Archivo de la Categoría “Salud”


Sigo limpiando el blog de símbolos bárbaros y en el proceso me he estado echando unas risas con la serie: Aceptamos Elsinora como pincho moruno Así que os dejo con ella. No hay nada mejor para el calor que un poco de risa…

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No sé si os pasará a vosotros, pero mi cuerpo tiene cierto espí­ritu de contradicción que hace que cuanto más me cuide peor esté.
Es una teorí­a difí­cil de demostrar, pero realmente fácil de experimentar.
Y es que media un abismo entre lo que uno siente y lo que le pasa a tu cuerpo.
Estoy adaptándome a un cambio de trabajo, de entorno y de costumbres y de momento lo llevo bien (under the circumstances), pero las últimas semanas noto ciertas molestias en aquagym y en Pilates.
El otro día, haciendo un ejercicio en la piscina de los pitufos, el dedo pulgar del pie derecho cobró vida propia y se rebeló, atrincherándose en modo garfio fuera del agua. En palabras más sencillas, tuve un calambre y el dedo se quedó en una postura involuntaria, que no remitía. Una especie de corte de mangas a lo artis mutis.
Otros días en Pilates en los movimientos que requieren estirar y levantar las piernas era como si me hubieran desconectado la pila y apenas pudiera con mi cuerpo. De repente unas piernas pesadas como demonios habí­an tomado mi cuerpo y no hacían más que temblar y ponerme las cosas difí­ciles.
La fisio diagnosticó acortamiento de gemelos y me contó que tengo los cuádriceps muy potentes y tanto los gemelos como los isquiotibiales acortados. A continuación tuvo una revelación y decidió comprobar hasta qué punto de la escala de los sádicos sin fronteras puedo aguantar el dolor sin matar a nadie.
Y dicho y hecho: masaje en los pies, en la tibia y peroné y luego bocabajo y a sufrir. De repente es como si te estuvieran clavando algo en unos gemelos que a vez estuvieran llenos de pequeñas agujas.
A esta maniobra la llamó punción seca y se quedó tan pancha, como si poner nombre a la tortura que te han aplicado borrara su crimen contra la humanidad… de mis gemelos.

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Señores inventores:
Tengo una petición muy especial para ustedes. Necesito una peluca que se autoseque o un tratamiento capilar que haga que mi pelo se seque rápidamente al salir de la piscina.
Con el frí­o que está empezando a hacer, está claro que ya no va a ser posible salir con el pelo a medio secar con el secador de mano…
En fin, alégrenme la temporada de otoño-invierno de piscina, hagan el favor ;-)

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Tener como ascendiente a Mister Bean en tu carta astrológica puede tener su gracia, pero a veces resulta un poco cargante.

La cosa es que aunque llevo años yendo a piscinas públicas en España y en La Pérfida sigo teniendo algunos comportamientos de dominguera.

Hace unos días sin ir más lejos empezaba mi aquagym en un polideportivo nuevecito que han abierto en pleno barrio de Malasaña-Chueca, del que ya os hablaba aquí, y que es muy de diseño, pero de diseño marca ACME en algunos aspectos (Escuelas Pías, en la calle Farmacia 13).
Por ejemplo, los vestuarios no tienen perchas. Sí, hombre, esos elementos normalmente metálicos con una parte ganchuda y debajo una parte triangular de la que se cuelgan blusas, pantalones, y faldas… Lo explico por si alguno de los responsables del polideportivo me está leyendo y consigo abrirle la mente a nuevos horizontes y utilidades. Las perchas puede que no sean un artículo de nueva generación, pero ayudan mucho a que la ropa no termine completamente arrugada…

La cosa es que ya tenía mi mochila preparada con mi neceser con botes herméticos y pequeños con todos los productos que necesitaba, monedero con monedas distintas para el secador (¿será de 5 céntimos o de más? cojo de 5, 10 y 20 por si acaso?), y para las taquillas (¿será de 0,50 o de 1 euro; cojo de ambos). Me encaminé al lugar de autos con la hora un poco justa (justo lo que no se debe hacer el primer día que vas a ningún sitio con hora fija) y hete aquí que una vez que subo los tres pisos (¿una piscina en el 3º piso del complejo?), atravieso el torniquete sin necesidad de preguntarle a nadie cómo se aplica la tarjeta de contacto (una será Mister Bean, pero tiene un poco de mundo :-) y localizo el vestuario de chicas, resulta que este es una habitación pequeña, achicharrante, con pocos bancos y todos ocupados por mujeres en distinto grado de desnudez y piel mojada (no se me alteren los lectores masculinos, hagan el favor).

Me hago un hueco como puedo, me desvisto, embuto la ropa en la mochila y la meto en una taquilla. Previamente he visto que nadie tiene perchas. Saco una moneda de 1 euro, la introduzco en la ranura, giro la llave y tachán, la llave no se cierra pero la máquina se ha tragado mi moneda tan tranquila. Me cae un chorro de sudor, y eso que ya estoy en bañador.

Saco la mochila y las zapatillas, abro el monedero y hago un par de intentos infructuosos más en otras taquillas que van acabando con mis reservas de monedas y consumiendo los primeros minutos de la clase. Al final localizo con ayuda de una compañera una taquilla que funciona y la moneda que alguien se ha dejado en una taquilla que no funciona y dejo allí mis bártulos sanos y salvos.

Para entonces, tras tanto experimento infructuoso con las taquillas, mi imaginación calenturienta había creado varias escenas en las que yo volvía de la piscina y encontraba mi mochila vacía o desaparecida y tenía que volver a casa en bañador y chanclas a las diez de la noche. Ya se sabe que la prisa, el calor y las máquinas defectuosas son una combinación explosiva, pero es que además alguna vez he vivido una experiencia así, que terminó en una comisaría de esa guisa, pero en fin, esa es otra historia.

La compañera-salvadora me guía hasta la piscina. Me dice que ella viene a natación, no a aquagym y que me prepare porque las clases son muy cañeras. En ese momento no sé si por la adrenalina, por el alivio de tener mi mochila segura o porque últimamente estoy bastante en forma me parece la mejor noticia del mundo.

En el recinto de la piscina hay dos piletas. Una olímpica y otra liliputiense. Adivinad cuál les toca a los de aquagym. La liliputiense, of course, y yo que venía con ganas de caña. Vaso de enseñanza creo que es el nombre oficial (¿no, Simoneta?). La piscina de los pitufos es pequeña, peluda, suave… Bueno, no, en realidad es pequeña, poco profunda y está llena de adultos haciendo cosas raras.
La profe está en el bordillo, de espaldas a mí, dando instrucciones por su micrófono. Espero a que se gire, pero como no lo hace le doy un toque en la espalda y me presento. Me meto en el agua justo a tiempo de participar en algo que se llama “Pregunta a quién le gusta el helado de chocolate y vete con él“. Y no, no es un speed dating, ni una clase para niños de ocho años.

Por una décima de segundo pienso que estoy en “Vacaciones en el mar” versión personas con problemas de riego cerebral, pero no he llegado hasta aquí peleando contra los elementos para hacerme la quisquillosa ahora… En los siguientes minutos participamos en otras actividades con enunciados sesudos como “las que tengáis nombres con “a” aquí y las que no allí y salpicaos unas a otras”, o los del Atleti a un lado y los del Madrid al otro. Como casi todo somos mujeres y nos da bastante igual el fútbol hay cierto momento de impasse, pero según transcurre la clase se hace evidente que la profesora sabe lo que hace y que estas chorradas han conseguido que a lo tonto a lo tonto hagamos un buen calentamiento. El resto de ejercicios son bastante más normales y de hecho hemos trabajado bastante.

Consigo ducharme, peinarme y demás en estos vestuarios mínimos sin incidentes, pero como no hay secadores de pelo (sólo de manos; otra genialidad de este polideportivo de diseño) voy con el pelo medio mojado. No me importa porque hace una noche magnífica y porque el ejercicio me ha dejado espídica y me siento capaz de enfrentarme a taquillas traicioneras y a lo que se ponga por delante.

Por el camino me encuentro con la profesora, a la que le ha llamado la atención mi apellido (Bonasera), y que resulta que es un encanto, sabe mucho de educación física y se toma con mucho interés los problemas físicos de sus alumnos. Le hablo de mi contractura de hombro, pero desestimo hablarle de mi lado Míster Bean. Eso ya lo descubrirá por sí misma a lo largo del curso, supongo…

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Un amigo concibió hace años un título estupendo para un cuento. Decía así: “Miles de extraños me empujan”. Y aunque mi sensación de las últimas semanas no es exactamente la de estar en medio de una liza multitudinaria, ni ser objeto de múltiples vectores de fuerza en sentidos contradictorios, sí experimento cierta extrañeza semejante a la de la frase. En realidad sería más exacto decir que pocos o ningún extraño me empujan, vamos que casi que no me empuja nadie, ni yo misma… O que puede que me empujen o puede que no, porque según el principio de incertidumbre la observación de cualquier fenómeno modifica la naturaleza del fenómeno observado. O dicho en términos más cotidianos, estoy en la fase “déme un café, no me lo dé”.
Qué rara está Elsinora, pensaréis los lectores habituales. Pero si este es un blog gamberro, ¿a qué viene tanta filosofía?
Digo yo que la climatología tendrá algo que ver: en la zona central de España llevamos unas cuatro semanas de días nublados en plena primavera (que me han hecho preguntarme cómo soporté yo el clima londinense dos años enteros; mi no entender), pero precisamente los últimos días han sido soleados (casi demasiado). Todo muy contradictorio y desconcertante.
Pero tranquilos, que el post este tendrá su punto humorístico, como debe ser en un blog de este tipo.

-Manos a la altura de los hombros, rodillas al suelo y luego las piernas como una flecha hacia atrás y juntas.

Estoy en clase de Pilates y la frase anterior la ha pronunciado nuestra eficiente y acelerada monitora. Lo que la profesora acelerada quiere de mí y de mi compañera de los grandes aros en las orejas que está un poco más allá es un típico push-up (un fondo; en inglés se dice empujar para arriba; muy gráfico y muy en la línea del título del cuento). A estas alturas de la vida sé en qué consiste eso y tengo más o menos la fuerza para hacerlo. Pero tengo un problema. Sé que es muy importante poner las manos justo debajo de los hombros, sé que tengo tendencia a no hacerlo y además me tomo muy en serio mis clases de Técnica Alexander que se basan en la máxima de parar antes de hacer (de hacer demasiado, básicamente, “overdo” como decía su creador) para corregir los malos hábitos.
Por si fuera poco, los libros de Pilates que he leído (soy así de rara, qué le vamos a hacer, tengo una pequeña biblioteca de libros de natación y Pilates; si me meto en algo me meto en serio) insisten en que es muy importante la precisión de los movimientos, que sin control muchas posiciones son incluso perjudiciales y que de hecho originalmente el Pilates se llamaba contrología. Y por supuesto en la técnica Alexander el paso previo a cualquier “postura” es no hacer y observar y decirse a uno mismo las direcciones u órdenes (cuello libre etc etc).
Así que ahí estoy yo, en esta décima de segundo precisa, calculando si las manos están donde deben estar, pensando si el cuello está lo bastante libre, si el “core” (los músculos del centro) está activado para que las lumbares no trabajen y las piernas estén lo bastante fuertes para formar la flecha que la profe espiritada quiere de nosotras.
A mí me parece una décima de segundo, pero a la profe se ve que se le hace eterna porque me dice que no me lo piense, y me jalea para que me ponga a ello. La de los aros ya está en posición, en una bastante incorrecta, un push-up mutatis mutandis diríamos, los aros de las orejas se balancean un poco y como el core no está del todo activado es posible que las lumbares le duelan toda la semana o es posible que le duelan los brazos o los hombros por la misma razón.

