La mayor parte de mis compañeras de Máster parece considerar que su vida empieza y termina donde empieza y termina el essay (trabajo universitario de unas 5000 palabras que es a la Dissertation lo que una tesina a una tesis; como no tenemos exámenes, nuestra nota depende de cuatro trabajos de curso y de la tesis). Lo cual no significa que como seres racionales y previsores puedan organizarse, dejarse los cuernos y entregar a tiempo, o pongamos con una ligera demora, y recuperar rápidamente su vida académica anterior (otras asignaturas) y su vida personal, sino que en general dudan mucho antes de decidir el tema del essay, siguen dudando mientras dudan si ponerse a escribirlo ya o perder un poco el tiempo en sus países de origen o en su piso de Londres y luego se atormentan mucho revisando y cambiando porque el resultado les parece mediocre, echan muchas horas, no duermen por unos días, comen frente a la pantalla, ignoran completamente los trabajos en equipo de las demás asignaturas y por fin no aparecen en clase cuando les toca exponer porque están demasiado cansadas o rematando el essay postpuesto.
Cuando llegó mi Nigth Double Decker bus la cosa fue un poco patética. Como sólo hay dos cada hora estaba hasta arriba, literalmente: la parte superior, a la que uno normalmente se encarama, a pesar de los bandazos, porque se suele encontrar asiento, estaba llenísima, ocupada básicamente por gente dormida (eran las 2:47 de la mañana). Habían caído a plomo, tenían un color azulado y parecían derrotados o muertos, envenenados por alguna sustancia extraña, marciana o así. Dentro del bus, el frío me duró un tiempo, aunque allí realmente no hacía frío.
La proporción de bajas de aquel autobús era inquietantemente alta. Y los pocos que se hallaban enteros estaban apáticos y callados. Qué distinta a mi experiencia con los buhos de Madrid: gente que charla, gente apelotonada, alguien que ha bebido demasiado, sí, pero la mayoría de la gente habla con sus amigos, se cuenta la jugada, continúa la fiesta en un tono quizá demasiado alto.
Me pareció que la juventud inglesa está en decadencia. Que éste es un país dormido.
Podía volver a casa en bus nocturno o caminando 40 minutos en medio del frío. Me decidí por el bus, hasta cuya parada me acompañó la guardiana. Me tocó esperar media hora al fresco -“al fresco” es la expresión que utilizan aquí para las terrazas de los restaurantes, bares o cafés, pero este fresco era gélido; lo peor para mi catarro que aún daba sus últimos coletazos-, porque a partir de cierta hora sólo hay dos buses cada sesenta minutos. Beta, al ver aquel grupo variopinto y mal iluminado en la parada (seguro que ella no lo hubiera descrito así, aprensiva como es, pero esencialmente es lo que era), se había quedado muy inquieta, pensando si llegaría bien o no y me llamó un segundo después de despedirnos y un segundo antes de meterse en su cálida residencia para preguntarme si mi barrio era seguro y para pedirme que le hiciera una llamada perdida al llegar a casa. Me hizo gracia lo internacional de los procedimientos. Seguro que los de las compañías de móviles no pensaron que las llamadas perdidas se fueran a convertir en el morse o el esperanto del “he llegado bien, tranquilo”.
La gente de la parada era una mezcla de dormidos/borrachos/con-gelados. Con la variante respecto a Madrid de que los pandilleros no eran blancos, ni sudamericanos, ni siquiera árabes como en algunos barrios del Foro, sino negros que intercambiaban palabras y gestos rituales en una jerga completamente ajena a mi comprensión. Pero en los mismos términos, por lo demás, que en Madrid. Había un par de chavales en camisa de manga corta que según un documental de la BBC de días atrás debían tener alterada su percepción de la temperatura por el alcohol, pero ellos debían sentir que aquello era muy “cool” (y “cool” era un montón, fresco de verdad). Una tipa de mechas rubias y mirada mal enfocada se acercó al poste del bus con esa cara de “farola, haz el favor de estarte quieta” y leyó con mucha atención aquello, como si estuviera escrito en una clave que requiriera mucha concentración. Se sentó sobre un poyete de ladrillo, junto a otros tantos noctámbulos, y no dio mucha lata una vez que el chaval de al lado entendió que le estaba pidiendo fuego y se lo dio. Yo lo entendí a la primera. El inglés de los borrachos debe de tener algo especial.
El chaval del mechero compartía la chaqueta con su novia, como si de un edredón se tratara, con el resultado de que los dos parecían helados.
Pasaron unos cuantos buses, pero ninguno era el mío. Desesperación de numerosos grupos que tampoco habían sido agraciados, sobre todo de los que se habían despertado de su letargo al haber oído que se acercaba un autobús. Cuando llegó mi… Continuará.
Eran las dos de la mañana de un viernes (ya sábado) y ahí estábamos Beta y yo, en su residencia, cerca de la universidad, a base de zumos y tés exóticos (que tenían de todo menos té) y una especie de couscous que no salió muy bueno por aquello de la inexperiencia y que tratamos de arreglar añadiendo mucho queso, pero ni modo. Y nada de vino ni cerveza, dado que Beta no bebe y que la cena había surgido sobre la marcha. La nota final para que aquello se pareciera al camarote de los hermanos Marx era que andábamos escasos de utensilios de comida, lo que obligaba a reutilizar el cuenco del arroz para tomar el helado y después el té, así que apenas habías empezado a comer algo temías que te lo fueran a arrebatar para servirte lo siguiente. Habíamos estado hablando muy animadas sobre España y sobre Grecia y sobre los hábitos de los ingleses y la Literatura Comparada y metidas en nuestro particular concurso “Coma rápido y aclare los cacharros para el siguiente plato” en la cocina del hall. Y además habíamos recibido un par de visitas del compañero chino de Beta que parece un haiku con patas y de la inquietante E., una griega que parece española, de quienes quizá hable en un otro post. Aquella cena improvisada había resultado muy divertida y agradable pero era tarde y nuestros bostezos, cada vez más frecuentes.
Beta me acompañó al exterior, guardiana de aquel laberinto de pasillos, escaleras, más pasillos, llaves y timbres. Continuará.
Cuando salí del gran útero umbrío, curvo y resonante me di de bruces con el haz de luz amarilla que bañaba la orilla del río y los pasos agitados de cuerpos autónomos que avanzaban y retrocedían sin motivo aparente entre aquellos objetos cuadrangulares apostados sobre barreras de madera, objetos que los cuerpos izaban para soltar en seguida o que simplemente revolvían por mero rito. Al rato conseguí entender que lo que había seguido a la oscuridad mullida del teatro había sido algo tan prosaico como una feria del libro de ocasión, montada frente al NFT (National Film Theatre), especie de Filmoteca en la zona del South Bank, en la ribera sur del Támesis. Pero el contraste entre un mundo y el otro había sido demasiado brusco para mis pupilas y mi entendimiento. Venía de pasar unas horas gratas homenajeando a la escritora británica feminista Angela Carter, en una sala oscura preñada de admiradores profesionales (Tariq Ali, Helen Simpson, Sarah Waters, entre otros) y admiradores aficionados (unas cien personas; las profesiones de unos y otros no eran tan distintas, la condición de aficionado tenía que ver con el espacio ocupado), con editores, críticos y autores que la conocieron, lectura de fragmentos de su obra, anecdotario y fotos y muchos lectores y lectoras rendidos en igual medida a los destellos geniales de la autora y a su propia satisfacción por tener tan buen gusto político-literario (aunque este buen gusto consista sobre todo en poner patas arriba el llamado buen gusto anterior).
Durante las dos sesiones a las que asistí, “La mujer ‘carteriana’: Recordando a Angela” y “Chicas caprichosas, mujeres malvadas: Una celebración de la escritura de Angela Carter”, mi vida y la del resto de los presentes se volvió más plácida, inmersos en el microclima del útero-reino, con su meteorología tan favorable a la lectura y las ideas, las frases con doble sentido, cierta tendencia política, los referentes culturales comunes, la lucha por la igualdad y el multiculturalismo. Toparse de repente con los que compran libros sólo porque aquí están baratos, o porque está bien tener libros o porque puede que algún día les sean útiles fue como si desenchufaran el útero/incubadora de repente. El útero era egoísta y sordo a todo lo que no fuera su propia supervivencia, pero el exterior demócrata y abierto se parecía demasiado a la nada.
