Londres parece funcionar de espaldas al calendario. El calendario dice 28 de marzo, la primavera ya empezó la semana pasada, pero aquí seguimos con guantes, bufanda y gorros… y paraguas. El caso es que iba en el bus en línea directa a mi destino de siempre cuando se puso a llover, y salió el sol. Un arco iris enorme y espectacular inundó el horizonte. Primavera minimalista en South East London con un huge rainbow.
Era medianoche y allí, en medio de aquella calle desierta, estábamos el zorro y yo. “Amigus, el zorro no ibéricu… -la voz de Félix Rodríguez de la Fuente acude a mi memoria desde el más allá- “el zorro no ibéricu, más conocidu como el zorro de la Pérfida, es un animal extraordinariu”. Me pregunté si era realmente un zorro. Tendría el tamaño de un perro, pero la cara no era de perro, ni de lobo. Tenía apariencia ágil, pero al mismo tiempo fofa, supongo que por la cantidad de pelo. Me pregunté si era peligroso. Me aseguré de no estar cerca de ninguna basura: una de las pocas cosas de las que estaba segura era que la basura le atraería. Frío gélido y el zorro. Y el buho (bus nocturno), no venía.
Es miércoles. He estado estudiando lo que me parecen bastantes horas y decido hacer una parada. Pongo la televisión y mi errático paseo por las diferentes cadenas me hace caer en la BBC.
Es un programa tipo magazine pero dedicado a la política, llamado “Daily politics”. Se me ocurre que un título semejante en España se consideraría disuasorio para los espectadores y se rechazaría. Conectan en directo con una sesión en el Parlamento. Alguna vez he visto parte de alguna de estas sesiones en España. Por ejemplo, la dimisión de Cook, equivalente al Ministro de Exteriores, con motivo de su disensión respecto a la guerra de Irak me pareció vibrante y conmovedora.
Pero esto que veo ahora sin introducción en español ni notas al pie para explicar qué ocurre es lo más parecido a un concurso de rock por parejas o a un ring de boxeo en el que se enfrentaran dos luchadores vestidos de payasos, por el aire cómico, no por lo ridículo. El de la oposición menciona un hecho ominoso, el gallinero jalea. Se sienta. Blair se levanta (está al lado de su mínima tribuna, una mesa en realidad) con una carpeta llena de tiritas que señalan diferentes asuntos. Gesticula con fuerza. Se ha apoyado en su codo derecho. Su cuerpo ancho y potente llena la pantalla. Ríe. Argumenta. El gallinero contrario jalea. El de la oposición vuelve a decir algo. La risa flexiona sus labios gruesos, la risa asoma por sus gafas. Este jefe de la oposición, Ministro de Trabajo del antiguo gobierno, es un viejo zorro que resulta simpático, por eficiente, por conocedor de su espacio. Ambos demuestran unos reflejos excelentes. Retórica clásica y sentido del humor, rasgos que no sobran en el Congreso español. Los datos los tienen frescos, saben debatir, parecen creer en lo que defienden. “Ya que ambos nos vamos”, le está diciendo el oponente, “me gustaría aconsejarle que…”. A lo que Blair, tranquilo, le dice que no tiene mucho sentido que alguien que no ha ganado ninguna elección le dé consejos a alguien que ha ganado tres.
Ambos proyectan bien la voz, pero Blair es más ducho en esos menesteres. Derrocha energía física. Se toca maquinalmente las gafas como si las recolocara, pero no las mueve en realidad. En un momento dado se quita las gafas (momento importante), “however”, dice, y continúa diciendo. Están en medio de una especie de ‘capoeira’, mitad danza mitad lucha; si bien estilísticamente se parece más a un baile de rock por parejas, el chico subiendo a la chica por las alturas, o haciendo que se incline hacia atrás. Hay algo de chulería física en los ademanes de Blair y en los de su oponente; resulta chocante para una mentalidad española, bastante más formalista; pero resulta muy atractivo.
En lo que llamo el gallinero (porque tiene algo de corral de comedias: las personas apelotonadas, los micrófonos colgando) están los diputados de uno y otro partido, uno a cada lado. Tanto los laboristas como los conservadores interpelan a Blair por turnos. La forma de reclamar turno resulta chocante y confusa, porque se hace casi de manera simultánea a la intervención de otro diputado. Por ejemplo A rompe a hablar y una décima de segundo después distintas personas se ponen de pie brevemente y se vuelven a sentar, como en un ballet mal coordinado o como si alguien tuviera tentaciones de reventar el asunto cada dos minutos y luego se arrepintiera.
El que preside el Parlamento, con peluca blanca típica y su toga negra, o sus secretarios deben tomar nota de quién se levanta una centésima antes que el otro, porque una vez que Blair le haya contestado pronunciará el nombre del siguiente interpelador. Las preguntas pequeñas se mezclan con las grandes (“En mi demarcación, Su Señoría, recientemente cuatro vacas han cruzado la carretera sin mirar… Es inadmisible, ¡vacas irresponsables! La educación vial en vacunos deja mucho que desear”
))) y Su Señoría contesta a la pequeña o la gran cuestión elevada por el escocés o el galés de extraño acento.