-No te lo pienses. Adelante, Elsinora. Arriba.

Obedezco y resulta una serie bastante apañadita.
Cuando termina la clase la profesora me mira con incomprensión.

-Tu trabajo está bien -me dice-. Pero no te lo debes pensar. Si lo haces mal, descuida que ya te lo diré yo. Lo fundamental es que no te lo pienses y no te pares.
Todo lo contrario de lo que me dicen en mis clases de Técnica Alexander, que se basan en aprender a parar. Mi no entender at all.
Pero en fin, me siento un poco como un dibujo animado que fuera hacia adelante y hacia atrás y luego se para y se ve el típico bocata o globo de pensamiento y luego según se suceden las viñetas se empiezan a ver cosas como brrr !&puff y otros símbolos que no encuentro en mi teclado pero son muy habituales en los cómic.
Si es que no se pueden tener aficiones contradictorias: terminas preguntándote si quieres más a mamá o a papá o volviéndote tarumba con tus lealtades.

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Un pequeño paso para la humanidad y uno muy grande para la calidad de vida de Elsinora: el endocrino me ha reincorporado el aceite de oliva y el tomate y la piña y el melocotón. A un inglés supongo que le darí­a bastante igual lo del aceite de oliva y que lo terrible para él serí­a la prohibición de cerveza y tikka massala y el rebozado del fish and chips y las propias chips (la patata es un tubérculo maléfico incompatible con pieles delicadas como la mí­a, al parecer), pero en un paí­s como España no poder tomar nada con aceite de oliva ni con tomate es una verdadera faena, así­ que estoy encantada, aunque la reincorporación no es inmediata sino a partir del 15 de abril; se ve que a mi endocrino también le mola el “hoy no, mañana” de “La hora de José Mota”.

Sea como fuere el 15 de abril haré una fiesta con esos nuevos ingredientes, aunque no sé qué tal van a combinar… Y además el apartado de celebración lo tenemos un poco perjudicado mientras está vedada la harina de trigo y la levadura por aquello de las tartas y mientras no pueda tomar alcohol por aquello de los fermentos. Brindaremos con Trinaranjus, pues, y con esas ricas tostadas de centeno integral y con una magnífica ensalada de tomate bien aliñada con aceite de oliva, ummm…

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Allí estaba ese mensaje inquietante dirigido a mí, en medio de muchos otros más normales:

“You are in the right weight range for your height. You should just wait for breast development becasue some women don’t start to until the turn 18. But if you want to lose weight i would try doing crunches etc because that would reduce fat in concentrated areas compared to diest where you lose fat all over.”

Lo he reproducido tal cual, con erratas. Ahora traduzco:

(Querida Elsinora) Estás en el rango de peso correcto para tu altura. Deberías limitarte a esperar a que se desarrollen tus senos porque algunas mujeres no empiezan hasta los dieciocho. Pero si quieres perder peso (¿no habíamos quedado en que estaba en el rango correcto?) yo intentaría empezar a hacer fondos y demás porque eso reduciría la grasa en determinadas áreas contrariamente a la pérdida de grasa general que se da con las dietas.

Dada mi edad y condición no sé cómo encajar estas revelaciones respecto a mi anatomía. Mi no entender at all. ¿Alguna sugerencia o propuesta de interpretación?

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Si Elsinora tuviera Facebook y esto fuera mi ventana de “Estado” habría escrito: Creativa y dispersa,  de marejadilla a fuerte marejada. (Por cierto, a lo mejor me abro un perfil; me deprime la poca interactividad “visible” de este blog y quizá Facebook lo solucione; ¿alguna opinión a favor o en contra?).

Pero no iba a eso, en realidad (como decía, estoy dispersa; será la edad, mi nueva edad). Dice el proverbio que somos lo que comemos, de forma que como llevo unos días con dieta blanda por cortesía de mi estómago volcánico y tomando mis calditos sin grasa, mi puré y mis manzanillas templadas como las abuelitas fetén me pregunto cuánto tardaré en empezar a usar rebequitas de ganchillo, teñirme el pelo de azul y pasar las tardes en el bingo. De momento sólo he notado una cierta moderación en todo mi ser y como un cierto apagamiento (también atribuible al  tiempo). Me tranquiliza comprobar que todavía ni el ganchillo ni el punto me llaman demasiado y además no tengo gafas para dejarlas en medio de la nariz y mirar a mis nietos por encima de ellas mientras coso, de hecho ni siquiera tengo nietos…  Mejor lo dejo aquí, que me deprimo pensando en todo lo que me falta para ser una abuela feliz e integrada.

En fin, por ahora no me atrae el programa de Ana Rosa, ni el de Las mañanas de La 1, pero quizá en cuanto pasen unas semanas de cena de jamón de york con puré de patatas me apetezca ver esos programas y note al mismo tiempo cómo aumenta mi tolerancia hacia los vendedores de La Atalaya y otras publicaciones semejantes. En todo caso tengo claro que en esa transformación “abuelosa” promovida por la dieta blanda tendría que conservar  la comunicación por el hiperespacio: iría al centro de día con mi microportátil y departiría largamente en plan virtual con mis alegres comadres de C (¿verdad P. R. y V.?). Pero en fin esperemos que el omeprazol y la dieta blanda obren su milagro y pueda volver a comer con arreglo a mi edad pronto.

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-Un chupito de lejía, por favor.

Por más que me esfuerzo en hacer memoria sobre lo que pedí en los múltiples sitios por los que paré en mi largo sábado de vida social por las calles de Madrid no recuerdo que en ningún momento pidiera un trago de lejía o de alcohol de quemar. Pero a juzgar por los resultados, cualquiera diría que en lugar de tónica,  zumos y de carne a la plancha cayeron varias rondas de disolvente con  fabada y callos.

Ya no sé si es que definitivamente mi Pitonisa Lola de las intolerancias alimentarias erró el tiro por completo o si es que mi estómago es como la piel de la princesa del guisante del cuento. La cosa es que el domingo después de un largo sábado de aperitivo más comida, más café (té en mi caso), más cena (con más té en lugar de postre) amanecí como si me hubiera tragado un cactus del desierto, y como si luego el cactus reseco se hubiera incendiado formando un gran volcán. En los momentos regulares me sentía hambrienta, llenísima y como un globo y en los momentos peores el humillo del volcán o el vapor del chorrito de lejía devoraban primero mi estómago y luego el pecho y la garganta.
Diréis que soy una exagerada -y puede que lo sea en pro de la viveza del relato- pero la verdad es que albergar en el torax un volcán no tiene nada de divertido y no se lo deseo a nadie (aunque hay varias personas que se lo merecen, ;-)

De momento, mi médico de cabecera ha traducido mi escenografía desértica de cactus incendiados y volcanes en una posible hernia de hiato y me ha indicado que me dé al omeprazol, que eleve las patas de la parte de arriba de la cama 7 cm y que siga comiendo como una abuelita (es decir, evitar lo que irrita el estómago: cítricos, picantes, tomate, café, menta, bebidas con gas, alcohol, fritos, salsas, grasa) y que si no mejoro completamente vuelva en una semana para hacerme pruebas (imagino que con el equipo del National Geographic, dada la composición de mi torax).

Así que, en fin, me alejaré por unos días de los chupitos de lejía y dormiré en plano inclinado a ver si mejoro. Pero seguro que con una dieta a base de manzanilla  y puré de patata con jamón de york mi vida social se va a resentir de lo lindo, ya imagino la escena:

-¿Qué va a ser?

-Cuatro cañas y una ración de calamares para mis amigos y para mí una manzanilla y una tapita de arroz blanco.

Panorama  criminalístico donde los haya, pero en fin.

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En este momento, en el lugar preciso en que usted se encuentra, hay una casa que lleva su nombre. Usted es su único propietario, pero hace mucho tiempo que ha perdido las llaves. Por eso permanece fuera y no conoce más que la fachada. No vive en ella. Esa casa, albergue de sus recuerdos más enterrados, más rechazados, es su cuerpo.

Thérèse Bertherat, Las razones del cuerpo; pg 11. Paidós;  Barcelona.

La francesa Thérèse Bertherat creó la antigimnasia en París hacia 1976. Este libro cuenta la génesis de este enfoque cuerpo-mente, con una prosa precisa, muy expresiva y con buen vuelo narrativo (aunque el libro es un ensayo).

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Movida por ciertas molestias digestivas recurrentes y por una extraña reacción alérgica cuando estaba en París (me convertí en un mapache de repente) me decidí por fin a hacerme una prueba de intolerancias alimentarias. Había analizado diversas posibilidades y la opción mejor no era muy clara: costaba cara, te extraían sangre y tardaban una semana en darte los resultados. La segunda mejor opción tenía muchas ventajas: mucho más barata, no te pinchaban y te daban los resultados a los diez minutos (y te hacían la prueba al lado de casa), pero tenía un considerable problema de credibilidad. El sistema era demasiado esotérico hasta para mí (y eso que ya tengo bastante experiencia en extraños fenómenos cuerpo-mente). Esotérico o no, de repente un día me vi pidiendo cita en el herbolario sede de la segunda mejor opción y otro día, concretamente  el día post fiesta de navidades de mi empresa me vi sentada a la mesa de la Pitonisa Lola y conectada a un aparato de biomagnetismo de fabricación italiana que emitía una pequeña pulsación sobre mi índice derecho que se colaba en el meridiano del intestino, pulsación que luego atravesaba el resto del cuerpo y salía por la otra mano, que agarraba un ancho cilindro metálico para hacer masa. El aparatejo, conectado por USB al portátil de la Pitonisa Lola versión dueña de herbolario de Chamberí, empezó a dar pequeños pitidos, con un sonido que recordaba al aviso de que has recibido un email, con la diferencia de que en lugar de recibir un email habías recibido un diagnóstico. Y así hasta 190 o más.

El razonamiento subyacente es que se asocia cada producto con un tipo de impulso y según el tiempo que tarde cada uno en atravesar tus tejidos se determina una intolerancia mayor o menor. La cosa es que, sorpresa sorpresa, después de una noche a base de cervezas y pinchos (había barra libre en la fiesta de empresa) y pocas horas de sueño y un par de cafés con leche para espabilarme, me salió una intolerancia alta al alcohol, la levadura de cerveza, el café y la leche. La lista del top ten no se quedaba ahí: a finales de diciembre había unos invitados especiales en la parte alta de la lista: el chocolate, la almendra, las avellanas, el marisco, el azúcar blanco… y bueno también la pera, que en fin, me daba un poco igual, porque ¿a quién le preocuparía no poder tomar pera en Navidad cuando no puede tomar ni turrón, ni polvorones, ni bombones, ni roscón… ni vino? Había más sospechosos habituales: no estaban en la lista de los más buscados, pero también tenían su punto de intolerancia: patatas, tomate, melocotón y uvas. Y por supuesto la intolerancia a los lácteos dejaba fuera de juego un montón de delicias de distintos tamaños y texturas.

