me parecía muy liberador el que las inglesas entradas en carnes no se cortaran y llevaran camisetas cortas o minifaldas que mostraran sus michelines. Por terminar de ser “original” dije eso de “yo no lo haría, pero me parece muy bien que no tengan complejo”, comentario que el 90 por ciento de las españolas (y creo que también italianas y griegas) hacen después de decir lo muy liberador que les parece la aparente falta de complejo de las británicas rollizas (la estadística en hombres la desconozco). V, que es española y lleva en La Pérfida unos siete años y trabaja con inglesas e ingleses, no estaba en absoluto de acuerdo.

Según ella, es una cuestión de moda. Ahora está de moda ir con camiseta corta y todas van con camiseta corta de tirantes. No son libres en absoluto ya que son esclavas de lo que se lleva en cada momento. Según mi amiga, carecen completamente de estilo y criterio, de manera que se limitan a comprar lo último y a enfundarse en ello, quepan o no, les quede bien o les quede como una patada en el hígado, ya que el concepto quedar bien/quedar mal, favorecer o no, es un concepto que se aprende si uno crece en un país con cultura de saber vestir, cosa que la mayor parte de los ingleses no tiene.

Como prueba de su teoría, mi amiga comentó que no había más que mirar a la gente en el metro, especialmente a las mujeres, para ver que nadie tenía un estilo personal vistiendo. Yo comenté que por el contrario mi sensación era que en general había mucha variedad en la forma de vestir en Londres y que eso me gustaba (ya he mencionado en anteriores post que en mis regresos a España encontraba a la gente “visualmente previsible”, ciertamente mejor vestidos, pero como de uniforme). Que además me gustaba el hecho de que la gente no se fijara en cómo vistes, la sensación de tolerancia generalizada. Ella no estaba muy de acuerdo con ello.

En un primer momento esta teoría no me encajaba demasiado, pero la verdad es que no tenía muchos argumentos para rebatirla, sobre todo porque ella había establecido tres o cuatro modelos tipo y sostenía que si un@ se fijaba, la mayor parte de las mujeres se ajustaban a estos modelos tipo. Mi investigación había sido mucho menos exhaustiva, y de hecho, como no compro revistas de moda inglesas ni voy mucho de compras ignoro qué prescriben los creadores de tendencias en cada momento.

Después, la charla viró hacia la relación tía/tío en Inglaterra, al machismo, a la distribución de roles domésticos y demás. Yo había observado que…

Continuará

Dom
18
Nov '07

La peluquera castigadora (III)

La cosa es que, aunque aquello parecía inacabable, en un momento dado la aplicada dibujante/arquitecta decidió que ya estaba, me dio un espejo y me hizo girar para que viera la vista posterior del pino bonsai/cabeza de Elsinora. Le dije que estaba bien mientras que pensaba que el corte estaba bien pero que aquel acabado ondulado iba a durar una hora, y ella se permitió decir que era “nice” pero que no sé qué: la dibujante le sacaba defectos a su obra. Me preguntó si quería masaje, le dije que sí y a continuación empezó “la cosa”.

El masaje shiatsu versión pelu japo del barrio consiste en que tú estás de espaldas, con tu ropa, tan campante (te quitan la capita protectora, al menos), y la peluquera transformada en luchadora de sumo, pero sin látigo de siete colas ni nada, te va clavando las yemas en determinados puntos. En cuanto termina con las cervicales y empieza a bajar a las dorsales, la presión que te aplica es tal que te vences hacia delante, de manera que la escena desde fuera a través de los escaparates transparentes debe ser bastante cómica: una persona inclinada hacia delante como si pidiera perdón por algo, cada vez más arrepentida, mientras una japonesa de apariencia débil la castiga con energía, pero sin pasión y sin látigo. El masaje duró apenas cinco minutos y no noté demasiado efecto (acostumbrada a que me clavara el codo el osteópata indio o agujas la doctora china), pero sí me quedó claro que el concepto de masaje relajante de peluquería va por barrios, como decía Gila de la risa.

Un par de días después, hablando con una amiga taiwanesa, me enteré de que las peluquerías japonesas tienen muy buena fama en Londres, al menos entre la comunidad asiática, así que mi ojo no había sido malo. Le di a mi amiga la tarjeta de la tal peluquería para que no se perdiera los particulares placeres del lavado de pelo en posición pino puente y el masaje shiatsu a lo sado maso.