“A Tribute to Angela Carter”, el homenaje a la figura y la obra de Angela Carter, tuvo tres partes. Yo asistí a la segunda (“The Carterian Woman: Remembering Angela”; “La mujer “carteriana”: Recordando a Angela; con Tariq Ali, Carmen Callil y Michael Moorcock”) y la tercera (“Wayward Girls and Wicked Women: A Celebration of Angela Carter´s Writing”; “Chicas caprichosas y mujeres malvadas: Una celebración de la escritura de Angela Carter” con Michael Moorcock, Helen Simpson, y Sarah Waters; Ali Smith estaba anunciada pero no vino, se leyó su carta de disculpa; de nuevo cuarto y mitad de doble sentido tanto en la carta como fuera de ella).
Mi faceta de “bargain browser” (buscadora de gangas) se tranquilizó con un Cormac McCarthy por 50 p. o sea, algo menos de un euro. En mi descargo diré que antes, en el puestecito del South Bank Center, había pagado mi propio tributo al útero carteriano comprando un ejemplar de The Bloody Chamber y dudando si llevarme también un volumen de ensayos con textos de la Carter y John Berger sobre la cultura, cosa que al final no hice, considerando más razonable ir comprando según fuera leyendo.
El apagón del útero/incubadora había dejado intranquilo al personal cultural/sanitario, de manera que decidieron mandar un enlace de apoyo que no dejara a los sietemesinos culturetas a merced de la masa best-seller (o “best buyer”, mejor dicho, con sus frases del tipo “a ver quién consigue más libros por 2 libras”). Así que se me apareció el secretario del departamento de Inglés de mi college, sentado en un banco, y haciéndose el exquisito: no te adentres más allá, es un horror, bajo tu responsabilidad. No sabía a qué se refería, pero en cuanto lo descubrí tuve que darle la razón: había un festival cubano, que consistía básicamente en una feria de pueblo español, pero con música cubana y algunos añadidos a los chorizos, y mojitos y zumos tropicales en lugar de sangría. Olor a fritanga, multitud de gente, follón, chocolate con churros (en realidad “Churros & Chocolate”; supongo que en España ponemos el líquido delante porque los churros son el acompañamiento; aquí, como no se suele mojar –salvo las salsas concebidas a tal fin-, se trata más bien de dos entidades independientes; amén de esa costumbre de cambiar el orden: el concurso “1,2,3” se llama aquí “3,2,1”), donuts brasileños (olían como los churros), mucha gente dándote folletos para todo y alguna actuación musical más o menos cutre, pero que tuvo la gracia de ver cómo los londinenses de origen africano seguían con toda facilidad la música y el espíritu del “Dame más gasolina” y demás cantinelas, a pesar de no entender en absoluto la letra (yo hubiera preferido no entenderla). Y, en definitiva, que la zona del río es realmente muy bonita, como explicaba aquella catalana al americano en el tren en “Llegada a Londres y españoles sin fronteras” pulsar para leer y que contiene la frontera entre el útero preñado de eventos culturales de cejas altas y el mundo plano y lineal de las hormigas consumistas, tan humanas ellas y tan poco conscientes de por qué hacen lo que hacen.
(Este post va a la salud de Mayéutica, cómplice de lo carteriano en más de un sentido).
El sábado estuvimos en Brixton, una zona del sur de Londres que empieza a salir de su fama de peligrosa y a construirse una reputación de barrio culturalmente activo y vibrante. Sus habitantes son en su mayoría africanos o caribeños de origen. Habíamos quedado en los cines Ritzy, unos multicines con programación interesante e internacional, ciclos de cine de autor, tertulias y demás. Me habían sacado entrada pero llegaba tarde y no había conseguido hablar con mi amiga. De manera que llegué a la carrera desde más o menos la otra punta de Londres –la council state de T.; bastante mona; barata en una zona buena (Bermondsey); un poco deprimente el bloque en sí- y pregunté al de la puerta si mi amiga M. había dejado una entrada para mí. Hubo un malentendido o dio la casualidad de que alguien más había dejado una entrada. El caso es que aunque M. había vendido mi entrada (según me enteraría después), el tipo me dijo que pasara, así que me salió gratis, cosa que en Londres adquiere un sabor diferente dados los precios de aquí. La peli era “Heading South” (“Vers le Sud”; “Hacia el sur” o “Mirando al sur”) y transcurría en Haití. El director es francés, y la peli tiene partes en francés y otras en inglés. Un puñado de occidentales cincuentonas y adineradas pasan sus veranos rodeadas de haitianos más o menos esculturales y sobre todo muy complacientes. No me pareció gran cosa. En mi opinión el narrador no terminaba de funcionar (en general era todo un narrador externo y de repente había monólogos en las habitaciones, como apartes de teatro, salvo en el caso de un personaje, el barman del hotel, que no hablaba fisicamente sino que pensaba en voz alta; qué técnica más natural, ¿no?), y la historia no acaba de decidirse a enfocar a las turistas o a los locales.
A pesar de ello, tenía algunos elementos interesantes y logrados. El ambiente y parte del enfoque me gustaron. El personaje principal era muy guapo y muy buen actor (ver ficha técnica al final). Y la actriz de Antes del amanecer/Antes del atardecer estaba muy vieja. Me pareció curioso que la americana –interpretada por esta actriz- hiciera de idiota. De idiota como los americanos de los chistes: esa mezcla de ingenuidad y prepotencia que subyace a frases tópicas como “soy ciudadano americano y pago mis impuestos” usadas como salvoconducto en las situaciones más variopintas; la manía de considerarlo todo “wonderful” o “great”, la exageración a la hora de expresar alegría o abatimiento, la ingenuidad del que cree que con buena voluntad todo es posible –aquí la americana tenía un punto extra de melancolía. Más allá de la justicia o injusticia del cliché, es significativo que se haya convertido en un prejuicio funcional a nivel narrativo.
A la salida del cine, ya tarde, buscando un pub que conocía M. nos equivocamos de calle y nos metimos en una zona de Brixton muy peculiar. Pasamos delante de una tienda con el cierre a medio echar. Una mujer estaba de rodillas sobre lo que parecía una Biblia. En una mano sostenía un crucifijo y en la otra una especie de maraca forrada con unas conchas. Tenía todo el aspecto de un ritual de santería. Un poco más allá había un coche con las puertas abiertas y la música muy alta, al lado del cual un grupo de africanos tomaba cerveza. Nos miraron brevemente y luego siguieron bebiendo. El resto de la calle, mal iluminada, consistía en un puñado de puestos cerrados. Era de noche. Había un cierto olor a mercado de pescado. “No es nuestro sitio. No deberíamos estar aquí”, la mirada oblicua de S, egipcia con mucho mundo y bastante mala leche tenía algo de terminante “Vámonos”. Dimos la vuelta, atrapadas de repente en un pliegue realidad/ficción: en la película también ocurría que blancas (u occidentales) se colaban en territorio exclusivamente negro por imprudencia. Me hizo gracia la coincidencia. Pero me empeñé en quitarle hierro al asunto (la calle era extraña, pero no parecía peligrosa), convertida de repente en la americana ingenua de la historia.
Datos sobre Heading South/ Vers le Sud: Coproducción canadiense de 2005. Director Laurent Cantet. Guión: Laurent Cantet (Director de “L´emploi du temps”, la peli sobre un caso real de un hombre que fingía trabajar para la ONU cuando en realidad llevaba varios meses en paro y Robin Campillo (Director y guionista. “Les revenants”/”They Came Back”, 2004; “L´emploi du temps”/”Time out”, 2001;. El guión se basa en tres relatos de Dany Laferriere. Actores: Charlotte Rampling, Karen Young (ya no tan “young”; es quien encarna a la americana). El guapo prota es Ménothy Cesar, quien además de guapo ganó el Marcello Mastroianni al mejor Actor revelación en Venecia en 2005.
Información completa en español aquí . O si se prefiere en html aquí
-Trailer de “Vers le Sud” pinchando aquí
-Entrevista con Laurent Cantet en francés aquí mismo
-Para leer un resumen en inglés de “L´emploi du temps” pincha aquí ; información adicional sobre la ficha de la película en .
-Para saber más sobre Robin Campillo, coguionista de “Vers le Sud” y director de cine pincha aquí .
