Archivo de la Categoría “Vida nocturna”


Una pasada absoluta las imágenes de Londres a vista de pájaro tomadas desde un helicóptero por Jason Hawkes (un verdadero halcón :-). Helas aquí. Disfrutadlas. Si os habéis quedado con ganas de más, pinchad aquí.

(Thanks to Alan and Genny for the link, BTW).

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(Sobre cómo Elsinora se entregó al periodismo de investigación en la capital de La Pérfida)

La cosa es que después de la cena, tomamos unos small capuccinos en vaso de papel en la estación de tren Charing Cross y hablamos sobre mis expectativas respecto a mi regreso a Madrid. Yo miraba de frente imaginando cómo sería volver, pero lo que tenía a la vista era el panel de las salidas de trenes y en una línea muy destacada el tren de las 22:17 de Caterham que tantas veces yo había tomado para volver a la entonces mi casa y que esta noche cogería sólo mi amiga. Yo por mi parte iba a coger el metro hasta la casa de V. en Putney. Me despedí de esta compañera taiwanesa, que además se había empeñado en invitarme a la cena, y me metí en el metro.

Al llegar a mi destino recibí un SMS (allí lo llaman text message) muy cariñoso de esta amiga que me apresuré a contestar en términos semejantes y en el camino desde la estación a casa decidí que debía aprovechar que tenía la cámara conmigo para retratar las cosas que me llamaban la atención de Putney, en las que siempre me fijaba en mis paseos pero nunca tenía oportunidad de retratar. Una de esas cosas era una lavandería. Las laundrettes de Inglaterra son bastante curiosas para un español, así que decidí que haría una foto de una de ellas que me pillaba de camino. No era una especialmente interesante ni bonita, pero sí bastante típica. Saqué la cámara de la funda, puse el botón en On, enfoqué y disparé. Como era noche cerrada y no tenía trípode, el flashazo sobre el escaparate de cristal era inevitable. Pensé que además del flashazo, esa toma frontal no era la ideal para captar la simetría de los bombos de las lavadoras en decrecendo así que cambié un poco la posición con idea de repetir la operación. De repente se escuchó una voz airada desde algún lugar.

-No hagas fotos, decía alguien desde arriba.

Alcé la cabeza para ver a un afrocaribeño en camiseta interior de tirantes y trencitas mirándome con cara de odio desde la ventana del piso superior.

-No hagas fotos -repitió en tono más alto y más enfadado- Vete de ahí.
Por algún motivo, tras el estupor inicial, me salió el prurito profesional, no en vano he sido reportera gráfica. O quizá tenía el día asertivo.

-Estoy haciendo fotos en la calle. Esto es un espacio público. Tengo todo el derecho del mundo a sacar una foto del escaparate de una tienda iluminada…

-Yo sólo te digo que no hagas fotos. A los dueños no les va a gustar.

-No veo por qué. Esto es un espacio público y bla bla, bla.

Le podía haber dicho que estaba retratando la vida moderna como en la exposición de la Hayward, que las lavanderías son un símbolo de la cultura inglesa, pero algo en su atuendo y en su cara de perro me hizo pensar que no era la mejor estrategia, por más que fuera la verdad.

El tío insistió en un tono cada vez más enfadado. Decidí que esa segunda foto de la lavandería cutre tampoco merecía tanto la pena y me marché. Llevaba, eso sí, una foto de esa lavandería presumiblemente clandestina en la memoria de mi cámara digital. Aquí tenéis el “impresionante documento” que el afrocaribeño tenía tanto empeño en impedirme obtener. Si alguno localiza algo digno de ocultarse e ir amenazando a alguien para que no lo fotografíe, favor de hacérmelo saber, porque para mí es sólo una lavandería de la especie Cutre Vulgaris.

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Cuando salí al encuentro de “Grititos” -una compañera de clase inglesa-, en mi recámara cerebral rondaban algunas ideas sobre la libertad o su carencia de las inglesas a la hora de vestir y sobre las relaciones entre hombre y mujer en La Pérfida.
“Grititos” es una tipa simpática, pero no demasiado inteligente. Vive justo en Putney, al sur oeste de Londres, de manera que era muy fácil quedar para despedirme de ella. Quedamos en un pub de su calle (llamada Lazey: es decir, casi “vaga”) y ahí estaba ella: alta, rubia (pelo lacio con mechas, cómo no) y un poquito sandia. Tomamos una copa, mientras celebraba entre grititos las noticias buenas o regulares que yo le daba y luego me estuvo contando lo preocupada que estaba con aprobar o no el master, después de la mucha pasta que le había costado. Esta compañera, que trabaja e hizo el master part time como yo, faltó mucho los dos años, no intervenía en los seminarios salvo para preguntar cómo se escribía el nombre de algún autor extranjero sobre el que supuestamente había tenido que leer veinte páginas en casa, y tenía una curiosa tendencia a ponerse enferma cuando tocaba exponer en clase. Pero, claro, no mencionó nada de esto al contar su miedo al suspenso, y sí en cambio el hecho de que su tutora de tesina la dejó tirada…

Seguimos hablando de esto y aquello y salió a relucir el tema pareja. Me contó que había quedado después con una especie de novio suyo, que según comentó era feo, y bastante soso, pero que al menos la sacaba por ahí y le pagaba las copas. Remachó el comentario con unas risitas/grititos que parecían llevar la firma de mi amiga V en plan “I told you”, pero en realidad la fase “te lo dije” no había hecho más que empezar. El comentario de “este tío es un rollo y no me gusta, pero me paga las copas”, dicho una vez es una broma, pero repetido de mil formas se convierte en un modus operandi (que seguramente le deba mucho al pragmatismo inglés, por otra parte).

Grititos y yo cambiamos de pub. Esta vez fuimos a uno junto al río: con vistas, de hecho, al Támesis. Serían las nueve de la noche. El lugar era un pub/disco, con una zona más vespertina/tranquila y otra zona más nocturna/fashion. Nos instalamos en la zona tranquila y Grititos se dedicó a escanear las mujeres presentes, especialmente a las que estaban con algún hombre. Una pareja del fondo (en la que la mujer parecía mayor que el hombre) bastante acaramelada le despertó envidia, cosa que me repitió varias veces. Otra pareja del centro de la sala llamó su atención, ya que él llevaba anillo y ella no y decidió que ella era su amante. Para mí, que además de tener peor perspectiva para verlos tenía menos interés en el estado civil de los presentes (interés cero, de hecho), no encontraba en su body language nada que me hiciera pensar en una relación más allá de lo profesional o lo amistoso. Sin embargo, Grititos lo tenía claro.

Decididamente lo que mayor interés le despertó fue una mujer de unos treinta y muchos sentada sola en otra mesa. Tenía un periódico que leía distraídamente. Yo estaba bastante sorprendida con la situación, ya que Grititos observaba la escena con bastante descaro, cuando se supone que en Inglaterra la gente es mucho más discreta. A los ojos de Grititos, el primer “crimen” de la tal chavala era haber ido a un pub sola, porque según su código de conducta de chica de las Middlands (Grititos es originaria de esta zona más al norte) autoriza a ir sola a un café pero no a un pub. El segundo “crimen” era tener treinta y muchos y estar sola: Grititos no mencionó tal cosa, pero toda su conversación se dirigía hacia semejante idea, con su obsesión por echarse un novio y por la arruga y media que tenía a sus veintipocos junto a los ojos. No se cansó de alabar mi cutis liso, “y eso que tú tienes treinta y cinco y yo veinticinco, y además vienes de un país con mucho sol, con lo malo que es el sol para la piel”. Me quedé con ganas de decirle que salvo que trabajes al aire libre, nadie te obliga a estar horas y horas debajo del sol en verano y que existen cosas llamadas filtros solares, gorros, incluso casas y oficinas que limitan la exposición a la luz solar. Pero en fin, me pareció que sacar a Grititos de su mundo de fantasía y color iba a ser tarea ardua, y me dije que “preferiría no hacerlo”, cual Bartleby.