La única adversativa que ha utilizado Blair en su larga intervención es “however”. No sigo muy de cerca la actualidad política, pero a juzgar por la lingüística, la cosa pinta mal para él. Se está quedando sin recursos.
Entro en un Costcutter, una cadena de supermercados de barrio. Estoy buscando puré de patatas. Es el segundo o el tercer lugar donde lo busco. Hay un hombre mayor colocando algunas latas cerca de mí. Al ver que busco algo por su zona deja lo que tiene y se aparta. Me pregunta qué busco. Se lo explico, con medias palabras, con circunloquios para explicar lo del puré sin utilizar la palabra puré porque no recuerdo cómo se dice. Me dirige hacia un sobre de algo que por lo menos debe de ser comida nuclear, y entre cuyos ingredientes no aparece en ningún momento la palabra “potato”, aunque es cierto que la parte frontal retrata algo blanco o amarillento. Le doy las gracias (aparentemente me ha conducido adónde yo quería) y me dice que no le agradezca, que lo de decir “sorry” y “thank you” y “excuse me” es sólo para los ingleses. Que ellos no saben decir otra cosa. Que dado que yo, al igual que él, no soy inglesa, no tengo por qué darle las gracias. Me dice que es de Pakistán. Creo que no se lo he preguntado, pero parece que toda la conversación estuviese destinada a llegar a ese punto. Le cuento que soy española. Le parece muy bien simplemente porque significa que no soy inglesa y que se puede explayar conmigo contra estos locos anglosajones que se disculpan por todo. Se siente muy aliviado al haber encontrado con tanta facilidad “un alma gemela”, aunque en realidad yo sólo estoy medio de acuerdo con él: a mí me resulta muy agradable que sean así, aunque no me parece mentalmente sano que la gente se acostumbre a disculparse por tus errores o por cosas fortuitas. Pero no le voy a chafar su desahogo al caballero. Es la primera vez que alguien me reconoce explícitamente como extranjera. Aquí la gente en general se limita a hablar contigo con normalidad si tiene que hacerlo y a obviar tus errores lingüísticos siempre que te puedan seguir y que no formes colas. Nadie ha dado por supuesto de dónde soy o que no soy de aquí salvo este hombre (por su costumbre de no inmiscuirse, será y porque en Londres hay proporcionalmente pocos ingleses). Por otra parte, con mi actual peinado y la piel clara, no parezco muy española, pero mi acento es bastante reconocible, demasiado para mi gusto.
Desecho los sobres de comida nuclear y sigo mirando, incapaz de admitir que en una tienda tan grande no tengan un simple puré de patatas e incrédula también de que algo tan barato como una patata se sustituya completamente por químicos. Encuentro un sobre de puré de patatas en copos, en dados en realidad, en el que dice claramente que el 90% es de patata. En la composición también dice que tiene patata. Patata desecada. Estoy tan emocionada con el hallazgo que compro de dos marcas distintas. Para comparar, me digo, convertida repentinamente en una gastrónoma del puré de patatas de sobre. ¡Puré de patata para doce personas!
Por cierto, en inglés, puré de patata se dice “mashed potato”.
Son las tres y media de la tarde. No he comido, estoy hambrienta y tengo antojo de kebab desde que llegué a Londres. Un antojo largamente pospuesto por las circunstancias. Entro en un establecimiento árabe de comida rápida. Desde la rebotica, el hombre me saluda al oír la puerta. Dice “shalam”. Le digo “hello”. No sé si lo correcto hubiera sido contestar “alicuum” porque sólo sé que la fórmula larga es “shalam alicuum”, a lo que el otro contesta “alicuum shalam”, pero no sé qué se contesta si te dicen sólo “shalam”. C3PO píiii, ¡error de sintaxis! Además, no pensaba meterme en una clase de árabe, sino tomarme un simple kebab, me digo a mí misma, tratando de quitarme el sobresalto absurdo de haber hecho algo mal sin saber qué.
Le pido un kebab de cordero y quizá como una forma inconsciente de compensar la descortesía del saludo, elijo la salsa más árabe de las que me ofrece, menta. El kebab no vale mucho. De hecho, es bastante peor que el que originó mi antojo: el kebab del Ebla en Martín de los Heros (Madrid). Pero me lo tomo morosamente porque me gusta ver cómo el hombre se prepara su café, se lo toma, atiende a un cliente habitual, un negro delgado y cincuentón que le cuenta la vida y milagros de su coche, un Daewoo que ha dejado mal aparcado, date prisa con el falafel, qué buenos son los Daewoo, sí qué buenos son, mi yerno tiene uno, trabaja muchas horas y tal y cual. How is life?, how is work? ¿Cómo va esa vida? ¿qué tal el curro? Le pregunta el árabe al parroquiano. Como en cualquier bar de barrio en España pero en el corazón del estresado y a veces inhumano Londres.
