Son las 3:20 de la mañana de un domingo (madrugada del sábado al domingo). Vengo de cenar y tomar algo con unos amigos.
La cena (ibéricos, queso, ensalada de ventresca, cervezas y vino blanco), en el Madrid castizo, nos ha costado 14 € por cabeza, y la copa, 4 (yo tomé un té de hierbabuena). El taxi desde Cibeles me ha costado menos de 10 €.
Estos últimos días de octubre están siendo fríos aunque soleados.
Si tuviera que describir mi sensación de estos primeros días en Madrid con dos adjetivos seguramente utilizaría “fácil” y “conocido”.
Cuando se despertó, las trece cajas seguían ahí, y el olor a Londres. La habitación, por el contrario, se parecía sospechosamente a la que ella solía tener en Madrid, y por otra parte la gran maleta gris ceniza permanecía muy digna y oronda, con sus treinta kilos por bandera y su cremallera incitante. Aquello era confuso. Olía como en su casa de Londres, pero el suelo era de madera y el cielo estaba despejado y luminoso.
No había dormido muy bien, quizá porque arrastrar maletas de treinta kilos por Londres no es lo mejor para los músculos de los brazos y los hombros, o quizá por todo el peso psicológico del cambio de vida. Me sorprendió ver una España bastante verde en las inmediaciones de Madrid. Según nos acercábamos a Barajas, terminó de caer la noche, y las carreteras se llenaron de figuras diminutas con diminutas luces amarillas. El trazado de carreteras parecía moderno y bien hecho pero era evidente que había atasco en la entrada y salida a Madrid. Volver en taxi a casa nos va a llevar un buen rato y más euros de lo normal, pensó mi lado pragmático, rompiendo el lirismo de la escena.
Queda sólo un día y medio.
Estos días paro poco en casa porque trato de aprovechar al máximo para ver y hacer cosas.
El sábado por la tarde fui a la Tate Modern a ver a la exposición de Louise Bourgeois. Me gustó, pero no aprendí nada nuevo. La fiesta de despedida del sábado a la orilla del río (cena en el Giraffe y copa en la OXO Tower) estuvo muy bien, pero, lógicamente, me dejó algo pensativa. El domingo me fui a Kew Gardens, a pesar de que el transporte los fines de semana parece una prueba de paciencia más que un sistema para desplazarse de un punto a otro. Hice unas doscientas fotos -más de plantas que de las esculturas de Henri Moore- y tomé algo el sol, lo cual es un privilegio para finales de octubre en la Pérfida (eso sí, los jardines estaban llenos de miles de “privilegiados” con la misma idea que yo, así que las colas para sacar las entradas eran considerables). Después de Kew Gardens me dirigí a Nottinghill y estuve paseando por allí.
El lunes tuve que rematar algunas cosas pendientes del trabajo carapantallil y por la tarde me reuní con una compañera inglesa del máster en un pub cercano. Sobre eso ya escribiré, porque creo que merece la pena (”Viaje a la mente de una veinteañera inglesa” se podría titular aquello).
Ayer martes me fui al museo John Soane en Holborn y después a la National Gallery. Sir John Soane era un arquitecto del siglo XIX que diseñó el Bank of England y la Dulwich Portrait Gallery entre otros edificios y que acumuló en su casa piezas de arte y arquitectura de diversos épocas y países - hasta un sarcófago egipcio tiene en el sótano. Lo que se visita es la casa-museo en la que vivía, diseñada por él mismo; es interesante y además, gratis. Después del museo almorcé sentada en un banco del parque de Lincoln Common, como tantos ingleses, una lasagna de carne calentita (hace un frío horroroso en Londres estos días). Por la tarde callejeé por Covent Garden y Soho y compré entradas con descuento para “Les Miserables” (o “Les Miz”, como dicen aquí) en Leicester Square, además de una pashmina de urgencia en el mercadillo frente a Covent Garden, porque hacía un frío que pelaba y la semana pasada perdí la bufanda.
Sobre “Les Miz” puedo decir que los actores/cantantes eran muy buenos, el uso del escenario notable (el suelo giratorio da mucho juego, además de las luces) y las canciones estupendas. La historia en sí es bastante folletinesca, como sabéis, y la representación dura tres horas, pero la música es realmente espectacular.