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(Escrito el domingo por la noche)

Acabo de regresar de una cena con mi amiga de Taiwán. Ella anda terminando su tesis sobre Virginia Woolf y hoy hemos celebrado que he acabado mi tesina. Ha sido tan fácil quedar con ella que he lamentado no haberlo intentado antes, a pesar de andar en pleno carapantallismo. En general, en Londres las citas se organizan al menos con dos semanas de antelación, porque la gente está muy liada y las distancias son grandes (y porque son así de raros, la verdad). Lo habitual aquí, entonces es: creo que dentro de dos semanas me va a apetecer celebrar algo que no sé si va a parar o no. O bien, fijemos ahora día para hacer algo dentro de un mes aunque dentro de un mes ya no me apetezca hacer eso sino otra cosa.

La cosa es que con esta amiga han bastado unas horas de antelación para vernos. Al despedirnos le he propuesto ir al teatro la semana que viene. Ponen una comedia de Noel Coward en el pequeño teatro local que hay cerca de casa y me apetecía ir. Iremos el viernes. Me gusta que los planes salgan bien, como decían en el Equipo A.

Antes, hacia la una, Patrick me ha preguntado si pensaba salir hoy porque en Brick Lane había un festival de curry y me podía apetecer ir con él. Me ha sorprendido agradablemente el ofrecimiento, porque justo el día anterior le estaba tachando de insociable y tío-a-su-bola. La cosa es que habíamos hablado alguna vez de comida india, y él sabe que me gusta, así que su ofrecimiento demostraba cierto interés en lo que le cuento y en mis gustos. Mala suerte, porque yo había estado el día anterior en esa zona, precisamente por el festival de marras, aunque cuando fuimos los puestos estaban cerrados. Se lo expliqué y le conté que tomaría un café con una amiga después y se piró. Un par de horas después llamó F. desde el aeropuerto. Regresaba de Suecia y se preguntaba si me apetecerían unas tapas esta noche. Le dije que iba a salir hacia las 7 pero que no volvería tarde. De todas maneras, no entiendo qué obsesión le ha entrado a F. con que vayamos a tomar tapas. Me parece estupendo que le gusten, pero es muy improbable que a mí me guste el sucedáneo de tapas a precio de oro que nos iban a encasquetar. Al final llamó a Patrick y se sumó al plan post Brick Lane, que al parecer consistía en ir a un pub en Shoredich, una zona de lo más trendy donde Patrick anda buscando piso, al parecer. Espero que al menos Patrick llevara coche y F. metiera su maleta en él en lugar de arrastrarla hasta el guardarropas.

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Así es. Vengo de cenar en Brick Lane con unos amigos virtuales (y virtuosos, que ni fuman ni beben) que han pasado a ser reales (si es que me son muy riquiños, ya digo) conocidos en la blogosfera tonicapertuttil como Familia PiliB. Los he guiado con paso firme y muy preciso por la zona de Spitalfields y Bricklane, a pesar de los esfuerzos del AGENTE (marido de PiliB) por confundirme y llevarme en sentido contrario. La prima de Mister Bean (o sea, yo) no ganó su parentesco en una tómbola, así que de no ser por sus ‘esfuerzos’ hubiéramos acabado en un sendero bifurcado tipo planta trepadora de la Biblioteca de Babel, que viene quedando por Russel Square, sede de la biblioteca de Senate House, sede del Ministerio de la Verdad en la novela 1984 de George Orwell (aquí, link en inglés, este otro también en inglés pero con foto) y sede de la censura inglesa en la época de la guerra. O algo así, que con tanta subordinada y tanto juego de palabras me lío (¿he dicho ya que soy la prima de Míster Bean?).

En fin, no sé yo si les ha gustado mucho la comida india (que para los españoles suele ser un gusto adquirido, como dicen aquí, es decir, como el anuncio de tónica de toda la vida, que hay que cogerle el tranquillo) por más que haya evitado los platos más picantes, pero al menos han conocido de primera mano (de primer paladar) la cocina favorita de los ingleses y nos hemos puesto al día de la actualidad británica con el caso Madeleine.

Como sabréis, la madre está siendo interrogada a fondo porque hay ciertas sospechas sobre ella. Había división de opiniones, EL AGENTE, fiel a su nombre, sospechaba desde el principio de la pareja; a mí me parecían un poco repelentes, pero mi naturaleza ‘bienpensante’ y mi lógica de telefilme daba a la madre por inocente, porque salía muy compungida hablando de su hija en presente, “Madeleine es” y no “Madeleine era” y todos sabemos que los asesinos de las pelis siempre se delatan por hablar de sus víctimas en pasado; aunque bien visto si todos lo sabemos, también lo sabe la tipa esta que es médico.

Por su parte, Pilib –que se ve que tiene un fondo multicultural y un lado tierno también ella- me preguntaba si en Inglaterra es habitual dejar a los niños solos por la noche. Sinceramente, no lo sé pero he contado la situación que relata Enric González en Historias de Londres (libro muy recomendable; tiene otro sobre Nueva York que me han dicho que también es muy bueno), de una vecina que tenía por costumbre dejar a su bebé solo a la intemperie en su carrito un rato cada noche para que se curtiera (algunos dicen que gracias a esta costumbre los británicos se vuelven isotermos y que por eso van con tirantes, minafalda y sandalias con 5 grados). El adolescente de la familia PiliB no se pronunció sobre el caso, con lo cual algunas fuentes sospechan que puede ser un AGENTE doble (de tal palo y demás…) y otras fuentes consideran que simplemente andaba centrado en los papadum (tortas finas que se parten y se toman con salsas diversas), las nan (esas masas de pan esponjosas y tirando a dulces) y la rica pechuga de pato con exquisita crema de coco (eso decía la carta) o los rojizos King prawn etc etc.

Lo que no le conté a PiliB porque lo acabo de recordar es que Reino Unido tiene un porcentaje escalofriante de muerte infantil y que el de maltrato a menores también es muy alto. Y ahora se me ocurre que tanto el aumento de la violencia entre adolescentes como la ’siniestralidad’ infantil tienen que ver con un concepto muy laxo de la familia (todas las españolas con hijos que me encuentro en Reino Unido comentan que para criar niños es mucho mejor España) y con el respeto casi obsesivo por la privacidad de los miembros de tu familia: no es sólo que eso favorezca el maltrato, sino que dificulta que otros familiares se enteren de ese maltrato y que en el caso de que se enteren consideren que deben intervenir. Los británicos en lo personal y lo familiar nos son muy de “laisser faire laisser passer”, o sea “deja que rule y no preguntes”.

Eso explica la presencia de determinadas sustancias en determinados sitios, además y varias industrias florecientes de ética dudosa. También hablamos de la (in)seguridad de las transacciones económicas por Internet, de la locura de que en este país no haya DNI pero sí cámaras por todas partes, de lo agradable que es que la gente de la Pérfida no se comunique a gritos como en España y de lo poco agradable que es que no te miren a la cara cuando hablan o que se aparten de ti como si estuvieras infectado por su alergia al contacto físico. Mañana la familia PiliB se va a Stonehenge temprano. Ya nos contarán qué tal.

Por mi parte, sí me ha gustado la comida india y me lo he pasado muy bien con estos nuevos amigos. De hecho me han sacado de un cierto empanamiento en el que estaba cayendo, fruto del cansancio acumulado.

(Desde el corazón de Brick Lane, con su curry flotando en el aire y sus pastelerías con bollos de colores ´radioactivos´ y sus tiendas con saris y DVD de Bollywood, PiliB y yo prendimos una vela imaginaria por la causa de cierta ave gallega expatriada. Con viento propicio los efluvios no tardarán en llegarle; con viento menos favorable seguro que llegan antes del lunes).

Más información sobre el caso de Madeleine McCann, en español, aquí y sobre las reacciones en Reino Unido aquí.

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La cosa prometía, aunque hacía mucho que no hablaba con ninguno de mis compañeros del master y hasta donde yo sé ninguno de ellos es la alegría de la huerta y un par de ellos trabajan.

