Era sábado. Más exactamente mi primer sábado post-Madrid, lo cual implicaba grandes dosis de desafío (como dicen por aquí): después de pasar todo el tiempo acompañada, por la familia o por los amigos, los ‘findes’ que no son ‘findes’ porque no sales porque no conoces a suficiente gente en la ciudad o porque la que conoces no puede salir o porque ni siquiera lo has propuesto suponen un choque frontal con la realidad. Estaba leyendo el correo electrónico en el ‘living’, creo, y se me ocurrió avisar a T., la amiga griega de una amiga que curiosamente también estudia en D., de mi regreso a Londres. Al rato me llamó por teléfono con su acento arrastrado (el acento de los griegos hablando inglés me recuerda al catalán… no sé por qué, deben de tener algún sonido en común ambos idiomas, alguna vocal que el castellano no tiene): unos amigos suyos chilenos hacían una fiesta en su casa, por qué no me iba con ella. Era esa misma noche. Le dije que estupendo.
En Londres, el interés que presentas ante un extranjer@, abstracción hecha del factor sexual, es inversamente proporcional a tu parecido nacional o cultural. Quiero decir, cuanto más parecidos son los países de cada un@, menos interesante le resultarás, y viceversa. La cosa es que el interés que les suscitaba yo a los chilenos a primera vista tendía a cero. No es asunto que un@ deba tomarse a mal ya que no tiene nada que ver con un@. Simplemente, aquella noche, en el piso de uno de aquellos compatriotas, lo interesante era reunirse con otros chilenos, beber cerveza o vino o conocer a gente lo más exótica posible. La española de la camiseta de monigotes no revestía ningún interés especial. Tenía, eso sí, la ventaja de entender español (algunos de los presentes se defendían bastante mal en la lengua de la Pérfida), pero para eso ya estaban los amigotes chilenos, o la novia, o la esposa, o el novio, o el esposo. Para mí la perspectiva de ir a una fiesta de unos chilenos ni quitaba ni ponía. Hubiera preferido algo más anglosajón porque acababa de estar en España tres semanas hablando castellano, pero estaba bien conocer gente y no tenía otro plan mejor, así que compré una botella de vino blanco chileno (el “made in Chile”, dentro de la oferta de Londres, representa el bueno, bonito y barato en vinos) y me fui para allá con T y S. T y S, la griega y la del nombre griego; yo también con nombre griego; me río del que cuenta obsesivamente las piedras que colecciona para chuparlas por orden; véase Breve historia de unos apuntes volando por el mundo mundial; pero yo también colecciono palabras y las saboreo por orden, buscando mi propia sintaxis tranquilizadora.
Una ducha de estímulos que se perciben siempre en presente, porque la línea con el pasado y con el futuro también se ha roto, digamos que el presente ha absorbido ambos.
Yo estaba pensando en los cuentos de Robert Coover, concretamente en su volumen titulado “El hurgón mágico”. Ese libro es justo eso, el destello genial de una escena llena de amarillos (un cuadro fauve, digamos), que te arrastra a una emoción intensa y sin base racional. Pero después sigues leyendo y todo se vuelve tan gratuito que defrauda. Una gratuidad consciente y voluntaria. El autor posmoderno dice: Oye, este mundo es un caos y lo que nos queda es el presente y lo que percibimos. Oye –sigue diciendo- los signos están vagando por ahí, míralos, son bonitos, huelen bien, apestan, se mueven, son espantosos, son atronadores, son una lluvia, son un torrente, son rojos, caen por litros, abrasan tu cara, golpean en tu espalda, te suben por los aires y, mientras tanto, tu sustrato sensorial de lector y de sujeto no puede dejar de percibirlos, no puedes dejar de experimentar esa corriente eléctrica a lo largo de tus terminaciones nerviosas como una estimulante ducha fría antes de tirarte a la piscina de agua caliente. Pero tu ducha fría tiene un sentido: lavarte antes de meterte en la piscina o espabilarte para algo en concreto y, sin embargo, estos autores deciden que escribir consiste en construir una ensalada de estímulos tipo LSD para explicar que el mundo no tiene sentido, que Dios ha muerto, que las palabras no se refieren a las cosas, que añoramos las cosas pero sólo tenemos acceso a las palabras o repetir muchas veces “chupé la segunda piedra del bolsillo derecho de mi gabardina y la pasé a la parte izquierda del bolsillo izquierdo de mi pantalón temeroso de haber equivocado el orden y estar chupando por segunda vez la piedra número uno, pero si por error chupara por tercera vez la quinta piedra de mis dieciséis piedras-para-chupar eso sería espantoso” (traduzco de memoria y en plan bastante libre -aplicando el modelo traducción-paráfrasis tan atacado y tan defendido a lo largo de la historia- lo que recuerdo de la versión inglesa, co-traducida por el propio autor. La primera versión de la Trilogía, que incluye “Molloy”, “Malone muere” y “El innombrable”, fue escrita y publicada en francés; uso la paráfrasis y cuarto y mitad de mala leche, lo reconozco, pero es que leer una anti-novela en inglés contra el reloj tiene tela porque el lenguaje roto no ayuda nada a un lector extranjero… vamos que te hacen pagar a ti los “platos” rotos) como hace Samuel Beckett en “Molloy”. Pero eso fue lectura de la semana siguiente y no sería justo despachar a Don Samuel Beckett de esta manera. See you later.