¿Qué iba a ser de mí sin dulces navideños, sin cava ni marisco en Nochebuena, sin uvas el 31, ni Roscón el día de Reyes? ¿Soportaría nuestra heroína semejante prueba? Por si fuera poco, tampoco podía refugiarme en la supuesta “comida sana”: el atún, el salmón, la lechuga eran considerados “caca” según el cacharrito de la pitonisa.

La buena noticia -había una buena noticia- era que podía tomar todo tipo de carne: vaca, cerdo, pollo, cordero, y embutidos (siempre que no tuvieran leche), huevos y todo tipo de cereales, conservantes y colorantes (?) y mis frutas favoritas, además de té, miel, sacarina y azúcar moreno (hasta podía comer acrílico, lana y algodón y algo llamado candiflor, según el informe de Lola). Así que podía ponerme hasta arriba de filetones y de embutidos… y de macedonias. Empecé a pensar que a lo mejor la Pitonisa Lola sabía lo que se hacía…

Esa sensación duró hasta el primer desayuno con el nuevo régimen: sin café, sin leche y sin poder tomar pan (por la levadura), ni bollos…

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Despierto el blog aletargado, brevemente, por necesidad y divertimento.

Estoy sumida en la lectura de un libro de Andreas Moritz, editado por Obelisco, titulado “Los secretos eternos de la salud/ Medicina de vanguardia para el siglo XXI”, 3 edición, que insiste en lo poco eficaz que es la medicina tradicional, afirma que los antibióticos son lo peor porque desequilibran completamente el equilibrio del cuerpo y considera que la cirujía es algo así como el reconocimiento del fracaso de la medicina occidental para curar, cuando de repente suena el teléfono. Preguntan por mí, me recuerdan que mañana tengo cita con el dentista para hacerme un implante dental…

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Aparece un tipo con los ojos un poco dementes y un rollo de papel higiénico abierto sobre la mesa, e informándole a alguien de que “los rollos tienen cincuenta centímetros menos de los anunciados, midiendo hasta la parte del pegamento, que yo la parte del pegamento no la uso”. Y también hay otro en el que aparece un tío con mirada de loco tensando con mucha fuerza y mucha fijeza un tirachinas gigante hasta que de repente llega la hora en punto, el tirachinas se pone en marcha y el enorme proyectil acaba con la vida del cuco (o al menos le da el susto de su vida al pobre bichejo).

Las dos escenas anteriores forman parte de la campaña española sobre la gripe A, con un lema en plan: con la gripe A te aburres tanto que no dejas de maquinar cosas absurdas, pero no hay que llegar a tanto, mediante la prevención te lo evitas.

Faltaría una tercera escena. En ella aparecería Elsinora Bonasera con los ojos enrojecidos y un poco dementes abriendo en bata la puerta a unos señores con un aparato de gimnasia metido en una voluminosa caja. Después mostraría a los señores montando el aparato a toda prisa (ellos no están enfermos y trabajan a destajo; compre usted cosas complicadas para esto) en una habitación bien ventilada mientras Elsinora coge subrepticiamente una pieza y la boicotea y luego la limpia con alcohol (una está aburrida pero tiene su ética) y desaparece sin hacer ruido. Los señores, al rato, detectan la parte rota (es uno de los polos del mango destinados a medir las pulsaciones y el índice de grasa corporal de la bicicleta elíptica/ecléctica) y deciden recoger y marcharse con el producto defectuoso.

Elsinora ya tiene entretenimiento para los siguientes días, deshojar una margarita virtual preguntándose: ¿cuánto tardarán en llamar los de los grandes almacenes?, ¿cuándo me traerán el nuevo aparato? ¿vendrán los mismos a instalarla?

Así que en fin, aquí estoy, presa de algo que se parece a la gripe A, con un superávit de horas de sueño impresionante y un cierto nivel de aburrimiento ideando chorradas entre episodios de fiebre y estornudos y dolor de cabeza permanente. Pero tranquilos, que la parte del boicoteo de piezas es pura ficción. De momento el masoquismo no se encuentra entre mis síntomas. Pero eso sí, los de la tienda de deportes no han dado señales de vida desde el miércoles… luego me vendrán con que están todos malos con gripe A y que nadie puede traerme la elíptica, pero mira si estaban sanos en el momento de cobrármela, ¿eh? :-)

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Tras una semana dándole vueltas a la surrealista escena, acabo de descubrir lo que le pasa a mi atribulado profesor de Pilates. El tipo es un personaje de una película de Almodóvar, un personaje femenino posiblemente, pero él no lo sabe. Va por la vida pensando que realmente el mundo chiíta sección panaderas tiene algo contra él. Y si no decidme cómo se explica que el martes pasado entrara en clase cuando ya estábamos cuatro alumnos esperándole, estirando contra el espejo como nos tiene dicho que hagamos, y ni siquiera saludara. Yo aventuré un saludo al ver que nadie lo hacía y me contestó en voz baja. A los dos segundos, sin darnos tiempo a levantarnos del suelo ya estaba en marcha y decía, “de pie, dejar caer la cabeza despacio y después vértebra a vértebra hasta abajo” y en seguida, “erguidos, la columna bien estirada, girad la cabeza a la derecha; Mili, ¿tú fuiste una de las que subieron a protestar ayer después de la clase?”.

Aquella voz airada con el timbre de nuestro profesor salía de su boca a veces a la izquierda y a veces a la derecha y yo –todos, supongo- no entendía nada. Mili le contestó, sin dejar de mover la cabeza a izquierda y derecha, que sí había subido a protestar, porque la coordinación… “Pues que sea la última vez que lo hacéis; cualquier problema me lo decís a mí”. La bronca prosiguió un buen rato, mientras estirábamos aquí y allá y movilizábamos esto y aquello y bueno al profe se ve que se le movilizó bastante la bilis y hasta la atrabilis porque de su boca salían recriminaciones incesantes que hacían pensar en una lenta combustión interna contra la tal Mili, pero estas recriminaciones se alternaban como lo más normal con las indicaciones al resto de la clase: subid la pierna derecha, derecha, derecha, respirad, “y desde luego Mili es que no hay derecho a que me venga a mí una panadera, a mí, que tengo 5 años de carrera y 2 de máster” –aquí la idea de tamaña afrenta casi le hizo perder el ritmo- “que me venga ¡a mí! a decirme cómo tengo que dar una clase. Hasta ahí podíamos llegar”.

El resto de alumnos empezábamos a entender que se había producido un incidente a raíz de una clase de aquagym del día anterior en la que nuestro profe de Pilates hacía de sustituto de la profe titular y cuyo enfoque no gustó a las alumnas titulares, especialmente a una panadera (profesión real, mote, o referencia metafórica, quién sabe; el tipo lo decía como si fuera un insulto) y a nuestra Mili, que es muy maja pero pelín sargenta, de ahí lo de Mili, de militara, y con frecuencia se pasa de asertiva y las dos actuaron en consecuencia y también entendimos que en el mundo de grandes dramas de ayer y de hoy con él de protagonista en el que vive nuestro Jaimito-Lates cuando una panadera y una tal Mili osan disentir de tu enfoque pedagógico y protestan a la coordinadora, a uno no le queda más remedio que montar el número en la primera ocasión en que coincida con alguno de los implicados, por más que sea en una clase de otra disciplina y delante de gente que no tiene nada que ver y que paga por hacer Pilates y no por presenciar escenas de Almodóvar (que en la pantalla divierten, pero en la vida real estresan bastante) y sobre todo por más que con esa ira reconcentrada que se nos gasta nuestro profe drama-queen vaya a ser imposible ningún entendimiento, pero eso sí, “respirad profundo y estirad más la pierna”.

Terminada la clase, la tal Mili nos contó lo ocurrido. Al parecer los sustitutos no se comunican entre sí y las alumnas titulares llevan varios días seguidos trabajando con aletas y pesas de la misma manera. A la panadera (que es panadera de profesión) le pareció excesivo y dijo que no lo hacía. A partir de ahí, nuestra Drama-queen Jaime Lates sacó la mala leche que ni la meditación ni el yoga ni las sesiones de abdominales le quitan y sus borderías habituales y aquellos alumnos, no acostumbrados a oírle como quien oye llover como hacemos nosotros cuando se pone así, tuvieron una clase técnicamente irreprochable de aquagym con aletas y pesas, pero cargadita de reproches verbales por parte del profesor y de malos modos.

Terminada la clase, a la panadera y a Mili les faltó el tiempo para ducharse y vestirse e ir a protestar a la coordinadora por la falta de coordinación entre los sustitutos etc etc.

Y bueno, el jueves siguiente, Mili nos prometió que no iba a abrir la boca hasta que Jaimito no le pidiese perdón (pero hasta que llegó no paró de hablar y de repetir que no iba a abrir la boca…), y nuestra drama-queen particular vino hablando con medio hilo de voz porque estaba afónico, quizá porque siguió despotricando todo el tiempo, y con cara de ofendido empezó a mandarnos estirar, “dejad caer la cabeza y luego vértebra a vértebra” y en fin, al menos al llegar a la parte de “girad la cabeza a la izquierda y luego a la derecha” no hubo gritos sino sólo una tensión soterrada que sabemos que no va contra nosotros (sí contra Mili y todas las panaderas más o menos chiítas del mundo) pero que en fin, convierte la clase en algo que no debería ser y demuestra que este chaval de treinta y dos años tiene algún tipo de trauma que le impide ver las situaciones desde el punto de vista de los demás, tener un cierto autocontrol o ser mínimamente educado. (O que tiene la edad emocional de un niño de tres años, que es lo que debe pensar la panadera; de ahí lo de Jaimito).

Esperemos que sus dos horas de meditación del sábado, con sus ritos de abrazos y amor compasivo etc le devuelvan un poco al mundo de los adultos racionales, porque si no sé de una “traductora freelander” con cara de pantalla que también se va a ver inclinada a comunicar su idea de cómo debe ser una clase de Pilates a la coordinadora del centro deportivo y en fin, espero que Jaimito Lates no tenga nada que decir sobre mi currículum académico ni sobre mis (peregrinos) trabajos o que al menos lo que diga tenga gracia (”habrase visto… una traductora freelander… decirme a mí lo que tengo que hacer…”; pues sí, hombre, una traductora “freelander” tiene mucho que decirte, por ejemplo: “gire a la derecha, turn right”; festival del humor :-)).

Qué poco le aprovechan a este chico sus lecturas de textos espirituales y sus clases de yoga y meditación, ¡pues no fue esta misma hidra con chándal quien nos recomendó el libro El poder del ahora y nos enseñó a relajarnos.

Qué dura debe ser la vida de los personajes de Almodóvar en el mundo real, sufriendo tanto en situaciones cotidianas y creando -a su pesar- escenas tan cómicas en las que demonizan a panaderas malvadas.