Entré en el pub, di una vuelta y ni rastro de ningún compañero. Eran las cinco y cinco (no hagáis bromas, que os veo venir). Pensé que mis aburridos compañeros habrían entregado a las 12 y a las doce y media habrían abandonado el pub. Había un grupo de jóvenes en torno a una mesa y dos de ellos hablaban en español. Volví a mirar atentamente por si me había despistado algún rincón, pero nada. Decidí que me tomaría una media pinta y que quién dijo miedo. Pagué la cerveza y como quien no quiere la cosa me acoplé a los dos que hablaban en español. “Hola, ¿os importa que me sume a vosotros? Os he oído hablar en español y como tengo mono…” Y claro, no les importaba. No tengo ningún mono de hablar español, pero algo había que decir. Andaban hablando de la mar y los peces como sólo universitarios hispanos lo pueden hacer.

Eran alumnos de mi facultad, de Sociología, que habían entregado su tesina hacía un rato. Uno era de Barcelona y otro peruano. Muy simpáticos, aunque cuando estábamos en lo mejor de la conversación se levantaron para salir a fumar, y el catalán me dijo: “¿española y no fumas?, hay que ver; hay que reivindicar el fumar, mujer”. Mi no entender, pero no le dije nada, porque el estatus de los acoplados es delicado. Podría haber salido con ellos, porque además hacía muy buena temperatura, pero preferí no hacerlo.

Oportunamente apareció desde algún lado un chico del grupo, que se sentó frente a mí y decidí darle palique. Luego llegó otro, un especimen en toda regla: con cara de pollo, y aspecto de haberse rebozado la cara con corticoides desde pequeño, porque tenía el típico cutis hiperliso de color plasticoso, que te miraba a los ojos con una mirada extraña, pero cordial. Vamos, como un personaje de Trainspotting pero ligeramente amanerado. El especimen reaccionaba vivamente a algunas partes de nuestra conversación hasta que en un momento dado se sumó directamente. El especimen y el otro chico eran también alumnos del máster de sociología. El otro chico era alemán, y llevaba cuatro años en Londres. El especímen era de Chester, al noroeste de Inglaterra. Supe que el pollo con cara de pollo comía mucho pollo y se sentía culpable por ello (andaban contando un documental sobre las atrocidades que les hacen a los pollos en Reino Unido).

Estuvimos charlando de esto y de aquello. Me terminé mi media pinta, fui a por otra y decidí que necesitaba algo sólido para empapar. Pedí una cosa que parecía una especie de gusanitos integrales, cuando en realidad eran unos lazos de trigo integral rebozados en “marmite”, la salsa típica australiana que o la amas o la odias. Un snack de importación, recién traído de Australia. Yo no había probado el marmite porque todo en él me parecía lo bastante disuasorio para no comprarlo y porque no había tenido oportunidad de probarlo en ningún lado. La cosa es que aquella historia no estaba exactamente buena, pero sentaba bien y resultaba adictiva. Ofrecí a la concurrencia y sólo se atrevió con ello el pollo, al decirle yo que se suponía que era integral y saludable. No volvió a coger ninguno más y fue él quien me explicó que llevaba marmite (en la bolsa no ponía nada de marmite) .
En fin, no me voy a extender mucho más sobre esto -hoy sábado estoy realmente molida- pero la cosa es que estuve con ellos como tres horas, jugué una partida de billar (el pollo, que juega muy bien, me ganó y además me estuvo dando consejos sobre cómo tirar; decían que era billar inglés pero era como el americano, pero con bolas de dos colores y sin números), una de las chavalas me anotó su email para que vaya a una exposición el jueves que viene y otra chavala me insistía para que me quedara. Apenas había hablado con ella, pero era del tipo de las que nunca se quiere de los sitios y andaba haciendo su campaña. La comprendí perfectamente porque yo soy de ese tipo, pero estaba demasiado cansada para quedarme indefinidamente entre desconocidos, por más simpáticos que fueran. Un grupo bastante más divertido que el de mi clase, la verdad.

Elsinora Acoplensis (por aquello del acoplarse) salió del pub a eso de las ocho y algo, bastante cansada pero contenta (por haber terminado la tesina y por haberse atrevido a acoplarse con elegancia) y obsesionada con que quería una hamburguesa (quizá efecto secundario de la salsa marmite, quién sabe). Por el camino me la compré y me la cené tranquilamente en casa. De repente sonó el teléfono. Eran mis padres para saber qué tal la tesina. Qué monos.

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Ayer acudí a una barbacoa “next door”, organizada para celebrar los cuarenta años de Helen, vecina de F. y por tanto mía, que mi casera y flatmate suele invitar a casa a tomar el té día sí y día no cuando toca. Aparece con su niño, un bebé mulato de un año, tranquilo y grandón, con unas pestañas rizadas muy monas y cara de no ser muy inteligente, aunque quizá se trate sólo de que al parecer mayor que su edad uno espera que esté más espabilado de lo que le corresponde. Yo suelo hacerle carantoñas al nene y me contengo las ganas de hacérselas a la madre a ver si se espabila…

Bauticé a Helen “estatua de sal” porque habitualmente llega, entrega su hijo a F., se sienta en una silla de la cocina y no se mueve (ni siquiera para dejarme acceder a los armarios para coger una taza). Sé que vive porque contesta a las preguntas de F. con una voz dulce y bien articulada (y un acento estupendo) pero más allá de eso es difícil localizar signos de vitalidad o de estados de ánimo en esta esta inglesa pelirroja y entrada en carnes. A pesar de su composición, la estatua de sal es una mujer bastante sosa. Que sea sosa no significa que no tenga iniciativa. Resulta que a su actual marido o pareja (ignoro si están casados o no) lo conoció por Internet. El se llama Michael y es un británico originario de las Indias Occidentales, de raza negra y amante de las motos. Un tipo cordial y “decent” según F. (tiene toda la pinta: yo no lo conozco lo suficiente).

Helen cumplió cuarenta el pasado viernes y organizó una barbacoa para celebrarlo el sábado. Citó a la gente a partir de las 3 de la tarde pero yo me presenté a las 6 en su jardín trasero, que está a pocos metros del nuestro, pero es más grande y más “mono”.

La primera parte estaba tomada por parejas treintaañeras con niños y en la parte del fondo vi a F. Llevábamos dulces variados, una botella de vino espumoso y una bonita tarjeta de felicitación. F. le había comprado también un espejo “vintage” que al parecer le gustó. Había como dos grupos de invitados fundamentales: la familia de Michael (él tiene cuatro hermanos, que vinieron con su familia y su prole) y los compañeros de trabajo de Helen. Los primeros eran matrimonios mixtos (West Indies + blanco británico) salvo un caso y entre los segundos lo más habitual era británico blanco salvo el caso de Angela, que parecía ser hija de progenitor árabe, pero era inglesa y hablaba muy bajo. Los compañeros de trabajo de Helen eran informáticos en su mayoría, diseñadores de software, asesores de pequeñas y medianas empresas y cosas por el estilo. También había compañeros de Helen de su trabajo previo, estos más jóvenes. En total seríamos unos treinta.

Había una chavala rubia a la que no tenía muy localizada. Supe quién era cuando F. me la presentó al final de la noche como subterfugio para conseguir que ella repitiera su nombre, que F. había olvidado. Resultó que Carole, galesa del norte, vivía en el piso de Helen. Había compartido piso con ella desde hace un par de años y cuando Helen conoció a Michael a través de Internet y la cosa fraguó, Carole decidió quedarse en su habitación, a pesar de que Michael se mudara a vivir con Helen. Después llegaría el planeadísimo embarazo y el nacimiento de Gabriel y creo que la que se quedó de piedra con todo este proceso fue Carole (o al menos así me habría quedado yo).

Lo pasamos bien. Estuvimos hablando de cosas diversas, idiomas, nacionalismo, viajes, ambiente vecinal en distintas zonas de Londres (todos estaban de acuerdo en que mi zona es especialmente cordial y amigable), los diseños web de F. para el Stock Exchange de Londres (la Bolsa) y tomando pollo, mazorcas y hamburguesas.