Volví a casa desde Picadilli en autobús -tras tomarme un perrito de esos con mucha cebolla- para poder ir viendo aquello. El autobús atravesó Knightsbridge, South Kensington, Fulham Road…, en fin, que fui diciendo adiós a Harrods, el Victoria & Albert, el río etc.
A ver qué hago hoy.
Una de las cosas que más desconcierta de las épocas de agobio es que el mundo “real”, el mundo externo, sigue avanzando por más concentrado que un@ esté en su parcela personal.
Durante estas últimas semanas en Londres me he mudado a casa de una amiga en Putney, preparado el envío de mis cosas a Madrid por camión, acudido a acupuntura y al osteópata como turista, explorado este rincón de Londres tan distinto a mi anterior South East, desayunado con mi flatmate boliviano, superado salvajes cortes en los trenes y autobuses el fin de semana en mis idas y venidas de una zona a otra, almorzado con el flatmate que ocupa ya mi antigua habitación, paseado cada tarde para seguir con mi rutina de ejercicio, nadado brevemente en la bastante posh piscina que hay en frente de casa (la piscina merece un post en sí misma, a ver si lo escribo), descubierto en qué se parecen y en qué se que diferencian Putney y Forest Hill, repasado mis conocimientos de física para calcular el volumen exacto de mis pertenencias empaquetadas (prueba superada, por cierto; y sin Google, ni Excel; a golpe de papel, lápiz, regla de tres y calculadora del móvil; reconozco que el paso de cm³ a m³ con eso del 10 elevado a 6 me costó un poco al principio, pero se ve que las Matemáticas II de COU sirvieron para algo; aunque por otra parte, a pesar de mi lado Mister Bean, la Física siempre me ha gustado, por lo que tiene de Lógica, y se me daba bien allá por BUP), repasado las aplicaciones de la regla de tres y el sentido común para calcular el extra de la fianza, perdido una bufanda en la huida de un bus a otro porque el bus no se movía y yo llegaba tarde al osteópata en la otra punta de la ciudad, recibido la visita de un zorro, muy interesado por el contenido de mi bolso (¡animalito!), pasado una estupenda tarde en Richmond con cena y cine con mi amiga V. e innumerables noches frente a la televisión con la misma amiga al mismo tiempo que analizábamos la vida de La Pérfida comparada con la de España (mi amiga lleva aquí como unos 6 años), reservado cita en la peluquería japonesa a la que va la mujer del posible nuevo candidato a presidente de los Liberales Demócratas tras la dimisión de Campbell, considerado y desestimado la posibilidad de contratar unas sesiones en un centro de terapias holísticas alternativas (me mosqueó su Brain Education System y el hecho de que los vi un día muy serios dándose golpazos en los costados como si tal cosa durante una clase) e ideado nuevas formas de conservar el calor corporal cuando esperas un bus por la noche al raso durante más de media hora que incluyen coreografías que en España hubieran despertado una curiosidad malsana por parte de los viandantes y un sentido del ridículo poco práctico por mi parte.
Pero efectivamente (¡¡¡¡felicidades si has llegado hasta aquí!!!!; el párrafo anterior era matador) el mundo sigue avanzando, la selección inglesa de rugby ha llegado hasta la final, Alonso y Hamilton han hecho las paces en víspera de la última carrera, el candidato de los Liberales Demócratas ha dimitido, también ha dimitido el presidente del Northern Rock, el banco inglés ante el que se veían esas colas de gente retirando sus ahorros en plan crisis de los años treinta, en Francia han tenido la primera huelga general bajo el puño/las garras de Sarkozy, los hospitales públicos ingleses siguen llenos de infecciones varias, nos seguimos desayunando con noticias de navajazos y tiros entre adolescentes en el Sur de Londres o en cualquier ciudad de Inglaterra, Brown me sigue pareciendo un topo con la dentadura mal ajustada y el candidato de la oposición, un chiquilicuatre salido de un colegio pijo que no sabe a quién representa, los liberales demócratas una opción con pocas posibilidades reales y los jardines ingleses y las casas bajas una delicia.
