Durante mi primera mitad de estancia en Londres, una vida mayormente de estudiante part-time, turista no accidental, antropóloga de cuanto especimen se me cruzaba y sobre todo antropóloga de mí misma, los ocupados eran siempre otros. Yo tenía cosas que hacer pero el tiempo solía alcanzarme para leer, pasear, cocinar, observar, ir al centro cuando el presupuesto lo permitía, ir de librerías, ver ropa etc, etc. Oía los “estoy bien pero muy liad@” con una mezcla de comprensión e incredulidad: ¿hasta qué punto tiene que estar uno liado para no tener ni cinco minutos para contestar un emilio durante semanas?, ¿hasta qué punto uno se busca estar encerrado en su propio agobio?, ¿no será que uno se construye esa coraza para no tener que pensar en qué le falta o le sobra a su vida? ¿Hasta qué punto el estar agobiado y no tener tiempo para nada que no sea ese agobio de manera permanente no es simplemente una jerarquía que prioriza unas cosas sobre otras (por ejemplo un sueldo mayor frente a mayor calidad de vida)? En toda actividad y en toda vida hay picos de trabajo o de tareas, fin de mes, un artículo, una clase, un proyecto, un viaje o una mudanza. Pero cuando sistemáticamente se está agobiado y sin tiempo para nada está claro que algo falla o que al menos el agobiado se lo busca… Estas eran mis reflexiones hasta que… Continuará
También había fotos de maderas para atar los barcos en los puertos (¿Se llama “tocón”?), de Chicago, maderas viejas que ya no se usan pero permanecen allí. Me interesa ese tipo de cosas que están en desuso pero permanecen, me explicó. Estructuras de edificios, con su tramazón geométrica en perspectiva. Una foto de una niña japonesa junto a una mujer mexicana. En algun momento de este torrente de información artístico personal Yoko me sacó un sobrecito y me dijo que era para mí, por Navidad (aunque nos íbamos a ver la semana siguiente, mediados de diciembre aún). Le pregunté si quería que lo abriera, ya que sé que a los japoneses no les gusta, me dijo que ella para muchas cosas ya no era japonesa o que estaba acostumbrada. Lo abrí, era un sobre cuadrado grueso que contenía una tarjeta de Winnie the Pooh y una moneda de chocolate con un dibujo de Papá Noel. La tarjeta decía lo siguiente: cara izquierda “I want to know about your country more (el orden correcto sería I want to know more about your country, by the way) Have a great Holidays!! (aquí la concordancia brilla por su ausencia y las mayúsculas van a su aire); cara derecha: “Dear Elena” -debajo la tarjeta recogía “A Wondiferous Christmas from Winnie the Pooh”- “It was good and interesting to talk about Spain at your Spanish class” –esto me sonó un poco a “además es justo y necesario… parte de una fórmula que se dice en misa- Yoko.” Las correcciones no son por mala leche, es que mi trabajo ahora consiste en parte en eso. Lo cierto es que me hizo ilusión la tarjeta y el chocolate (sorry, it is only a detail, se excusaba) pero me dejó un poco descolocada en medio de aquel despliegue de confidencias. En cuanto me descuidé, Yoko me puso a traducir la receta de una sopa de vaca del inglés al español. Gran parte del video de la suegra era mostrando cómo hace el guacamole y diversos platos más. El novio le había mandado la receta del “Beef Consome” (creo que se llamaba así) en inglés pero no en español y traducirla él le hubiera supuesto un retraso ya que él no tiene Internet y ella exponía al día siguiente. Tuvo su gracia andar traduciendo lo de cuarto y mitad de carne de vaca. En algún momento le di dos opciones, una más mexicana y otra más española (”beef” para los mexicanos es carne de res, al parecer, y para nosotros vaca). Le estuve explicando algunos detalles y asegurándome de que entendía mi letra. Luego ambas leímos la receta. Me preguntaba si me gustaba su obra y le dije que sí. Ver el conjunto, montado y las fotos originales retocadas en Photoshop e integradas en una secuencia con un propósito me produjo una sensación muy distinta a aquellas fotos de pescados en un mercado. La verdad es que estaba bastante sobrepasada con tanta información a la vez y tanta carga biográfica, pero me pareció que esta Yoko tenía cosas que contar y poseía un lenguaje personal para hacerlo. Me dijo que necesitaba que escribiera sobre su obra en español y que me pagaría pero luego no volvió a hablar del tema. Ya le preguntaré.