A última hora se puso a llover y tuvimos que emigrar al interior. Estuvimos charlando en la cocina hasta cerca de las 12 de la noche. Como vecinas que somos, nos retiramos las últimas. Qué cómodo es tener la fiesta a veinte metros de tu casa…

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Anoche celebré mi cumpleaños. Por supuesto fue “indoors” ya que donde hay patrón (bloody English weather) no manda marinero, por más que sea un marinero que entra en la edad adulta, como es mi caso. Vinieron viejos y nuevos amigos, y estuvo también la sin par F. mi “flatmate” y casera, que pertenece al primer grupo, ya que llevamos viviendo juntas año y medio y congeniamos desde el principio.

Hubo mayoría de españoles, una japonesa, una vietnamita y la propia F., que es sueca aunque su padre es egipcio. Lo pasamos bien, creo, porque hubo buena conversación, muchas risas y buena músi… iba a decir buena música pero a lo mejor hay un par de personas que no están de acuerdo (pinchaba yo :-))) y un par de veces me sacaron el pañuelo verde como en los toros: una con María Jiménez por Sabina (devolvimos al toro al chiquero) y otra con Paulina Rubio (aquí insistí en que le dieran unos pasecitos “for the sake of my birthday”… se ve que mi ascendente Leo se impuso, además de que el asiento crítico (o criticón) lo ocupaba una amiga del instituto de la que os hablé en el primer artículo y ya se sabe que donde hay confianza…; a cambio eligió ella la siguiente canción).

Preparé un chicken tikka massala con papadums (comprados), arroz basmati (no salió demasiado bien por las prisas), ensalada (que hizo F. porque yo estaba agotada) y dos tortillas de patatas, una de ellas con pimiento rojo. Puse también unas rodajitas de fuet que había traído de España. No conseguí encontrar tarta, así que compré helados, que gustaron más que una tarta, a juzgar por los comentarios (otro año a lo mejor me animo a hacerla yo). Tuve mis regalos (libros, un bolso, flores, acompañados de tarjetas; F. me había invitado a cenar el lunes) y sobre todo tuve la sensación de que a pesar de lo diferentes que puedan ser nuestros backgrounds o que en algunos casos nos conozcamos desde hace muy poco (a Ignacio por ejemplo lo conocí in situ… aunque ya le conociera virtualmente: es el bloguero de Crónicas de Londres; andaba por allí también Sirventés) formábamos un cierto núcleo de intereses comunes o de partículas que emitían en la misma longitud de onda y eso es un fenómeno difícil de conseguir cuando uno está fuera de su ambiente (es relativamente fácil encontrar pares, pero lograr que un grupo de pares recíprocos y grupales coincidan en el espacio-tiempo es más complicado).

Hubo algunas ausencias: una amiga regresó agotada de un congreso de literatura pero me hizo prometer que lo celebraría con ella otro día, Jacob mi ex compañero de piso polaco tenía otro cumpleaños (propuso verme hoy “instead”), una amiga griega celebraba la lectura de su tesis y su cumpleaños por anticipado (quedaremos para celebrar nuestras buenas nuevas otro día), dos compañeras inglesas del máster no pudieron venir, Guille no debió de ver mis mensajes a tiempo, mi ex-compañera griega del máster del año pasado finalmente no se presentó, un amigo francés tampoco pudo acudir y Clair, la amiga de F, que ya no vive en Londres, dijo que vendría pero al final no vino. La verdad es que de haber venido todos hubiéramos tenido problemas logísticos y sobre todo yo habría acabado muy estresada supervisando que todo el mundo tuviera de todo (soy así de madre agobiosa, qué le vamos a hacer). La cosa es que lo pasamos bien, y que ya habrá ocasión de ver a los que no pudieron venir, porque mi vida carapantallil termina hoy o todo lo más mañana.

Sé que el final de la tiranía de las teclas no me va a quitar mi condición de muñeca de Famosa inmediatamente, pero estoy segura de que tanto mi calidad de vida como mi ocio se verán beneficiados. Cuidado, mundo exterior, voy despantallada y soy peligrosa ;-)))

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Como os conté, pensaba vencer a la alta pluviosidad (?) y lanzarme a comprar una tarta de chocolate del Sainsbury´s, siguiendo una tradición iniciada el año pasado, momento en que hice, o más bien me hicieron (F. y su amiga Claire; de Claire no os he hablado, pero lo haré), una pequeña fiesta para celebrar que había terminado mi primer año del máster. El año pasado me agobié un poco con la segunda tesina, puse muchas horas y mucho esfuerzo en analizar las novelas postmodernas de Rushdie y Angela Carter y demás, y F. andaba en igual proporción admirada y preocupada por tal intensidad y entrega. Cada cierto tiempo me preguntaba cuándo terminaba e insistía en que había que celebrarlo llegado el momento, además de proponerme salir día y sí y día o no, a la piscina, a dar una vuelta o a cualquier cosa.

Volviendo la vista atrás me llama la atención que me requiriera tanto esfuerzo sólo escribir el essay, cuando este año he escrito igualmente el essay y carapantalleado muchísimas horas en mi curro freelance y sobrevivido al intento, pero en fin, está claro que el inglés mejora con el tiempo, que uno aprende la mecánica de los essay y de las clases y que determinadas personas parece que no tuviéramos medida con los trabajos intelectuales (hola, me llamo Elsinora y soy adicta a pensar e investigar), pero en fin, eso es materia para otro post.

La cosa es que el año pasado celebramos el fin del encierro con una cena a cuenta del dúo F./Claire (me deleitaron con pechugas de pollo al horno con lima y cilantro… very tasty, y una ensalada) y se me ocurrió comprar una tarta de chocolate para que también la neozelandesa y Alberto participaran de mi celebración (creo recordar que por entonces no estaba el polaco aún viviendo con nosotros). Así que yo esta vez quería mi tarta de chocolate, independientemente de que saliéramos a cenar F y yo: Alberto no se iba a sumar a la cena, pero a la tarta seguramente sí y además es una ocasión perfecta para saltarme la restricción de dulces que estoy practicando últimamente. La cosa es que a media tarde he recibido un encargo urgente de trabajo y me he puesto con él, maldiciendo mi suerte porque era un encargo complicado y amenazaba con cargarse mis planes de celebración. Habíamos planeado una cena breve, en algún restaurante del barrio, F. y yo, para que el día en sí tuviera algún significado y no quedara todo postpuesto para el sábado. La cosa es que me entró el agobio y justo antes de ponerme el equipo antidiluvio (botas goretex, paraguas etc) le dije a F. que veía difícil lo de la cena “under the new circumstances” (un “deadline” inesperado) y demás. Me dijo que fuera como fuese tenía que cenar y cocinar y que era mi cumpleaños y que tal y cual. Le contesté que iba a comprar la tarta (qué menos que una tarta cuando cumples 35) y que a la vuelta le diría.

Me sentía bastante audaz por el hecho de salir al diluvio londinense en medio de un pico de trabajo. Yo iba en pos de las espinacas de Popeye o la poción mágica de Astérix. Apreté el paso, convertida en una Indiana Jones al estilo de La Pérfida. Mi gozo en un pozo. Mucho “día más húmedo de los últimos cincuenta años” y mucha bota aislante, pero en mi zona no llovía apenas. Chispeaba. La tarde era agradable, incluso (bajo mi abrigo peludo, eso sí). En el Sainsbury´s local al que voy no había tarta por ningún lado, ni helada, ni Comtessa ni nada que se le pareciera, salvo raciones individuales, y claro, ése no es el espíritu de una tarta de cumpleaños. No podía permitirme más excursiones en busca de la tarta perdida porque tenía trabajo esperando así que compré cuatro muffins de chocolate con avellanas y una caja de trozos de brownie y dos botellas de cocacola naranja (no era buena cosa tomar nada con alcohol teniendo una noche de curro por delante y a F. le encanta la Cocacola, la considera un “treat”, un lujo o un capricho, así que me hizo gracia la idea de brindar con Cocacola servida en una botella naranja en lugar de con champán, que por otra parte no me gusta demasiado) pensando que era una nueva edición de la cocacola de siempre (ha habido varias). Por supuesto me equivocaba. Una vez en casa comprobé que eran Cocacolas con naranja. No las he probado, pero me da un cierto repelús, la verdad. Ya os contaré. Eso sí, las botellas son muy monas.