Vie
16
Nov '07

La peluquera castigadora (II)

El local de la peluquería en el corazón de Putney era pequeño y minimalista pero no en plan fashion, sino sencillo. Se ve que mis trastos –o los trastos de cualquiera- amenazaban la proporción de objeto/espacio del Feng shui, de ahí la violencia con la que me arrebataron mis voluminosas pertenencias. La cosa es que una japonesa de dientes prominentes y acento extraño me preguntó qué me iba a hacer, quién me había hablado de ese sitio y casi antes de que contestara empujó mi silla conmigo encima hasta una posición tipo pino puente. Al parecer, en las pelus japonesas es costumbre inclinarte mucho el tronco hacia abajo para lavarte el pelo. Imagino que será para que la sangre fluya más a la cabeza y el yin venza al yan o así. De manera que en lugar del habitual relax del lavado de pelo a la occidental, en la versión japo un@ queda a merced de la peluquera de marras que te tiene que sujetar la cabeza ya que tu cuello no se apoya en parte alguna.

No sé si el yin venció al yan gracias a la incómoda postura, pero al menos tomé conciencia de lo mucho que el techo necesitaba una nueva capa de pintura y yo unas sesiones de gimnasio o una biodramina. El agua estaba tirando a templada más que caliente, imagino que también por algún motivo más o menos arcano. Al levantarme de aquel potro de castigo/lavacabezas deseé que aquel tratamiento de choque no fuera lo que ellos vendían como masaje Shiatsu, porque menudo timo. Me sentaron en una silla frente a un espejo y la japonesa de los dientes prominentes me interrogó sobre lo que quería. La combinación de mis explicaciones y su background cultural pasada por el filtro de nuestro peculiar uso del inglés (el suyo peor que el mío) terminó por convertir mi pelo en una especie de pino bonsai: primero podó la parte enferma (alias restos de permanente), después me cortó las ramas/capas con una paciencia infinita, y luego fue haciendo un degradé diagonal en las puntas de algunos flecos/brotes.

Se manejaba con mucha suavidad, nada que ver con los tirones que a veces te prodigan en España. Me miraba mucho, como un caso a estudiar, como los japoneses que copian una escultura de Rodin en París, o como si estuviera trazando un plano de una estructura complicada: mucha atención, pero ninguna pasión. Una funcionaria de la tijera. O quizá es que la pasión iba por dentro: ya se sabe que entre los japoneses no está bien visto mostrar emociones. La situación tendía a ser incómoda, porque no es agradable sentir que tu pelo es el problema que alguien tiene que resolver esforzadamente, ¿será esto también efecto del choque cultural?

Una vez convenientemente podado el bonsái, a la peluquera jardinera se le metió entre ceja y ceja (justo donde el tercer ojo, supongo) que me tenía que ahuecar todo el pelo, mechón a mechón, y se dispuso a ello con tesón. Mi pelo natural es completamente tipo japonés: liso y negro; por eso había pensado que en una peluquería japonesa me harían un buen corte. Se ve que me equivocaba (relativamente) porque aquella peluquera no estaba dispuesta a que mi pelo siguiera siendo liso y no hacía más que ahuecármelo con cepillo y secador. Ocurre que tengo más pelo que la japonesa media, así que la tarea iba a ser ardua. Al menos no quiso intervenir en las canas –que tengo desde los catorce años-, supongo que porque muchas inglesas pasan de teñírselas y en las pelus locales ya están adaptadas a ello. La cosa es que aunque aquello parecía inacabable… Continuará

Jue
15
Nov '07

Últimos días en Londres: La peluquera castigadora (I)

Recupero en este y próximos artículos algunos retazos de mis últimos días en Londres.

Como comenté hace unos cuantos post, una de mis asignaturas pendientes en Londres era “catar” las peluquerías. Después de dos años en Londres no había ido nunca a ninguna hair dresser local, de manera que mi comparatismo antropológico tenía ese aspecto pendiente de desarrollo. La razón era que las peluquerías de mi barrio eran muy cutres y las buenas del centro tenían unos precios desorbirtados, así que aprovechaba mis viajes a Madrid para pasarme por la pelu (ver aquí) y codearme con la crème de la sociedad madrileña.

Las últimas semanas londinenses las pasé en casa de mi amiga V. en la zona de Putney, cerca de Richmond y Wimbledon. Para quien no la conozca, diré que es una zona muy bien comunicada, llena de comercios, en la orilla sur del Támesis. Un lugar muy agradable, en resumidas cuentas, de alquileres altos y lleno de peluquerías que cierran tarde.