Así que mi grupo, que fue el primero en hablar, decidió centrarse en la esquizofrenia de un mundo en el que la cadena lógica entre significantes y significados (en inglés se parecen más fonéticamente y es un lío: “signifier and signified”) se ha roto, en parte porque esta cadena era arbitraria (Saussure dixit; esta fue una de mis pocas aportaciones en la charleta preparatoria, lo tenía fresco porque había leído sobre ello en navidades en casa; la palabra “casa”, por ejemplo, podría igualmente designar cualquier otra cosa; reconocemos el signo “casa” por contraste con signos como “capa” o “cata” o “cana”, no porque haya en ella algo que analógicamente remita a la idea “casa” sino por mera convención; la excepción a esa arbitrariedad son las onomatopeyas. Pero incluso en este caso hay variaciones entre idiomas, no tanto porque los gallos franceses digan realmente “cocoricó” y los nuestros “kikirikí” sino por el contexto fonético-fonológico de cada país; por cierto, Saussure se estudiaba en mis tiempos en la EGB -Educación General Básica- pero eso queda muy lejos), decía que la cadena entre significantes y significados se ha roto en parte por ser arbitraria y en parte por causas que al parecer no se explicaban en ninguna parte del “hand-out” y que supongo que son históricas y tienen relación con las atrocidades de Segunda Guerra Mundial (véase “Del existencialismo al best seller…“ ese ‘bonito’ manual
))) de Alemany, Elena; Madrid, 2003; ver comentario del libro ) y lo que nos queda, pues, es el signo, un torrente de significantes sin profundidad pero muy vívidos, una explosión de estímulos como en la que, al parecer, viven los esquizofrénicos (pero quitándole el sesgo patológico de la palabra, mi ’compa’ insistía mucho en este punto; la esquizofrenia a aplicar al postmodernismo es mucho más ‘fashion’ que todo eso). Sólo estímulos que se perciben siempre en presente, porque la línea con el pasado y con el futuro también se ha roto, digamos que el presente ha absorbido ambos. (Continuará. ¿En el pasado? ¿En el presente?).
Así que “allí me colé y en mi college me planté”: recogí los apuntes una hora antes de la clase y los estuve ojeando en medio de la marabunta que había aquel día –extrañamente; no recordaba que fuera tan difícil conseguir mesa ni que hubiera tanta gente y tanto ruido- en la cafetería. Muy amenos no eran los apuntes de Jameson, Lyotard y compañía: versaban sobre dónde empieza y dónde termina la Literatura Postmoderna y tal (qué manía con los famosos “boundaries”, límites por aquí, límites por allá; ¡todo tiene un límite! La paciencia del alumno también). Una vez en clase, la obligada presentación inicial de los alumnos en que yo confiaba para no hacer mucho ese primer día y lamentar menos el no haber leído los apuntes duró exactamente tres minutos, porque los compañeros, en lugar de presentarse como lo hicimos en el otro curso contando brevemente tu trayectoria, se limitaron a decir su nombre y el Máster que estaban haciendo. Resultó más cómodo para mí a la hora de hablar, pero perdió todo el encanto: no pude curiosear nada sobre mis fellow students. Y entonces en lugar de ofrecer una breve introducción sobre el tema, como aquello era un seminario a secas, sin “Lecture” previa (una especie de clase magistral), el profesor nos pidió que nos dividiéramos en grupos y discutiéramos con libertad alguno de los tres puntos que citó a toda prisa, la-noción-de-subjetividad (sense of subjectivity), la-noción-de-temporalidad (sense of temporality), la-ubicación-del-yo-en-el espacio-social (location of the self in the social space), reproduzco con la ayuda de mis apuntes, que tampoco son demasiado completos, me temo. Añadió que no nos sintiéramos obligados a ser capaces de explicar perfectamente en qué consistía eso llamado Ficción Postmoderna ya que de momento sólo nos estábamos aproximando (cierto, estábamos más o menos por las “boundaries”, fronteras, límites, lindes). Que nos sintiéramos libres para contar nuestras ideas, más o menos fundamentadas. Yo me reía por dentro porque desde mi no haber leído los apuntes toda aquella parafernalia seudo-didáctica y bienintencionada (que yo misma había aplicado en alguna clase o conferencia) resultaba completamente fuera de lugar. Bonito grupo el mío: una no había leído nada de nada, otra –yo- sólo había ojeado el primer texto (leído las tres primeras páginas, y ojeado el resto, vamos), una casi había terminado de leer y la otra que lo había leído todo lógicamente se erigió en portavoz (hubiera intentado serlo en cualquier caso, si la conozco bien: tiene madera de líder) pero por algún motivo, en medio de la exposición, cuando el profesor le pidió que explicara lo de cadena de significado y significante se atrancó –era difícil poner orden en los extraños discursos de Jameson y Lyotard, sobre todo tras una puesta en común tan poco ortodoxa-. Primera vez que le veo perder los papeles, pero lo llevó bien, chapeau por ella. Así que, mi grupo, que fue el primero en hablar, decidió… (Continuará)