A todo esto mi móvil inglés empezó a sonar pero se cortaba. Era alguien desde España porque se veía el prefijo 34. Pasó unas tres veces. Me dio por pensar que a lo mejor es que me había quedado sin saldo y que en el caso de que así fuera mis padres se iban a preocupar si me llamaban a casa mientras estaba cenando fuera y no cogía, y luego no contestaba en el móvil. Decidí salir a cargar el saldo. Y por supuesto en la tienda había cola y después la tarjeta de mi móvil fallaba y no se podía cargar. Cuando el pakistaní estrábico me estaba explicando que la alternativa era no sé qué del “voucher” y el número y Cristo que lo fundó, le debí poner cara de pena (porque no era para menos) y lo intentó una tercera vez, a pesar de la cola que se estaba formando detrás de mí. A la tercera funcionó, con otra misteriosa llamada entre tanto y regresé a casa con la peor disposición para afrontar un día de cumpleaños convertido en un maratón de curro. Volvía pues pensando que necesitaba hacer una parada y cenar fuera siquiera brevemente y entonces F. se ofreció a encargar un Take away para que yo no perdiera tiempo cenando fuera. Parecíamos una pareja de serie televisiva, por la falta de sincronía. Le dije que prefería salir y consideramos las ofertas cercanas: un sitio de tapas nuevo, un italiano y el indio que hay en frente y que tiene mucha fama (el mejor indio del South East London, según F.; la verdad es que el Babour siempre está lleno), además de una decoración minimalista y una pantera en el techo de la fachada. Me decanté lógicamente por la última opción: yo elegía y F. me invitaba. Insistí en que no era necesario que pagara pero ella insistió en que estaba muy feliz de hacerlo porque no había tenido oportunidad de comprarme nada y tal y cual.
La cena muy bien (me dio una tarjeta de felicitación… ¡cómo me gusta esta costumbre inglesa de las tarjetas!) y luego tomamos algo en el pub de al lado de casa. Eso sí, yo me volví antes que F., la dejé apurando la cerveza y la noche. Me tocará levantarme muuuuy pronto mañana para terminar el curro, pero creo que era la mejor opción porque es necesario parar un poco y coger aire. No se hace adulto uno todos los días, ¿no?

(Pues eso, dejo esto publicadito ya porque mañana tocará curro y sólo curro. Sed buenos. A mí no me queda más remedio ;-))); y una nota para los más observadores, es curioso cómo cuando escribo después de hablar mucho rato en inglés me resulta imposible que no se me cuelen frases o palabras en inglés; de ahí el título mixto y cosas parecidas).

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Algo flota en el ambiente y no parece que sea muy bueno. El demonio anda enredando, huele un poco a azufre, o a quemado.

Me estoy haciendo estas reflexiones a raíz de un problema surgido en mi faceta carapantalla, un conflicto en el que como pasa en los conflictos de verdad hay una mezcla entre choque de lógicas y expectativas, falta de información y una cierta mala leche. Todos tenemos parte de razón, pero a mí me parece que mi percepción del asunto es más exacta y mi postura más respetuosa. Cualquiera sabe.

Voy a la cocina a coger algo y noto que allí el olor a quemado metafórico se hace físico de puro denso. Compruebo los quemadores y el horno y veo que están apagados. Me vuelvo extrañada a mi cuarto porque suelo tener muy buen olfato y sigo tratando de enderezar cosas que están mal y de poner orden en algo que es caótico. Respiro hondo y consigo avanzar, pero en la recámara de mi cabeza permanece un malestar que vuelve más lentos mis procesos. Reproduzco reproches hacia la otra parte, pero de una forma diluida, rebajándolos a una condición de eco, les bajo el volumen porque sé que nada bueno puede salir de prestarles oído. Están ahí, como la tele mientras recoges la cocina, no eres muy consciente de ella, pero se cuela en tus pensamientos.

De repente lo que se cuela en mis pensamientos no son los anuncios ni un programa del domingo por la noche, sino un sonido agudo y repetitivo. Parece la alarma de un móvil. Suena y se para. Suena y se para. No es ninguno de mis móviles, sino que parece que viniera del piso de arriba, asi que intento olvidarme de ello. Al rato el sonido se vuelve más intenso. Salgo al pasillo y veo el techo lleno de humo. Hay una lengua de humo que desemboca en la cocina. Efectivamente, tanto los quemadores como el horno están apagados. Lo que sin embargo está encendido es el grill. Patrick se lo ha dejado encendido. Y yo no me he fijado en él antes porque como no lo uso no se me ha ocurrido revisarlo. Lo apago.

Aviso a Patrick, sobre todo porque no sé cómo se apaga la alarma antiincendios. La alarma cesa sola. Abrimos las ventanas. Inglés hasta el final, después de haber dicho que pensaba que lo había apagado, se disculpa con el polivalente “sorry about that”. A mí lo que me preocupa es que la antigua casa de Patrick se quemó en un incendio, en circunstancias que desconozco, así que tendré que andar con mil ojos.

Vigilaré las fuentes de fricción y ventilaré todo lo posible, porque me da a mí que esto en realidad es una racha y no un hecho aislado. Saturno y Marte andan enredando, lo presiento. O a lo mejor es sólo que tenemos que prestar un poco más de atención a lo que hacen los demás.

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Elsinor es una ciudad de Dinamarca al norte de Copenhague y el lugar en el que Shakespeare sitúa el castillo de Hamlet.
Más información sobre la ciudad en inglés, aquí ;
resumen sobre Hamlet en español aquí
foto y explicación breve en español aquí

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No le motivó mucho a Keiran la historia de mi apellido por apartarse de los temas Irlanda y España o a lo mejor la variación sobre por qué los tiburones no pueden mirar hacia arriba requirió nuestra atención, la cosa es que el rato –serían las tres y media- tras unas cuantas pringles y sorbitos de vino tinto (no quería beber en ayunas) me despedí y con la resonancia de estas cosas y de mi investigación sobre costumbres y multiculturalismo en los oídos me fui a mi cuarto y me quedé frita. Cuando estaba empezando a conciliar el sueño, una resonancia real en forma de nudillo de S. llamó a mi puerta. Articulé algo que quería ser inteligible pero que en realidad debió sonar exactamente como “¡eem!”. S. decidió que estaba dormida y desapareció. Su llamada en la puerta tuvo una resonancia en el montón de botellas de vino vacías de la mañana siguiente. Un bonito ejemplar de una bodega de nombre catalán se erguía vacía y sanguinolenta como un barco vencido de la Armada Invencible en medio de las botellas de cerveza anglosajona. La sangre española corría por las venas de los irlandeses y sus ideas parecían confusas a la mañana siguiente. Y resonantes, eso seguro, la resaca del vino es como la del Mar del Norte.

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Como te digo una có te digo la ó, que dice un personaje de Sabina o como dice el refranero, cada uno cuenta la feria según le fue.

Más información sobre la Felicísima Armada o Armada Invencible:
-Aquí encontrarás una versión discutible, parcial pero ilustrada e interesante (una mina para los estudios culturales)
-Visión más técnica y fiable pero más aburrida también en
-Una perspectiva inglesa, en inglés, aquí

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En episodios anteriores…
Elsinora sale de su encierro un sábado y termina en un pub local con un grupo de músicos vacilones amigos de S. En el capítulo de la semana pasada, contábamos…

El tema Irlanda era uno de los más comentados y eso me recordó mi tema para la “dissertation”, de manera que mientras John imitaba acentos y explicaba curiosidades caninas varias –era del tipo “showman que escucha poco”- estuve contándole a Frank, muy interesado y entendido en cuestiones sobre Irlanda a pesar de ser inglés, que mi plan para la tesis era comparar dos traducciones al español de un capítulo de Ulises (Ulysses) de Joyce. El tema le interesó mucho y me habló con entusiasmo de la “poetry” del dublinés y me dijo que la palabra clave era “resonance” (como músico, barría para casa). Al ver que sus referencias eran muy cultas le pregunté si había leído el Ulises entero y por qué sabía tanto sobre literatura.