La cocina de 19, Whatever Road, en el Sureste de Londres, en el Sureste de Inglaterra, merece un dietario entero para ella sola. Pero en fin, hoy hablaremos de un aparato que no medirá más de 30 por 10 y por 15 cms pero que contiene o contenía, en sí mismo, material para dar trabajo a todo el CSI Las Vegas, Miami o a cualquier gran departamento de medicina científica del mundo, porque allí se acumulaba material orgánico de distinta índole. Aquella tostadora, presumiblemente, contenía ADN de todos los ocupantes del piso desde el principio de los tiempos y también de visitantes casuales. El uso del verbo en pasado es una barrera higiénica: efectivamente, destruí las pruebas y ahora vivo más segura.
Estoy en la biblioteca buscando un libro que se me resiste. Lo tuve que devolver sin haberlo terminado de leer –era un libro de préstamo corto, aquí tienen al menos tres variedades de préstamo- y ahora no lo encuentro. Llevo viniendo a esta biblioteca varios días y la conozco medianamente, sé en qué se parece y en qué se diferencia de la de Ciencias de la Información de Madrid, por ejemplo. O de la biblioteca pública de mi barrio. Sé dónde están los ordenadores para hacer las búsquedas. Sé donde está el baño. Dónde puedo usar el móvil y dónde no. Sé que las sillas son bastante incómodas y que es importante ponerte debajo de un fluorescente, porque están dispuestos de forma diagonal a las mesas y es fácil que te toque un lugar sin luz (en Inglaterra, en general, me parece que las cosas están mal iluminadas, será manía de persona de país soleado… o manía de lectora que necesita buena luz). Sé que está prohibido comer y beber pero que casi todo el mundo saca su botellita de agua (sólo de agua) y la va bebiendo despacio, con cuidado de no derramar nada, y sin hacer ostentación. Sé que algunos se quitan los zapatos y que otros estudian con abrigo y bufanda porque realmente hace bastante frío a pesar de un engañoso termómetro que marca 22 ºC. Y sé que algunos creen en la temperatura de ese termómetro o que de algún modo la sienten, porque estudian en camiseta.
Me dirijo hacia la estantería de la crítica literaria, la zona de los 801. Una vez, allí oigo y veo a un chico y una chica que tontean a metro y medio de mí. Es casi una escena de Woody Allen, o de cualquier cineasta de cualquier país o de cualquier año en cualquier biblioteca universitaria. Hablan bajo, pero no lo suficiente, se ríen por todo y por nada, saben que deberían estudiar pero lo que les pide el cuerpo no es precisamente estudiar. Una escena visual en Inglaterra te produce siempre una sensación extraña, porque de repente dominas todo el código, todo es igual, tu complicidad con la escena es máxima. Te adueñas del espacio. Sabes qué ocurre, qué ha ocurrido y previsiblemente qué va a pasar. Te sientes adulto y sabio (el adulto básicamente es el que puede prever en función de su experiencia) y de algún modo te gustaría participar en la escena. Aprovechar tu conocimiento respecto de lo que ocurre. Decirles algo, siquiera en inglés, que haga patente que tú estás ahí, que esta vez sí sabes lo que pasa, que te parece muy bien, que te sumas a ellos, que tú también has hecho algo parecido. Pero entonces ya han pasado los tres minutos que estas cosas suelen durar en una biblioteca tipo y se van hacia unas mesas o hacia la salida y se hace el silencio y tú vuelves a estar en la biblioteca de una universidad de Londres, en medio de un montón de libros en inglés. Sin complicidad ni chispa a la vista. Sólo la fila de los lomos con el 801 anotado, más o menos estropeados. Y ninguno es el tuyo.
Le cuento con énfasis a mi amiga V. que mis compañeros de piso son muy desorganizados, guarros incluso y que, entre otras cosas, tienen la costumbre de poner la ropa sacada de la lavadora por toda la casa, sobre las puertas y radiadores, a pesar de tener un tendedero en el jardín de atrás, que en un piso pequeño lo entendería, pero que en una casa con jardín dejar la ropa recién lavada en la cocina, con los olores y los humos o por la casa encima de radiadores polvorientos porque muy limpios no pueden estar. El primer día, le sigo contando, me parecía todo muy raro y ellos muy salvajes, pero a mitad de semana tuve que hacer colada, y como aquí llueve tanto pues, mira, he acabado haciendo lo mismo. Donde fueres haz lo que vieres. Ahora bien, le digo, lo que no me parece normal es que las bragas estén en el radiador de la entrada, llama el cartero, le abres la puerta y allí están las bragas. Llama el del contador de la luz y lo mismo. Así que en esa zona pongo cosas más neutras como camisetas y tal. Y cuando estaba yo tan contenta pensando que había encontrado la forma ideal de encajar ahí, le sigo explicando, cuando creía que bastaba con asegurarse de que las bragas quedaran siempre sobre el radiador de la cocina, junto a la lavadora (como si su cercanía fuera un salvoconducto o la leyenda de un plano, que dijera “esto va de limpieza, no me malinterpretes”; o una eximente al menos, “tenía prisa”), considerándola zona menos expuesta a miradas públicas y por tanto ubicación más correcta, resulta que irónicamente, esa misma noche, como otras tantas, S. trae gente a casa y los sienta en la cocina amplia, así que las bragas acaban estando en exposición permanente. “Cena con vistas a las bragas de mi flatmate, ¿quién se apunta?”. Mi amiga, que lleva ocho años fuera de España, la mitad en Bélgica y la otra mitad en Londres, me ha estado escuchando con una expresión neutra. Concluye: lo de no querer enseñar las bragas es muy católico. A los británicos les da lo mismo. Touchée. V. ha ganado la carrera por dos cuerpos, al menos. (¿Pero no es una guarrada dejar las bragas colgadas por toda la casa, anyway? Si es que somos muchos los que somos católicos sin saberlo).