¿Entiendes lo que dice? Me preguntaba Yoko con los ojos muy brillantes. Claro que lo entendía, a pesar del ruido de la cafetería de la facultad, y a pesar de que algunas de sus expresiones sean diferentes a las españolas. La mujer se sentía muy complacida por ser considerada como un personaje, que aquello tan normal en su medio se convirtiera en motivo de entrevista. Se le había quedado una sonrisa un poco tonta, pero al mismo tiempo con mucho sentido.
El resto de su obra consistía en muchas fotos personales. De Yoko, quiero decir y de su entorno inmediato. Una serie se llamaba “Body parts” y recogía partes de cuerpos masculinos y femeninos. Primero de su novio y de ella y después de una novia de Yoko, según me explicó ella misma “I´m bisexual too”. No me quedó muy claro a qué venía el “too”, si además de artista era bisexual o además de qué, pero en fin, la gramática inglesa de esta mujer es un poco escurridiza (seguro que la mía también). La novia (girlfriend) de Yoko es o era mexicana y parte de lo que reflejaban las fotos era una melena larga rizada negra mostrada como una textura bastante plana y bastante hermosa (una cierta ligereza del diseño, más como un dibujo que como una foto). Una foto de origen desconocido mostraba un pubis femenino. Todo fue tan rápido que no me estaba dando tiempo a asimilar tanta información. Otra de las fotos mostraba a Yoko con un kimono (pequeña y delgada, con ese aire de intemperie que con ropa occidental se le nota menos pero es aún visible) mientras su cabeza estaba siendo rapada. Me contó que es una ceremonia de duelo que se hace cuando te dejan. Después se la veía a la orilla de un río calva y con su kimono tirando la vieja relación (o el pelo, no sé; el caso es que algo simbolizaba) y preparándose para una nueva etapa. Yo la parte positiva no la veía, simplemente me pareció montar un entierro y un duelo por algo no tan grave, pero supongo que a nivel simbólico (a mí que me gustan las cosas de psicomagia de Joroswky) y sobre todo dentro de la cultura japonesa debe tener su utilidad terapéutica. A pesar de la rapidez de las escenas y las explicaciones a vuelapluma de Yoko mi lado marujo iba deduciendo –no sé si acertadamente o no- que esa ruptura era con el novio mexicano número 1, llamado Carlos como el segundo, pero a lo mejor estoy equivocada y la ruptura fue con la novia mexicana de pelo largo (el orden de las fotos daba a entender que yo estaba en lo cierto, pero cualquiera sabe). También había… Continuará.
Las clases con Yoko tienen siempre un punto de entrevista en la que yo soy el personaje, sensación que en general no me molesta (una cosa buena del temperamento artista versión extrovertida, supongo), pero que a veces te lleva a lugares resbaladizos, cosas de las que no te apetece hablar, o que no sabes cómo explicar o que realmente no vienen al caso, pero es que este personajillo tiene su peculiar forma de hacer las cosas y con su extraño estilo errático pero insistente te acaba llevando al huerto.
Burla burlando de repente se me presentó un día con su portátil (la funda de neopreno naranja; yo tengo una parecida roja) y me obsequió con la exposición que va a hacer y por la que va a ser calificada o sea que estuvimos repasando el examen juntas, sort of. Parte de la “exhibition” consistía en una grabación en la que la madre de su novio mexicano contaba cómo cocina, que significa la cocina como actividad y como espacio para ella. La “suegra” debía tener sesenta y tantos, mujer gruesa y arrugada que debió de ser muy guapa de joven pero ahora básicamente parecía cansada aunque básicamente feliz.
¿Entiendes lo que dice? Me preguntaba Yoko con los ojos muy brillantes. Continuará.