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Este mes de julio mi clase intensiva de natación venía con sorpresa como los huevos Kinder. En lugar de “mi” guapo y competente Iker Casillas, al que esperaba tener, he tenido como profesora a una tipa muy peculiar, de unos cuarenta y muchos años o cincuenta, coja, estrábica y con escaso interés por los beneficios estético-higiénicos de la depilación de piernas y axilas llamada Aurora. A las características anteriores hay que añadir también un peculiar estilo pedagógico consistente en hacer las correcciones a voces cuando estás en medio de la piscina, con lo cual no sabes si las voces van contra ti, o bien en el borde de la piscina sin fijar la mirada en nadie en especial (por aquello del estrabismo).

La cosa es que esta misma Aurora fue la que me hizo la prueba de nivel al matricularme, hace ¿un par de años? (cómo pasa el tiempo), ¿cómo olvidar sus axilas peludas asomando bajo los tirantes de la camiseta?, así que de alguna forma tengo una cierta sensación de estar cerrando un ciclo.

Aunque la estampa y las maneras de Aurora apabullan, al mismo tiempo es una de las mejores profesoras que he tenido: tiene un ojo clínico y dedica el tiempo a machacar los fundamentos, que es lo que casi todo el mundo sigue haciendo mal, por mucho que estés en el nivel 2 de natación y que nades muy rápido. De hecho sus clases parecían una adaptación hispana de las carísimas y sofisticadísimas clases de natación-técnica Alexander de Steven Shaw, un nadador profesional inglés y profesor acreditado de Técnica Alexander. El tal Shaw, con su pulcritud extrema y su cabeza rapada, y sus indicaciones detalladas en un inglés impecable y cortes, está en las antípodas de Aurora en el aspecto y en la gama económica de los cursos, pero en realidad el enfoque es muy parecido, más allá de las formas castizas de nuestra peluda profe.

Sea como fuere, Aurora nos ha tenido el mes aprendiendo a flotar boca arriba y boca abajo (increíble lo mal que flotamos) y a deslizarnos, ha insistido mucho en la importancia de estar relajados para nadar, mantener el cuello suelto (como si fuera una experta en Técnica Alexander) y en respirar con soltura. Casi todos los alumnos tienden a nadar de forma acelerada por la creencia errónea de que si no lo hacen, se hundirán; más concretamente, que las piernas se hundirán. La cosa es que en una piscina es realmente difícil no flotar, sobre todo si eres mujer (el tejido adiposo es menos denso que el músculo y por tanto flota más) pero con frecuencia parece que lo olvidamos.

Uno de los días, como si fuera persona del circo, y nosotras sus aprendices, Aurora nos hizo ilustrar un antes y un después de la relajación: nuestros “muertos” más o menos dubitativos y renqueantes cambiaban radicalmente en cuanto relajábamos realmente el cuerpo: muy pronto emergía la tripa y después los pies. En algunos casos tuvo que sostenernos por los hombros y el cuello hasta lograr que la aspirante a “flotarina” relajase del todo cabeza y cuello. Y en lo que a mí respecta me resultó curioso ver que floto mucho mejor boca abajo que boca arriba, simplemente porque yendo boca abajo tengo sensación de controlar la situación porque veo lo que tengo delante, mientras que al flotar de espaldas me inquieta lo que pueda haber unos metros más allá. Siempre había pensado que era mucho más fácil flotar boca arriba por aquello de la respiración y porque la espalda es lo más parecido a una tabla que tenemos… En todo caso, en el momento en que te das cuenta de lo que ocurre te resulta mucho más fácil corregir lo que hacías mal. La cuestión es recordarlo todo el tiempo.

Y respecto a la propia Aurora, supongo que su cojera le ha supuesto la obligación de aprender a nadar y a coordinar sus movimientos de forma mucho más consciente y razonada que los atletas naturales como Iker Casillas, y que se ha acostumbrado a ser más analítica y a fijarse mucho más en los fundamentos de la natación que otros monitores más dados a la sonrisa y a la mera aplicación de tablas.

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El título de este post no emplea un español demasiado ortodoxo. Una opción más normal hubiera sido “Aurora La Iluminada o Las apariencias engañan”, pero me apetecía meter la expresión inglesa “Don´t judge a book by its cover” (cuya traducción literal sería “no juzgues un libro por su portada”) porque me hace gracia disponer de una frase hecha o idiom basada en el mundo editorial.

Para que os hagáis una idea del margen de presupuesto en el que se maneja Steven Shaw, el profe sofisticado de natación basada en la Técnica Alexander del que hablaba, un taller de un día para aprender a nadar a braza (unas 8 horas, que incluyen los descansos) cuesta 150 libras cuando a mí todo el mes de julio, nadando 3 días 45 minutos me ha costado unos 35 euros…

Si andáis acalorad@s daos una vuelta por este link o por éste a ver si os refrescais un poco. El segundo enlace tiene una animación gusanil de un nadador haciendo mariposa que a mí me hipnotiza…

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Lo que ves es lo que hay… o quizá no.

Últimamente ando inmersa en mis lecturas y experiencias relacionadas con la anatomía y la percepción, porque esos temas me interesan y porque por fin estoy yendo a clases de Técnica Alexander. Ayer, tras tener la segunda sesión práctica, que consistió básicamente en observar durante 30 minutos cómo estoy de pie y cómo me siento sin juzgar ni intervenir, bajo la supervisión de la profesora y bajo las ligerísimas modificaciones de la postura que ésta me iba haciendo aplicar simplemente con las yemas de los dedos, al pisar la calle y volver a moverme, correcta o incorrectamente, pero sola, como una escultura exenta a merced de los vientos en medio de Plaza Castilla con sus Torres KIO y su extraño obelisco de Calatrava in progress (ahora es como una cosa horrible con escaleras) y las diversas torres de reciente construcción de esa zona (más info y fotos aquí), decidí comprar el último número de Esquire (Man At His Best) versión española, que he descubierto hace poco.

La cosa es que como todo está conectado, al abrirla me topé con unas fotos-radiografía de un esqueletillo sentado en una silla con su portátil en el regazo en plan “no escondas tus bones” que tenía un aire muy familiar a las fotos de seres humanos vestidos y con carne de los libros de Técnica Alexander que había estado leyendo.

esqueleto con un portátil

(Nick Veasey; reproducida en Esquire, Junio 2009, p. 16)

La revista incluía otra foto que mostraba un edificio en plan 13 Rue del Percebe, en versión algo más civilizada, con una pareja de esqueletillos desayunando mientras leen la prensa del día, dos individuos de puro hueso que chocan las manos descarnadas para cerrar un trato en el tercero, otro huesitos agachado poniéndole papel a la fotocopiadora en el bajo, un ascensor que funciona y todo y nadie ha querido alquilar como habitación o al que nadie le ha cortado las cuerdas como hubiera ocurrido en el tebeo español.

casa de pisos vista con rayos X

(Nick Veasey; Esquire, Junio 2009; p. 93; reproducido aquí en virtud del derecho de cita)

Como ves, faltaban el moroso de la azotea, la loca de los animales, y el habitante de la alcantarilla, pero supongo que el autor de las fotografías, un tal Veasey, tampoco quería que le acusaran de plagio :-)

Nick Veasey es un artista gráfico y publicista inglés, con premios y exposiciones a sus espaldas, al que no conocía (a lo mejor debería ver menos la tele… léase carapantalla) y al que a partir de ahora pienso seguir de cerca. En su página web se puede ver parte de sus trabajos pinchando en la parte de Work. Enjoy!

Y en fin, creo que la revista Esquire ha elegido bien su lema, al menos para este número que incluye el trabajo de Veasy, que reza “Man at His Best”, algo así como “el hombre en su mejor faceta”, “la mejor vertiente del hombre” o algo parecido.

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El rincón del inglés de Elsie

La expresión What you see is what you get (o wysiwyg en versión abreviada) se refiere esencialmente a que la diferencia entre la imagen de algo y ese algo es mínima (o, para los amantes de la precisión y la ontología, que las apariencias de algo presentan pocas diferencias apreciables). Se popularizó en los ochenta aplicado a los ordenadores con el significado de que lo que aparecía en pantalla era lo mismo que se vería en la página impresa, pero previamente se había utilizado en la prensa estadounidense de los 60 para referirse a un tipo de publicidad directa y honesta que no prometía imposibles. También se utiliza para decirle a tu pareja que no piensas cambiar, que “esto es lo que hay”, “me tomas o me dejas”. La explicación detallada, en inglés, aquí.
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Nota sobre ergonomía o fisiología del movimiento. Si F. M. Alexander (un hombre muy radiofónico :-) levantara la cabeza y mirara la imagen del hombre sentado con el laptop sobre el lap diría que el cuerpo tiene una cierta gracia en general pero que comete dos errores imperdonables: cruza las piernas (la izquierda sobre la derecha) y pone el portátil demasiado abajo, forzando la cabeza y el cuello a adoptar una postura incómoda. Es posible que señalara otras cosas imperdonables que ahora mismo, a la altura de mi segunda clase práctica, no soy capaz de detectar.

Y bueno, respecto a los personajes de la 13 Rue del Percebe en versión inglesa, cualquiera que lleve una madre dentro se apresuraría a recomendarles que se pongan algo encima, que van a coger frío y que vale que el nudismo esté bien visto en la esfera íntima, eso de sentirse más libre y que la piel respire bien y tal (¿aunque dónde está la piel, por cierto?) pero anda que ir por la oficina en bolas y cerrando acuerdos con clientes también en bolas

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Como dicen los autores zen, es cierto que todo está conectado. El día siguiente a la emisión de Life en España (ya sabes, la serie norteamericana cuyo protagonista es Charlie Crews, un poli que pasó 12 años en la cárcel etc etc ) me tropiezo en el metro con dos personas que van leyendo libros sobre zen (Zen básico dice la portada de uno de ellos), a uno de ellos creo que incluso le conocía: si no me equivoco, era el novio inglés de una amiga de una amiga, de nombre James como tantos ingleses, de piel rosada, alto y tímido sobre sus zapatos Clarks, pero como no estaba muy segura, ya que le he visto sólo un par de veces y hace años no me acerqué a saludarle y revelar nuestra (probable) conexión.

Item más, a los pocos días de haberme reunido con Ignacio en vísperas de su vuelta al mundo y haber estado hablando de su experiencia en la capital de Japón, veo en Cuatro el reportaje de Callejeros por el mundo que transcurre precisamente en Tokio. Gran parte de lo que vi me recordó a mi propio viaje a Japón hace unos años y a las observaciones de Don Igna y a las de mi antigua alumna de Español, Yoko (de la que por cierto hace mucho que no sé nada). No pude ver el programa completo, porque era domingo por la noche y los domingos por la noche si estoy en casa veo La chica de ayer , una serie basada en otra realizada por la BBC inglesa (de título Life on Mars, aquí y aquí y aquí información en inglés sobre la versión americana) y que en La Pérfida no me enganchó, porque la pillé ya muy avanzada y el look general no me atraía (para lo estético soy poco nostálgica, se ve; aunque también puede ser que la nostalgia British no sea la mía). Pues bueno, la cosa es que el lugar que hace de comisaría en la serie es el edificio de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense, lugar en el que estudiaba la amiga de la amiga del novio inglés que leía un libro sobre zen. Además, como sabréis, el título de la serie, La chica de ayer también es el nombre de una de las canciones más conocidas de Antonio Vega, recientemente fallecido (llevaba años muriéndose).