Básicamente es eso. De repente, un hogar. Y lo curioso es que esta amiga llevaba poco tiempo en ese piso: pero sus cuatro años en Londres y la idea de quedarse habían forjado una especie de hogar fácilmente trasladable: un escritorio de madera, amplio; las fotos artísticas puestas en las paredes. Los libros amontonados en el suelo (en lugar preferente, uno muy gordo con el nombre de su ciudad), una báscula encima de una caja de pimientos (vacía, es de suponer), una cama grande. Y el lugar que había elegido era Greenwich: cerca de la facultad y en una zona acogedora: gente paseando con sus hijos el domingo por la tarde, gente dispuesta a indicarte cómo ir a tal dirección bajo el frío insoportable de un domingo de marzo en Londres.
Al salir del dentista me dio por darme una vuelta por el otro lado de la calle. A lo mejor es que recordaba la ‘peli’ de la noche anterior “El otro lado de la cama” que por cierto no me gustó nada; pobre guión, malísimamente cantada, malísimos los números musicales; eso sí, me gustó ver Madrid/España; pasé un poco de vergüenza viéndola con mi casera tras comentar que había sido supertaquillera en mi país y que la idea había sido tomada para una versión francesa y tal. El caso es al pasear por el otro lado de la calle descubrí una tienda de muebles con liquidación por cierre de negocio. Muebles y muebles. La mayor parte eran enormes mesas o camas o gigantescos armarios. Pero localicé unos armaritos de roble con cajones pequeños (seguro que tienen un nombre distinto a armarito, pero las revistas de decoración y yo nos frecuentamos poco) y unos tiradores de metal negro bastante monos. Así que después de dar muchas vueltas y medir cuántos palmos de profundidad tenían me decidí por un armarito y una cajonera (que tampoco se llamará cajonera sino algo mucho más exótico, de origen francés). Ambos eran de una madera de roble preciosa y tenían buen precio.
Sostuve una conversación bastante cómica con el vendedor, porque yo aún tenía la mitad de la boca y un oído anestesiados. Al oír lo que quería ser un “I´ll take this two drawers” (me llevo estas dos cajoneras) y que debió de sonar como “Ail tai diii tuuu drove” mientras le señalaba los dos muebles, el tipo me dijo “¿De dónde eres, española?” Le dije que sí, pero que normalmente no hablaba así, (mire usté) es que vengo del dentista y me llevé la mano al carrillo insensible. “Oh, I see”, dijo, y sonrió. Era un tipo alto y fuerte, de unos cincuenta años, pelo abundante y algo canoso. “Yo estuve hace un par de semanas. Qué horror”-siguió diciendo mientras me miraba fijamente, no sé si por miedo a que la anestesia me hubiera vuelto sorda o retrasada o porque al tipo yo le hacía tilín o bien porque estaba convencido de que en España por eso de la furia latina es costumbre hipnotizar a las mujeres cuando les vendes un mueble. El caso es que sonreía y no me quitaba la vista de encima. “Me gusta mucho España y bla, bla, bla, la gente es muy abierta y tal”. Su simpatía por España y el hecho de que me llevara dos muebles obró como regateo por defecto: me descontó el precio del envío a casa, ¡cómo no le voy a rebajar a una señorita española y blablabla! Si hubiera tenido que regatear –lo había estado considerando: había carteles por toda la tienda sugiriéndote la opción, siempre que tu oferta fuera razonable; se ve que querían deshacerse de todo cuanto antes- habría sido un verdadero número. Probablemente me habría entendido a pesar de mi boca de trapo y de mis pocas tablas para la cosa del regateo y menos en inglés, porque en situaciones tan codificadas –en las que la costumbre marca con tanta precisión lo que se puede esperar oír y decir- la gente, más que oír se imagina lo que dices. Pero hubiera sido realmente cómico. ¿No de padece?