Al rato se me ocurrió que era una buena oportunidad para aprender vocabulario sobre comida en español. Dedicamos la clase a aprender cómo se dice cebolla, lentejas, pollo, ternera, pescado, repollo e incluso le conté cómo se cocinan algunos platos (en inglés, pero mencionando los nombres de los ingredientes en español), mientras el comedor se iba quedando vacío, las luces se iban apagando… La opción de usar las fotos nos vino muy bien, porque no era preciso que ella conociera el nombre en inglés para que lo entendiera, pero el problema llegó cuando quise apuntárselo: a veces yo no caía tan rápido en cómo se dice rábano en inglés o ella no entendía determinada palabra (su inglés es más bien americano y algunas palabras cambian aquí para referirse a la berenjena se utiliza casi siempre “aubergine”, por ejemplo, mientras que en USA es más frecuente ver “eggplant”; además de eso, conocer bien los nombres de frutas y vegetales exige saber mucho inglés y no es el caso de ninguna de las dos, me temo). Me dijo que en Japón se conoce mucho el gazpacho y que gusta mucho. Se interesó por el chorizo y luego por los platos que yo cocinaba.
El caso es que las manos pequeñas aquel día, la segunda semana, sostenían unas fotos de pescados y vegetales. Un sobre repleto de fotos de un mercado. Acabábamos de empezar la clase y había sacado aquel sobre típico de fotos químicas (de las de laboratorio) y se puso a enseñármelas con mucho interés. Yo no sabía qué hacer. No podía ignorarlas, porque podría ofenderse. Ignoro el protocolo nipón para las fotos, pero incluso para un español –especialmente para un artista- sería grosero decir algo en plan, “ahora es la clase, luego lo vemos”. Tampoco podía perder mucho tiempo con ellas y cobrárselo como una lección. Y sinceramente tampoco me apetecía dar la clase y luego eternizarme viendo unas fotos de dudoso interés (y además era difícil proponerlo sin arriesgarse a ofenderla, me pareció). En alguna ocasión anterior le había pedido vagamente que me contara cosas sobre su trabajo artístico y probablemente era su forma de contestar. La cuestión era que se trataba de fotos de un pollo, las escamas de un pescado, cebollas… Fotos de un mercado del sur de Londres y de otro de Chicago en el que tenían productos de Latinoamérica. No eran muy buenas, en mi opinión, y no parecían para nada “obra”: yo tengo fotos semejantes de mis viajes y probablemente con mejor técnica (fotos macro con estudio de texturas distintas) y un punto de vista más definido, me pareció. Qué hacer. Al rato… (Continuará)
A efectos prácticos creo que viene significando que Elsinora tarda dos o tres veces más en hacer determinadas tareas llamemoslas “sencillas” o no tan complicadas porque se pregunta (me pregunto) por qué hay que hacerlo, por qué ahora, qué es hacer, qué es ahora, qué es la vida (un frenesí), por qué mejor no hacer otra cosa cuando la vida es tan inefable, qué sentido tienen las metodologías, innovemos las tecnologías, pensemos sobre ello, deliremos sobre ello, escribamos sobre ello, viva el monólogo exterior. Pero además significa que un elemento imprevisible como una japonesa de inglés incierto y español que tiende a 0,1 no te supone una realidad ingobernable como alumna, o como interlocutora o una rareza de la naturaleza, por más que se empeñe en empezar las clases sin comprarse ningún libro de español, sin saber más que dos o tres palabras y sin dominar la gramática inglesa (hasta ahora mi gramática inglesa y mi inglés me habían resultado un instrumento lo bastante eficaz porque mis lagunas las rellenaban los alumnos, cuya lengua materna es el inglés). Por más que su inglés a veces sea incomprensible (y nos comunicamos en inglés, yo no sé japonés y su español es aún famélico). Me dijo que había ido a algunas clases de español, pero que era caras y las había tenido que dejar. Que su novio es mexicano (pero está en Chicago: ella solía vivir allí, hasta este septiembre). Que le interesa mucho la cultura española. Pero no sabía el verbo ser ni el estar. Ni el hacer. Ni los días de la semana. Ni los números del 1 al 10. No sé a cuántas clases acudió Yoko, la verdad…
El caso es que las…
Continuará.