De manera que aunque estuvimos a punto de desencadenar un incidente con esta nuestra comunidad de vecinos, como dice Cuesta en la serie española “Aquí no hay quien viva”, y a pesar de que, venciendo el corte que me dan estas cosas, abordé a una cartera en la calle para preguntarle si había repartido ya en mi casa, nos quedamos compuestos y sin carta. La cosa fue así, mi portero, ignorante de lo mucho que había en juego, tuvo a bien faltar el día que yo cogía el vuelo para Londres por la tarde y dejó un bonito cartel indicando que las cartas se entregarían al personal de la Asociación del bajo. Así que mi padre, muy diligente, bajó a pedir nuestras cartas, pensando que estarían clasificadas, y no sólo le dieron todo el bloque y le hicieron responsable de su custodia ante Dios y ante los hombres, sino que le dijeron que no se le ocurriera devolver el resto sino al portero al día siguiente. Mi madre se puso a mirar las cartas mientras mi padre se deshacía en comentarios no precisamente elogiosos sobre la pobre chica de la Asociación, a la que el asunto de las cartas seguramente le había caído del cielo como un regalo envenenado, pero tampoco mi padre tenía la culpa del caos de la situación y bla, bla, bla. Ni rastro de mi carta ni de ninguna carta para mi familia, así que una vez revisadas y reagrupadas escrupulosamente mi madre se empeñó en que las cartas debían ser devueltas a quien según el cartel del portero –la legislación vigente, el marco legal, el Estatut, llámale H- debía estar en posesión de ellas en su ausencia. “La gente va a leer el cartel y va a pedirle las cartas a las de la Asociación, no a nosotros”, razonaba ella, ante las objeciones de mi padre, espantado ante la perspectiva de un nuevo enfrentamiento con la chica de la Asociación. Yo les oía discutir desde la otra punta del pasillo mientras terminaba de preparar la maleta. Y, fiel a mi educación católica, me sentía culpable, porque sólo se habían puesto tan plastas con el correo de ese día por mi culpa o por mi causa. Y encima para nada, porque la carta no llegó sino la semana siguiente. Perplejidad y “misterbeanismo”, si se me permite la invención.
Tras sopesar pros y contras, al final no me animé a pedirle a la secretaria que me enviara los apuntes porque según mi referente universitario hispano parecía una locura. Así que estuve investigando con el programa, tratando de imaginar la extensión de la primera entrega, la de la primera semana. Perdí un montón de tiempo –aunque descubrí y aprendí unas cuantas cosas- buscando los títulos españoles equivalentes a la bibliografía recomendada, Jameson, Lyotard, Lodge, Baudrillard. Tarea bastante complicada porque las traducciones de los títulos son bastante libres (lo cual no es necesariamente malo, según teorías que estoy conociendo ahora y que explicaré en otro momento, pero despista) por ver si podía ir leyendo algo desde España y por ver si compraba algún libro de apoyo y tal. Mi segundo pensamiento fue preguntar por e-mail a una compañera que estaba en Londres. Quería saber la extensión. A lo mejor, dado que regresaba la víspera del primer día de clase, por la tarde, y la clase era a las 2 de la tarde podría leerlo esa misma mañana. Mi compañera tardó en contestar. Dijo que le parecía que no me daría tiempo, a no ser que leyera muy rápido, cosa que por supuesto no es el caso (¿he dicho ya que lo mío es el francés?). El siguiente paso podía haber sido animarme a pedirle a la secretaria que me lo enviara, pero no me atreví, así que le pedí a mi compañera el favor de recoger mi copia y mandármela por correo. Tardó bastante en contestar y entre tanto yo no sabía si la demora era porque no le apetecía andar guardando cola en Correos y tal o porque sencillamente no había ido al college últimamente a ver su cuenta de correo. Ante la duda, tampoco utilicé la opción del SMS (tampoco era plan de acosarla). El calendario avanzaba hacia el 9 de enero, día de mi vuelta a Londres, pero sólo pasados unos días mi compañera contestó que lo haría inmediatamente. Después, me escribió diciendo que la secretaria se había ofrecido a mandármelo y que ella había dicho que de acuerdo pero que me corría prisa. La secre dijo que haría lo que pudiera. Escribí a la secretaria para asegurarme de que me lo mandaba a la dirección de Madrid y no a la de Londres y le recordé que me corría prisa pero tratando de no resultar descortés. Así que todo este lío para que al final me lo mandara la secretaria. El caso es que me lo mandó por avión y yo me decía, qué bien, si las cartas por avión de Londres en verano tardaron dos o tres días en llegar a Madrid, ahora con las Navidades casi terminadas tardarán cuatro o cinco días. Pero esta vez, el envío se retrasó, no sé si porque venía vía Suiza en lugar de vía Alemania como otras veces, por el parón de Reyes y porque en España no hay correo los sábados (en Inglaterra sí). Así que, a pesar de que estuvimos a punto de desencadenar un incidente con esta nuestra comunidad de vecinos como dice Cuesta… (Continuará)
El título es un poco amarillo o un poco rosa. Lo reconozco (quien tuvo retuvo). Los apuntes no volaron tanto y eso fue parte del problema. Pero empecemos por el principio. Érase una vez una chica que se volvió estudiante de repente. No es que se levantara un día, se mirara al espejo y se viera convertida en una estudiante-escarabajo. Simplemente, volvió a la vida del estudiante universitario, tras unos diez años algo apartada de él (en realidad no había dejado nunca de estudiar, pero una cosa es estudiar y otra cosa ser estudiante). El caso es que se plantó en Londres a hacer un Master de, pongamos, Literatura Comparada, en inglés, eso sí. Su inglés no estaba mal pero tampoco estaba del todo bien (ella siempre había preferido el francés; pero sospechamos que si hiciera un master en Francia descubriría los límites de su francés querido y aparentemente fluido, así que mejor no “meneallo”), pero