En mis paseos de la tarde recorría varias peluquerías y planificaba celebrar el final del carapantallismo -cuando lo alcanzara- con la visita a alguna de ellas. Analicé algunas y me gustaron dos de ellas. Cuando le pregunté a mi amiga cuál de las pelus de su barrio me aconsejaba, me quiso disuadir de ir a ninguna peluquería inglesa estando mi vuelta a España tan cerca ya que según ella las peluquerías inglesas son mucho más caras y mucho peores que las españolas. Ella, de hecho, siempre se corta en España, aunque lleva unos ocho años en Londres. Pese a esto, comentó que una amiga suya iba a una japonesa del barrio, peluquería que casualmente era una de las que me había dado buena impresión. De manera que, consciente de la importancia antropológica de no irme de Londres sin probar una peluquería local, decidí que tenía que ir a esa peluquería antes de regresar.

Como el carapantallismo avanzaba más despacio de lo esperado por problemas con Internet, pensé que en lugar de celebrar el final de la tarea, tenía más sentido celebrar el final de la primera parte y una de esas tardes me fui para la pelu. Me presenté en la Japanese hair dresser toda pichi con idea de que me atendieran ese mismo día. Una japonesa de mediana edad muy sonriente me dijo que no era posible, y me dio cita para dos días después. Al salir curioseé la lista de precios y servicios del exterior y me gustó leer que el corte + lavado incluía un masaje de Shiatsu por un razonable total de 32 libras. El día de marras me presenté allí muy puntual. Me arrebataron el abrigo, el gorro y el bolso y me hicieron sentar en la silla del lugar donde te lavan el pelo.
Continuará

Mie
14
Nov '07

Primer mojón

Creo que aún no he procesado mucho las implicaciones de la vuelta a Madrid. Tiempo habrá, supongo.

Sin embargo, está claro que parte del ciclo se ha cerrado ya: una carta rebelde se ha colado entre huelga y huelga de correos (primero en la Pérfida y luego aquí) desde Londres hasta El Foro y ha tenido a bien terminar en mi buzón. Tenía membrete de cierta facultad de Londres e iba dirigida a alguien con un nombre parecido al mío (ya se sabe que los ingleses se lían con tanto apellido).

Abro la carta, salen varios folios de distinto color. La carta propiamente dicha es un texto largo escrito en letra Garamond a un espacio, en el que sólo va en negrita el encabezado “Resultados de los exámenes 2006-2007: Master de Literatura Comparada”. Lógicamente, como en todas las películas norteamericanas en las que alguien abre un sobre de la universidad el formalismo de la prosa administrativa y las prisas me llevan a pasar de la carta y a mirar el resto a ver si los datos adjuntos me sacan de dudas más rápidamente.

Finalmente, Stanley Kubrick, Shakespeare, Virginia Woolf, Borges, James Joyce, Angela Carter, Salman Rushdie, Herman Melville , Steiner, Derrida, Harold Bloom, Iser, Walter Benjamin, etc me han dado el visto bueno y me han dejado pasar al olimpo de los “masterizados” británicos.

Habrá que celebrarlo, supongo.

Vie
9
Nov '07

Nuevo proverbio

Tras una observación detenida del caso inglés y unas reflexiones muy sesudas he llegado a la conclusión de que la correlación entre los factores “nacionalidad inglesa” y “pelo teñido” es muy alta, especialmente en el caso de las mujeres. Hay una excepción en caso de mujeres a partir de los cincuenta: lo de llevar el pelo blanco también es fashion en La Pérfida.
Estos sesudos estudios me han llevado a acuñar el siguiente proverbio o dicho: Eres más rar@ que una inglesa sin mechas (léase con acento de Chiquito de la Calzada).
Quede claro que yo, habitual de las peluquerías de aquí y allá, no tengo nada contra las mechas…

Mie
7
Nov '07

Primeras impresiones

Creo que ya tengo elementos para perfilar en unas pinceladas las impresiones de la primera semana en Madrid. Estos días han tenido mucho de lucha contra la tentación de pedir las cosas en las tiendas a la inglesa “Can I have?” o disculparme a diestro y siniestro con un “Sorry”. También reprimo el flujo de thanks/gracias. Otra cosa que me ocurre es que suelo mirar al lado equivocado al cruzar, salvo en mi barrio. En mi zona se ve que tengo internalizados tanto los semáforos como el lugar del que proceden los coches, de manera que no necesito atención extra.