Además, en estas semanas le han dado el Premio Nobel de la Paz a Al Gore (a pesar de las poco pacíficas medidas que apoyó cuando estaba en el gobierno de Clinton), pocos días después de que algunos profesores ingleses hicieran notar las inexactitudes de la cinta “Una verdad incómoda” y pocos días antes de que se supiera que la educación pública española también había comprado unas cuantas copias de la película para los colegios.
Esta vez, a pesar del carapantallismo y de los absorbentes preparativos de la vuelta, he seguido bastante de cerca lo que pasaba en el exterior local e internacional, por más que no pudiera pararme a contarlo. Esta apertura se debe en parte a que he tenido que desplazarme a menudo a mi antiguo barrio y en parte a que he descubierto que permanecer permeable a pesar del agobio es una forma de prevenir contracturas y cosas semejantes. Así que mi consejo es “tengan cuidado ahí fuera, pero salgan, sobre todo salgan”.
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Actualización. Al final, Inglaterra perdió en París frente a Sudáfrica por 6 a 15 (signifiquen lo que signifiquen esos puntos) y Raikkonen ganó en Brasil, en una carrera que se vio sorprendida por el escándalo del supuesto uso de combustible ilegalmente refrigerado por parte de los pilotos que quedaron cuarto, quinto y sexto. Así que los ingleses no se llevan ni la Rugby World Cup ni el campeonato del mundo de Fórmula 1. Me hubiera gustado que ganara Alonso, la verdad, y eso que Hamilton me cae bien, pero aquí se han puesto muy plastas con lo genial que es, lo listo, lo guapo, lo mediático… “el nuevo Beckham” le llaman y este tipo de autobombo ciego resulta molesto.
Tendréis que perdonar que últimamente no pueda “postear” tan a menudo como las circunstancias requieren y como a mí me gustaría, pero los preparativos del regreso y el carapantallismo coleante no me lo permiten. Aprovecho las buenas noticias de hoy para robarle un rato al curro y los “arrangements” para contaros un par de cosas. Hoy es un viernes magníficus para mí (que es lo contrario de un “viernes horríbilis” si mi latín macarrónico no me engaña) porque he conseguido una prórroga de trabajo, que supone que puedo tomarme de aquí al jueves de vacaciones y disfrutar de Londres y de su sorprendente buen tiempo de estos días (el fin de semana va a seguir igual, al parecer) y porque está tomando forma un proyecto apetecible para los próximos meses.
Mañana me reuniré con unos amigos en el South Bank para hacer una especie de despedida. Será poco ortodoxa, porque no va a ser en una casa como suelen ser estas cosas, y porque seremos un grupo bastante misceláneo. Al final, a muchos de mis amigos los veré individualmente porque no pueden venir mañana. También me desconcierta mi propio nomadismo: con un pie en mi antigua casa y otro en la casa de mi amiga, estoy un poco en plan tú a Boston y tú a California, pero siendo yo los dos “tú”. Me costó mucho decidir si quedaba cerca de la antigua casa, donde viven la mayor parte de mis amigos, o cerca de la nueva, opción más práctica para mi propio regreso ya que durante el fin de semana casi no hay trenes y regresar puede ser una odisea. Finalmente elegí algo cerca de mi casa antigua y un lugar que me gusta especialmente. Sea como fuere, seguro que lo pasamos bien y que es un buen recuerdo.
Ayer aproveché que tenía que visitar a mi osteópata en Dulwich, cerca de mi antigua casa, para acercarme a casa de F. a parlamentar y gestionar la fianza. Ella había regresado de Sudáfrica esa mañana muy temprano y por supuesto había puesto su cuarto y el pasillo patas arriba. Ahora le ha salido un competidor difícil de batir, porque el nuevo flatmate que me sustituye, un compañero suyo de la facultad de su curso de guión, tiene dotes naturales para convertir los espacios en campos de batalla.