Retrato de los “culos inquietos” que –por ahora- habitan Inglaterra.
En estos ocho meses (¡Dios mío, ocho meses ya!) he ido conociendo a diversas personas asentadas en Inglaterra. En su mayoría, españolas. Hay algunos rasgos comunes a todas ellas. En general el perfil de persona viajera es independiente, activa, con capacidad de trabajo, organizada y bastante tolerante (en el sentido no despectivo del término). A todos les gusta la cocina, pero eso no sé si es casualidad o efecto de que en su mayoría son españoles o de que hay una cierta moda de cuidar la alimentación. En todo caso, lo que más me llama la atención es su iniciativa contra viento y marea. Iniciativa para decidir qué hacer cada día, para optar por algo diferente sobre la marcha si las circunstancias –incluso anímicas- cambian siquiera levemente, para decidir sobre su vida y tirar para adelante con lo que les venga. Se quejan poco, relativizan lo malo y son expertos en sacarle el jugo a lo bueno. En otras palabras, “they make the most of it”. Le sacan el máximo partido a las situaciones, a una ciudad, un barrio, un horario, una programación teatral o de cine, a un empleo o a un par de días libres en el trabajo.
Las personas que conozco en esta situación son sobre todo mujeres. Acostumbradas a ser autosuficientes, pesen cincuenta kilos o setenta, tienen fuerza para acarrear maletas, mover muebles, mudarse. Nerviosas e inquietas, otra de las cualidades comunes es que miran desapasionadamente lo que otros temperamentos verían como su culpa o sus limitaciones: no dar abasto en un momento dado o no ser capaz de hacer frente a algo, en lugar de despertar una cadena de autorreproches suscita un enfoque pragmático, ¿se puede posponer?, ¿se puede delegar en un compañero o en un profesional al que se pague?, o sencillamente ¿puede uno pasar del tema? “No me llevo malos ratos”, es una frase recurrente en los labios de este perfil.
Hay un cierto mirarse desde fuera, también, que le quita dramatismo a lo que les pasa y que va unido a grandes dosis de pragmatismo, de llamar a las cosas por su nombre y no hacerse líos con lo que representa algo sino ir directamente a por lo que implica realmente. Quienes tienen esta mentalidad se pierden algunos matices: precisamente los matices del paseante, del turista vital. Porque tienen prisa, porque tienen que resolver cosas y construir situaciones y posibilidades. Pero ganan mucho más, creo.
Los destinados a ser carne de viaje contemplan la vida -su vida actual pero también su vida posible- como un mundo de posibilidades y se dicen “vamos a sacarle partido” y deciden aprovechar este rato para tal cosa, peregrina o práctica, o movilizan a los amigos para tal o cual actividad. Son la foto que acompaña a la definición de pro-actividad en los diccionarios.
Lo que más valoro de lo que he aprendido –o lo que más me llama la atención de la gente de aquí, que no es de aquí sino española, o medio egipcia medio sueca, o griega, o de Nueva Zelanda- es su capacidad para pensar actividades, elegir el mejor sitio para el café o el lunch atendiendo a varios criterios a la vez (del tipo: camarero guapo, calidad del café, precio, lo saludable de los sándwiches, las vistas), establecer relaciones con gente nueva, hacer sus comparativas de sitios y opciones. Su capacidad para imaginar posibilidades y llevarlas a cabo. Es el mundo del adulto activo, supongo, sólo que en una situación muy concreta: sin el soporte (y la jaula) inmediato del entorno familiar y laboral acostumbrado. Un último rasgo me parece importante: tienen la capacidad de crear y organizar un grupo humano en torno a sí con bastante facilidad y rapidez, en la medida en la que ellas necesitan ese grupo. Quiero decir, cuando por ejemplo una de ellas no demuestra semejante capacidad es en parte también porque considera que no necesita tanto ese grupo humano.
Introducir aquí una consideración sobre el signo astrológico del perfil del viajero podría quitar valor a todo lo anterior en opinión de algunos. Pero, en fin, como la realidad es compleja, lo mejor es alternar lo analítico con lo intuitivo, la actividad del lóbulo cerebral izquierdo con la del derecho, los datos referidos a hechos con el razonamiento analógico. Creo que el viajero tipo está formado mayoritariamente por signos de aire y de agua. De aire (Géminis, Libra, Acuario) por la energía, la afición por el cambio y la inquietud que los define. En el caso de los signos de agua (Cáncer, Piscis, Escorpio), el rasgo característico es la capacidad de adaptación –incluso aunque no les guste mucho el cambio, como elemento líquido tienen facilidad para adaptarse al tamaño y forma del continente en el que están.
En todo caso, signos de agua o aire o “aceptamos pulpo como animal de compañía”, la cuestión es que para alguien como yo, que poseo un perfil más contemplativo/analítico y menos llamado a la acción que el suyo, resulta muy atractiva la compañía de personas tan conscientes de lo que el mundo les ofrece, de personas tan decididas. Y como según dice el refrán todo se pega menos la hermosura, el “itchyfeetismo” se me empieza a contagiar a mí, con permiso de la Real Academia de la Lengua.
Es verano. Estoy en Londres. Paseo sobre un cadáver que se llama Regent´s Park. Se trata de un gran parque del centro de la capital de La Pérfida, antiguo terreno de caza de Enrique VIII. Tiene un zoo, grandes extensiones para practicar deportes, teatro al aire libre, cafés, restaurantes y un lago. Hoy hace treinta y ocho grados centígrados o cien grados Fahrenheit y algunos hemos tenido la ocurrencia de venir al parque en busca de un cierto alivio bajo los árboles. Mientras recorro el lugar, que hoy por hoy y al menos en esta parte (Queen Mary´s Gardens) es un trazado de arena y césped quemado, con pequeñas isletas de flores solitarias, tengo la sensación de estar paseando sobre un cadáver que nadie reconoce como tal. Como si el emperador del cuento, en lugar de estar desnudo, estuviera muerto, pero todo el mundo se empeñara en actuar como si estuviera vivo. Los súbditos y los cortesanos han dejado una silla vacía en la cabecera de la mesa de palacio y ríen las gracias que el emperador no ha hecho y responden a las preguntas que no ha realizado. Los niños corretean bajo el sol abrasador sobre la hierba muerta. Las familias se tumban sobre la superficie reseca y áspera como si fuera mullida y refrescante. Estamos demasiado ocupados fingiendo que el emperador está vestido, que el parque no es un cementerio y que el planeta está bajo control para reparar en lo que realmente sucede a nuestro alrededor.
Para ver un pase de modelos del emperador en pelota picada o en términos menos metafóricos, para contemplar cómo era Regent´s Park antes de convertirse en un paisaje lunar por efecto de la sequía, las restricciones de agua, y la ola de calor pincha aquí .
O los Estudios Postcoloniales bien entendidos empiezan por uno mismo.
Cuando mi amiga M. y yo nos juntamos, en lugar de arreglar el mundo, lo comparamos. Y lo hacemos a la luz de lo que vamos aprendiendo en nuestros respectivos Master de Literatura Comparada sobre Postcolonialismo, Multiculturalidad y Estudios Culturales y de las cosas que nos pasan en el día a día o que leemos en el periódico. Que si en España esto, que si en UK, lo otro. Que si la “otherness” (lo otro, lo diferente, lo opuesto a la mayoría, la raza oprimida, por ejemplo), la “whiteness” (lo que implica el concepto de raza blanca) o la “blackness” (la negritud o concepto de raza negra; el corrector español de Word, por cierto, me cambia “blackness” por “blanquees”, o sea que se empeña en volver blanco lo negro, con la excusa de la corrección ortográfica o “spelling”). Que si el Imperio británico en su momento hizo pero también el Imperio Español en Latinoamérica cometió.