Las manos de Yoko, como buena japonesa, son pequeñas. Yoko es de Tokio, pero estudia en Londres, aunque estaba viviendo en Chicago. Es artista. Artista en el sentido contemporáneo del término. Un concepto tan amplio que parece acabar no significando nada. Uno puede ser artista tipo performer de esos que montan una exposición que consiste en bajarse los pantalones y hacer pis sobre un mapamundi o de los que pintan cuadros figurativos (buenos malos o regulares) sobre la reina de Inglaterra como una muñeca repollo (como el norteamericano Condo en la National Portrait, por ejemplo) o de los que montan escenas de IKEA o de aquellos que se podrían ganar la vida como técnicos de un parque de atracciones. No es el momento de explicar mi posición sobre el arte contemporáneo, pero sí quiero decir que al decirme que era artista (o que estudiaba Arts en mi universidad) pensé “lo más seguro es que no se sabe”.
La cosa es que Yoko contestó a uno de mis anuncios de clases particulares de español hace un par de meses. Me llamó al móvil con su acento inconfundiblemente asiático (Japón, China y Corea comparten un acento muy peculiar cuando hablan inglés) y estuvo hablando diez minutos, preguntándome sobre mí, mis precios, mi formación, mis gustos, hablándome de Barcelona, Gaudí, Almodóvar, un parloteo que dibujaba con rasgos aparentemente difusos pero entusiastas una ensalada de cosas variopintas. Llegamos a un acuerdo y desde entonces con periodicidad algo azarosa nos reunimos más o menos una vez por semana en la cafetería de nuestra facultad para que yo le enseñe español y cultura española, con la ayuda por su parte apenas de un diccionario Japonés-Español y poco más y por la mía de un par de libros (ninguno de principiante, y eso que ella lo es), fotocopias de gramática y vocabulario, mi propio diccionario Vox Español-Inglés y mucha mucha imaginacion. Porque no sé si a estas alturas de blog ya se habrá deducido, pero resulta que Elsinora también es artista, sea lo que sea lo que esto signifique, del campo de las letras en mi caso. A efectos prácticos…
Continuará.
En vista de que la opción de tomarse una copa conmigo no se materializa, S. se ríe un poco de mi afición por los pijamas (prenda cómoda donde las haya a pesar de su mala prensa y su no muy buena estética) y dice “no worries”, abre el grifo del baño y se dispone a una larga sesión de teñido de pelo (según deduzco la mañana siguiente al ver los botes). Su mezcla de influencia sueca y egipcia ha producido un resultado extraño: piel morena todo el año, labios carnosos y muy prominentes, ojos saltones azules y pelo de ratón, (castaño claro insípido, fino, escaso y sin cuerpo). Eso sí: tiene buen tipo y viste bien y además el moreno favorece mucho. Y es una tipa muy deportiva, fuerte y ágil. Después del teñido pero antes de retar las dimensiones del armarito del baño con sus tratamientos de blanqueado de dientes y cosméticos variados y de tratar de ensanchar el espacio disponible por el procedimiento de golpear las cosas contra las paredes del armario y dejarlas caer (soy disléxica, Elsinora, te digo que soy disléxica y eso me vuelve bastante torpe, suele decir. Hija mía, basta con que pongas un poco más de cuidado, pienso yo; todos podemos ser “disléxicos” si nos dejamos llevar), se seca su brand new brunette hair (su pelo recién teñido de color castaño) en el pasillo (en el baño no hay enchufes, en previsión de accidentes) y deja el secador enchufado y en el suelo. Ahí sigue la mañana siguiente. Por supuesto, yo no le echo la bronca. Es su casa, es mayor y no está ciega.
Dedicado a Jesús Mendirichaga. In memoriam.
Interrumpimos la serie sobre los flatmates como periodos artísticos para declarar enfáticamente que estoy bien. Los vientos huracanados por mi zona sólo han arrancado ramas de árboles y no techos de casas como en el norte de Londres. Anoche hubo una tormenta enorme y esta mañana llovía con tanta fuerza que parecía que cayera granizo y vi un par de relámpagos, pero no ha habido mayores daños en mi viejo sureste londinense. Algunos post no son en tiempo real y en el ínterim pasan cosas: una amiga que me viene a visitar, anécdotas varias con mi estudiante de español japonesa, los billetes para ir a Madrid en Navidad, decidir el tema de las tesinas, mi trabajo freelance… Seguiremos informando.