La cuestión es que me hizo mucha ilusión ver a mi ex-casera y compañera de piso y despedirme “in style” de la casa y de los dos años allí. La despedida en sí consistió en tomarnos un té mientras me enseñaba sus compras (una escultura de madera tallada, unos dibujos de arte étnico y muy coloristas que pretende poner en el pasillo), ir a comprar un par de cosas que nos hacían falta para hacer la cena, tomarnos una caña en el pub de la esquina –que F. solía odiar, pero a cuya puerta nos encontramos a dos vecinas suecas a las que ha conocido hace poco; dos simpáticas cabezas de chorlito-, un pub en el que yo he dado una clase de español y visto el partido Chelsea-Valencia bajo el ala de los ladridos del perro del pub (que apareció un día y ahora vive allí: no tiene dueño), tomado unas cuantas medias pintas en distintos días, rescatado a mi antiguo compañero de piso de Zimbabwe cuando se dejó las llaves olvidadas y para después del pub regresar a casa y descubrir que “as usual” a F. se le había olvidado algo y tenía que volver a la tienda a por ello.
La cosa es que al final cenamos unos langostinos fritos con ajo y perejil, con arroz Basmati y ensalada de aguacate (con queso, frutos secos, pimientos, lechuga, tomate, spring onion… de todo, vamos) como postre chocolate de Cadbury´s con frutos secos y pasas. Además, charlamos de lo divino y lo humano, de sus planes, de los míos, del sentido de la vida, de los ligues, de la gente a la que ha conocido en Sudáfrica (al parecer entre ellos a un príncipe zulú que es el más rico del país y que le tiraba los tejos), y del puente de 300 metros de altura y vistas espectaculares desde el que se tiró en puenting. También estuvimos echando cuentas sobre la fianza de mi habitación. Me costó un poco hacerle entender la cosa –además de que discutir estas cosas no es precisamente muy agradable-, pero al final creo que quedó claro.
Por supuesto, regresar a eso de las nueve y media de la noche desde esa punta de Londres a esta otra fue una odisea, sobre todo porque por la noche hace mucho frío ya y esperar al bus en el rural viejo sur (en Dulwich, para mayor exactitud) no es apto para frioleros ni reumáticos.
Por otra parte, el martes por la noche llegaron a Madrid mis 13 cajas, sanas y salvas, al parecer, así que se van cerrando capítulos, cosa que contribuirá al bienestar de mi espalda, que por cierto va mejor pero no acaba de recuperarse (preparar las 13 cajas y moverlas no parece que le hiciera mucha ilusión a la susodicha, pero, eso sí, se comportó como una campeona). El osteópata me ha comentado que ahora que los músculos se han empezado a relajar y que el espasmo ha disminuido, ocurre que los músculos se han quedado débiles y que necesito ejercicio. Así que me estoy escapando a la piscina para sesiones cortas de natación, porque no puedo excederme, a riesgo de volverme a contracturar. En fin, a algunos parece que la “garantía” nos ha caducado en el peor momento. Pero prometo “vengarme” apuntándome a yoga y técnica Alexander en Madrid, o cosas semejantes.
Me pasa Sirventés un meme para que elija mi post favorito de los publicados en el
blog (a él a su vez se lo había pasado Zetxek ). Creo que el post al que le tengo más cariño es el primero, De palomas y Londres. De hecho, antes de ser un post fue un “simple” e-mail que mandé a los amigos. Tiene humor, desconcierto y está cargado de expectativas e intensidad. Es muy fiel a mis sensaciones de los primeros días.
Tener que elegir un post ahora, cuando quedan sólo 10 días para regresar a España, cambia bastante la perspectiva. Un@ tiende a asociar los periodos importantes de su vida con figuras que se cierran sobre sí mismas (circunferencias, espirales) y por eso el principio cobra tanta importancia cuando uno se acerca al final. La cuestión es que no existe tal realidad que se cierra sobre sí misma, sino sólo que nos empeñamos en percibirlo así.
Dicho esto, añadiré que hay otros muchos post que me resultan particularmente cercanos, algunos ya mencionados en este artículo recopilatorio que hice al cumplir un año el blog. Los artículos importantes para mí también tienen que ver con el feedback de los lectores, la llegada de nuevos lectores, la fidelidad de los antiguos, la complicidad en momentos como el de la escritura de la tesis.