Tras tanta complicación para conseguir cita con un buen dentista, parecía imposible, pero ahí estaba yo, en la sala de espera de una clínica dental de mi zona, algo desordenada porque estaban pintando. Tras rellenar una ficha en la que me preguntaban todo salvo mi tendencia política, me senté a esperar a mi doctor de nombre impronunciable. Había traído un libro, pero estaba demasiado nerviosa para leer en serio literatura postmoderna en inglés. Me puse a leer las revistas, pero o eran profesionales (equipos de dentistas) o estaban dirigidas a personas a partir de 60 años. Abrí una de estas últimas, pensando que podría aprender algo y topé con un artículo que decía “Mujeres a partir de los 60/ Disfruta del sexo”. Básicamente exponía una serie de lugares comunes (Nunca es tarde, Hay que cuidar la salud…) y luego recomendaba sutilmente tomar suplementos vitamínicos y cápsulas a base de plantas que se anunciaban en la página siguiente. Estuve echando un ojo a una mesita llena de libros infantiles y con algún juguete. Cogí varios de esos volúmenes de gruesas hojas y muchos colorines, páginas divididas en dos que componían un animal vestido de un oficio concreto o figuras con dos partes bien diferenciadas y diseño simplificado. Cuando estaba inmersa en el camino que tenía que seguir el topo Toby para llegar a su madriguera en medio del laberinto de túneles subterráneos –no era muy difícil, debo decir, pero es que además algún niño poco cívico lo había señalado con un ‘boli’, privando al resto de niños y a mí misma de realizar el descubrimiento por nosotros mismos- me llamaron. Me habían hablado bastante mal de los dentistas ingleses, aunque de éste en concreto tenía buenas referencias ya que era el que atendía a mi casera y ella estaba muy contenta, así que dentro del nerviosismo, estaba medianamente confiada. Nada más entrar, un dentista joven de aspecto indio o pakistaní, me dio la mano y se disculpó por el desorden de la clínica: “Ha habido cambio de Dirección y estamos reformando el local”. Esperé que ese cambio se hubiera limitado a ascender a un buen dentista a Manager y que la cosa no hubiera ido a peor y le expliqué al de la bata lo que me pasaba. La infección en la encía, el antibiótico, la visita a la GP… El tipo me examinó, me hizo radiografías y me dio conversación. Resulta que era del Real Madrid, como la mayor parte de sus amigos y justamente el día anterior el Madrid había jugado contra…
————–
Este post lo dedico a Simoneta, por la cosa futbolístico-dental…
))
Supongo que estas cosas ocurren por alguna ley de Murphy. Si supeditas varias cosas a un evento (pongamos, una exposición en clase sobre Milan Kundera) existen todas las probabilidades más una de que todo lo que se pueda cruzar en el camino se cruce y además luego recule y se vuelva a cruzar, con lo cual, en lugar de encontrarte con una simple decisión, te enfrentas a variaciones de cuatro elementos tomados de tres en tres y fotografiados por el lado bueno, el lado regular y el lado malo. En fin, el bultito tamaño grano de arroz en mi encía se convirtió en un guisante y aquello no perdía calibre ni a golpe de antibiótico. Movilicé mis contactos, indagué, recibí una pequeña reprimenda e hice gastar una pasta a una amiga para conseguir un dichoso Augmentine Plus dado que el guisante aguantaba impasible las dosis inferiores, de manera que me he estado enchufando el Augmentine para averiguar el viernes pasado que según mi GP (siglas en inglés del médico de cabecera, una doctora nueva, india y joven) “parece no ser una infección, pero conviene que lo sigas tomando hasta terminar los siete días preceptivos” (qué mala es la automedicación, si ya lo dicen los boticarios españoles, hijos míos, hacedles caso).
El martes exponía en clase sobre Kundera junto a tres compañeras. Esa fecha, pues, era un poco el límite para emprender otras cosas como la búsqueda de trabajo, cenar en la residencia de L. o ir a nosedónde. Por si no fuera poco decidí que para mí, extranjera con poca pasta y dificultades para explicar mis problemas dentales, una sola cita con un solo dentista no era suficiente y que ya puestos a hablar de “cavities” y “benefits” por teléfono mejor pedía hora con dos, uno con referencias pero no concertado y otro concertado pero desconocido; uno probablemente más barato y otro más fiable. Como el avisado lector habrá deducido ya la duplicidad de citas no fue exactamente producto de mi megalomanía ni de mi interés por el tema del doble (döppelganger, o algo así se llama) sino de falta de información (quien tenga claro cómo funciona lo de los dentistas del NHS inglés (equivalente a la Seguridad Social española) favor de explicarlo en un “comment”) y en fin de esta atracción fatal hacia/por las escenas Mister Bean. Así que tenía dos citas con el dentista. Basta que decidas … (Continuará)
Esperando el segundo búho cerca del college vi cómo un hombre de mediana edad y raza negra, en medio de la calle, junto a un cubo de basura, se bajaba los pantalones y los calzones y se ponía a cagar en cuclillas, ante mi estupor y el de una africana detrás de mí que comentaba su extrañeza en voz alta a su compañero, a quien no pareció sorprenderle. Terminó su faena, se subió los pantalones y se fue cojeando.
Llegó el búho, enseñé mi “One Day Travelcard” de seis zonas que me había costado 11 libras (algo más de 15 euros) y perder el tren anterior al apagón, pero a cambio me había librado de la multa de 20 libras y del sofocón de encararte con el revisor –sobre todo yo que de Tae ku ondo nada- y llegué a casa medio dormida y medio muerta, convertida en un apéndice de mis maletas con ruedas. Cuando pensaba dejarme caer sobre la cama, pasando de abrir maletas y demás, algo congeló la imagen de mí misma precipitándome sobre el edredón. Había reparado en una planta reseca. Me apiadé de ella y decidí que la regaría si ello no me exigía demasiada energía (de la que en esas circunstancias estaba tan escasa). Os alegrará saber que no lo hice al estilo ‘homeless’ –no hay que ser tan literal con lo de “donde fueres haz lo que vieres”
)- sino con la botella de agua del bolso. En el cuarto hacía una especie de fresco húmedo, aunque estamos en julio. Bienvenida a Londres, pensé. Y me sumergí dentro del edredón. Serían las seis de la mañana.