Video del tema La chica de ayer intepretado por Nacha Pop en el programa 300 millones, ahí es nada.

Hay otra línea de conexiones recurrente, la línea rusa: primero la Eurovisión el sábado, el domingo representación en el Pequeño teatro estudio de Chejov de la obra La Gaviota (sobre escritores que dudan de su talento y tienen crisis creativas, como algunos que yo conozco todas las vísperas del concurso de cuentos Javier de Mier :-), una versión muy peculiar porque en lugar de que la adaptación parta de una traducción previa, lo que se ha puesto en escena es la traducción directa del texto por parte del director, un antiguo “niño de la guerra”; y la semana siguiente el reportaje en la CNN sobre el famoso director de orquesta Valery Gergiev (director artístico del teatro Mariinski desde hace décadas; más aquí en inglés) un tipo talentoso y malhumorado, y finalmente el principio de la vuelta al mundo de Ignacio precisamente en Rusia.

Y ya para terminar de cuadrar la cosa, anoche veo en El hormiguero un experimento científico que explica la teoría del caos, según el cual cuando aplicamos energía al caos, éste se ordena. Había dos ejemplos, uno de energía cinética manual con un montón de tapas de plástico y otro con energía electromagnética (imanes muy potentes en este caso). Y, claro, no pude dejar de acordarme de lo que nos contaba la profesora de Técnica Alexander el sábado sobre que la técnica lo que hace es introducir orden en los hábitos desordenados, organizarlos. Así que me fui a dormir con un libro que se titula El cuerpo recobrado, de Michael Gelb, comprado tras esta clase, y que cuenta que una vez uno desaprende para desenseñar cómo se deshacen las cosas; qué frase más caótica ésta de la ochentera Bola de cristal, empecemos de nuevo: que una vez que uno aprende a inhibir sus propios hábitos desordenados y a darse las instrucciones correctas todo fluye mejor, llega el orden y el movimiento armónico y uno precisa mucha menos energía para moverse, para tocar un instrumento, dirigir una orquesta en el teatro Mariinski o desplazarse hasta Rusia o Japón o hasta la boca de metro de la esquina, para encontrarse con alguien leyendo un libro sobre zen, el día siguiente a la emisión de Life en España.

(Y bueno, suena pelín increíble, pero mientras terminaba de editar el artículo, en la emisora que tenía puesta (Kiss FM) ha empezado a sonar La chica de ayer, no es raro teniendo en cuenta su reciente muerte).

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Bueno, mis viajeros “itchy feet” parece que están ya bien embarcados en sus respectivos viajes: Metrolando uno NYish, que vendría a significar en el rango de lo cercano a Nueva York; y don Igna en otro, tipo Willy Fog; podría haber jugado con el foggish y sus connotaciones de niebla, pero no habría sabido si duplicar la g como en inglés o usar la grafía española, así que la correctora corta las alas de la narradora y nos quedamos con la versión neutra que no da problemas.

Yo, por mi parte, me he embarcado en un viaje Elsie géneris, que consiste en haber recuperado parte de mi energía pero estar sumida en una alergia masiva que me tiene a un pañuelo pegada, amén de antihistamínicos y colirios, con esporádicas subidas a superficie para tratar de pensar algún tema para mi Javier de Mier, picoteo de cuentos clásicos de ayer y de hoy a ver si se me pega algo (estoy con la antología “Cazadores en la nieve” de Tobías Wolff, traducción de Maribel de Juan; Alfaguara, 1989), y la casi convicción de que el presente carapantallismo (ahora como traductora) terminará chupándome esa energía que estaba recuperando a fuerza de paseos bajo el sol, descanso y visualizaciones de la energía cósmica introduciéndose por mis chakras superiores ;-) (si les parece cómica la frase es que han practicado poco la sonrisa interior últimamente).

Pero en fin, no está el panorama laboral para andar quejándose del exceso de curro de un@ y además en mi condición de freelance (o freelander, según otros) no me queda otra que aplaudir las (supuestas) vacas gordas y guardar cual hormiga para cuando lleguen las flacas, por muy agradable que pudiera ser ejercer un poco de cigarra con este calor (menudo zoo te monta la sabiduría popular a la mínima, ¿no?; mientras no haya polen, que es a lo que yo le tengo alergia…).

Pues eso, que supongo que no voy a poder actualizar muy a menudo en los próximos días, pero que sigo aquí, con mi detector de escaqueadores del Javier de Mier encendido y apuntando en tu dirección :-), por si sirve de algo.

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De repente a mi masajista burgalesa se le ha puesto cara de china.

“Estás un poco floja”, dice y un instante después, en segundo plano, se oye una versión en chininglish que sentencia “low energy”.

Poco importa que en el primer caso el diagnóstico se haya hecho en pleno Lavapiés madrileño y basándose en el punto reflejo del bazo en la planta del pie y que en el caso de la doctora china (o la cocinera “caní­bal”; “Aceptamos Elsinora como pincho moruno”: parte 1, 2, 3, 4 y final) la escena tuviera lugar en el sur de Londres (exactamente en New Cross) y el diagnóstico se hiciera tomando el pulso en la muñeca derecha con varios dedos y durante un buen rato (mientras yo pensaba, ¿qué esperará oír esta mujer tanto rato en mi muñeca, Radio Pekín?).

La cuestión es que, lo mire por donde lo mire, aquí­ y en Londres, la primavera unida al exceso de trabajo tiende a dejarme la pila interna en modo “replace”, o sea que se impone recargarla. La cosa está más fácil aquí, donde los productos tienen un precio menos desorbitado y donde habitualmente entiendo lo que se me dice y donde supuestamente el sol no es un lujo (y digo supuestamente porque menuda primavera hemos tenido hasta Semana Santa, ni rastro de sol).

Así­ que nada, me estoy dando a los baños de sol, el descanso entre traducciones, los tónicos naturales, la fruta y a un movimiento de Chi-Kung llamado “Rocking” (”mecedora” o”mecerse”) cuyo desarrollo no termino de entender pero que supuestamente da energí­a porque estimula unos centros de acupuntura que tenemos en la planta del pie y que el libro que estoy leyendo llama “Blubbling Spring”. Intuyo que no debe quedar muy lejos del punto reflejo del bazo (en la parte exterior del pie izquierdo, debajo de las almohadillas plantares), así que de nuevo la voz de la medicina china se funde con la de mi terapeuta burgalesa. Para que luego hablen de choque de civilizaciones.

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Es posible que me esté excediendo en mi afán por ponerme en forma y por armonizar cuerpo y mente y que me haya sumergido en una realidad paralela. Y si no juzgad vosotros mismos. Cuando me enteré del amago de infarto de Garzón, la primera idea que me vino a la cabeza fue que le habían amenazado o que había “pinchado en hueso” (léase descubierto que alguien muy “gordo” estaba inculpado) pero en seguida me dio por pensar que fuera como fuese, los problemas de Garzón se resolvían con un poco de dieta, ejercicio y Chi-Kung. No hay más que ver su torso orondo, su cuello grueso, su cara regordeta de monaguillo crecido para darse cuenta de que su circulación y su corazón no van demasiado bien. Tiene el yin y el yang de lo más revuelto, la parte femenina y masculina desequilibrada y la parte activa y pasiva amontonada y los canales o meridianos nada fluidos ni armonizados.

De hecho un poco de vida sana y Chi-Kung o Taichí le habría evitado hasta el asunto de la cacería. Con tanto ejercicio y meditación, ¿quién tiene tiempo y ganas de ir conspirando y matando bichos por esas fincas de Dios? Y de esta forma tampoco se hubiera comido después los jabalíes protegidos y no le hubiera subido el colesterol ni la bilirrubina, ni a él ni a los del PP.

Touriño también se podría beneficiar de un poco de sabiduría oriental, centrándose más en la esencia y menos en el precio de las cosas, o viajando en bicicleta o “rickshaw” en lugar de en su coche de precio millonario. Y a Ibarretxe-Mister Spock un poco de respiración profunda y de enraizamiento con la realidad no le vendría nada mal.

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—Hoy toca estiramientos y relajación, dice el monitor mientras enciende una barra de incienso y pulsa el “play” en el aparato de música.

Nos tumbamos boca arriba sobre las colchonetas y seguimos las indicaciones del profe.

En un momento determinado, decide que se aburre y que no es importante mantener un cierto silencio para centrarnos en el estiramiento y la respiración y sobre todo que la cosa de la propiocepción que tanto le interesaba el otro día y a la que le dedicamos una clase entera (“a ver: moved la punta del pie muy despacio a un lado y a otro; ¿qué sentís?”; y nosotros: “pues sentimos que movemos la punta del pie hacia un lado y hacia otro muy despacio”) es una cuestión baladí y trasnochada y que lo que mola es introducir ruido y disfunción en el sistema hablando de lo primero que se le pase a uno por la cabeza, por ejemplo de ese tema tan relajante que es la política.

Sé poco o nada sobre las tendencias políticas de mis compañeros, pero sí sé que dos de ellas trabajan en el Ayuntamiento.

—Ya os he dicho que, visto lo visto, os tenéis que volver todos zen, porque con la que están montando… Es que es increíble, lo están haciendo tan mal los políticos que al final va a terminar gobernando Rosa Díaz (sic).

A estas alturas hemos terminado con las torsiones de tronco y estamos estirando los brazos de forma bastante salvaje. Sentad@ en el suelo con las piernas flexionadas y el trasero hacia delante apoyas las palmas de las manos en el suelo detrás de ti y estiras todo lo que puedas los brazos, echando el peso del tronco sobre ellos. Salvo que seas muy flexible y no estés nada contracturado lo normal es que te duelan a morir o bien los brazos, las dorsales o la zona de las escápulas. A mí me tiran mucho los bíceps, pero es una tensión soportable, por ahora, gracias a que suelo estirar.

—Qué, ¿os duele? Si estirarais todos los días como os he mandado no os dolería nada. Pues ánimo, porque vamos a estar así quince minutos.

La noticia provoca algunos resoplidos en algunos alumnos doloridos. A mí, sin embargo, me ha pillado la vena tranquila y estoy concentrada en el ahora, estirando bien los brazos y respirando hondo para relajarme y haciendo oídos sordos al sadismo de mi profesor, a su dislexia y a su falta de oportunidad sacando la política en una clase de estiramientos. De propiocepción no sé cómo iré, pero de autocontrol, soy un crack.

—Ya digo, lo de la política en este país es una vergüenza, así que como no nos espabilemos terminará ganando Rosa Díaz –insiste el profesor con un tono apocalíptico, como si la tal “Rosa Díaz” fuera el mismísimo anticristo.

—¿Quién es Rosalía?

La pregunta me la ha hecho una compañera bastante despistada que lleva sin venir desde navidades y que debe de leer poco los periódicos. En ese momento mi tranquilidad zen se sobresalta con lo que podría ser un amago de carcajada, pero tiro de autocontrol y consigo que mi sonrisa interior no aflore al exterior.

—Rosa Díez, que antes estaba en el PSOE… Es que el profesor lo dice mal. –aquí he bajado el tono, por miedo a que me oiga el susodicho, que una cosa es tener autocontrol y templanza y otra muy distinta tener ganas de morir en el intento.