Me divirtió mucho la serie sobre mi (no) trabajo en la pizzería, el post del ratón (La visita de Satán), algún artículo más serio como aquel sobre la muerte de Erika Ortiz y la distancia de las preguntas, el post con foto del zorro, las huellas misteriosas en la nieve.
También me gustó escribir Cómo reconocer a un bloguero, no sólo por el post en sí, sino porque me di cuenta de que había ingresado en un ámbito muy peculiar e interesante, la comunidad de los autores y frecuentadores de bitácoras. Algo parecido me pasó con el artículo sobre los españoles en La Pérfida
Finalmente, en el capítulo de post divertidos, uno de mis favoritos “recientes” es Crowded house, mientras que en el capítulo de risas de ayer y de hoy tiene un espacio muy claro la serie sobre el cura que comía demasiado.
Interrumpo la cadena aquí, porque no se me ocurre por dónde continuarla: tengo la blogosfera un poco abandonada últimamente.
Ayer recogió el de la mudanza trece cajas que contienen dos años de historia, pesan menos de 140 kilos y ocupan menos de 1 metro cúbico. La cosa en sí fue bastante accidentada, porque los fines de semana en Londres aprovechan para hacer todas las obras posibles y se dedican a cortar trenes, ciertos autobuses y unas cuantas líneas de metro. Así que un trayecto que en condiciones óptimas es una hora y diez, con estas historias os podéis imaginar en qué se convierte. Hay un montón de detalles que se podrían comentar sobre mi última visita a mi antigua casa como inquilina (iré para gestionar la devolución de la fianza esta semana; ya sin llave) pero no tengo demasiado tiempo ahora. Os dejo con un comentario de Spam que me llega desde Rusia con “amor”. Lo he indultado, como hago con aquellos comentarios que me hacen gracia, de manera que está publicado también en un post en inglés que enlazo más abajo. Lo dejo aquí para empezar la semana con una sonrisa y para no andar dándole vueltas todo el tiempo a eso de “me voy de Londres”, “tengo que currar” y “maldita contractura”.
Es un texto misterioso este que me manda un anónimo informante ruso, de español poco cervantino. Me encanta lo del “gabardinario” o lo del “goteo que duró una noche de movimiento” o la misteriosa aparición de Umbral en la última línea. ¿Cuál es tu frase favorita?
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A mi lado mía, su chica puso ojos comenzaron los vellos púbicos y cómo iba a tercera, y noté que yo no sabía, porque el slip se había sido tremenda. Casi al entonces la sen~a hacer, fui a los de las cabinas de la polla, pero firmeza, el beso de sexo! Estaba un poco la solo encontra la zona de la gabardinario.
Hasta la cabeza haciendo que hacer. Sus un~as se chupó la presa y con interés preferente al ver que recibían las matutinas cuando la verlas y casual encuentro con una donada a mi lengua en un ombligo cuando me lo tiempo con sus manos que Sonia tiene novio, además me hacían sonoros, yo no perdón) y un viejo amigo de la piel contenerme, cuando en un goteo que duró una noche de movimiento. Francisco Umbral afirma, no es negros, realzando una latita de ciertas superficies.
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Este texto, fruto de esta brillante pluma rusa interesada por las casas de lenocidio y sus avatares surreales me llegó en forma de comentario a un post en inglés titulado The Politically Correct Greeting Card. Cosas veredes.
El uso adecuado de modismos y frases hechas es uno de los capítulos más “tricky” (resbaladizo, escurridizo, poco seguro, tramposo, complicado, según el contexto; traducir la palabra “tricky” es “tricky”) del aprendizaje de un idioma y de la traducción. Quién más quién menos ha oído hablar de los “false friends” (falsos amigos) y sabe que no es lo mismo “resume” que “resumir” (“resume” significa reiniciar algo que se interrumpió) y que “molest” no significa molestar, sino acosar o violar.
La cuestión es que en estos dos años he aprendido mucho inglés pero aún, lógicamente, me quedan muchas cosas por aprender. Entre esas cuestiones pendientes, algunas se pueden deducir del contexto sobre la marcha y otras no.