en el examen de inglés académico se las apañó bien, sacó una nota bastante buena, un punto por encima de lo que le pedían. Así que con su 7,5 en el IELTS (International English Language Testing System) y un colchón o un flotador bajo el brazo que consistía en hacer el Master a media jornada (por aquello de darle tiempo a su inglés a mejorar y a su cuerpo y circunstancia a disfrutar la estancia tranquilamente) se plantó en lo que resultó ser –estas cosas nunca se saben- un plan bastante agradable: una asignatura por trimestre, una ciudad a tu disposición, y mucho muuucho tiempo para leer, escribir, y sobre todo observar y aprender. Porque además de aprender inglés y hacer un máster, la idea era vivir fuera y escribir una segunda novela. Por no extenderme demasiado dejaré para un “continuará” esos primeros tres meses y me limitaré a decir que saqué partido a mi condición de estudiante y decidí que mis navidades este año se iban a extender a las tres semanas, en parte porque no había nada que me retuviera en Londres esos días, en parte porque los billetes fuera de las fechas festivas eran más baratos y en mucha parte también porque echaba en falta mi casa y mi gente. Así que a mediados de diciembre ya estaba en Madrid. A los dos o tres días recibo un e-mail de la secretaria de mi departamento diciendo que adjuntaba el programa en un documento PDF y que en su despacho ya estaban disponibles los apuntes para el siguiente trimestre. Ahí podían estar. Así que le agradecí el PDF y le comenté que no podía recoger los apuntes porque estaba en Madrid y dudé por un segundo si pedirle que me los mandara por correo porque las universidades de aquí, al menos para los postgraduados, resultan mucho más “friendly” que en España, vamos, que no era descabellado pretender que como estudiante en el extranjero te lo mandaran. Sin embargo tenía mis dudas. (Continuará).
Amanecer el primer día del Post-Madrid en South-East London resulta raro. Cuando vine a vivir a esta casa todo era nuevo y por tanto oficialmente raro. Ahora es medio raro medio normal pero los agentes de Rarezas y Puertos se han ido y también los intérpretes de enchufes de tres clavijas y volantes a la derecha, así que me tengo que apañar yo sola. Salvando las distancias, esto debe ser como lo que pasa con los exploradores: una cosa es atravesar el mar, vencer las tormentas, desembarcar y abrirte paso entre la maleza, defenderte de los animales salvajes al tiempo que te maravillas con las cascadas, las montañas y demás y otra cosa es construirte ahí una nueva casa con las cañas, planificar los servicios del poblado, formar un grupo humano y decidir a qué te dedicarás en lo sucesivo. De eso se trata: ahora la novedad ha pasado a un segundo plano y uno debería centrarse en hacer las cosas bien. Y por otro lado uno empieza a exigirle más a su vida de aquí. La novedad no es lo que era, decía, pero alguna cosa nueva nos queda, tranquilidad: nuevo profe (aquí llamado lecturer y Roy para los amigos), grupo nuevo a medias (están parte de mis compañeras de antes pero ahora somos unos 20 en clase)… y nueva asignatura, Ficción postmoderna. Y algunas compañeras bastante combativas, sobre todo una a la que llamaremos señorita Pepis que debe de ser americana y que se empeña en hablar muy bajito muy bajito para que ni los extranjeros, ni el profe, ni si me apuras ningún ser dotado de oído más allá del cuello de su camisa la pueda entender con facilidad. Así que mientras la tipa del pelo del mismo color que la cara: la piel blanco-rosada, el pelo blanco-amarillo, con un boli prendido del dedo filosofa sobre por qué tradicionalmente la noción de sujeto como algo coherente ha podido ser interesada y artificialmente mantenida o interesada y artificialmente silenciada (en distintos momentos parece considerar una cosa y su contraria, en mi master somos así de chulos), parte de la clase entrecierra los ojos y mueve la cabeza hacia donde ella está, como una planta hacia la luz. Y así estamos, escuchando los susurros filósofico-políticos de la rostro pálido, chavala que vale, tiene una voz sugerente y dice algunas cosas que aisladamente, en plan cuarto y mitad de palabra, suenan bien, pero vamos, a quien un poquito de vitaminas y un volumen un poco más normal no le vendrían mal. A lo mejor su subjetividad se volvía más saludable, digo, o menos (auto) silenciada ya que estamos con eso de la noción de sujeto como algo coherente o al menos audible. El profe, uno de los girasoles que torcían el cuello para acercarse a la alumna-luz, girasol barbado tirando a pelirrojo y especialista en literatura del Holocausto, introdujo una sugerencia en esta coyuntura, como decían ¿en “Torrente”?: “razones políticas”, y con ese “montaje” sonoro tan caótico (ni de la contigüidad se puede una fiar hoy en día, ¡dónde vamos a ir a parar!) ya no supe si contestaba a ser artificialmente mantenida o interesadamente silenciada, pero por lógica parecía que esta última. Yo estaba pensando en el caso de Pessoa, en sus heterónimos y en el hecho de que el poeta portugués no creyera en la individualidad: para él, si no recuerdo mal, el individuo era una invención religiosa, todos éramos todo y él pretendía escribir el “drama im gente” (no sé portugués; seguramente no se escribe así), pero en fin, tampoco estaba muy segura de que mi percepción de lo dicho fuera exacta y además no había podido leer los apuntes por culpa del correo y de alguna torpeza mía. Pero eso ya es otra historia.