Hemos comentado numerosas cosas que probablemente vierta al ‘blog’ en su momento pero hoy me centraré en un par de ellas. La primera, que España va por detrás en integración de lo diverso. Allí nadie sabe qué es multiculturalismo, aunque existe, pese a ello, una cierta diversidad cultural, limitada e insuficiente, que se trata de magnificar con eso tan manido de “España, crisol de culturas”. Llevamos un par de décadas de retraso respecto a Inglaterra en estos temas de políticas de integración y demás, y eso que en la Pérfida Albión (nombre que el imperio caído daba al nuevo imperio) van también por detrás de las demandas de su sociedad. En España nos han comido el tarro sobre que fuimos unos conquistadores humanos, que nos mezclamos con los nativos, a lo largo del famoso mestizaje. Pero en gran medida lo que hicimos los españoles fue matar o someter a los indígenas y violar a las indígenas, robar todo lo que pudimos y arrasar lo que no pudimos robar. A los colombianos o los mexicanos que al conocernos se apresuran a reclamarnos una disculpa por nuestro pasado imperialista como españoles, les decimos que sus apellidos delatan que fueron sus antepasados los que torturaron o forzaron a los nativos, y no nuestros antepasados, sólo porque es improbable que el que tengas enfrente se apellide exactamente como tú. Esa contestación es una falacia como otra cualquiera: históricamente nos hemos beneficiado de lo que se les expolió y explotó. Hemos crecido en una cultura que se creó sobre esos cimientos de imperialismo y desprecio por la vida de otros. Nuestra acomodada situación dentro de la “civilizada” Europa y el pujante “primer mundo” deriva en parte de aquellas tropelías. Debemos pedir perdón y lo pedimos aquí y ahora.
Además de lo anterior, nos hemos tragado con patatitas (con papas) la indefendible teoría de que los españoles fueron unos conquistadores humanos, respetuosos, amantes de la mezcla y dados a incluir a los nativos en sus diversiones y no a divertirse a su costa. Todos nos sabemos la historieta de cómo gracias a nuestra tolerancia y respeto por lo otro, sólo en Hispanoamérica los ritos indígenas se mezclaron con las prácticas del cristianismo –no así en Norteamérica- y cómo, sólo en zonas bajo dominio hispano pervivieron determinadas manifestaciones musicales, especialmente en la zona del Caribe, gracias a nuestra amplitud de miras y a una religión católica más abierta que la puritana, mientras que los anglosajones cercenaban cualquier manifestación de ese tipo en sus colonias… Que a los africanos forzados a trabajar en las plantaciones del imperio británico no se les permitía ni cantar ni tocar instrumentos (o barriles, por ejemplo, que fueron la base de ciertos tambores) y que por eso los ritmos afrocubanos y determinados instrumentos de percusión sólo pudieron recuperarse en EEUU a través de la influencia de las personas que procedían del Caribe español. En resumen, que los españoles comparativamente fueron unos colonizadores “buena onda” y tolerantes. Difícil de creer, pero muchos de nosotros nos lo habíamos creído, seguramente porque es más agradable y porque la presión social es grande: hace falta irse fuera para pensar sobre ello con normalidad y sacar conclusiones normales. Ningún colonizador ha sido un santo. La Leyenda Negra no fue tan legendaria sino bastante histórica. Como comentaba mi amiga, también sería interesante ver quiénes gobiernan hoy en muchos países latinoamericanos y quiénes poseen las mayores empresas y ocupan los puestos relevantes en la cultura y la ciencia: salvo las excepciones de Venezuela y Bolivia son las elites de origen europeo.
Le había oído maullar todo el día, echar a correr escaleras arriba por el patio y bajar y posarse en el alféizar de la ventana de la cocina para luego mirarme con cara de pena mientras lloriqueaba como un niño sin su madre. Sin embargo, acostumbrada a que los gatos de los vecinos vaguen libremente por la zona y a verlos perseguir ardillas y pájaros en mi jardín, no se me ocurrió pensar que el gato pudiera tener hambre de verdad. Lo interpretaba más como que estaba solo y aburrido y que quería entrar en casa. All the same, me daba mucha pena ver a este gato fuera del hogar y lejos de la familia, porque sabía lo que era eso por experiencia propia. Un par de veces estuve a punto de dejarlo entrar (esa manera de hinchar el pelo para evitar el frío, esa forma de escrutar el interior de la casa desde la ventana, pobrecito). Si no me decidí es porque pensé que me costaría hacerlo salir después y porque, básicamente, no sabría qué hacer con un gato desconocido en mi casa, más allá de acariciarlo cinco minutos si es pacífico. Hoy, cuando yo estaba en medio de mi escena con gato, ha aparecido mi nueva compañera de piso, neozelandesa, que no en vano es profe y me ha preguntado si sé de quién es y si no es posible que lo hayan abandonado. A mí el gato me suena. Pertenece al vecindario. Pero es posible que los vecinos a quienes pertenece estén fuera y que el animal lleve un par de días sin ser alimentado, lo cual no es lo mismo que sin comer. Seguro que aquí encuentra insectos y cosas ricas por los jardines. Sin embargo, desde que sé que es posible que lleve dos días sin casa y sin comida manufacturada me da más pena. No le hemos alimentado porque si lo hiciéramos se convertiría en nuestro gato, pero si finalmente no tiene dueño, probablemente yo lo adoptase.
Los programas de la tele que se pueden ver desde Reino Unido son alucinantes. Parte de ellos son emisoras norteamericanas. Tenemos televisión digital, unos cuantos canales, los de la BBC (One, Two, Three, Four, y BBC Parliament) ITV 1 Channel 4, ITV 2, ITV 3, Sky Three, UKTV History, More 4 (documentales, sobre todo), E4, The Hits, UKTV Bright Ideas, Ftn (teletienda y concursos cutres), TMF, Ideal World (un espanto), Bid TV (teletienda chillón), ITV 4, More 4+1, E 4+1, Men & Motors, Quiz Call (concursos cutres), CBBC Channel (infantil), BBC News 24, Sky News y finalmente Sky Sports News. “Beauty and the Geek”, la tía buena y el cerebrito (o el tío raro) es uno de esos programas reality show. “Esto no es un concurso sino un experimento sociológico” dice la publicidad y añade: “¿Pueden dos personas que no tienen nada en común aprender la una de la otra?”. Y entonces ves a los cerebritos dando masajes a los cuerpos de las tías buenas (las tías buenas son reducidas a meros cuerpos), yendo de compras como unos ‘freakies’ y a ellas incapaces de aprender el mecanismo de un chupete.
Hay otro bonito programa sobre personas esclavizadas por sus hipotecas que reciben la visita de un asesor/tirano que les dice lo que tienen que hacer, lo que pueden gastar cada semana y lo que tienen que ganar. Otro que mejora negocios mal gestionados metiendo cámaras ocultas y asesores y evita ‘mobbying’. Uno de niñeras expertas que solucionan problemas con los niños difíciles. Otro de educadores o entrenadores de perros que solucionan conflictos con las mascotas. En otro más una dietista/misionera ‘desface’ entuertos dietéticos para leer pinchar aquí en el país del ‘fish & chips’ y la ‘fast food’. Por no mencionar el de los que reforman su casa en lugar de mudarse. ¿Qué tienen en común estos programas? ¿Qué ideología sustenta este afán por ver, mostrar y modificar determinados entornos sociales? Lo has adivinado: la palabra clave es “asesor” y el segundo concepto clave es “to improve” o “improving”, mejorar: mejorar el rendimiento de una empresa, mejorar la dieta, mejorar el comportamiento de un perro, mejorar tu imagen y tu salud perdiendo peso, y de paso divertir al personal (por ejemplo siendo una pobre niña rica que no sabe pasar la aspiradora). Así que el mensaje que subyace a la proliferación de estos programas medio sociales medio ‘reality’ es la idea de que se puede aprender y que se puede mejorar (para estupefacción de los teóricos postmodernos que auguraron la muerte de la metahistoria y las grandes narraciones). Un canto a la voluntad humana. Vale. Pero el programa de las bellas y los empollones (Beauty and the Geek) pone literalmente al mismo nivel conocer la fórmula de la aceleración y saber qué modisto viste a Elizabeth Hurley. No way! A ver si es que en el fondo son mucho más postmodernos de lo que parece…
La cuestión es que sé que una compañera de clase griega está viendo el concurso porque tiene interés en ver cómo se enfoca el festival en Gran Bretaña (“Con las olimpiadas no cesaban de augurar problemas de organización que nunca se produjeron, dando a entender que Grecia es un país desastroso”, me había contado. “Afortunadamente todo salió bien”, concluyó; yo recuerdo que en España había la misma desconfianza sobre la organización griega). Imaginando que mi compañera estará indignada o al menos molesta con el tono de la retransmisión, le mando un text (en UK se ‘textea’, no se mandan SMS) comentando que el locutor es muy poco multicultural. Me contesta que es cierto, pero que el tipo es muy “funny”, vamos que le parece muy divertido.