Resonancias V

Frank me contestó que sus padres eran profesores, su padre en Oxford (o había estudiado allí) y que desde pequeño había oído hablar de estas cosas en casa, aunque su vida de músico de rock y jazz y demás no le había dejado leer mucho, que de hecho de Ulises había leído partes sólo (como la mayor parte de los escasos lectores de ese libro, empezando por mí). Me estuvo recomendando a Flannel O´ Brian (que pronunciaba de una manera muy distinta a la mía), por ser muy divertido, cómico y reflejar muy bien Irlanda desde un punto de vista asequible. Para desengrasarte de Joyce, añadió. Prometió prestarme uno de las novelas de O´Brian y luego siguió recomendándome que viera la última película del mexicano Guillermo del Toro que según él también tenía relación con las inflexiones del lenguaje, el español en este caso y las resonancias. Y yo, que no recordaba nada sobre esa película, estaba perpleja con la idea de un laberinto de una sartén (“Pan´s Labyrinth”) pero cuando me dijo que iba sobre la guerra civil española la cosa ya acabó de parecerme completamente inexplicable. La guerra civil contada por un mexicano a través de una sartén desorientada. Lo peor de todo es que yo había leído una entrevista con el director, en español, hace un par de meses, pero es como si fueran realidades paralelas o como si aquello se hubiera borrado completamente de mi memoria: el título inglés, en medio de aquel pub irlandés lleno de humo, no despertaba ninguna resonancia del artículo que leí en el ordenador. En fin, creo que esta peli la tendré que ir a ver, porque a partir de entonces, varias personas me la han recomendado, y la repetición es un grado, ¿no?
Aprovechando que me tenía cerca…
Continuará

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John pareció encajar bien el fin de su teoría canina. De hecho, al rato decidió volver a la carga con una variación musical nueva. La nueva estrofa decía que las arañas no se pueden sentar. Que la única manera de conseguirlo es darles con un martillo. Aquello hizo resonar en mi memoria un chiste muy antiguo que asociaba el número de patas de las arañas a su capacidad auditiva (se las iban arrancando, y cuando sólo le quedaba una se comprobaba que la araña no obedecía a la orden de “¡araña, anda!” y se concluía que las arañas tienen los oídos en las patas) que por lo absurdo a mí me hacía mucha gracia cuando tenía doce años (incluso recuerdo haber hecho un comic con diapositivas en papel vegetal para clase; siempre he sido un poco rara; recuerdo además que alguien pensó que se trataba de un ventilador y no de una araña  y que eso me molestó mucho, pero a ver quién distingue un dibujo del tamaño de una diapositiva), pero me pareció muy complicado explicarlo y me limité a sumar mi risa reminiscente a las risas nuevas.
El tema Irlanda era uno de los más comentados y eso me recordó mi tema para la “dissertation”, de manera que mientras John imitaba acentos y explicaba curiosidades caninas varias –era del tipo “showman que escucha poco”- estuve contándole a Frank, muy interesado y entendido en cuestiones sobre Irlanda a pesar de ser inglés, que mi plan para la tesis era comparar dos traducciones al español de un capítulo de Ulises (Ulysses) de Joyce. El tema le interesó mucho y me habló con entusiasmo de la “poetry” del dublinés y me dijo que la palabra clave era “resonance” (como músico, barría para casa). Al ver que sus referencias eran muy cultas le pregunté si había leído el Ulises entero y por qué sabía tanto sobre literatura.

Continuará

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Unas cuantas pintas después el tal John se empeñó en convencernos de que los perros no pueden mirar para arriba porque la espina dorsal o las cervicales (él decía “spine”) no se lo permiten. Para explicarlo encogía el cuello, contraía los brazos y las manos y adoptaba una pose de lo más lograda y cómica. S. quiso llevarle la contraria (no sé si porque estaba en desacuerdo o porque estaba de mal rollo: problemas con el novio francés). La cosa es que cuando cerraron el local (fuimos los últimos: los hermanos conocían al dueño, también irlandés, un tipo circunspecto llamado John/ Kon; estuvimos hablando con él; cuando me presentaron como española el tipo se aprestó a darme un abrazo de oso… no sé de dónde se saca esta gente la información sobre las costumbres españolas o si en realidad tienen un morro que se lo pisan y aprovechan la situación para ver qué cae), decía que cuando cerramos el pub y volvimos todos a casa, hacia las doce o la una, nuestro vecino sacaba a pasear a su perro. Nos saludó con un cortés “evening” cuya resonancia desató en S la necesidad imperiosa de hacer un experimento. Tras carantoñas varias al sorprendido animal, realizadas por seres con diverso nivel etílico en sangre desde lo alto, comprobamos que al menos este perro sí era capaz de levantar la cabeza. Fue el final de una era, al parecer, porque John llevaba muchos años desarrollando e interpretando su teoría.
Continuará

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Si prefieres leer la serie “Resonancias” seguida, puedes hacerlo en la sección Páginas. Así, por una parte conocerás el final antes que nadie y por otro será más fácil detectar efectos de ritmo y estructura como leit motives y demás (resonancias, básicamente). Los textos largos en pantalla echan un poco para atrás y por eso he preferido cortar, pero con el corte se pierden cosas. Así tenemos lo mejor de ambos mundos. Eso sí, el texto es largo, unos 5 folios. Por cierto, me gustaría saber qué opción prefieres y por qué, para tenerlo en cuenta en post sucesivos. Pon un comentario diciéndome tus preferencias pinchando en “Leave a passing comment”.

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En un momento determinado a John (hermano de Keiran) se le ocurrió que debíamos cambiar la palabra “love” por “glove” (guante) en canciones pop diversas y ver qué pasaba. Cantaban un fragmento y nos reíamos un montón. Las intervenciones de Frank incluían también la mímica de quien toca la guitarra o el bajo, ya que él es lo que hace: lleva 12 años actuando por ahí, cantando y tocando la guitarra o el bajo con un compañero. Muy divertido. “I´m been glooooving you”, “glove me tender glove me sweet” y cosas semejantes. Estos músicos tenían mucha imaginación, mucho sentido del humor y les interesaba el lenguaje, hacían imitaciones de distintos acentos, juegos de palabras y cosas por el estilo. De repente, de la manera más tonta, me encontraba en mi medio (aunque muchas bromas no las pillaba).
Unas cuantas pintas después… Continuará

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(14 de febrero, San Valentín)
All you need is glove, ta ta ra ra rá. Continuando mi racha aperturista, el sábado abandoné mi claustro carapantallil para salir por la noche. Fui a un pub local, cercano, lo que no significa que fuera fácil de localizar, en medio de la noche, para alguien emparentado con Mister Bean. La idea era encontrarme con S. y su amigo Keiran, un músico irlandés, algo atormentado pero bastante majo y expresivo. Siempre intenta decirme cosas en español (sabe pocas palabras pero tiene buen acento, por aquello de su oído musical), le encanta España y odia lo inglés. Toca el trombón o algo semejante. La cosa es que además de ellos dos había otros dos tipos, que al principio no supe si eran nuevas “acquantancies” o viejos amigos porque el pub, que estaba hasta arriba, tenía pinta de ser de los que favorecen conocer gente nueva y además S. es muy sociable. Calculé que los dos nuevos andarían por los cuarenta y tantos años. Resultó que uno de ellos era el hermano mayor de Keiran, un tipo muy divertido, también músico y que el otro, Frank, era un personaje muy interesado por la literatura y las variedades del inglés. Por él supe que el inglés de Nueva Zelanda se parece al de Sudáfrica (me hizo algunas demostraciones que no soy capaz de reproducir, pero parecía saber de lo que hablaba). La cosa es que me lo pasé muy bien, me reí mucho y aprendí unas cuantas cosas. En un momento determinado… Continuará

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Torun es una ciudad del norte de Polonia, conocida porque allí nacieron el célebre astrónomo Copérnico y los famosos Piezeswki, la familia de mi flatmate Jakob, pioneros de una nueva aplicación del minifundio al ámbito urbano.