Cada vez que voy “extramuros”, cuando toca fisioterapeuta en el Barrio del Pilar, o salgo por el centro, respiro hondo y abro bien los ojos para concentrarme en mirar por el lado bueno antes de cruzar. Es muy curioso comprobar hasta qué punto lo más familiar constituye una excepción a este proceso: en mi casa no tengo tanta rutina inglesa, más allá de soltar más “gracias” y más “por favor” de lo que solía, y algún “come in” cuando llaman a la puerta de mi cuarto. Alguna razón neurofisiológica debe haber para estas cosas, porque incluso la gente que lleva décadas fuera de su país sigue usando determinadas palabras en su idioma nativo (sobre todo palabrotas, la verdad). Es como si el contenido de cierto lóbulo o zona tuviera prevalencia sobre el resto por mucho que uno deje utilizar esa información y así por mucho que haga meses que no he cruzado por mi barrio esa información está fresca y por mucho tiempo que haga que no oigo un taco en español siento la necesidad de soltarlo cuando se me cae (se me caía) algo en Londres. La gente que lleva años viviendo fuera y que es prácticamente bilingüe, cuenta que en situaciones de alta carga emocional (un enfado, una mala noticia) les suele dar por soltar parrafadas en español.

El ritmo normal de agradecimientos inglés aplicado en España conlleva tres riesgos, el primero es resultar empalagosa, el segundo es conseguir que empiecen a ignorar lo que dices y el tercero es demorar el proceso más tonto, al provocar la sorpresa continua de la persona que te atiende, su reacción, su contestación y vuelta a empezar, cuando tu vena inglesa te dice que vuelve a tocar un gracias. Pongo un ejemplo. Ayer fui a una peluquería de mi barrio, después de mi clase de yoga terapéutico.

Me atendió un peluquero argentino, bastante bueno pero algo descuidado. Para empezar le dije a la recepcionista que quería hacerme un “waving”, pronunciado como se pronuncia en inglés (algo así como “güeiving”). Le costó entender que me refería a lo que ella llamaba “güevin”, y que es una permanente suave (de onda, ondulación, “wave”). Ellos se empeñan en usar el término inglés en lugar de buscar un equivalente español, pero claro lo pronuncian a su aire y no te entienden si lo pronuncias bien. Os ahorro el relato detallado del ejercicio de autocontrol que tuve que hacer mientras me ponían la bata, el cinturón y me ofrecían un café o un té (elegí té, por supuesto, más por la hora que por la vena inglesa) para no ganarme el calificativo de Elsinora Empalagosa. La solución de compromiso (ni pa ti ni pa mí) fue dar un “gracias” general al final.

Una vez metidos en faena, por algún motivo, el peluquero argentino o uruguayo que me atendía (su acento estaba muy suavizado tras pasar muchos años en España y era difícil distinguir) decidió que eso de ponerte algodón en plan diadema para proteger la frente, los ojos y las orejas del amoniaco con el que te rizan el pelo era una cosa caduca e innecesaria, de manera que cuando parte del líquido caía fuera de sitio o cuando los vapores me irritaban los ojos, yo, muy británica, en lugar de dar un berrido y decirle “animal, que me vas a dejar ciega” le pregunté si no podría ponerme un poco de algodón. Me lo puso y claro, mi britanismo me obligaba a agradecerle aquel gesto (aunque mi vena castiza pedía algo más tipo “ya era hora, prenda”), así que dije “gracias”.

Aquello le desconcertó un poco. Siendo argentino tenía recursos para eso y para más, simplemente estaba desentrenado tras varios años en la seca España, de manera que me soltó alguna cosa en plan “recontragradecimiento” y varios chiqui, chiquita o no sé qué, pero quedó claro que la capacidad para dar y recibir las fórmulas de agradecimiento con el piloto automático en la Península es mucho menor a la de la Pérfida.

Mar
6
Nov '07

Madrid no es la misma, que me la han cambiado

Domingo por la noche. Salgo a pasear a última hora porque no he salido en todo el día. En Londres lo solía hacer a diario, especialmente en días de carapantallismo: trabajaba hasta tarde y luego me forzaba a cortar y moverme. Cogía mi reproductor de CD, me abrigaba bien y me iba a caminar rápido durante media hora o así. Tenía establecidas varias rutas y bandas sonoras. Regresaba sudando, porque caminar deprisa es más ejercicio del que parece. Estos días tengo bastante trabajo, así que de nuevo paso muchas horas pegada a la pantalla.