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Este post de título cinematográfico, enfoque perplejo y humor subterráneo va dedicado a Parianea.
Ayer mi perruna se vio desalojada del salón por una criatura de unos diez centímetros y color marrón. Vi un cuerpecillo alargado y con cola debajo de una mesita que tenemos en el living, en la parte que da al jardín frontal. Cogí mis móviles, mis libros y mi plato vacío y cerré la puerta, abandonando a su suerte el portátil (y la tele y el equipo de música… pero era una emergencia). Me refugié en el resto de la casa, pasillo abajo (como en Casa tomada de Cortázar) y me acometió una furia limpiadora que dejó el suelo de la cocina como los chorros del oro y mis brazos y espalda un poco hechos polvo. ¡Lo que fuera para evitar visitas semejantes en el futuro o al menos hacer nuestra casa menos apetecible como destino! Mientras pasaba enérgicamente la mopa arriba y abajo por la cocina (no es una fregona, sino una mopa de esponja), imaginaba al ratón comiéndose el cable de mi portátil… Porque además el visitante inesperado tuvo a bien presentarse justo un finde en que estoy sola en casa. Sola en medio de la noche con un monstruo de humm, 10 cm de largo y pocos gramos de peso, pero monstruo al fin. Buahhh. He estado leyendo toda la mañana en mi cuarto y ahora, una vez cumplido mi objetivo matutino, he parado para comer. ¿Se atrevería nuestra heroína a abrir la puerta en la que mora Satán? Bueno, Satancillo. Pues sí. Lo cierto es que durante el día se ve todo distinto y además no me iba a dejar vencer yo por un vulgar ratón de campo (si hubiera sido una rata, hubiera llamado a los bomberos, tenedlo por seguro, ja, ja). Así que nada, abrí la puerta sosteniendo mi plato de comida en una mano y el vaso de agua en otra y muy atenta a mis pies, porque temía especialmente una huida del bicharraco vía suelo con parada no autorizada y denterosa en mis pies. Pero no fue así. Todo tranquilo, corto. Aparentemente no ha habido bajas, Joe. Eché un vistazo en el soleado living y aparentemente estaba todo normal. Un detalle importante, sin embargo: detrás del sofá en el que me siento, la leve pelusa de junto a la pared (ejem, mi furia limpiadora no ha llegado todavía al living) estaba un poco removida. Así que había sido real. Satancillo nos había visitado esa noche. Me puse a comer y al rato empecé a oir unos crujidos procedentes de lugar difícil de determinar. ¿Sería Satán? El caso es que tras escrutar la habitación tratando de saber de dónde venían sólo pude deducir que parecía proceder del techo, lo cual significaría, o Satancillo o los vecinos de arriba, ruidosos por naturaleza. Pero aquellos crujidos eran leves, no del estilo de los vecinos. No sabiendo qué hacer (¿qué cosas espantan a un ratón?) di una sonora palmada, como diciendo, que estoy aquí, got you, y lo cierto es que al poco rato el ruido cesó, probablemente por casualidad. Decidí abrir la ventana, en plan indirecta elegante dirigida a Satán y también sabedora de que el gato de un vecino tiene costumbre de pasear por aquí y asomar la cabeza de vez en cuando (me sentía un poco como la alumna chivata recurriendo a la maestra, “seño, este niño me ha pegado” en versión “misifú, este ratón se ha colado”). Quizá el olor de una breve parada en el alféizar sea suficiente para espantar a Satancillo o a futuros visitantes, me decía. El caso es al rato,
mientras comía mi rico pescado a la plancha con pimientos y cebollita apareció algo peludo por el hueco de la ventana, enseñó los dientes al tiempo que gruñía y me produjo un sobresalto considerable. Era el gatito de siempre, que miraba con interés mi comida mientras mostraba sus dientes. Se ponían las cosas difíciles para mí si el antídoto más fácil contra Satán también me daba miedo. Urbanita impresentable. El gato
diabólico se fue y de Satancillo no tuve noticias. Pero eso sí, estoy muy muy ventilada con mi ventana abierta.