La respuesta me deja un poco descolocada al principio, pero acabo entendiendo su lógica. Lo que mi amiga viene a decir es que a un tipo con tendencia a ponerlo todo en solfa, a reírse de todo, le tolera que haga mofa de cosas que para ella merecen respeto (o, según el multiculturalismo, que requieren una mirada más desprejuiciada; menos ligada a una normalización o patrón estándar, occidental, blanco etc), porque se trata de una visión general. Es un tipo que se ríe de su sombra, parece querer decir. O también, si me lo paso bien no me importa que me llenen de tópicos y clichés.
Pienso que lo interesante sería analizar el tipo de comentarios que el que se ríe de su sombra hace al hilo de la intervención anglo y compararlos con los que realiza sobre el resto de países. Sospecho que hay diferencias importantes. Probablemente con los propios sea más cruel y más relevante: los conoce mejor, le importa más lo que hagan. Sus bromas sobre los no occidentales u occidentales de otra manera seguramente sean más superficiales y más irrelevantes y completamente antimulticulturales. Pero estas no son más que impresiones basadas en la parte del programa que he visto. Los alumnos e investigadores de Estudios Culturales y los de esa imprecisa disciplina llamada Literatura Comparada en su sentido amplio pueden tener tarea para un tiempo si se animan a analizarlo.
¿Hasta qué punto es multicultural o diversa la televisión inglesa? Porque está muy bien montar congresos interdisciplinares sobre multiculturalidad y publicar libros sobre el tema firmados por personas de nombres no occidentales, pero luego toca organizar la Eurovisión (Eurovision Song Contest; nada de Eurovision Festival) en Atenas, y el locutor de la BBC se hincha a decir burradas sobre los locutores griegos y sobre la actuación de los turcos y todo lo medianamente diferente que se le pone a tiro.
De acuerdo, “el moreno” y “la guapa” -elegidos para encarnar esos tópicos sobre Grecia y no tanto por sus dotes para la comunicación, me parece- repiten mucho “amazing” (“increíble”), pero a ver cómo se manejaría el super presentador de la BBC hablando en griego.
Reconozco, además, que estos dos parece que se hubieran tomado alguna droga: esas sonrisas de plástico, los ojos muy abiertos-pupilas-dilatadas en medio de los focos, ese segundo de retardo en todo lo que hacen. Gajes del género “espectáculo televisivo masivo destinado a una audiencia internacional y con distintos idiomas” y de la retransmisión a distancia.
Incluso estoy dispuesta a admitir que, comparativamente, por lo que yo he visto, en galas de este tipo los ingleses tienden a ser menos espectaculares en el sentido americano del término y suelen confiar más en el guión y en el sentido del humor para el “entertainment”. Pero en las galas que he visto (la de la British Academy y los Soap Awards, por ejemplo) la audiencia potencial se suponía anglosajona (británicos, australianos, neozelandeses etc).
Eso es una gran ventaja: cuando se comparte idioma y referentes culturales no hace falta recurrir a lo circense barato para entretener. No recuerdo cómo fueron las Eurovisiones organizadas por los británicos (aunque seguro que hay diferencias con un escocés y con un irlandés). De hecho ni siquiera sé si he visto alguna propiamente inglesa. ¿Alguien recuerda cuándo ganaron por última vez?
Sea como fuere, el locutor de la BBC también tiene comentarios socarrones para el montaje, los bailes y canciones muy tradicionales, para Nana Mouskouri envuelta en su “Eau de Naftaline” (esta maldad es mía) y la actuación de los turcos (no sé qué decir sobre esto: a mí tampoco me ha gustado nada). Comenta también que a Francia no le importa el concurso… Los países participantes en el festival, por su parte, tienen aproximaciones muy distintas al hecho multicultural. Por ejemplo, los representantes de Israel son en su mayoría negros. Alguna razón habrá y probablemente no inocente (vender una imagen de sociedad abierta, por ejemplo; esto es una mera especulación porque no conozco el caso).
La cuestión es que sé que una compañera de clase griega está viendo el concurso…
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S., mi casera, había comentado días atrás que iba a sentarse a echar cuentas con las facturas de la casa y que habría revisión al alza porque llevaba años sin subir el precio y sin calcular exactamente los gastos. Me dijo que al final ya había echado cuentas. El resultado eran 60 libras más por barba, a no ser que alquilara también el living, con lo cual no haría falta subir nada pero nos quedaríamos sin living. Quedé en pensármelo y me fui a dormir. Por la noche oí ruidos extraños. A la mañana siguiente, cuando estaba en la cocina apareció S. por la puerta y se abalanzó hacia mí para darme un abrazo. “He tenido una terrible pesadilla. Te morías”. “Estoy aquí, tranquila, tranquila”, le dije. “Debe de ser algo simbólico”- añadió- “pensando que te vas a ir de la casa y tal. Te morías esquiando, por cierto”. Y eso que no sé esquiar.
Hay un fenómeno curioso. Aquí todo extranjero que estudia o que trabaja en el medio académico se vuelve filólogo por arte de magia. Es inevitable no reparar en cosas curiosas como la falta de equivalente para algunas palabras en español. A L. le llamaba la atención “challenging” (”reto” o “desafío” no consiguen expresar todos los matices) mientras que a T. le interesaba que no hubiera un equivalente español para “approach” (“aproximación” no basta; también puede ser “acercamiento”, “consideración”, “entrada”). Una griega desconocida nos espetó en el baño de un centro cultural, en español, que el “interesting” inglés podía significar también todo lo contrario, que algo era absolutamente “ininteresante”. Había estado un año en Granada, con la Erasmus. Le encantaba España. Ahora quería seguir en Londres por un tiempo. “¡Qué interesante!” -le dijimos. No pareció hacerle mucha gracia.
Como decíamos, tanto la exposición pública de sus deposiciones como ser retratado en ropa interior no ha alterado al padre Brian. Pero habrá algo que rompa sus defensas.
Y será algo, aparentemente, más inocuo. La misionera del siglo veintiuno, quien en lugar de llevar el rosario luce en el cuello la tabla calórica, ha arrastrado al pobre hombre a un salón, probablemente el salón parroquial. Vemos una mesa que podría ser para un banquete si su contenido no fuera repulsivo: montañas de donuts, no se cuántas tazas de té con leche, tres pizzas, varios platos de ‘fish & chips’ con mayonesa y ketchup, un plato con una montaña de sal (el tipo tiene la tensión alta), un plato con mermelada, un puñado de galletas de chocolate, tres tartas, amontonadas. La misionera le está confesando pero al revés: es ella la que le dice los pecados alimentarios que el cura comete: esto es lo que comes en una semana, querido padre Brian, demasiado azúcar, demasiada sal, demasiada grasa. Eres hipertenso, tuviste un ataque al corazón, arderás en el infierno de los que pecan contra la salud cardiovascular. Cuando la rubia hipertiroidea acaba de leerle la cartilla (sanitaria), Father Brian vuelve a decir “Oh my Word” mientras mira fijamente el contenido de la mesa, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Yo también me emociono. Comer eso siendo enfermo coronario es vivir muy peligrosamente, y el suicidio es un grave pecado para un cura católico (parece católico, con su alzacuellos y tal, pero cualquiera sabe, La Pérfida es un sitio muy raro). La misionera le convierte a la nueva fe y le lee los nuevos mandamientos: comerás fruta y verdura, reducirás la grasa, el azúcar y la sal, y harás ejercicio suave de forma regular.
El ejercicio puede consistir en bailar, caminar o montar en bici, le explica. A lo del baile durante media hora al día el pobre padre Brian dice que va a ser que no y confiesa que la alternativa de caminar otro tanto a diario le da un poquito la muerte (él no lo dice así, pero hay que leer entre líneas: un cura que se deja grabar en calzones ha de tener forzosamente un espíritu muy juvenil o muy ‘underground’). De modo que la parte del ejercicio ha sido muy insatisfactoria, porque el cura, en la duda o ante la falta de alternativas, no ha hecho nada. Pero la rubia sabionda tiene recursos para todo. Le prohíbe usar el coche –le quita las llaves: la gramática de estos programas obliga a que todo sea visible- y le regala al cura una bici verde supermoderna llamada nada menos que Diablo –así, en español-, con la que tendrá que desplazarse. Menuda guasa la de los guionistas ingleses: regalarle al cura una Diablo. Vemos a Father Brian con la ropa antigua, lo grande que le queda y después con ropa nueva muy elegante y varias tallas más pequeña. Hace muy raro ver a un sacerdote vestido como si se fuera a casar, pero ahí está él. Comenta con una gran sonrisa que hacía tiempo que no podía ponerse zapatos de ese tipo, porque tenía los pies muy hinchados.