Mi barrio de ahora, Chamberí, no es el South East London en el que vivía antes: esto es mucho más urbano y comercial, lo que significa que con tanto escaparate –y tan novedoso para mí- me es imposible pasear a buen ritmo. Hay un montón de tiendas, bares y cosas a observar, mientras que en la zona residencial donde vivía antes los principales atractivos eran los jardines (las rosas, las plantas aromáticas), el teatro-pub del siglo XIX, la capilla de la iglesia de Inglaterra donde los niños aprendían ajedrez y los adultos hacían yoga, los zorros entrando y saliendo del campo del Saint Thomas Hospital o las vistas de Canary Wharf si había ido al parque.
Pronto me doy cuenta de que los mundos madrileño y londinense no están tan alejados como pueda parecer. Al pasar una tienda de embutidos me cruzo con una pareja de treintañeros que van hablando de alguien que se va a ir a vivir a Londres en breve. Veo las tiendas, me detengo en una ferretería muy bien surtida que tiene adaptadores de corriente (de inglés a continental; necesito unos cuantos), una sartén francesa especial para hacer tortillas (que es doble y facilita lo de dar la vuelta; viene con una espumadera muy mona y recetas en francés y por supuesto es antiadherente), una kettle eléctrica (que está bajo el cartel de “hervidor eléctrico”, ¡qué mal suena!, ¿no?) y un calentador de leche italiano, entre otras cosas. Cuando cruzo la calle veo un Minicooper rojo que luce en el techo la bandera inglesa, compruebo que la matrícula es española.

Aunque estoy en mi barrio, reparo a lo lejos en una fuente iluminada que no recordaba haber visto, cambio mi itinerario para ver de qué fuente se trata y termino en la plaza de Olavide (a veinte metros de la oficina supercutre en la que trabajé hace años). La fuente creo que no estaba, pero en todo caso, iluminada y de noche su aspecto cambia mucho. Descubro una librería bilingüe nueva (Booksellers; esta tienda sustituye a la de Jose Abascal, creo; la que hay cerca del Instituto Británico en Fernández de la Hoz sigue abierta), de manera que me paso un rato curioseando los libros en inglés del escaparate y planeando venir a menudo para mantener mi inglés al día. También tienen algunos libros en francés. Uno de ellos, titulado “Quelle heure est-il?” y con un dibujo de un enorme reloj en la portada me recuerda una poesía que aprendí de pequeña, así que mientras deshago el camino y compruebo la mucha vida de barrio que hay en Madrid un domingo a las diez y media (parejas de latinoamericanos, parejas de españoles veinteañeros, gente de cincuenta y sesenta en parejas o grupos, adolescentes desgarbados sin capucha), no ceso de recitarme a mí misma esa poesía francesa intraducible (Quelle heure est-il?/ Il est midi./ Qui vous l´a dit?/ La petite souris./Que fait elle?/De la dentelle/Pour qui?/ Pour les dames de Paris) como si fuera un mantra.

Regreso a casa en un extraño estado de excitación por mis hallazgos y sin haber hecho ningún ejercicio físico, pero bastante viaje mental. Cuento a mis padres y a mi hermano que he visto un minicooper igual que el de control remoto que le compré a mi hermano en Hamleys (rojo y con la bandera inglesa en el techo) y que han abierto una librería inglesa en Olavide y que he visto unas sartenes estupendas que… me sonríen vagamente y me dicen que me siente a ver Camera Café o no sé qué serie que están viendo. Me siento con ellos mientras voy elaborando mentalmente este post. En un momento dado, recordando que los domingos por la noche solíamos llamarnos por teléfono, alguien comenta que hoy aunque es domingo, no me pueden llamar a Londres porque estoy en Madrid. Cierto, estoy en Madrid, un Madrid que ya no es lo que era.

Dom
4
Nov '07

Aviso para navegantes

Se hace saber a los señores navegantes que Elsinora sigue viva y que pese a las apariencias no se ha olvidado de su blog. Problemas de conexión y múltiples tareas (mayormente carapantalliles, retrasadas por los problemas de conexión) le impiden actualizar, pero como decía aquel “estamos trabajando en ello”, de manera que hay posts en camino. Permanezcan atentos a sus pantallas.