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(Soñé por un momento que era aaaaire, oxígeno, nitrógeno y argón, sin forma definidaaaa; aquí la letra y el video de la canción de Mecano)

Atravieso un momento dulce en mi relación con el mundo del fitness. Por fin he ganado una cierta fluidez en la cosa de la natación (cosa lógica, por aquello del agua) y ahora puedo afirmar sin temor a equivocarme que los monitores de natación no se proponen acabar con nosotros cuando nos piden que hagamos tropecientos largos en cinco minutos con el “pull-buoy” entre las piernas o que nademos crol con un solo brazo mientras el otro va unido al de un compañero mucho más alto o mucho más bajo que tú y que nunca lo mueve al mismo ritmo que tú y consecuentemente te pasas varios largos tragando agua y sintiéndote un poco discapacitado.

Al final todas estas penalidades consiguen que desaprendas para que desenseñes cómo se deshacen las cosas, como decían en la deconstructivista “Bola de Cristal”. O en cristiano, si uno sobrevive a la descomposición de los movimientos en sus partes descubre que había una razón para ello: dominar la técnica en todas sus partes y además desarrollar fuerza y coordinación también por partes, la parte contratante de la segunda parte o, en términos más claros, pedagogía analítica. Eso sí, mis compañeros de piscina, al parecer poco dados a los análisis, siguen convencidos de que las tablas que nos aplican, lo del pull-buoy, las tablas de espuma, lo de nadar con camiseta, las manoplas y demás tienen el único objetivo de que no nos aburramos.

En Pilates pasa algo parecido: el saber dónde están los isquiones o cómo se bascula la pelvis (incluso cómo se pone la pelvis en retroversión, menudo palabro) o entender de qué hablamos cuando hablamos de hacer fondos de escápula supone una diferencia abismal respecto a los pobres mortales que acuden a clase a “verlas venir”. Tampoco es que me haya convertido en una atleta de la noche a la mañana (mi misterbeanismo impide milagros de ese tipo) pero al menos ahora tengo claro lo que se me pide en cada momento y me quedo más cerca de conseguirlo.

Una cosa que me llama mucho la atención del deporte en España y de las relaciones sociales en este país es la proximidad física. En mi piscina es muy habitual que los monitores estén dándose palmetazos, o agarrándose unos a otros y también es muy habitual que en un momento dado tu profe te apoye la mano en el hombro desnudo sólo para pedirte que cojas aletas y cosas parecidas. Recién venida de Inglaterra me sorprendía más, pero poco a poco me voy haciendo a la idea y por otra parte me parece lógico que la gente que trabaja con el cuerpo tenga una relación más directa con él.

La cosa es que hoy en Pilates el profe ha dicho que al final de la clase nos iba a proponer un ejercicio zen y que quien quisiera se quedara y quien no, se fuera sin ningún compromiso.

Llegado el momento ha empezado a decir que la cosa consistía en irnos a la zona de sombras y desprendernos de los tabúes de Occidente, y caminar libres de ellos. A mí la combinación de “caminar” con “los tabúes de Occidente” me sugirió algo en plan andar en pelotas por la sala, no sé si habré visto últimamente demasiadas pelis del destape en “Cine de barrio” o si será producto de mi educación católica. La idea, además de poco apetecible así de repente, me pareció un mal apaño porque el aula tiene un cristal que da a las escaleras de acceso al polideportivo y la cosa podía complicarse, pero me pareció poco probable que fueran por ahí los tiros y además decidí que esperaría a tener todos los datos para formarme una idea (dos años de perplejidad en la Pérfida me han enseñado a ser paciente antes de pronunciarme).

En ese momento, las más pijas y las más jóvenes de la clase (grupos a los que yo podría pertenecer sociológicamente pero, por lo que se ve, y afortunadamente, no en espíritu) han comenzado a poner caras extrañas en plan “hay un pelo en mi sopa” o “qué mal huele este señor”, que se agudizaban según el profe seguía explicando, como si el grosor del pelo o la intensidad de la esencia sobaquil estuvieran aumentado a toda velocidad. Reacciones todas ellas que venían a demostrar cuánta razón tiene el monitor al hablar de los tabúes occidentales.

Al final el profe nos dijo que la cosa consistía en que teníamos que ponernos a andar por la sala tranquilamente y luego si casualmente nos cruzábamos la mirada con alguien, acercarnos y abrazarnos durante la duración de tres respiraciones, tratando de acompasar tu respiración a la del otro, y después despedirte con una reverencia a lo oriental o simplemente sonriendo y seguir caminando. Esto ha terminado de convencer de lo aberrante de la propuesta a la funcionaria, a la opositora juvenil y a la pija guapita, quien además parecía defraudada porque yo no hubiera secundado sus caras de asco y sus observaciones ante la propuesta heterodoxa del profe y me hubiera limitado a decir, que sí, que aquello era un poco raro. La cosa es que una vez ido el trío La La Lá (en versión No No No o incluso “Preferiría no hacerlo”) el resto de las presentes empezamos a caminar por la sala, un poco inquietas (al menos yo) y con cierta curiosidad.

No es que sea una fan del contacto físico con semiconocidos, pero me pareció bien darle una oportunidad al experimento, porque tengo claro que existe una conexión cuerpo/mente y también una relación yo/prójimo. Además de lo que haya podido leer sobre el tema, hace años tuve oportunidad de comprobar que la respiración del que tienes al lado influye en tu ritmo respiratorio. Fue en un curso de locución: cuando mi compañero al micro empezó a tartamudear y perdió el hilo, el profe, locutor de Radio Nacional durante muchos años, me pidió que siguiera leyendo y aseguró que mi ritmo se le contagiaría a mi compañero y éste conseguiría leer tranquilamente y así fue. Además de esto, parece absurdo negarle un abrazo a un compañero del gimnasio con el que haces estiramientos y ejercicios a dos, al que le masajeas la espalda de vez en cuando con una pelota (antes o después de que él te lo haga a ti), o junto a quien sufres los rigores de una tanda de abdominales toda roja y despeinada. ¿Dónde empieza y dónde termina la intimidad tolerable para un occidental? Parece que todo consistiera en lo pragmático de la acción: si es para hacer un estiramiento o para hacer ejercicio sí, si es para algo menos práctico o de una utilidad menos visible, entonces no.

Y en fin, que un abrazo no hace daño a nadie, salvo que tu compañero sea Schwazeneger y le dé por aplastarte las costillas. Así que ahí estábamos nosotros caminando en chandal y calcetines por la sala con aire pensativo, yo recordando vagamente los lemas del Falun Gong: Verdad, Benevolencia y Tolerancia (artículo 1, 2 y 3) y alguna clase de yoga a la que he asistido.

En un momento determinado, el profe dijo que anduviéramos muy despacio y con los ojos cerrados, y que no temiéramos chocarnos porque al ir tan despacio nos daríamos cuenta y nos desviaríamos o percibiríamos la energía del otro antes de chocarnos.

En honor a la Verdad debo decir que al principio fui obediente y caminé con los ojos cerrados, pero que después, como no notaba ninguna energía circundante y no me fiaba mucho de mi detector de “chi”, abrí los ojos una vez, para comprobar que tenía bastante espacio delante de mí, cerrarlos de nuevo y sentir la tentación de darme virtualmente con el cilicio por ser tan agonías, tentación frustrada por mi voto de Benevolencia. Di un par de pasos más y entonces el profe dijo que abriéramos los ojos y que si nuestra mirada se cruzaba con la de otro y nos surgía le diéramos un abrazo. Cuál no sería mi sorpresa cuando al abrir los ojos me encontré a un par de palmos al mismo profe, el único hombre de la clase ese día. Me puso una cara dubitativa, como temiendo que yo no estuviera en “modo abrazo”, pero le dije que por qué no y allí nos pusimos a la cosa del abrazo de oso y la sincronización de nuestras respiraciones. La suya era tranquila y su espalda acogedora y poderosa…; hasta ahí puedo leer, que diría Mayra Gómez Kemp (se ve que tengo el día retro en lo que se refiere a la tele: “Cine de barrio”, “La bola de cristal” y el “Un, dos, tres” en un único post sobre deporte…; será que el programa sobre el 23-F me ha refrescado la memoria o que una ya va teniendo una edad :-)).

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o Santa Elsinora del Buen Retiro, la santa nerviosa

(Esta es la tercera y última entrega de la serie. Artículo 1 aquí y artículo 2 aquí)

Me entregué a la apertura de canales con energía, acción y frase redundantes, ya que los canales precisamente están destinados a canalizar la energía, pero en fin, concentrémonos en la cosa. La posición no era muy díficil en sí, sobre todo para alguien acostumbrado a cosas como controlar la posición de los isquiones, el sacro, llevar el ombligo a la columna, practicar la respiración lateral mientras una tacita imaginaria reposa sobre las abdominales, o nadar con camiseta, paletas en la manos o las piernas cruzadas en una piscina de 25 metros y no morir en el empeño, pero me estaba resultando díficil mantener las piernas y la cadera ligeramente flexionadas, como nos pedía a cada rato el instructor, argumentando que así era más fácil tener una posición relajada.

Por más alumna aplicada que soy la asignatura de la relajación siempre me cuesta y de hecho la obligación de tener que adoptar esa postura “relajante” no me relajaba nada y notaba las piernas cada vez más cargadas. Imagino que las dos niñas de unos ocho años que había a mi izquierda, en la zona de practicantes avanzados, que no paraban de hablar, reir y moverse tuvieron parte de responsabilidad en mi nivel de tensión. Iban con alguno de los adultos que había junto a ellas, pero no pude descubrir con cuál ni por tanto decirle unas palabritas sobre su educación. Y por otra parte, el paso continuo de domingueros con o sin perros y con o sin niños que se nos quedaban mirando como si fuéramos las fieras de la (antigua) casa de fieras, tampoco ayudaban a mi relajación, ni tampoco el frío pelón. Pero ya se sabe que estas cosas de la cultivación espiritual no son fáciles, como nos enseñó ese pozo de sabiduría que es Karate Kid o las historias de “el pequeño saltamontes”. Así que ahí estaba yo, tratando de hacer las posturas de Falun Gong como quien se enfrenta a unas oposiciones, voluntariosa pero nada relajada.

En honor de un mejor transporte del chi y por un cierto arrojo torero propio de la gente castiza, me había puesto a practicar sin los guantes, pero al rato, con dos grados sobre cero, y con “ambos brazos superiores” levantados y casi inmóviles decidí que terminar con las manos congeladas no sería bueno ni para mi chi ni para mi futuro taurino (como editora Freelander 4X4 no ando tan lejos de ser bombera torera), así que me los puse. Justo en ese momento el instructor explicaba que en el caso de las mujeres la mano derecha debía ir por debajo de la izquierda y al revés en los hombres, cosa que ya había leído en otros sitios y que se basa en que las mujeres según la cultura tradicional china somos yin y los hombres yang y tal y pascual, pero a mí esto me molesta un poco, porque no creo que todas las mujeres sean comparables ni tampoco todos los hombres (y porque no me gusta el papel sumiso, secundario y pasivo que nos asigna la tradición china) y por eso no termino de asimilarlo, pero en fin, pensé que no era momento de sacar la vena feminista y obsequiar al pobre chino de escaso dominio del español con una encendida charla sobre la igualdad de géneros (aunque seguro que me habría hecho entrar en calor :-). De forma que fui progresando adecuadamente, con esporádicas correcciones del profe, pero siendo tan consciente de que necesitaba relajar la postura como incapaz de lograrlo. Fuimos avanzando en los movimientos y en sus repeticiones y llegamos al momento de la meditación.