Los padres de Jakob, Magda y Janus, han venido a Inglaterra por unos días. Parte de estos los han pasado con su hijo mayor en Southampton (a unas 2 horas y media de la capital) y el resto con Jakob, en Londres. En nuestra cocina, mejor dicho. Magda y Janus son muy majos, pero quizá por una nostalgia mal entendida o quizá por amor filial de Jakob –o quizá simplemente porque arden en deseos de lanzarse al capitalismo tras tantos años sin acceso a los medios de producción- explotan intensivamente los recursos de nuestra casa. Y no sólo ellos. A esta escuela de pensamiento también pertenecen los dos amigos larguiruchos, el informático y el otro que parece un famélico cantante de rock (piel y rasgos pálidos, coleta de pelo liso castaño, un cierto aire de persona insana o ‘infraalimentada’ a pesar de sus dos metros de altura). Estos dos, gracias a Dios, y gracias a que sólo disfrutan de un puesto intermedio en el ranking del top ten de los okupas de la banda de Jakob (donde esté una madre, que se quiten los amigos larguiruchos ;-))) se han ido con la música a otra parte estos días, ocupando así un segundo plano en mi paisaje doméstico.
Y también está el inefable Mihal, a quien tengo cariño y a quien trato de ayudar lo más posible porque su vida aquí -Englishless y jobless, por así decir- debe ser muy dura (y de quien he sabido que estuvo trabajando dos semanas y en vista de que no le pagaban se fue), cariño y protección que está poniendo a prueba por su omnipresencia en la casa. La obsesión de Mihal es Internet, navegar y hablar por el Skype. Tiene larguísimas conversaciones, con frecuencia desde la cocina, porque el wireless últimamente no va bien (ponga un informático a solucionar sus problemas y verá qué rápido los problemas ocasionales se vuelven periódicos; véase Polacos de Polonia ), con lo cual me ves a mí tratando de cocinar lo más rápido posible para no molestarle pero también porque él me molesta (en todo movimiento hacia la nevera o hacia los cacharros debo evitarle o rodearle) y el tipo ahí sentado raja que te rajarás, media hora, una hora, una hora y media sin parar, con sus cascos y su micrófono de telefonista (es cierto que hace ademán de apartarse cuando me acerco) y sus eses eternas (sambsonska svonssska piessvonsky esvonsky, por ejemplo). Algo genético empuja a los polacos al largo aliento, porque Jakob cuando se pone también es de temer. Por otra parte, Mihal viene a casa a diario, con o sin Jakob. Si éste no está, te puedes imaginar quién le abre la puerta, aunque en ese momento esté disfrutando de un fantástico baño.
No contentos con… (Continuará)

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Cuando se despertó, la mariscada todavía seguía allí.

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Cuando llegó mi Nigth Double Decker bus la cosa fue un poco patética. Como sólo hay dos cada hora estaba hasta arriba, literalmente: la parte superior, a la que uno normalmente se encarama, a pesar de los bandazos, porque se suele encontrar asiento, estaba llenísima, ocupada básicamente por gente dormida (eran las 2:47 de la mañana). Habían caído a plomo, tenían un color azulado y parecían derrotados o muertos, envenenados por alguna sustancia extraña, marciana o así. Dentro del bus, el frío me duró un tiempo, aunque allí realmente no hacía frío.
La proporción de bajas de aquel autobús era inquietantemente alta. Y los pocos que se hallaban enteros estaban apáticos y callados. Qué distinta a mi experiencia con los buhos de Madrid: gente que charla, gente apelotonada, alguien que ha bebido demasiado, sí, pero la mayoría de la gente habla con sus amigos, se cuenta la jugada, continúa la fiesta en un tono quizá demasiado alto.
Me pareció que la juventud inglesa está en decadencia. Que éste es un país dormido.

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Podía volver a casa en bus nocturno o caminando 40 minutos en medio del frío. Me decidí por el bus, hasta cuya parada me acompañó la guardiana. Me tocó esperar media hora al fresco -“al fresco” es la expresión que utilizan aquí para las terrazas de los restaurantes, bares o cafés, pero este fresco era gélido; lo peor para mi catarro que aún daba sus últimos coletazos-, porque a partir de cierta hora sólo hay dos buses cada sesenta minutos. Beta, al ver aquel grupo variopinto y mal iluminado en la parada (seguro que ella no lo hubiera descrito así, aprensiva como es, pero esencialmente es lo que era), se había quedado muy inquieta, pensando si llegaría bien o no y me llamó un segundo después de despedirnos y un segundo antes de meterse en su cálida residencia para preguntarme si mi barrio era seguro y para pedirme que le hiciera una llamada perdida al llegar a casa. Me hizo gracia lo internacional de los procedimientos. Seguro que los de las compañías de móviles no pensaron que las llamadas perdidas se fueran a convertir en el morse o el esperanto del “he llegado bien, tranquilo”.

La gente de la parada era una mezcla de dormidos/borrachos/con-gelados. Con la variante respecto a Madrid de que los pandilleros no eran blancos, ni sudamericanos, ni siquiera árabes como en algunos barrios del Foro, sino negros que intercambiaban palabras y gestos rituales en una jerga completamente ajena a mi comprensión. Pero en los mismos términos, por lo demás, que en Madrid. Había un par de chavales en camisa de manga corta que según un documental de la BBC de días atrás debían tener alterada su percepción de la temperatura por el alcohol, pero ellos debían sentir que aquello era muy “cool” (y “cool” era un montón, fresco de verdad). Una tipa de mechas rubias y mirada mal enfocada se acercó al poste del bus con esa cara de “farola, haz el favor de estarte quieta” y leyó con mucha atención aquello, como si estuviera escrito en una clave que requiriera mucha concentración. Se sentó sobre un poyete de ladrillo, junto a otros tantos noctámbulos, y no dio mucha lata una vez que el chaval de al lado entendió que le estaba pidiendo fuego y se lo dio. Yo lo entendí a la primera. El inglés de los borrachos debe de tener algo especial.
El chaval del mechero compartía la chaqueta con su novia, como si de un edredón se tratara, con el resultado de que los dos parecían helados.
Pasaron unos cuantos buses, pero ninguno era el mío. Desesperación de numerosos grupos que tampoco habían sido agraciados, sobre todo de los que se habían despertado de su letargo al haber oído que se acercaba un autobús. Cuando llegó mi… Continuará.

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Eran las dos de la mañana de un viernes (ya sábado) y ahí estábamos Beta y yo, en su residencia, cerca de la universidad, a base de zumos y tés exóticos (que tenían de todo menos té) y una especie de couscous que no salió muy bueno por aquello de la inexperiencia y que tratamos de arreglar añadiendo mucho queso, pero ni modo. Y nada de vino ni cerveza, dado que Beta no bebe y que la cena había surgido sobre la marcha. La nota final para que aquello se pareciera al camarote de los hermanos Marx era que andábamos escasos de utensilios de comida, lo que obligaba a reutilizar el cuenco del arroz para tomar el helado y después el té, así que apenas habías empezado a comer algo temías que te lo fueran a arrebatar para servirte lo siguiente. Habíamos estado hablando muy animadas sobre España y sobre Grecia y sobre los hábitos de los ingleses y la Literatura Comparada y metidas en nuestro particular concurso “Coma rápido y aclare los cacharros para el siguiente plato” en la cocina del hall. Y además habíamos recibido un par de visitas del compañero chino de Beta que parece un haiku con patas y de la inquietante E., una griega que parece española, de quienes quizá hable en un otro post. Aquella cena improvisada había resultado muy divertida y agradable pero era tarde y nuestros bostezos, cada vez más frecuentes.
Beta me acompañó al exterior, guardiana de aquel laberinto de pasillos, escaleras, más pasillos, llaves y timbres. Continuará.