Yo decidí esperar, porque ante el apagón los trenes de la zona quedaban descartados y los buses tardaban horas y el taxi era prohibitivo. Unos viejitos dinámicos y amables con los que había compartido la espera decidieron bajar los trastos y esperar en el andén no sé muy bien a qué. Al rato se empezaron a encender las luces, los viejitos subieron con sus maletas y arrancamos. Eran las tres de la mañana. Me iba durmiendo y despertando a trompicones, presa de mis propios apagones y encendidos cerebrales, pero, eso sí, me reiniciaba con mucha elegancia y sin molestar a nadie (y no soltaba el bolso al apagarme). Llegué a Victoria Station al poco rato (quien dice poco rato en estas circunstancias dice ¿cincuenta minutos?, algo así debió de ser). En los torniquetes de salida había apostados empleados de la estación. Hubiera sido imposible salir sin billete sin pagar multa. A no ser que un@ sea karateka (o de Taekuondo) y se líe a mamporros con maletas y todo. No vi por allí a la Bistuer ni a nadie del grupo del líder gracioso. Probablemente estarían durmiendo tranquilamente en sus casas. La estación estaba a punto de cerrar y nos hicieron salir por un hueco de una puerta metálica. Yo, que arrastraba una maleta en cada mano, tuve que hacer un número circense para pasar, pero eso sí, al oír como crujían mis ternillas
)) el ‘segureta’ entonó un “Sorry, Madam” muy sentido.
Localicé el primer búho, a pesar de la errata de la guía de autobuses nocturnos que le cambiaba el nombre, y esperé pacientemente en medio del frío. Mientras esperaba y una chica francesa en manga corta moría de frío a mi lado a pesar de las friegas de su novio, me compré un donuts: pensaba en la perspectiva de llegar a casa donde no tenía ni leche ni pan y en que se acercaba la hora del desayuno y el donuts se me antojó como una especie de redondo salvavidas. En realidad era simplemente algo que no me podían demorar, estaba harta de demoras. La chica semihelada y su novio, afortunados ellos, se encamaron a su búho. A falta de autobús al que subirme, me subí el cuello de la cazadora –nunca viajo sin un jersey o chaqueta; por si los aires acondicionados o los cambios de tiempo y para usarlo de almohada en el avión- y me senté en la parada para tomarme mi donuts, que no era gran cosa pero que además de entretener mi boca entretuvo mi mente por aquello de que se llamaba ‘ice ring’; me decía que lo del ‘ring’ pase, pero lo del ‘ice’ con este frío no motivaba mucho; se llama así por la especie de azúcar ‘glas’ futurista que le ponen, en forma de cristales azulados.
El búho dichoso daba bastante vuelta, por cierto, pero lo más curioso fue que me tuve que cambiar de sitio porque se subió una madre con un carrito de bebé ¡a las cuatro y pico de la mañana! Y luego dicen que “Spain is different”. El bebé, una niña negra de menos de dos años, era bastante tranquila pero estaba despierta y yo estuve temiendo un arrebato de llanto en cualquier momento. Berridos infantiles taladrándote los oídos tras una noche sin dormir hubiera sido una dura prueba. Les dejé el sitio reservado para madres con carros y me acurruqué como pude con mis maletas.
Esperando el segundo búho cerca del college vi… (Continuará)
El retraso debería haberme hecho desconfiar, porque aquí son relativamente frecuentes las demoras, pero te suelen advertir por adelantado. El caso es que subimos, colocamos las maletas con mayor o menos dificultad y nos sentamos. Pasaban los minutos y aquello no arrancaba. “Problemas con el suministro eléctrico, no sabemos cuánto puede durar”. Puedo afirmar y afirmo que duró bastante. A la media hora nos dijeron que nos bajáramos del tren, que una vez recuperada la electricidad era preciso reiniciarlo (“to restart the train”, lo anoto para los incrédulos), pero que podíamos dejar las maletas dentro. Sonaba un poco marciano aquello, pero las dejamos y nos bajamos. Se cerraron las puertas. Se fue la luz completamente. Ahí estábamos nosotros, de madrugada, en medio del andén, sin maletas y los vagones apagados y herméticos, reteniendo nuestras maletas pesadas. Como triquiñuela para robar maletas de turistas parecía demasiado sofisticado, aunque nunca se sabe. Un tipo joven se paseaba por el andén con una llave que hacía girar en la parte baja de los vagones. Sin aparente resultado. No hay luz todavía, se oyó decir y bla, bla, bla. Conciliábulos en el andén. Voces aquí y allá, pero bastante educadas. El de la compañía de ferrocarril era bastante servicial aunque tampoco podía hacer mucho. Al final nos dijeron que abrirían el tren, podríamos coger las maletas a oscuras –se disculpaban mucho por ello- y bajarnos o quedarnos en el tren a esperar que volviera la electricidad. Yo decidí esperar, porque… (Continuará).