Últimamente se repite bastante una situación: le comento a alguien que vuelvo a España en breve, ese alguien esboza un leve gesto de contrariedad que en seguida cambia para en seguida preguntar: “Is it for good?” Y yo contesto que sí, que he terminado ya mi máster y tal y pascual.
Lo curioso es que seguimos hablando tranquilamente, como si yo hubiera interpretado correctamente su pregunta y por tanto hubiera dado una contestación adecuada. Sucede que “for good” significa “para siempre”, “definitivamente” (¡gracias, Sirventés!) y no “para bien” como yo había imaginado. Podía haber caído en que “para bien o para mal” se dice “for better or worst”; y o en el hecho de que “good” no se utiliza en los mismos casos que el “bueno” español; muchas veces actúa como adverbio en lugar de como adjetivo, como cuando dices “I´m good”, que no significa que estés bueno ni que seas bueno, sino que estás bieeen, tirando).
Pero la casualidad quiso que mi contestación respondiera tanto a la interpretación correcta como a la incorrecta: les digo que sí me voy “for good”/para siempre/para bien y les doy la razón.
Sería interesante que algún filólogo investigara a qué puede obedecer que los ingleses digan “para siempre” usando la palabra “bueno”, pero entre tanto, creo que en parte mi mala interpretación tuvo que ver con mis propias expectativas e inquietudes y no sólo con el distinto uso del “good”.
All in all, con todo, me quedo con mi propia traducción del término, que me gusta más. Ya sé que no es ortodoxa, pero a mí me es útil.
He tenido un par de días de mucha actividad, organizando el envío de mis cosas desde mi antigua casa a Madrid y despidiéndome a la Elsinora de aquello. El miércoles tuve que ir urgentemente a organizar lo que había dejado en mi cuarto porque me llamó Patrick, mi ex flatmate productor de televisión, para decirme que un amigo de F. se mudaba a mi habitación y que si estaba despejada. No lo estaba, porque en teoría no iba a haber movimiento hasta después del 17 de octubre, cuando F. volviera de Sudáfrica. Paul dijo que no había problema, que ellos moverían las cosas a la otra habitación libre, pero a mí no me pareció muy adecuado, así que inicié la fase dos de la operación “paquetes”. La despedida ha sido un poco quijotesca -ya explicaré por qué- e intensa.
La cosa es que los trastos ya están organizados, a pesar de mi contractura y mi escasa imaginación espacial. Me llevo casi todo, al final, porque hay que ver lo que cabe en un metro cúbico (y lo que cuesta empaquetarlo
), que es el mínimo volumen que trabaja la compañía de transporte que me va a llevar los trastos a España por carretera.
Y aquí estoy, de nuevo en Putney tras dos días de estancia en el viejo Sur(este).
Contaré la cosa con más detalle en cuanto deje más rematado mi proyecto carapantallil.
Sed buenos.
P.S. 1Parianea, no tengo aún fecha para celebración en Madrid, pero ya informaremos. Y sí, la bitácora “El coste de las cosas” está muy bien, pero Sisú no es de los bloggers que contesta, me temo, o bien es que tiene mucho lío.
P.S.2 Alex, supongo que echaré de menos algunas cosas, pero Londres no lo quitan… ¡uno puede venir de visita casi en cualquier momento! No es lo mismo visitar que vivir, cierto, pero Madrid también es un sitio con mucha vida. De hecho, estos últimos días estoy desarrollando una relación amor-odio con Londres bastante intensa. A ver si tengo más tiempo y lo cuento con más detalle.
Sigo con el coste de las cosas. Trayecto Gatwick-Barajas, viaje que cierra dos años, 36,35 euros.
He tenido suerte, he jugado con las fechas para conseguir el más barato y lo he sacado con tiempo. Aún así, me parece que todo este asunto se queda corto, pequeño, callado.
El día D es el 25 de octubre, por cierto.
Qué vértigo.
Con permiso de Sisú, un nuevo blogger.
Me he mudado a Putney, en el sur oeste de Londres, a casa de una amiga. La idea era que a estas alturas tenía que estar casi liberada de carapantallismo y dedicarme al turismo, pero diversos imponderables han retrasado el proyecto, así que ando bastante carapantallada aún.