Un nuevo miembro más para la secta de los bien alimentados. Nos alegramos por él.
La dietista/misionera, no contenta con las guarradas que le está haciendo al cura que comía demasiado, le explica al bueno de Brian, que tiene la cara contraída pero el semblante aún cordial, que a juzgar por la calidad de sus heces (ejem), su dieta no puede ser más nefasta. A juzgar por esta m., tu dieta es una m., le viene a decir. Estos británicos tienen toda mi admiración porque ahí está el cura, tan correcto, escuchando hablar de su caca y viéndola, delante de millones de personas y sin pestañear. Rompe su impavidez para comentar al menos que en su vida había oído hablar tanto de caca. Insensible a su azoramiento contenido, la dietista continúa explicando al pobre cura comilón que demasiada grasa, demasiada ‘fast food’ y no sé qué más excesos alimentarios se han hecho evidentes en el análisis y que por tanto… Lo siguiente es el cura en calzones. Unos calzones grandes, de algodón. El tipo de calzones que uno se imagina que debe de llevar un cura, si es que uno gasta el tiempo en pensar en semejantes cosas. Sobre los calzones, un tripón que ocupa la mayor parte de la pantalla. Vemos tomas de la anatomía y la lencería del cura desde diferentes ángulos. No creo lo que estoy viendo (I can´t believe it!). Aunque el ver examinada su caca bajo los focos o el posar en calzones a pesar de sus veinte kilos de más parece no haber despeinado al padre Brian, el siguiente giro de los guionistas le arrancará unas lagrimitas. (Continuará)
Uno de los programas más curiosos es uno de la cadena More 4, llamado “We Are What We Eat”, o sea, “Somos lo que comemos”, frase que se suele atribuir a Karl Marx, pero que en este programa aplican de forma literal. Hoy, que es la primera vez que lo veo y por casualidad, el ‘prota’ es el padre Brian, un cura, escocés, creo, porque he pillado el programa empezado. Father Brian, un sesentón tripón de piel sonrosada y aspecto pacífico no cesa de repetir “Oh my Word” ante los comentarios de la dietista enviada como misionera para salvarle de la corrupción nutricional que le produjera un ataque coronario hace unos meses. La dietista/misionera es una rubia sesentona que aparenta unos diez años menos y que parece el espíritu de la golosina, cabeza grande cuerpo pequeño con melena de jovencita y cara bañada en crema, ojos brillantes y saltones de hipertiroidea, labios finos tipo pico de gallina, y toda ella moviéndose a más fotogramas de lo normal por efecto quizá de su peculiar dieta. Al rato la dietista Rotermeier, con guantes de latex, manipula una sustancia marrón de consistencia espesa y aspecto asqueroso en un ‘tupper’ transparente. Revuelve la cosa con una varilla plástica o algo semejante. El público se niega a creer que está viendo lo que está viendo, sobre todo yo, pero ya medio acostumbrada a cierta brutalidad visual de la televisión inglesa (hay una serie médica de ficción en la que se ve todo tipo de cosas, con el mayor realismo y despliegue de fluidos y demás, pero no es sólo realista sino cruda) o -en términos más multiculturales- habituada a cierta liberalidad inglesa en la representación de lo íntimo, me musito a mi propio oído que lo que ocupa el primer plano son las heces del padre Brian. La dietista/misionera, no contenta con las guarradas que le está haciendo al cura que comía demasiado… (Continuará)
La oferta televisiva que se puede ver desde Gran Bretaña es muy amplia y peculiar. Incluye también canales norteamericanos. En el artículo de hoy me gustaría hablar de un programa del canal británico por excelencia.
En la BBC Three aparece un cantamañanas que dice que ha dedicado su vida a la filosofía y que viaja a China y Tailandia. En su viaje a China visita Shaolín, donde le explican oscuramente algunas cosas que aplicará después. Escena en otro país. El cantamañanas ha ido a un laboratorio de física con cuatro barras de cemento. Pregunta a un joven rubio con pinta de científico loco cuánta fuerza haría falta para romperlos. Lo calculan con una máquina, hay una especie de bola percutora, y un dispositivo como el peso de un ascensor. La cosa sube, la bola baja, la máquina rompe el cemento. Para eso hace falta un montón de Newtons o de Julios, pienso recordando mis tiempos del instituto. El cantamañanas practica un poco y luego levanta el brazo y lo baja. Su mano toca el cemento y lo rompe. ¡El cantamañanas ha roto cuatro barras de cemento de un golpe! Dice que cualquiera lo puede hacer con el entrenamiento necesario, concentrando toda su energía en ese punto. El cantamañanas (gordito, media barba, piel reactiva) entiende de botánica y de boxeo y se llama Chris Crudelli. Y acabo de recordar a quién me recuerda, a un personaje de CSI Miami, uno que siempre llevaba media barba y caminaba cargado de hombros. Se lo cargan en un episodio. Al del CSI, no a Crudelli.
Advertencia: no intente hacer esto en su casa.
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Una de las características que más sorprende de Londres es que al tiempo que una gran ciudad sea un ecosistema. Con sus parques, sus plantas, sus animales. Muchos y distintos. La parte buena podría ser las ardillas, para quien le gusten. La mala, las babosas que se arrastran por la calle, por las vallas de ladrillo, por todas partes. Las cornejas estarían en la parte neutra, a pesar de su molesto graznido. Y los zorros, bastante normales aquí, estarían en el capítulo inesperado. La primera vez que te topas con un zorro te quedas extrañado y echas mano de tu memoria de documentales para tratar de asegurarte de si eso es un zorro, o un perro extraño y tratas también de recordar si los peligrosos eran los lobos. Los lobos son más imponentes, ¿no? Lo peligroso son los lobos, te dices. La gente de ciudad (de ciudad distinta a Londres) se sorprende esta primera vez. Después, una noche, a eso de las 7 y media de la noche, ves un zorro tumbado en el césped de la Council Estate (casas parecidas a la de Protección Oficial española, pero normalmente más lúgubres) en la que suele aparcar su ambulancia su conductor, está comiendo con mucho interés algo que hay en el suelo, te mira un momento (no sé por qué) y luego sigue a lo suyo, y piensas: es un perro impertinente.
Estar en el parque me hizo desear comer pipas, por alguna asociación de ideas. Me puse a buscar una tienda y conscientemente decidí no retroceder hacia la zona que conozco –lo que hubiera sido más práctico- sino bajar hacia Moncloa. No me apetecía reencontrarme con mi barrio en ese instante. Era momento para algo más teórico, me pareció, o simplemente sucede que me he acostumbrado a explorar y lo necesito. Vagué un poco tontamente porque no tenía mucha idea de dónde podía haber una tienda de ‘chuches’. Encontré una en Vallehermoso. La atendía un cubano con ganas de hablar: simpático, pero poco dado a escuchar. Me contó que llevaba treinta y tantos años en Madrid, “desde antes de que tú nacieras”, que había vivido en Nueva York nueve años, con su mujer gallega y que luego se vinieron a Madrid, “a esta esquina” (la tienda hacía esquina). Igualito que Nueva York, le dije, pero no contestó. Eso sí, me informó de que las pipas que me llevaba eran muy buenas, que llevaba no se cuántos años trayéndolas y tal y tal.
El Madrid que vi desde el taxi volviendo a casa (Avda de América, Colón, Castellana, Ríos Rosas) me pareció muy continental, muy europeo. Las calles, la gente, los coches. Pensé en Italia o París. Una especie de armonía elegante. Y mucho sol, aceras anchas. Gente dispuesta en grupos bastante previsibles y visualmente aburridos.