El tema este de los flatmates como épocas viene a cuento de que S., la casera, ha regresado tras más de cuatro meses fuera, parte en Suecia y parte en casa de su novio en el Norte de Londres. De manera que se acabó la tranquilidad. Con las mudanzas, la gente “average” (la gente común) se agobia un poco y se descentra un poco: ella no, ella lleva una semana sin poder comer ni dormir. En media hora ha regado el pasillo con sus pertenencias (J. me ha preguntado si había pasado un tornado, pensando que el desorden era una excentricidad mía o un fleco de mi reciente mudanza al antiguo cuarto de la neozelandesa. No se había enterado de que S. había vuelto; este chaval tiene algún problema de riego cerebral, pienso a veces; como es tan alto, a la sangre le cuesta subir hasta su cabeza), me ha hecho devolverle un par de cosas que yo pensaba me había prestado de manera indefinida y me ha propuesto salir a tomar una copa en cuanto me he puesto el pijama y me he sentado al ordenador. Me ha sugerido que cambie de posición la cama para aprovechar más el espacio y se ha ofrecido a ayudarme a moverla. No queda ahí la cosa, cuando estoy preparándome unas tostadas en la cocina aparece con el móvil preguntándome si conozco la palabra esquizofrénico (en inglés), porque quiere saber si la ha escrito bien. Le digo que me parece que sí, pero que si quiere lo podemos mirar en el diccionario. Dice, vale, tengo un diccionario inglés- sueco (¿por qué narices me preguntas entonces, mona? En este caso no me había interrumpido mucho, pero acostumbra a hacerlo), y un segundo después, ah no, que no lo tengo. Vamos a mi cuarto, cogemos el Oxford Advanced Learners Dictionary, y sí, estaba bien. (Por algún motivo la disléxica y la espanish sabíamos deletrear bien esta palabra en inglés… qué mundo es éste?) ¿A quién narices le estaba diciendo S. que ella es esquizofrénica? ¿O el esquizofrénico era un tercero? Esta mujer pone la casa y a veces incluso tu vida patas arriba pero con ella no te aburres. Garantizado.
En vista de que la opción de… Continuará.
Dedicado a Jesús Mendirichaga. In memoriam.
El caso es que tras criticarle sus hábitos alimentarios S. le ofreció parte de su guiso de lentils (lentejas): unas lentejas de color naranja, cocidas con zanahorias, cebolla y con alguna especia picante (le había echado también polvos para guisos con vegetales). Sano será aunque no equilibrado ya que apenas tiene proteínas, pero se pasó con el picante. J. aceptó la “casserole” (que es como llaman aquí a los guisos de legumbres, por influencia francesa) y le ofreció un sándwich a cambio, en una escena que parecía sacada del programa de Jamie Oliver, el cocinero empeñado en mejorar las school dinners, almuerzos de los colegios ingleses. En uno de sus programas cambiaba patatas fritas y chocolatinas por ensaladas, pero de eso ya hablaremos otro día. S. celebra mucho mis platos cuando son healthy y mi disciplina piscinil cuando la tengo. Los celebra con un punto de competitividad herida, me parece, mezclada con cierta admiración ya que ella es persona de arrebatos más que de actos constantes. Por mi parte tiendo a ver esto con una cierta distancia: me parece ingenuo que ella crea que yo necesito tanto sus comentarios (o a lo mejor es sólo un problema de énfasis: con la mitad de énfasis me daría por enterada igual; la intensidad fuera de lugar estropea el efecto; también puede ser influencia de mis lecturas de Marco Aurelio y “la guía interior”) e incluso me parece fuera de lugar que dé la plasta a J. Ya verá él lo que hace. No creo que ninguno hayamos venido a Londres en busca de una madre controladora. Pero a J. aparentemente no le sentó mal y le celebró mucho la casserole (no era para tanto, resultaba insípida). Días después, cuando está en medio de su elaboración de sándwiches, J. me dice “S. me dijo que tenía que tomar vegetales” y se va hacia la nevera y hace amago de coger fruta. By the way, S. fuma. Lo ha intentado dejar un par de veces y no ha podido. Pero aún así se permite decir que es muy fácil dejarlo. Viva la coherencia. Continuará.