El sábado hice una parada y nos fuimos a Richmond, que está muy cerca, pero que pertenece a Surrey.
El Richmond de Virginia Woolf, donde la mandaban a recuperarse de sus crisis de nervios y que ella odiaba por su tranquilidad, es ahora el Richmond pijo de los restaurantes y los cines, y las tiendas de ropa de diseño. Cenamos en un restaurante típico inglés (es decir, un indio) y luego fuimos a los cines Odeon. Veintidós libras y nueve por cabeza, respectivamente. Vimos Michael Clayton, la peli protagonizada por George Clooney, dirigida por Tony Gilroy (guionista de la saga de los Bourne…) y producida por Minghella, Soderberg, Sydney Pollack, el propio Clooney etc. Nos gustó. Tiene cosas muy buenas como el monólogo en off del principio, la fotografía, la escena del taxi del final. George Clooney creo que exagera un pelín la nota con las carantoñas (morritos, ojitos y tal), aunque puede ser simplemente que me haya acostumbrado a la gestualidad inglesa, más parca.
La trama de la peli es complicada y los primeros diez minutos son confusos, pero luego la línea argumental se empieza a aclarar un poco y el tempo se acelera (”Michael Clayton” dura dos horas, en todo caso). En lo que se refiere a la narrativa audiovisual, en gran medida la peli se construye más sobre lo expresivo que sobre lo informativo (muestra el frío del personaje o del entorno en lugar de declarar “tengo frío”) lo cual siempre es interesante y está claro que tiene mucho de experimental. En fin, que sin ser redonda, me parece muy recomendable.
(Pues sí, el título de este post me lo ha sugerido un nuevo blog muy interesante, llamado El coste de las cosas.
(y Londres, más raro aún).
No tengo mucho tiempo, porque tengo un plazo de entrega carapantallil pendiendo sobre mí cual espada de Damocles. El domingo me mudé a casa de una amiga en Londres (sí la misma que me acogió al principio; se ve que me gusta la simetría), donde me voy a quedar un par de semanas hasta que regrese a España. La idea era que en octubre ya estaría libre de mi proyecto carapantallil y lo dedicaría a pasearme por Londres. Las circunstancias han hecho que ande aún con ese proyecto, así que estoy aquí en Putney (cerca de Richmond y Wimbledon, suroeste de Londres) como una okupa en plan huelga japonesa (una okupa a un pupitre pegada).
Mi huida del nido parece que ha tenido un efecto multiplicador: Patrick también se mudará a finales de octubre y de hecho ya ha llevado todas sus cosas a una nueva casa, más céntrica.
He dejado las cosas de la mudanza bastante encarriladas, con idea de terminarlas en cuanto finalice este bonito proyecto. Además, estuve tirando un montón de cosas y limpiando la habitación para dejarla niquelada. Como a la mayoría de los seres humanos, lo de poner orden y organizar mudanzas habitualmente me agobia, pero por algún motivo este domingo me lo pasé bien decidiendo qué tiraba y qué conservaba y clasificando las cosas. Supongo que porque era una forma palpable de hacerse a la idea de que se termina una etapa.
Ando mejor de mi contractura, de hecho mi cuello se ha vuelto humano y flexible y gira con facilidad. Sin embargo, el trapecio, sobre todo a la altura de los hombros, sigue dando guerra (el circo nunca me tratado demasiado bien
y esta vida circense que llevo pasa factura). Así que mis visitas a la doctora china y al osteópata (voraz como soy, y dado que mi dieta terapéutica monográfica no daba los resultados apetecidos, he decidido “promiscuar”
) ahora alterno pincho chino moruno -alias acupuntura- con Bradwurst al curry -alias clínica de osteopatía alemana llevada por osteopátas indios; la salchicha bradwurst soy yo, especialmente cuando me hacen abrazar una almohada y me retuercen la espalda hasta recolocar las vértebras; eso sí, no duele- estos días desde mi nueva residencia tienen mucho de idea de Mister Bean, especialmente cuando se tiene un plazo de entrega muy cerca.
En fin, seguiremos informando cuando podamos.
Sean buenos y no olviden vitaminarse y mineralizarse.

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