Tras dejar la maleta en casa y saludar a la ‘family’, algo me hizo querer bajar a la calle y apurar la tarde de sol. La sensación era una mezcla de estar en casa y ser una visitante de vacaciones. Resulta difícil de explicar: conoces el contexto, pero lo miras con ojos nuevos, con ojos que quieren aprovechar algunas características en las que antes ni reparabas, o a las que no dabas tanta importancia. Cosas como el sol, la cercanía de todo, la ‘normalidad’, expresión que no significa nada y que se podría traducir como la falta de sobresalto, la suavidad de un mecanismo bien engrasado/usado a menudo (“something smooth”).
Caminé un rato y acabé en un monumento a un poeta filipino, José María Rizal. Había una enorme placa con un poema suyo “traducido al filipino”, aunque debería decir al tagalo, si no me equivoco y al pie mencionaba “cuando se produjo su ejecución”, vamos que se lo cargaron, pero no deja claro quiénes y mucho me temo que fuera el gobierno español. Había estado también en un banco del parque de El Canal con columpios para ancianos, es decir, aparatos de gimnasia. Una madre hablaba en francés a su hijo de menos de dos años. Le explicaba que había que tirar las cosas en “la poubelle”. En el banco contiguo, un grupo de latinoamericanos reía y bromeaba en voz alta. Un poco más allá un chico de veintitantos y chándal fumaba tirado en un banco y me miraba de rato en rato. Y algo más lejos aún un hombre leía un libro. La escena no era tan distinta de la que se pudiera registrar en Londres.
Antes, en el avión, una pareja española de veintipocos años junto a la que me senté hablaba de lo divino y lo humano con un tono que me pareció propio de quien está por encima del bien y del mal. Tanto el chico como la chica apoyaban sus no-argumentos en una bien nutrida colección de clichés y hablaban con un acento que me sonó barriobajero, pero que quizá no fuera tal. Supuse que lo que ocurría era que durante estos meses el español almacenado en mi memoria se había neutralizado de alguna manera (por hablarlo poco aquí y con personas de distintos acentos y procedencias) y que las desviaciones (un poco de argot, un deje marcadamente madrileño o de una cierta región o grupo de edad) me producían extrañeza y rechazo. Rechazo curioso, ya que cuando estoy en España utilizo mucho argot y giros o palabras de tal o cual región porque me parecen muy expresivos o simplemente porque se me pegan. Sin embargo, esta vez me pareció que quienes proferían toda aquella palabrería precocinada, sin saberlo, vivían encerrados en una jaula muy pequeña cuyos barrotes dorados les gustaba exhibir. Una jaula que no te deja acercarte al mundo con otras palabras que no sean las que te han tocado en suerte en función del lugar donde has nacido, los años que tienes y tu nivel socioeconómico. Una suerte de miopía estilo “País de las Tentaciones”, aquel suplemento para jóvenes ‘cool’ que sacó “El País” hace unos años. Este es nuestro mundo y de aquí no salimos. Tampoco pretendas entrar si no eres del club.
(Continuará).
Volvamos a las conversaciones de los españoles en el trayecto Londres-Madrid en Abril 2006. En la recogida de equipajes en Barajas un malote de unos dieciocho –pantalones caídos enseñando unos calzones negros, alto, delgado, ‘piercing’, cresta y una forma de hablar desagradablemente cheli- pregonaba insistentemente la tardanza de su maleta y sus historias para no dormir. “Oye –gritaba a los cuatro vientos- ¿tú crees que podría haberme traído un hámster en el bolsillo? Porque ‘ejque’ yo tengo un hámster en mi casa en Londres y tal y tal…”. Menuda habría montado el tipo con el hámster en Gatwick, sobre todo visto lo discreto que es para todo. Por otra parte, no nos cachearon y sólo nos pidieron el pasaporte al facturar. La cosa es que este ‘malote’ representa el español ‘alternativo’ que se va a “hacer los Lóndones” en lugar de “hacer las Américas”. Va a conocer mundo. A beberse y meterse todo lo que pueda. A vivir peligrosamente. Y volver a España para contar batallitas que deberían dejar con la boca abierta a sus colegas si no fuera porque a ese nivel las grandes ciudades españolas y Londres cada vez se parecen más o porque la mitad de ellos ya han estado allí. Este “punk-grunge-indie” ibérico es un modelo muy frecuente en los vuelos de Easyjet y en las calles de Londres. Es la contrafigura del inglés que pasa el verano en Benidorm. Y supongo que el cansancio que despierta el malote hispano de poca monta en los españoles de cierta edad que viven en Londres es parecido al que pueden sentir los ingleses que no obedecen al patrón “piel quemada, alcohol y broncas con los locales” (que haberlos haylos) ante aquellos de sus paisanos que no salen de ahí. Ni todos los españoles somos así ni todos los ingleses son ‘hooligans’. Y unos y otros odian ser asociados a esos compatriotas tan visibles y tan molestos. La actitud “rebaño de adolescentes made in Spain vestidos de Planta Joven de El Corte Inglés con cámara de fotos y risa floja por Oxford Street, ¡chicos, desparramemos, que estamos en Londres y aquí nadie nos conoce!” acaba chirriando. Decir que chirrían se puede ver como una actitud intransigente, supongo, porque uno siempre será turista en algún lugar, y porque todos hemos sido jóvenes y desparramado más o menos. Pero, por una parte, ocurre que no es agradable que te asocien con la caricatura del turista español-en-Londres y por otra, a algunos nos gusta pensar que cuando viajamos vamos vestidos de nosotros mismos (cuestión muy discutible, pero que conforta) y no con el “uniforme” de turista de la piel de toro. Queremos creer que nuestra conversación contiene algo más que comentarios sacados de la guía de viajes, la misma gracia que se repite siempre, la pulla de todos los años: menudo calor pasan los “bobbies” de la Reina con ese gorro peludo, menudo vértigo ver los coches circulando al revés, menuda mierda de comida, hay que ver qué mal visten and so on. Además, Londres está plagado de españoles, sobre todo las tiendas del centro durante los fines de semana. De no ser así, supongo que encontrarse a esos jóvenes resultaría agradable. Por ejemplo, a mí me hizo mucha ilusión encontrarme a un conocido en Kioto. (Continuará)
De vuelta a casa en Semana Santa, las conversaciones entre españoles en el aeropuerto de Gatwick me parecieron completamente irrelevantes. Influía la edad, supongo: en su mayoría eran “teenagers”, dieciocho, veinte años. Sin embargo, me cayó bien una familia bilingüe: tanto la madre –que parecía española- como los hijos hablaban indistintamente español o inglés. Un poco desfasados en el vestir y en la forma de moverse, pero espabilados, activos y con una gran capacidad para adaptarse. El padre no estaba, pero existía, porque hablaban de él. Me resultaron simpáticos y también tuve la sensación de que eran la quintaesencia de lo inglés: algo no muy estético, pero eficaz, producto de una mezcla y en crecimiento. Visto con distancia –reescribo esto meses después- ya no estoy tan segura de que representen tanto lo inglés como mi vida en Inglaterra: en medio de dos mundos, presa de una cierta orfandad y con ese desfase visual o temporal.