He aquí la parte más complicada, pese a ser la más simple, porque tenías que quitarte los zapatos (pese a los dos grados sobre cero) y sentarte sobre una esterilla en la posición del loto o del semiloto y permanecer cuarto de hora con los brazos extendidos a la altura de los hombros y después media hora con las manos en el regazo. Otra vez el arrojo torero me la jugó, porque quise hacer el loto completo ya que mi flexibilidad me lo permitía.

Para quienes no lo sepan, el loto completo es la típica posición sentado en el suelo con las piernas cruzadas y los pies sobre los muslos contrarios. Los pequeños problemas que tenía eran que mi flexibilidad me permite hacer el loto completo algo así como cinco minutos en una habitación climatizada y no por supuesto cuarenta y cinco minutos, inmóvil sobre una fina esterilla dispuesta sobre un suelo congelado y desigual y a merced del aire gélido. El profe nos pedía que permaneciéramos en aquella postura y con expresión bondadosa y serena, dejando la mente en blanco, pero al mismo tiempo siendo conscientes de que estábamos meditando.

Mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque a ver quién es el guapo que sonríe con cara bondadosa y serena cuando las tibias se te clavan en los muslos, cuando notas que los pies se te están congelando por la inmovilidad y la postura y tienes dos niñas que no paran de reir y parlotear mientras sus padres están demasiado sumidos en la meditación bondadosa y serena como para mandarles callar de forma serena y bondadosa (o de otra forma cualquiera, si a eso vamos).

Aguanté unos diez minutos en posición de martirio ortodoxo modalidad Falun Gong, tratando de centrarme en algo que no fuera mi propio malestar, pero luego decidí que el mundo podía vivir sin una Santa Elsinora del Buen Retiro, y que más valía restablecer la circulación sanguínea en mis piernas antes de que me las tuvieran que amputar. Empecé a mover los dedos de los pies, primero discretamente y luego con cierto vigor y al adoptar la segunda postura de meditación cambié a semiloto (puse uno de los pies debajo del muslo contrario) y traté de dejar la mente en blanco como pedía el profesor pero al mismo tiempo siendo consciente de que estaba meditando. Y diréis que cómo se come eso, en mi caso me limité a sacarle el jugo a la comodidad relativa de la postura nueva, respiré hondo y sonreí de forma semiserena y semibondadosa al notar cómo progresivamente ambas “piernas inferiores” recuperaban cierto calor y cierta sensibilidad y mientras me alegraba de que aquellas niñas tan maleducadas no fueran nada mío y fuera a perderlas de vista en breve.

Al terminar la cosa y ponernos de nuevo los reconfortantes zapatos, el profe nos estuvo contando a la rubia y a mí algunos aspectos de la historia del Falun Gong. Dijo que llevaba ocho años practicando y que desde que lo hacía le bastaba dormir cuatro horas para estar lleno de energía, que nunca cogía catarros o gripes y que por otra parte lo más importante de esta disciplina era la parte espiritual basada en la práctica de la Verdad, Compasión y Tolerancia. Su tolerancia al frío y a las niñas ruidosas y los mirones y los perros explicaba parte de los beneficios físicos y espirituales de la práctica, era evidente, pero viendo sus labios completamente cortados pensé que poco efecto tenía aquella práctica para proteger su piel.

Le di las gracias al instructor, cosa que le sorprendió mucho y me marché a casa deshaciendo el camino hasta las vacas de la Cow Parade (que me parecieron más feas que a la ida). No sabría evaluar el efecto de la práctica, pero al mirarme en el espejo en casa me pareció que tenía la cara tersa y relajada que me dejan los masajes, pero ignoro si fue por la práctica en sí, por el efecto del frío en la cara o por el alivio que representaba regresar a casa, a una temperatura y unas posturas más agradables y sin niños chillones ni perros ladradores en las inmediaciones.

Cuando escribo esto también es domingo, léase día de práctica, pero como llovía y tenía pendiente mi relato, en lugar de plantarme en el Retiro he preferido practicar mi sonrisa serena y bondadosa frente al teclado del ordenador, para relataros esta aventura. Y me he puesto cacao los labios, no sea que se me corten y mi sonrisa pierda efecto.

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O El pequeño saltamontes lo sopesa con sendos dos brazos superiores

Viene de aquí.
La semana siguiente descubriría que aquel grupito que localicé no tenía nada que ver con el Falun Gong, salvo quizá la indumentaria y el origen oriental.

El patinazo virtual del domingo me hizo planear con más cuidado mi siguiente incursión en el apasionante mundo del Falun Gong, disciplina prohibida hoy por hoy en China. Básicamente, le puse un mensaje a “El chino que me achuchó” comentándole quién era y que quería sumarme al grupo de practicantes, y preguntándole en qué parte del Retiro se reunían. Me contestó muy cordial que se reunían en la plaza del General Martínez Campos, muy cerca del metro Ibiza, y cerca del Florida Park, a eso de las 12. Pensé que mi contacto andaba tan despistado como yo respecto al Retiro, porque la única dirección de Madrid que yo conozco que incluye Martínez Campos está en Iglesia y no en Retiro.

Imaginé que había cambiado un general por otro (siendo chino no parecía un error improbable) y me puse a tratar de localizar el general correcto en las inmediaciones del parque y cerca de la boca de metro mencionada. Google y el callejero tradicional que tenía en casa tampoco recogían esa supuesta plaza, ni ninguna que incluyera un general, pero a cambio sí pude localizar el Florida Park.

La cosa es que finalmente llegué al lugar correcto, otra vez sin bolso ni nada aparatoso, con mi camiseta térmica y mis leotardos debajo del chandal y eso sí, con gorro, bufanda y guantes y un poco de retraso. Dejando atrás dos vacas de la “Cow Parade”, entré por la puerta que daba a Menéndez Pelayo y encontré pronto el lugar, que efectivamente se llamaba Plaza del General Martínez Campos, pero como ocurre con la mayor parte de calles y plazas del Retiro, no aparece reflejada en los planos. Había un grupito de unas doce o quince personas y junto a ellas, en el suelo, unos cartelitos con información sobre el movimiento del Falun Gong o Falún Dafa (que es su nombre en chino)y las persecuciones de las que ha sido objeto, etc. Además, había un chico que repartía folletos y sonaba una música china extraña en un radiocasete puesto sobre el suelo. Digamos que el ambiente tenía un punto de “hare christna, hare hare”, pero sin pastelitos, sin calvos y sin crótalos o chinchines, que es como se llaman esos platillos que entrechocan de manera tan molesta si mis conocimientos de música de quinto de EGB no me fallan.

Escaneé el grupito en busca de mi contacto, pero no le vi. En la cabeza de la formación había un chino de unos treinta y tantos frente a una señora rubia a la que estaba instruyendo. Al verme escrutando al personal, el chico que repartía los folletos se acercó a mí. Le pregunté si mi conocido había venido, me dijo que no, pero que si venía a practicar por primera vez, me pusiera al lado de la señora rubia. Así lo hice. El chino, que iba vestido con colores oscuros y que era más alto y menos fuerte que “mi contacto”, permanecía de pie, con los ojos cerrados y la señora iba imitando sus movimientos con pericia relativa.

Pensando en que en algún momento el instructor/practicante chino tendría que abrir los ojos me pregunté qué efecto podría tener sobre su flujo de chi (energía) el encontrarse de repente frente a él un pasmarote desconocido vestido de rojo que le miraba muy fijamente. El hecho ocurrió un poco después, y me dio la sensación de que tardó en procesar la información. Un punto negativo, porque al menos en el Chikung los expertos sostienen que la práctica proporciona un estado de atención relajada que permite estar muy consciente de todo pero con tranquilidad, merced a la activación de un tipo de ondas cerebrales, las ondas “theta”.

El par de dos del profe y la rubia estaban haciendo una de las repeticiones del primer movimiento, llamado “Abrir todos los canales”, según me explicaría un poco después el profe. Como alumna aplicada que soy, había leído algo sobre los ejercicios en casa y recordaba el nombre de la primera postura. La página web del movimiento te permite descargarte dos libros fundamentales en pdf gratis (ya que el autor ha cedido los derechos). La cuestión es que la versión en español es un poco extraña, seguramente porque la traducción la han hecho voluntarios, probablemente de habla inglesa, y recuerdo que la víspera a mi madre y a mí nos había hecho mucha gracia la parte en que se explicaba que había que levantar “ambos brazos superiores”.

Yo supuse que el error provendría de que el original inglés dijese “limbs” (miembros, u órganos, según el contexto), pero mi madre, más festiva y multicultural que yo, dijo que quizá los chinos pensaran como los hindúes que ciertas divinidades tienen siete u ocho brazos y que realmente se referían a los brazos superiores. Me acordé vagamente del episodio de “Siete vidas” donde repiten hasta la saciedad eso de “sendas dos rubias” y me quedé “sopesándolo” (coletilla de otro capítulo), pero me dije que con tanto recuerdo nunca conseguiría introducirme en esto del Falun Gong.

Me entregué a la apertura de canales con energía…

Continuará

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Nota: la construcción “sendas dos rubias” es incorrecta en castellano. Tengo la impresión de que la expresión errónea deriva del “both” inglés (amb@s, l@s dos) porque con frecuencia lo veo o lo oigo mal traducido, aunque también podría ser una simple ocurrencia del guionista de “Siete vidas”. Sea como fuere, esta palabra se utiliza mal muy a menudo. Como muchos sabéis, “send@s” significa “un@ a cada un@”, como en “les dió sendas bofetadas a sus hijas, por haber estado molestando a Elsinora durante toda la práctica”, es decir que le dió una bofetada a cada una. La frase siguiente debería señalar que al golpearlas en público el progenitor o la progenitora se compró un pase para la cárcel… como le pasó a esa madre andaluza… pero en fin eso ya es otro tema que nos apartaría de nuestras “sendas” (dos) gramaticales.

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Este va a ser un post atípico, diferente de los que suelo publicar, pero muy apropiado para fechas navideñas. En este artículo quiero hacerme eco del contenido de una carta que he recibido de Cruz Roja, sobre una campaña de donación de sangre. Por lo que he oído, las reservas de sangre de los hospitales españoles está bajo mínimos, así que me ha parecido buena cosa transmitir la siguiente información para aquellos que estéis en Madrid estos días y estéis en disposición de poder hacerlo.

La carta empieza recordándonos que la sangre no se puede fabricar y que es imprescindible para vivir y añade que en una operación quirúrgica se pueden necesitar hasta 20 donaciones, 30 en un accidente de tráfico y en un transplante de médula ósea, hasta 200.