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Este post va dedicado a los Begoyos, que han tenido un año complicado. Un abrazo y ánimo.
El aeropuerto de Gatwick me gusta por algún motivo, además de que me pilla cerca de casa. Prefiero la zona de salidas que la de llegadas. Está como curiosito (células fotoeléctricas en los lavabos, geles buenos para lavarse las manos, un colgador para el abrigo o el bolso en cada WC, pequeños detalles agradables), es espacioso, tiene tiendas interesantes (discos, libros, chocolates, ropa) y zonas amplias para sentarse. Incluso unos sillones que te dan un masaje por una libra. Esta vez, la zona de llegadas resultaba algo caótica porque estaban de obras trabajando en nuestro beneficio (en plan despotismo ilustrado, todo para el pueblo, pero sin el pueblo). Así que los “female toilet” no estaban donde se suponía que debían estar y las zonas para recoger el equipaje se camuflaban tras vallas de obras y demás. Mis cuarenta kilos de maletas no tardaron mucho en aparecer, pero eso sí, cogí la más pesada con la mano izquierda, cosa muy recomendable para alguien que no es zurdo.
Del trayecto en el Gatwick Express lo más reseñable es la conversación de una chica catalana residente en Londres con un joven norteamericano, creo (en todo caso no era inglés, ya que no conocía Londres), que venía de Barcelona y estaba bastante alucinado con los movimientos nacionalistas, el Estatut y todo eso. La chica catalana no estaba de acuerdo con que sólo se enseñe el catalán en las escuelas, “porque el bilingüismo es una riqueza”, frase que decía con un marcado acento catalán y enseñando mucho unos dientes muy blancos cada rato porque sonreía con frecuencia –como hacemos muchos al hablar un idioma ajeno o cuando nos comunicamos en el nuestro con un extranjero; como un comodín fático, que diría un lingüista, un “estoy aquí”, que diría un castizo- y añadió que el joven había tenido oportunidad de estar en Cataluña en un momento muy interesante. Esta chica era una entusiasta de la vida, de Londres (sobre todo por la noche, “por la noche se vuelve un sitio muy especial, sobre todo la zona del río, muy especial”), de vivir en Barcelona por un tiempo siendo extranjero, de apurar una corta estancia en la capital de Gran Bretaña como se aprestaba a hacer el chico que tenía enfrente y seguro que también sería una entusiasta de los Máster de Literatura Comparada, aunque no supiera en qué consiste semejante cosa. Ya le oigo decir “suena realmente muy sugerente”, marcando mucho los sonidos nasales. La verdad es que no me hubiera importado charlar con ella, o en sus términos, la verdad es que me hubiera encantado hablar con ella -yo también soy o estoy entusiasta- pero estaban un poco lejos.
Detrás de mí, de pie junto a la puerta, dos españolas estudiantes de Farmacia o algo así (hablaban de sus ejercicios de química, de si eran grupos dos pi o tres pi; suena a química orgánica pero no sé, una con un ligero acento gallego o leonés y otra andaluza) se contaban sus vacaciones, la enfermedad del familiar de una de ellas, que se había puesto un spray bronceador en lugar de los rayos UVA, no el familiar sino ella, a lo mejor también el familiar, pero eso no lo contó; que le costaba 10 euros la sesión, cosa que a la andaluza pareció gustarle, porque comparado con los UVA no sé qué (el estrépito de un tren que pasó a toda velocidad junto al nuestro nos sobresaltó a las tres y a mí no me dejó oir esa parte; en los trenes de Gatwick y en el Thameslink pasa mucho, cardiacos con destino Londres estén prevenidos), que no habían salido en Nochevieja pero sí antes y después y esas cosas y los muchos ejercicios que le faltaban por hacer, que si se iba a estar dos días pasando a limpio no sé qué cosa que omito porque sonaba bastante rollo. Que no se habían traído champú ni colonia Nenuco pero que estaban seguras de poder encontrar en Inglaterra alguna colonia de niños parecida. Toda la conversación me pareció que traslucía esa camaradería tranquila de los años de facultad y que el vivir fuera no cambiaba apenas este hecho. Añoré aquellos años de universidad y aquella ligereza, aunque supongo que fue una falsa impresión, porque un familiar gravemente enfermo y una carrera técnica en otro idioma ya son bastante poco livianos, pero está claro que solemos ver en los demás lo que nos apetece. Dicho de otro modo, es evidente que nuestras traducciones de los demás son bastante libres.