¿Qué hacía el líder gracioso en favor de su grupo, o sea de nosotros, sumidos en una angustiosa indefinición, en un lamentable ninguneo? Porque todo líder debe dirigir, pero para dirigir habrá que definir primero ¿no? ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos? ¿En qué cinta están nuestras maletas? En su favor diré que al menos no seguí oyendo chistes malos (ahora me limito a hacerlos yo
)). Simplemente, se había esfumado. Según pasaba el tiempo me preguntaba cómo iba a volver a casa a esas horas, ya sin tren y sin la mayor parte de los autobuses. Al fin aparecieron las maletas. Hice como que corría con ellas hacia la estación, así en plan Míster Bean, porque era difícil sortear tantos obstáculos a una velocidad decente sin romper ni romperte algo. Además, había que sacar el billete, a pesar de los consejos pasotas que la Bistuer de pego había estado dando a quien la escuchara –rompiendo por un momento el liderazgo del líder gracioso y robándole cierto protagonismo al amigo de contar chistes en situaciones de estrés- sobre que no hacía falta, que te comprabas el billete en el propio tren sin recargo y no sé qué más, lo que decía era cierto para el Gatwick Express pero no para el resto de trenes, pero ella no señaló este detalle o yo no lo oí. El caso es que las taquillas estaban cerradas y de las máquinas automáticas sólo funcionaban dos. Y cola en las máquinas, pues. Tardé bastante porque el aparatejo no tenía cambio hasta 20 libras, porque no aceptaba mi tarjeta Visa Electrón, ni mi billete de cinco… al final lo pude sacar pagando con suelto y muy rápido (si lo hacías despacio volvía a la pantalla de menú; a todo esto hay que recordar que yo tenía euros por todas partes y libras no se sabe muy bien donde), pero ya había perdido el tren de la 1:35 a.m., de manera que tenía que esperar hasta las 2:05. O eso pensaba yo, por entonces. La cosa es que bajé al andén correspondiente y esperé en medio del frío (en julio, frío incluso con cazadora, lo juro) recordando con cierta añoranza los treinta y ocho grados de Madrid. El tren llegó como 5 minutos después de su hora, sin ninguna explicación. Eso debería haberme hecho desconfiar…
(Continuará)
Al rato, cuando mis pies han echado raíces y mi brazo se ha incrustado en la nariz de una chica bajita (“no me molesta, de verdad”, me dice cuando me disculpo porque no tengo otro lugar al que agarrarme que una barra que está muy cerca de ella; dice que no le molesta pero noto su respiración en mi brazo: esta cercanía es realmente incómoda) el autobús arranca. Cola para subir al avión por la puerta delantera. Una rezagada espabilada intenta colarse por la puerta de atrás, cosa que yo también había considerado y desechado tras ver que los de la limpieza y del catering subían y bajaban por ella afanosamente. Me siento en un sitio junto al pasillo. Compruebo con sorpresa que la chica que hay a mi lado es Coral, la falsa Coral Bistuer, vamos.
Esta vez no ha habido espumarajos en la boca de nadie (en la ida a Madrid un chaval se empezó a poner pálido, sudaba, echaba espuma por las comisuras de los labios; se le pasó tras ponerle oxígeno). Aunque sapos y culebras sí estaban en la mente y en los labios de algunos, especialmente de un grupo de tres chavales veinteañeros, con toda la pinta de estudiar Historia en la Autónoma y darle a los porros de lo lindo, que habían sacado punta a lo de “en unos minutos despegará el avión” diciendo que eso era muy relativo (quizá fueran de Filosofía), que no era lo mismo cinco minutos que cinco mil minutos y que bla bla bla. Y razón no les faltaba. Y también a eso de “gracias por su paciencia”, contestando “como si tuviéramos otro remedio” y se reían como ahogándose, sobre todo uno muy delgado, cargado de hombros y con aspecto de llevar meses sin dormir bien y días sin afeitarse ni bien ni mal.
El vuelo tardó algo menos de dos horas, en lugar de las dos y media normales. Pero llegados a Gatwick, una vez pasado el control de pasaportes (encontré a los polis bastante pasotas; sería por la hora intempestiva) las maletas se retrasaban. Vamos, que no teníamos asignada cinta. Qué agonía de indefinición. ¿Y a todo esto qué hacía el líder gracioso en favor de su grupo?
(Continuará)
(No me resisto a saltar al presente para contar esto. Un post calentito).