Dedicado a Jesús Mendirichaga. In memoriam.
El contraste con los olvidos, arrebatos, y la impaciencia de F. otorga a cualquiera que esté cerca de ella un aire de sensatez instantáneo por contraste. Eso aleja ciertas dudas sobre uno mismo y desarrolla una cierta vena maternal: ella, la niña difícil y tú la madre paciente. Es además persona de afectos intensos y bastante visibles, dentro de los cuales afortunadamente estoy incluida. Su aire general de persona irreflexiva no es exacto: tiene un poso señorita Rotermeier. No es sólo que hable de “values” (valores) a la mínima de cambio, sino que también criticó vivamente a J. que fuera a cenar cuatro sándwiches de jamón con mantequilla. Adujo que tenía que tomar vegetales, que eso era malísimo. Creo que esta vena Rotermeier le viene de su madre, maestra de una corriente muy particular (Montessori, creo recordar) y de la ideología sueca en general: a pesar de la idea de sociedad abierta y moderna que tenemos en España sobre el país nórdico, ella dice que es un Estado Gran Hermano, un lugar en el que el alcohol sólo se compra en locales estatales, lo que en la práctica supone que si vives en un pueblo pequeño encargas el alcohol a través de la oficina de correos y con bastante antelación. En teoría esto debería disuadir a la gente de emborracharse, pero también es posible que vuelva el consumo de alcohol más premeditado y menos espontáneo, personas que cuentan los días que les faltan para recibir su bebida celestial. (Por otra parte, el reciente triunfo de la derecha en Suecia parece estar acabando con cierto orden de cosas, la protección social en casos de desempleo, por ejemplo. Según me explicó F. ahora si estás en paro, no es sólo que no tengas subsidio sino que pagas una penalización. Antes cobrabas casi igual trabajando que sin hacerlo, según F., de manera que mucha gente joven no se molestaba en encontrar trabajo pero seguían viviendo muy bien, mientras que ella trabajaba como un perro (palabras textuales). Yo le dije que una protección social adecuada me parecía muy importante, que la gente a partir de los cincuenta lo tiene difícil para encontrar trabajo y demás. Sea como fuere, supongo que el vuelco hacia la derecha hará que el sistema Gran Hermano pierda fuerza). El caso es que tras criticar… Continuará.
Dedicado a Jesús Mendirichaga. In Memoriam.
Durante la ausencia de S. he tenido unos meses de técnica mixta o de tricromía: compuesto por los humm de la de Nueva Zelanda, las conversaciones largas y sensatas en español con Roberto que me centran y me devuelven la imagen de Elsinora como una persona muy cabal y resolutiva (que a veces se me olvida que puedo ser) y los momentos J., es decir, largas charlas en la cocina, mi servicio gratuito de abrir la puerta a su amigo cuando no está véase “Polacos de Polonia” o nuestro intercambio de “Can I restart the router?” cuando nuestra conexión se queda colgada. El caso es que he descubierto que J. escribe poesía y está enamorado. Lo primero me lo contó el otro día, lo otro no me lo ha contado (ha dicho “creo que ahora puedo decir que tengo novia”, ojo al matiz) pero los ojillos y las largas conversaciones con el Skype en la cocina (a veces falla el wireless y el router está en la cocina) hablaban por sí solos. Ella tiene nombre de santa como no podía ser de otra forma: no sugiero que él sea insoportable, sino muy religioso: además de que va a misa todos los domingos, el otro día me contó que está considerando estudiar Teología. De J. he sabido ahora que estudió Banca durante tres años, por estudiar algo, en una universidad privada, que no lo abandonó porque había gastado mucha pasta en cada curso pero que no le gusta nada. Ahora es conductor en una empresa de basuras y planea volver a Polonia, con su novia y abrirse camino de alguna manera, pero no sabe qué le gusta. Aún no me conozco a mí mismo, dice. A mí me suena algo ingenuo todo el planteamiento pero probablemente sea sólo que voy algunos años por delante. Por lo que estoy viendo, Londres tiene un especial magnetismo para la gente que no se ha encontrado a sí misma. Supongo que porque se ve como la tierra de la posibilidad.
Dedicado a Jesús Mendirichaga. In memoriam

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