No fue un vuelo especialmente malo, pero sí pesado. Nos contaron como cinco veces. Dos aquel azafato rubio de la cara quemada y gestos amanerados. Y tres la rubia resolutiva, una especie de Spice Girl reciclada y con poco maquillaje que era la encargada de manejar el cotarro: ella accionaba luces y pilotos luminosos presionando en la pantalla táctil, como si estuviera sacando pasta de un cajero o jugando a los marcianitos, ahora saco 300 euros, ahora te mato, ahora apago las luces del pasillo. El recuento del pasaje lo hacían con un cacharro brillante: una cajita de metal del tamaño de una cinta métrica, con una especie de pestaña que presionaban tantas como cabezas contabilizaban. O bien contaban mal o bien faltaba alguien. El caso es que después de los cinco recuentos, numerosas comunicaciones por el walky y treinta minutos, despegamos. En un momento dado, creo que entre el carrito de la comida y el Duty free, un azafato dijo por megafonía que si había algún doctor o paramédico se presentara en no sé qué del amarillo. Luego trató de decirlo en español, pero lo dijo muy raro, así que no salgo del no sé qué del amarillo; mi inglés tras tres semanas hablando español había menguado peligrosamente. No me pareció que nadie se movilizara, salvo las habituales cabezas curiosas escrutando a lo largo del pasillo, entre las que me encontraba. En todo caso, mi curiosidad no obtuvo resultado positivo: no vi nada que se pareciera a una urgencia médica. A mitad de camino se presentaron turbulencias, que duraron poco y que no me marearon aunque no había tomado Biodramina ni nada, lo de ir delante siempre ayuda; lo peor, las alas porque se mueven más. El aterrizaje fue bien, suavecito (aunque mi vecina de asiento, que se había dedicado todo el camino alternativamente a leer un libro de Italo Calvino o a dormir –quizá ambas cosas a la vez también pero no podría asegurarlo
)- cerró los ojos; uno de más adelante llevaba un rato con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia delante), pero una vez parados nos quedamos quietos como diez minutos, con los motores en marcha. La Spice-azafata también conocida como Barbie Pantallitas recordó que no se podían encender los móviles hasta que el avión estuviera completamente detenido y las puertas abiertas. Después, los motores se apagaron y la gente empezó a levantarse y a coger bultos y a estorbarse entre sí –eso tan español: las prisas que sólo conducen a aguardar o a estorbar en un cruce - y a esperar tontamente. La Spice pidió en inglés que volviéramos a nuestros asientos, y algunas personas empezaron a sentarse. Yo también me senté y aclaré a las de delante (dos pijas de treinta y tantos con el mismo peinado, misma ropa y mismo todo pero bastante tratables, básicamente porque hablaban bajo y no decían tantas tonterías o quizá porque mi pijería se parece a la suya y estoy inmunizada, que todo puede ser) que sí, que nos habían pedido que nos sentáramos. No sabíamos por qué, pero alguna razón habría y como he dicho, en condiciones normales de presión y temperatura, tiendo a la obediencia. Al poco entraron dos tipos con equipo médico y ropa color naranja: los famosos Paramedics de las películas y las series anglosajonas. Algo harían allá atrás, pero no pude ver bien a quién ni qué porque estaba bastante lejos. La gente se volvió a poner de pie y yo, muy cívica y muy lógica a mi manera me quedé sentada pensando que tendrían que sacar al enfermo y que necesitarían espacio. “Esta gente no prevé las cosas”, me decía sintiéndome muy perspicaz. Pero, en fin, lo debieron sacar por detrás porque al rato estábamos desfilando todos sin mayores interrupciones. Yo algo menos perspicaz que un rato antes pero igual de cívica.
Sigo esperando en la puerta de embarque de Barajas, destino Londres, capital de la Pérfida. Un poco más allá hablan dos pijos, de unos veinte años, madrileños. La chica es una morena de pelo largo que arrastra mucho las eses al decir “losss inglesesssss” y el chico es un chaval muy alto con cierto parecido a uno de los hijos del Duque de Feria (delgado, nariz aguileña como la madre, cara tostada por el sol modalidad Marbella, no modalidad Agromán, pelo abundante y fosco, desteñido por el sol o quizá son mechas de castaño claro) y parejo acento y gestos que la chica. No tardo mucho en deducir que son dos balas perdidas enviadas a Inglaterra para regenerarse, “essss increíble cómo ha cambiado mi actitud en esssste tiempo” le está contando la chica “yo ssssolía sssser la típica que no hacía nada y esssstaba todo el día haciendo el tonto y tal y, tío, ha ssssido llegar a Inglaterra y menudo cambio”. Se escucha a sí misma cuando habla, es obvio que está encantada de conocerse, cosa tan común –o tan evidente- en ciertas edades y en ciertos grupos socioeconómicos. Pero lo que de verdad me llama la atención es la facilidad que tiene para hablar de sí misma en tercera persona. No es literal como en el caso de Aída la ex granhermana. Es algo más sutil y por tanto más peligroso, creo: habla de sí misma, de la sí misma de hace unos meses, como si hablara de una extraña. Como si ni la apatía de antes ni la diligencia de ahora dependieran de ella sino sólo de estar en Madrid, ¿sabessss?, o haber sido mandada a Inglaterra lejos de su familia. Al principio pienso que se limita a repetir los