Así que sales de tu casa de Madrid a las 7 y media de la tarde, maletas y demás, ayuda fraterna que si no no te hubieras atrevido a metro y bus porque la línea del aeropuerto está medio cerrada, calor insoportable, los chorros de vapor de agua en plena cara de Avenida de América que a quién se le habrá ocurrido, una cierta prisa para luego ver que te cambian la puerta, te cambian la hora, te retrasan la hora otra vez más y así a lo tonto sales dos y media después. Un viaje doblado al 50% de su duración. Poco consuela que te hayan dado un ticket para que comas un bocata y te bebas una bebida (según Easyjet los 4,80 euros del ticket dan para ello; según los del restaurante de la puerta B no tanto, “os redondeamos para que os alcance porque ya sólo la bebida son dos y pico”; lo dice muy ufano el chaval como si sus precios fueran muy normales; que los de Easyjet serán unos ratas, no digo que no, pero también los precios del lugar aquel son finos; por cierto el ticket de Easyjet prohíbe ser canjeado por bebidas alcohólicas, pero en el restaurante sólo hablan de bebidas). Así que llamo a una amiga, charlamos y nos despedimos, y después de mucho esperar, y mucho lavarme los dientes aprovechando que no tenía otra cosa que hacer, se dice se comenta se rumorea por las pantallas que parece que vamos a embarcar de una vez. Como sigo siendo viajera tipo D (ver El vuelo parte I), le sigo echando paciencia. Cuando estamos en el bus que nos lleva al avión aquello no se mueve. Calor considerable, poco sitio, dos mexicanas pijas y más o menos monas a golpe de pestañeo de pestaña kilométrica negrísima sentadas en el suelo y una especie de Coral Bistuer de cuando empezaba (quiero decir, cuando estaba fibrosa y no salía en los ‘reality shows’ diciendo chorradas y poniendo morritos por todo) que se ha hecho amiga de un grupo de jóvenes que parecen encontrar muy gracioso este asunto del retraso y tal (“¿Qué nos darán si son tres horas de retraso? ¿el postre?” Dice un rubio descolorido que parece haberse erigido en el líder del grupo y el gracioso a un tiempo. Las risas de la masa reconfortan su corazón de líder gracioso). Abren las puertas del microbús para que no nos asfixiemos. Pienso con horror que la cosa va para largo. Viene un tipo y pregunta que si una tal María Nosecuántos se encuentra entre nosotros. Ni idea, gruñimos. Se va. Al rato, cuando mis pies han echado raíces… (Continuará).
La tipa (léase mimo, actriz, bailarina) del Théâtre du Mouvement
se llamaba Claire Heggen y era francesa. Después de chuparse 80 minutos de un espectáculo formato solo se cambió de ropa (no mucho) se sentó al borde del escenario junto a un tipo sonriente que iba a actuar de moderador/traductor y se puso a contestar en un inglés macarrónico pero eficaz las preguntas de los presentes. Me pareció estupendo que tuvieran esa pauta de hacer una discusión después del show y el esfuerzo que los presentes –mayoría de ingleses, aparentemente- hicimos para entender el insuficiente inglés de la actriz y el esfuerzo de la propia actriz para explicarse en inglés, ayudándose de gestos no cuando no sabía la palabra sino intercalándolos con naturalidad. Fue muy especial. Página sobre el Théâtre du mouvement
Buenas noticias. No todo está perdido. Cuatro meses en Londres no agotan la novedad. Todavía hay cosas sorprendentes y con cierto halo mágico. La primera fue magia negra, digamos: magia de malote y magia nocturna. Ir a un club tipo antro en la zona de Kings Cross, The Key donde antes había almacenes y prostitutas y ahora hay almacenes reconvertidos en antros ‘cool’ y prostitutas desperdigadas en los vacíos de los antros ‘cool’. Antros ‘cool’ custodiados por maromos de 2 metros por 2 metros y súper montados pero en fin. Y la segunda, el Royal Festival Hall, en Southbank, en la orilla Sur del río junto a Waterloo, Embakment y no lejos de Charing Cross (a tiro de puente, por así decir). Lo mágico de la primera -no sé si llamarla “epifanía”- era el entorno. Hubiera sido imposible que llegara yo sola, porque en realidad aquello era un “no lugar”. Naves, solares… quién buscaría ahí nada. Había dos colas, una para los que estaban en la lista de invitados, que pagaban algo menos por haber reservado y otra para los no invitados. La de los no invitados estaba prácticamente vacía, lo cual era una buena noticia y una mala noticia a la vez para mí: de qué me servía entrar sin esperar si luego iba a tener que esperar dentro, sola.
Chupitos de Sambuca (un anís dulce), varias salas, tecno y tecno orgásmico con un D.J. del continente –como llaman por aquí al resto de Europa-, danés creo recordar. ‘Seguretas’ con auriculares, linternas, cachas, echan a uno raro por supuesta pedofilia. La Stella Artois, la cerveza belga, (4 libras) más cara que un vino o un combinado (3,50). Agua mineral a 2 libras. Dos andróginas de diseño bailan una frente a la otra. Yo me empeño en que todos los tíos de nuestro grupo son gays salvo los que están emparejados y dos que me tiran los tejos, uno por el éxtasis y otro de veras (o eso creo, mi inglés en esas condiciones de ruido y de lengua pastosa de mi interlocutor no facilitan las cosas). Subimos a una plataforma en la sala orgásmica. Me agobio por la falta de espacio (o te centras en no dar a la gente y evitar los codazos o te relajas y bailas) y entonces el problema es cómo bajar sin pisar a nadie y cómo llegar a donde están tus amigos (es un decir lo de amigos).
—————
Este post va dedicado a Angelina Jolín, porque tienen un aire de familia.

2 Comments »