Cabe preguntar qué esperaba yo de las conversaciones de los españoles, qué expectativa encierra el “irrelevantes” del párrafo anterior. Buena pregunta. Supongo que lo que ocurre es que cuando un@ vive fuera de su país, los regresos –sean breves o no- se cargan de significado. Un@ está ávido de señales, de indicios de lo que se ha estado perdiendo este tiempo, o de lo que un@ es, de lo que significa ser español o española, pregunta que no suele hacerse cuando vive en su país. Una amiga que lleva ocho años viviendo en La Pérfida comenta que cuando regresa a España, incluso a una ciudad que no es la suya, tiene ganas de abrazar a la gente que se encuentra por la calle. Comenta que es una sensación muy curiosa, porque a pesar del “momento abrazo” –que hasta donde yo sé se ha quedado sólo en un proyecto-, es consciente de que no está en su ciudad, de que no conoce a la gente y de que la gente no habla catalán como en su Barcelona natal. Es como si tras muchos años viviendo fuera, en lugar de regresar a tu casa, regresaras a la casa de unos vecinos o de unos parientes lejanos. El ambiente te resulta familiar y acogedor pero no es tu ambiente. Una conocida venezolana también tuvo en su estancia en Londres sus “momento abrazo”, pero en su caso era más bien algo que estaba tentada a pedir, rogar o exigir en medio de las calles de la capital de La Pérfida en los momentos más duros. El contraste entre la forma de relacionarse en Venezuela y la de Inglaterra debe ser muy fuerte. (Continuará)
Le había dado al botón rojo, único botón del invento. Pero aquello no soltaba mi tarjeta. Maldije mi poca agilidad al no observar lo que había hecho la señora de antes, una mujer que parecía tener todas las claves, desafiar la lógica de los mapas y la lógica de la tecnología defectuosa. Miré el cacharro por detrás, pero sólo tenía unos cables polvorientos, no había ningún botón alternativo. Probé con los botones de la fotocopiadora sin mucha esperanza. La C roja seguro que era para borrar o anular como en todas las calculadoras y demás. Nada. ¿Qué tal el botón amarillo? Y, veamos, ¿qué puede significar esta flechita? Trasteaba sin mucha esperanza porque estaba claro que la fotocopiadora no tenía nada que ver con aquello. Refrené mi afán científico y detuve mi proceso de ensayo/error, temerosa de cargarme el invento. A mi tarjeta le quedaban 25 créditos, algo más de la tercera parte de las 5 libras (7 euros y medio). Me quedé mirando el dispositivo demoníaco y alternativamente el cartel de la extensión telefónica. Ni rastro del personal circulante. Tampoco había rastro de la señora desafiadora de lógicas varias. Aún hoy, tras unos meses en Londres, hablar por teléfono en inglés con desconocidos no es algo que me apasione, pero quizá por efecto del libro sobre el “procrastinator” (el que pospone sus tareas) o por simple sentido común, me decidí a llamar al misterioso número. Conté la película con bastante facilidad: “estoy en la quinta planta, en la fotocopiadora, la máquina se ha tragado mi tarjeta”. Parece fácil, pero con los nervios y cuando un@ tiene talento natural para la comedia involuntaria, lo más probable es que un@ obvie la planta o se enrede en detalles que no valen para nada, por ejemplo “estoy en la quinta planta y me gusta el ‘fish & chips’” y que entonces el interlocutor quiera saber la información que le falta y te pregunte algo (¿con mayonesa o con ketchup?) y puede suceder que, con los nervios, tú (no va a ser siempre un@; ¡confiesa, a ti también te pasa a veces! Y, si no, deberías probarlo; es divertido equivocarse de vez en cuando) no le entiendas (¿a qué viene eso de mayonesa o ketchup? Llamo para lo de la fotocopiadora, no por las empanadillas de Encarna). Pero en fin, esta vez Elsinora se ha portado bien y la chica del otro lado ha asegurado que alguien vendría (¿con mayonesa o con ketchup?). Al poco rato -paseos impacientes mientras me preguntaba si debería volver a la mesa o a los ordenadores y seguir buscando mientras o quedarme ahí- se abrió el ascensor y salió “el técnico”, un hombre de treinta muchos, alto y fuerte, con aspecto de pakistaní o indio. El así llamado técnico escuchó mi explicación, dijo “no parece grave”. Cogió un papel de la papelera, lo dobló sobre sí mismo y lo metió en la ranura del display. La tarjeta salió. Le di las gracias y volví a mi cubículo y a mis investigaciones, pensando por el camino -y sin que esta actividad extra me desviara de mi ruta de regreso- que menudo desperdicio era hacer un Máster de Literatura cuando uno podía ganarse la vida como técnico doblando papelitos en tres.
De nuevo los libros más interesantes o estaban prestados hasta después de Semana Santa o eran sólo de referencia, así que me tocó una nueva visita a la fotocopiadora. Dudé si volver a usar la misma, temiendo que se volviera a quedar con la tarjeta, pero vi nuevos folios en la parte de reciclado, por lo que deduje que alguien más había estado fotocopiando con éxito y que la cosa marchaba. Puse el libro sobre la máquina, metí la tarjeta en el display y vi con horror que la pantallita decía 0 créditos. ¡El amable pakistaní había liberado la tarjeta a costa de resetear la máquina! Ya me parecía a mí que lo del papelito de mucha vanguardia no era. Mis veinticinco créditos a la basura. No tenía más billetes para meter en la máquina y la máquina pasaba de vulgares monedas. Nueva llamada, nueva interlocutora, con lo cual tuve que explicar toda la película desde el principio y olvidé decir dónde estaba… pero eso sí, había decidido que con ketchup, que prefería las chips con ketchup, comentario que la interlocutora por algún motivo se empeñaba en pasar por alto todo el tiempo derivando la conversación siempre a la fotocopiadora. Qué obsesión con la fotocopiadora, con el hambre que tenía yo tras tanta lucha contra la tecnología y tanto buscar libros. El saber no ocupa lugar, pero hay que ver lo que cansa y las libras que se lleva por delante.
Una vez en Senate House, una biblioteca gigante de la University of London a la que está asociado mi college, situada en pleno barrio de Bloomsbury, no sabía muy bien por dónde entrar. El ascensor no llegaba más allá de la cuarta planta, aunque yo tenía muy claro –lo único quizá- que mis libros estaban en la quinta planta o eso decía la web. Pensando que quizá había cogido el ascensor de los pares (even numbers) bajé resignada para comprobar que un torniquete me impedía entrar en el garito y que por supuesto no había ninguna escalera a la vista. Fui hasta el mostrador y decidida a no dejarme achantar por las circunstancias adversas le conté mi vida al primero que vi, que resultó ser un vigilante. Me dijo, it´s OK, tu facultad tiene un acuerdo con la nuestra. You know what I mean? (el tipo tenía pinta de rapper: dígase la frase you know what I mean subiendo y bajando los brazos). Vete a hablar con el otro, que te hará un carnet y podrás entrar. Así sea, dijo para cerrar su profecía. Consciente de que las profecías suelen contener pruebas para el sujeto que está en medio de ellas, me acerqué con miedo al otro extremo del mostrador, pensando en si me pedirían alguna factura del gas como prueba de residencia (como no tienen DNI, en Inglaterra te piden la factura del gas o de la electricidad para hacerte socio de un video-club o de la biblioteca de tu barrio) y probablemente una foto carnet. Factura que por supuesto no tenía porque comparto piso y las facturas no están a mi nombre. La profecía del rapero se cumplió sin efectos secundarios: él había dicho “así sea”, y así fue. Ya tenía mi tarjeta, eso sí con un nombre que vagamente se parecía al mío. Ahora tenía que franquear el torniquete y no había ranura por la que pasar mi tarjeta, pero incluso a la prima de Mister Bean le resultó fácil deducir que había que posar la parte con el código de barras sobre el cristal. Funcionó. El interior era una especie de Ateneo de Madrid polvoriento, plagado de libros y muebles antiguos y con pocas mesas. La estructura era laberíntica, con escaleras que sólo te permitían subir a un piso, con lo que luego tenías que recorrer el otro para encontrar las escaleras que te llevaran al siguiente. Lo mejor, sin embargo, era la signatura de los libros. Acostumbrada a la típica clasificación decimal (Dewey?) de los “802.” tal y tal, aquella sucesión de todas las letras del alfabeto XPUY3321BE777Cos (exagero, pero no mucho) sin aparente patrón (a veces los últimos signos eran tres letras, a veces no; ¡con lo que facilita buscar sólo el final de la signatura una vez localizado el estante correcto!) aquello parecía un jeroglífico, sobre todo porque la disposición de los estantes tampoco era muy clara. Eso sí, refrescaba mucho tu conocimiento alfabético. ¿La W va antes o después de la T? Otra cosa graciosa eran las mesas incrustadas entre ventanas. Me pareció un lugar curioso, como kafkiano. Buscando un libro de Rushdie estuve a punto de perderme en la parte de los Periodicals, con esas escaleras de Escher, y sin un alma, porque faltaba poco para cerrar. Mi ¿libro? (figuraba como libro pero tenía signatura de publicación periódica) era un PR, pero tras recorrer la sala vi que toda ella estaba destinada a los PS y no a los PR. Aquello más que un PR parecía un E(xpediente) X. Y las pantallas de ordenador para las búsquedas, sin luz, con la pantalla pringosa… Tras numerosas pesquisas y descartes localicé unos tres libros, con tan mala suerte que dos eran de referencia, o sea que no se podían sacar. Lo que nos lleva derechitos al asunto fotocopiadora, asunto del que hablaremos en el próximo post, Fotocopiando en el laberinto.

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