comentarios que sus padres hacen sobre ella a terceros, “No veas lo espabilada que ha venido la niña de Inglaterra. Ha sido irse allí y cambiar completamente”. Pero quizá sea más bien un efecto secundario de una terapia con psicólogo. Una conocida mía, que entre otras cosas sufría depresión, me lanzó un extraño rollo vehemente sobre que ella confundía el triángulo con el círculo y que los que la rodeaban estaban cercenando su vida –acompañaba el verbo con un movimiento de arriba abajo, como de cuchilla. Supongo que su psicólogo le había tratado de hacer entender que su vida y su familia y amigos no era tan malos sino que ella tenía una visión deformada de las cosas, pero mi amiga lo aplicaba de forma literal y parecía creer que sus padres la cercenaban de verdad, vamos que se dedicaban a cortarla en cachitos. Me río pero la verdad es que desde dentro no debía de tener ninguna gracia. El resultado fue que tras esas primeras sesiones parecía más loca de lo que estaba antes y seguramente lo estaba (o al menos más confundida y ¡ya no sólo en asuntos de geometría!). Esto por lo que se refiere a la pareja de pijos repateantes. En la esquina izquierda con calzón rojo y cincuenta y cinco kilos… no, es broma, a mi izquierda otra veinteañera se ha puesto a hablar con sus amigas, abonadas al “ej que” (en lugar de “es que”) y demás dejes de barriada y comenta algo con ojos desorbitados, “no veas si era idiota la tía, y entonces le dije de venir y allí estaba plantá… menuda subnormal y menudo ‘ajco’”. Había algo extemporáneo o fuera de lugar, mejor dicho, en aquella escena. ¿Sostendría la susodicha este tipo de conversaciones una vez en su destino? Irse a Londres para seguir hablando como el Nuevo Vale o el Pronto, más unas dosis de mala leche. Sólo que las subnormales de Inglaterra se llamarían Kate en lugar de Mari Jose. Supongo que al menos su concepto de subnormal y de “ajco” se verían modificados por el entorno porque, si no, su mente sufriría un cortocircuito con sólo entrar en una cocina inglesa. Pero esto nunca lo podremos saber, salvo que me la vuelva a encontrar y la reconozca…
Enero 2006, llamando al lunes 9, pasajeros para Londres que hayan estado en Madrid tres semanas, a lo calentito, con guarnición de familia y amigos y pasado en común que se presenten inmediatamente en la puerta B18, repito puerta B18, preséntense ellos solos y con la tarjeta de embarque y el pasaporte. Repetimos, viajeros matriculados “part time” en el Master de Literatura Comparada de G. dejen de comparar las indicaciones en distintos idiomas y diríjanse a la puerta de embarque que ya es hora. Les recordamos que el billete ya lo han pagado y van a quedar como unos niños malcriados si ahora se vuelven a casa corriendo. Además, piensen que las dos maletas hasta un total de 40 kilos ya están facturadas y pagado el sobrepeso (150 € del ala; nunca mejor dicho lo del ala, más caro el sobrepeso que el billete… “¿cuántos libros bilingües has metido ahí y cuánto embutido, hija mía?”). Última llamada para los viajeros con destino al Master londinense… los hemos visto más rápidos. Así que, obediente que es una, y recordando vagamente a una profesora de gimnasia del colegio que decía mucho eso de las he visto más rápidas abandono lo que podría ser una fuente jugosa de datos para la sociología comparada (¿) y me apresuro a cambiar los euros a libras en la oficina de cambio de Barajas para tener “cash” con el que pagar el alquiler del mes en el que apenas he estado en casa, ya que aún no tengo cuenta de banco inglés. Y me dirijo a la puerta de embarque que tan empalagosamente me han anunciado (¿no sabe esta azafata que mi español es de “Good user” de verdad, tirando a “Excellent” y no ése que te ponen en el IELTS?; vamos que en español en los días buenos y con el viento a favor lo entiendo casi todo). Pues ahí llego, y como soy viajero tipo D, o sea que no necesito asistencia, ni soy un niño ni he llegado de los primeros a la ventanilla de Easyjet, me toca esperar. Me congratulo de las dos primeras cosas (aunque la gente que se ha puesto a la cola no parece pertenecer ni a una ni a otra categoría, pero en fin) y obvio la tercera y me pongo a esperar observando al personal discretamente en lugar de sacar mi libro sobre las traducciones de Borges, porque lo de leer a salto de mata no va conmigo. El personal de las letras B, C y D, por su parte, o incluso algún despistado de clase A, me observa a mí menos discretamente: una décima de segundo después de ser pillados desvían la mirada. Me extraña este reflejo, porque en los primeros días en Madrid, me parecía que la gente me miraba con mucho descaro por la calle y que no me dejaban de mirar a pesar de que les mirara a ellos. Supongo que la calle no es una sala de espera y además ésta que me mira ahora era una chica de unos veinte y a esa edad uno es más consciente de las reacciones que provoca, precisamente porque es más sensible respecto a lo que piensen los demás de uno. La de mi izquierda, otra veinteañera española sin ningún rasgo que sobresalga observa con mucho interés mi DNI, que sostengo en la mano con la tarjeta de embarque. Considerando que ya ha tenido tiempo de memorizar todos los datos que necesite para lo que quiera que los necesite, le doy la vuelta.

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