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El sábado estuvimos en Brixton, una zona del sur de Londres que empieza a salir de su fama de peligrosa y a construirse una reputación de barrio culturalmente activo y vibrante. Sus habitantes son en su mayoría africanos o caribeños de origen. Habíamos quedado en los cines Ritzy, unos multicines con programación interesante e internacional, ciclos de cine de autor, tertulias y demás. Me habían sacado entrada pero llegaba tarde y no había conseguido hablar con mi amiga. De manera que llegué a la carrera desde más o menos la otra punta de Londres –la council state de T.; bastante mona; barata en una zona buena (Bermondsey); un poco deprimente el bloque en sí- y pregunté al de la puerta si mi amiga M. había dejado una entrada para mí. Hubo un malentendido o dio la casualidad de que alguien más había dejado una entrada. El caso es que aunque M. había vendido mi entrada (según me enteraría después), el tipo me dijo que pasara, así que me salió gratis, cosa que en Londres adquiere un sabor diferente dados los precios de aquí. La peli era “Heading South” (“Vers le Sud”; “Hacia el sur” o “Mirando al sur”) y transcurría en Haití. El director es francés, y la peli tiene partes en francés y otras en inglés. Un puñado de occidentales cincuentonas y adineradas pasan sus veranos rodeadas de haitianos más o menos esculturales y sobre todo muy complacientes. No me pareció gran cosa. En mi opinión el narrador no terminaba de funcionar (en general era todo un narrador externo y de repente había monólogos en las habitaciones, como apartes de teatro, salvo en el caso de un personaje, el barman del hotel, que no hablaba fisicamente sino que pensaba en voz alta; qué técnica más natural, ¿no?), y la historia no acaba de decidirse a enfocar a las turistas o a los locales.
A pesar de ello, tenía algunos elementos interesantes y logrados. El ambiente y parte del enfoque me gustaron. El personaje principal era muy guapo y muy buen actor (ver ficha técnica al final). Y la actriz de Antes del amanecer/Antes del atardecer estaba muy vieja. Me pareció curioso que la americana –interpretada por esta actriz- hiciera de idiota. De idiota como los americanos de los chistes: esa mezcla de ingenuidad y prepotencia que subyace a frases tópicas como “soy ciudadano americano y pago mis impuestos” usadas como salvoconducto en las situaciones más variopintas; la manía de considerarlo todo “wonderful” o “great”, la exageración a la hora de expresar alegría o abatimiento, la ingenuidad del que cree que con buena voluntad todo es posible –aquí la americana tenía un punto extra de melancolía. Más allá de la justicia o injusticia del cliché, es significativo que se haya convertido en un prejuicio funcional a nivel narrativo.

A la salida del cine, ya tarde, buscando un pub que conocía M. nos equivocamos de calle y nos metimos en una zona de Brixton muy peculiar. Pasamos delante de una tienda con el cierre a medio echar. Una mujer estaba de rodillas sobre lo que parecía una Biblia. En una mano sostenía un crucifijo y en la otra una especie de maraca forrada con unas conchas. Tenía todo el aspecto de un ritual de santería. Un poco más allá había un coche con las puertas abiertas y la música muy alta, al lado del cual un grupo de africanos tomaba cerveza. Nos miraron brevemente y luego siguieron bebiendo. El resto de la calle, mal iluminada, consistía en un puñado de puestos cerrados. Era de noche. Había un cierto olor a mercado de pescado. “No es nuestro sitio. No deberíamos estar aquí”, la mirada oblicua de S, egipcia con mucho mundo y bastante mala leche tenía algo de terminante “Vámonos”. Dimos la vuelta, atrapadas de repente en un pliegue realidad/ficción: en la película también ocurría que blancas (u occidentales) se colaban en territorio exclusivamente negro por imprudencia. Me hizo gracia la coincidencia. Pero me empeñé en quitarle hierro al asunto (la calle era extraña, pero no parecía peligrosa), convertida de repente en la americana ingenua de la historia.

Datos sobre Heading South/ Vers le Sud: Coproducción canadiense de 2005. Director Laurent Cantet. Guión: Laurent Cantet (Director de “L´emploi du temps”, la peli sobre un caso real de un hombre que fingía trabajar para la ONU cuando en realidad llevaba varios meses en paro y Robin Campillo (Director y guionista. “Les revenants”/”They Came Back”, 2004; “L´emploi du temps”/”Time out”, 2001;. El guión se basa en tres relatos de Dany Laferriere. Actores: Charlotte Rampling, Karen Young (ya no tan “young”; es quien encarna a la americana). El guapo prota es Ménothy Cesar, quien además de guapo ganó el Marcello Mastroianni al mejor Actor revelación en Venecia en 2005.

Información completa en español aquí . O si se prefiere en html aquí

-Trailer de “Vers le Sud” pinchando aquí
-Entrevista con Laurent Cantet en francés aquí mismo

-Para leer un resumen en inglés de “L´emploi du temps” pincha aquí ; información adicional sobre la ficha de la película en .
-Para saber más sobre Robin Campillo, coguionista de “Vers le Sud” y director de cine pincha aquí .

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La tipa (léase mimo, actriz, bailarina) del Théâtre du Mouvement
se llamaba Claire Heggen y era francesa. Después de chuparse 80 minutos de un espectáculo formato solo se cambió de ropa (no mucho) se sentó al borde del escenario junto a un tipo sonriente que iba a actuar de moderador/traductor y se puso a contestar en un inglés macarrónico pero eficaz las preguntas de los presentes. Me pareció estupendo que tuvieran esa pauta de hacer una discusión después del show y el esfuerzo que los presentes –mayoría de ingleses, aparentemente- hicimos para entender el insuficiente inglés de la actriz y el esfuerzo de la propia actriz para explicarse en inglés, ayudándose de gestos no cuando no sabía la palabra sino intercalándolos con naturalidad. Fue muy especial. Página sobre el Théâtre du mouvement

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Buenas noticias. No todo está perdido. Cuatro meses en Londres no agotan la novedad. Todavía hay cosas sorprendentes y con cierto halo mágico. La primera fue magia negra, digamos: magia de malote y magia nocturna. Ir a un club tipo antro en la zona de Kings Cross, The Key donde antes había almacenes y prostitutas y ahora hay almacenes reconvertidos en antros ‘cool’ y prostitutas desperdigadas en los vacíos de los antros ‘cool’. Antros ‘cool’ custodiados por maromos de 2 metros por 2 metros y súper montados pero en fin. Y la segunda, el Royal Festival Hall, en Southbank, en la orilla Sur del río junto a Waterloo, Embakment y no lejos de Charing Cross (a tiro de puente, por así decir). Lo mágico de la primera -no sé si llamarla “epifanía”- era el entorno. Hubiera sido imposible que llegara yo sola, porque en realidad aquello era un “no lugar”. Naves, solares… quién buscaría ahí nada. Había dos colas, una para los que estaban en la lista de invitados, que pagaban algo menos por haber reservado y otra para los no invitados. La de los no invitados estaba prácticamente vacía, lo cual era una buena noticia y una mala noticia a la vez para mí: de qué me servía entrar sin esperar si luego iba a tener que esperar dentro, sola.
Chupitos de Sambuca (un anís dulce), varias salas, tecno y tecno orgásmico con un D.J. del continente –como llaman por aquí al resto de Europa-, danés creo recordar. ‘Seguretas’ con auriculares, linternas, cachas, echan a uno raro por supuesta pedofilia. La Stella Artois, la cerveza belga, (4 libras) más cara que un vino o un combinado (3,50). Agua mineral a 2 libras. Dos andróginas de diseño bailan una frente a la otra. Yo me empeño en que todos los tíos de nuestro grupo son gays salvo los que están emparejados y dos que me tiran los tejos, uno por el éxtasis y otro de veras (o eso creo, mi inglés en esas condiciones de ruido y de lengua pastosa de mi interlocutor no facilitan las cosas). Subimos a una plataforma en la sala orgásmica. Me agobio por la falta de espacio (o te centras en no dar a la gente y evitar los codazos o te relajas y bailas) y entonces el problema es cómo bajar sin pisar a nadie y cómo llegar a donde están tus amigos (es un decir lo de amigos).

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Este post va dedicado a Angelina Jolín, porque tienen un aire de familia.

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