El lema de la campaña es “Estas Navidades, el mejor regalo: donar sangre”. A continuación dice: “Le esperamos el lunes 22 de diciembre 2008 en Glorieta de Quevedo junto a VIPS, de 10 a 14 y de 17 a 21 horas”. Así que el día del célebre sorteo de la lotería de Navidad, nos toque o no nos toque “el gordo”, podemos repartir otro tipo de fortuna y al ver que por enésima vez no nos toca nada, agarrarnos al consolador “lo importante es la salud” con conocimiento de causa.

Asimismo la carta señala que también se puede donar en el centro de transfusión de Juan Montalvo, 3 (detrás de la Avda Reina Victoria, 26) de lunes a viernes de 9 a 20 horas; así como los sábados y el primer domingo de mes de 9 a 14 horas.

Quienes lean el blog desde fuera de Madrid o de España estoy segura de que disponen de vías para donar igualmente e imagino que un simple vistazo en Google permitirá localizar el sitio más cercano para hacerlo o si no que habrá teléfonos para enterarse.

Pues eso, donde quiera que estéis, os animo a acercaros a donar. En estos días de tanto comer, nadie puede decir que se va a quedar flojo/a por dar un poquito de sangre :-) Y además viene muy bien para sacudirse el consumismo de encima.

Feliz Navidad para todos.

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Aquí están las respuestas al test del post anterior.

–1-c El método Feldenkrais emplea repeticiones de movimientos para cobrar conciencia de nuestra forma de movernos.
–2-e Esta pregunta era para nota, ya que el “core” (o core board; de “core”, núcleo) es tanto lo que describe en clave informativa la opción d) como lo que sostiene en clave más poética-metafórica la opción c). Si lo acertaste, apúntate dos puntos (cosa que equivale a un montón de gallifantes… dónde va a parar).
–3-c La calistenia busca los movimientos armónicos y bellos más que desarrollar la fuerza.
–4-d Lo de ducharse antes del chapuzón es básicamente por higiene y para que la piel absorba menos cloro(aunque algo de b también hay, creo yo :-)
–5-e El Rolfing definitivamente es un tipo de masaje profundo.

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Llevo un tiempo sin actualizar, básicamente porque necesito apartarme de la pantalla de vez en cuando y ver otros horizontes, por más que estos se reduzcan a una calle helada, un cielo que amenaza nieve y un aire que no amenaza sino que consigue efectivamente congelarte, por más que vayas con tu gorrito comprado en Londres calado hasta la mandíbula.
Sigo con mi vida deportista en la vertiente de la práctica y también en lo que se refiere a leer sobre temas de fitness y disciplinas orientales, así que os voy a proponer un test de los míos (como éste), que combina los temas de deporte y cuidado corporal con cuarto y mitad de cosas de la “caja tonta”.

Ahí va. Elige la opción que te parezca correcta en cada caso.

1. Feldenkrais es:

a) La marca de la ginebra que Antonio Canales bebió por litros antes de poner a caer de un burro a las figuras del flamenco Joaquín Cortés, Rafael Amargo y Cristina Hoyos.
b) La marca de vodka que Canales no paró de beber hasta decir lo que realmente pensaba de Cristina Hoyos, Rafael Amargo y Joaquín Cortés.
c) Un método de conciencia corporal desarrollado por Moshé Feldenkrais, físico y judoka israelí, primer occidental en conseguir el cinturón negro segundo Dan.
d) La bebida más habitual de la familia Santander, salvo del hijo, Santiago (en el caso del profesor Neira). Se trata de un líquido alucinógeno, que te hace vivir en una realidad paralela en la que los verdugos son víctimas y también tener complejo de persecución: “los políticos me persiguen”, “hay muchos intereses creados” etc.
e) La bebida isotónica preferida de María José Cantudo, que hace que se le vaya pegando el pelo a los labios y que tenga que ir escupiendo a periodistas insolentes a intervalos regulares para despegárselo.

2. Core es

a) La abreviatura inglesa para “coreography”.
b) La forma que tiene tu sobrino de tres años de decirte que corras cuando te ve medio sofocado en la Wii Fit.
c) Un step de fitness sin domesticar (según sostiene Simoneta).
d) Es la forma corta de referirse al “core boarding”, un accesorio de fitness con forma de mesa que gira y se inclina, empleado para trabajar la fuerza, coordinación y el equilibrio.
e) c y d son ciertas.

3. Calistenia es

a) La debilidad que le entra a uno al empezar el calor.
b) Un saludo en griego que significa “buenas tardes”, ya que el prefijo “cali” significa bueno en griego, como en “caligrafía”.
c) Un tipo de ejercicio físico que se centra en el movimiento de grupos musculares más que en la potencia y el esfuerzo y que se suele usar en los calentamientos.
d) Lo contrario de la anorexia.
e) Lo contrario de la astenia primaveral.

4. En las instalaciones de natación insisten mucho en que te duches antes de entrar a la piscina

a) Porque son poco ecológicos y no ven los anuncios de ahorro de agua.
b) Para que los diversos desodorantes e hidratantes corporales no formen una mezcolanza mareante en el agua.
c) Para que nada eclipse el olor a cloro, ni siquiera el sudor.
d) Por higiene y porque si te metes en la piscina con la piel mojada absorbes menos cloro.
e) Porque son piscinas municipales que dependen del ayuntamiento (dirigido por Gallardón, que acaba de cumplir años) y las políticas de ahorro del agua dependen de la Comunidad de Madrid (al cargo de nuestra insigne Espe).

5. Rolfing es…

a) Un tipo de test químico que emplean los personajes de CSI para saber si al malo le preocupaba el calentamiento global, hacía trampas al tute, creía en la reencarnación, o echaba la primitiva todas las semanas.
b) Un tipo de encuesta que mide el nivel de insatisfacción de una determinada población respecto a la situación económica (ni que decir tiene que estos índices se han disparado).
c) Una posición de Pilates suelo que consiste en rodar hacia atrás manteniendo el centro de fuerza contraído (ya sabes: ombligo a columna, cerrar las costillas y contraer suelo pélvico).
d) Es un tipo de zoom digital desarrollado en la carrera espacial y popularizado por las series de investigación criminal. Proporciona una nitidez absolutamente increíble ya que por ejemplo permite verle las ideas a un sospechoso de un crimen partiendo de una grabación de un cajero automático o de una cámara de tráfico por la noche.
e) Un tipo de masaje profundo que duele ni se sabe y que se supone que reequilibra tus músculos y órganos internos y alivia tu estrés emocional (digo “se supone” porque con esta información previa no he osado probarlo :-)).

La solución en próximas entregas. Y como siempre, me gustará ver tus respuestas.

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He pensado que como es viernes una adivinanza no vendría mal. Los datos son los siguientes.

Soy un deportista polifacético. Pertenezco a la élite del baloncesto blanco y soy un profesional del boxeo, los remates de voleibol se me dan mal, pero en beisbol soy bastante bueno. He hecho mis pinitos en el fútbol profesional, también jugando con el equipo blanco, pero de momento sólo me han dejado dar pases y tirar a puerta. Mi deporte favorito es el pinpong (o tenis de mesa) y se me da bastante bien, a pesar de que tengo una raqueta bastante primitiva.

Una de las cosas más curiosas respecto a mí es que cada día tengo una edad, al principio de meterme en esto tenía unos cuarenta y tantos y a veces termino teniendo cincuenta o así, según la hora a la que me ponga a practicar y el grado de cansancio que tenga.

Tengo otras habilidades, por ejemplo, soy un buen trilero y un experto cazador de cajas, si bien confieso que tengo dificultades para recordar las cifras.

¿Quién soy?

El que lo adivine ganará un dibujo de la serie Mafalda dedicado.

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Las estaciones se sucedían y los chavales de enfrente, que no debían ser de Madrid, hacían bromas sobre sus nombres e incluso les tiraban besos con esa inmunidad al sentido del ridículo que sólo la edad, el grupo o el alcohol otorgan. Su entusiasmo por los pequeños detalles me recordó mi propia sorpresa en los primeros tiempos de Londres, si bien quise creer que yo era mucho más discreta y mis observaciones más sutiles. La estación favorita de la chavalería era con diferencia Lago.

Después de celebrarla conveniente dos de ellos se enzarzaron en una pequeña discusión sobre si era correcto o no llamar “arcada” al soportal cubierto de arcos que alojaba la estación al aire libre. El chaval del grupo sostenía que “arcada” sólo significa lo que precede al vómito. En todo caso, a estos chavales les faltaba vocabulario por todas partes y les sobraban prendas estridentes (¿o soy yo que estoy desfasada?).

Observando la sucesión de arcos de piedra pensé que hacía años que no iba a la Casa de Campo y me acordé de cuando fui para hacer la prueba del First con el Instituto Británico y de cuando de pequeños íbamos a remar en el lago. Cualquiera diría que me había embarcado en un viaje nostálgico-temático, en el que sólo tendría cabida lo relacionado con Periodismo, el Inglés y el deporte. Diríase que los caminos de la línea blanca son insondables.

En Lago precisamente habían subido unos cuantos chavales con el mismo chandal y la misma bolsa de deportes, que indudablemente formaban parte del mismo equipo, de un deporte que no pude determinar. Una de las chavalas, pintada como una puerta y con una delirante combinación de estilos de ropa, dijo mientras les miraba: “eso sí que mola, poder hacer deporte así”. Y ahí directamente pensé que no entendía nada. Poco después otra de las futuras masterizadas en Periodismo Deportivo y Comunicación Nosecuantitos decidió ofrecerle su asiento a un señor mayor pero en lugar de comunicárselo como la comunicóloga que supuestamente era se levantó con la carpeta aún en el regazo y el bolso medio colgando y se acercó hasta el señor.

El señor no quería sentarse y además tenía a su disposición un asiento libre (razón por la que yo no le había cedido el mío), de manera que la chavala volvió a su sitio, con la carpeta todavía sobre las piernas. Lo dicho, que eran buenos chavales, pero pelín desinformados estos periodistas deportivos.

Un poco como yo hace unos cuantos años, supongo.

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La vuelta a casa no resultó demasiado épica, pero tampoco demasiado tortuosa. Aunque tenía que hacer dos trasbordos y usar dos billetes distintos, durante la mayor parte del trayecto era posible depositar aquellas bonitas mancuernas de PVC en el suelo y en los cambios de línea el secreto estaba en aguantar lo suficiente hasta las escaleras mecánicas.

Me había propuesto aprovechar el largo viaje para avanzar trabajo (como cazadragones part-time no me queda otra), cosa que pude hacer a la ida, pero a la vuelta estaba demasiado cansada para ir leyendo mi manuscrito en inglés, así que lo volví a meter en el bolso lamentando el peso extra y me puse a observar a mi alrededor. Cuatro chavales con cuatro carpetas idénticas soltaban risotadas enfrente de mí. El lomo de la carpeta decía: “VI Master de Periodismo Deportivo”.

Los observé con mayor detenimiento (tres chicas y un chico) para concluir que rara vez había visto a gente con un aspecto más alejado del deporte. No era sólo un asunto de la forma de vestir y la complexión, sino también de la postura y la actitud corporal.

Me acordé también de mis compañeros de Periodismo, especialmente de unas chavalas que venían a clase todos los días con el Marca retorcido y que al parecer sabían todas las alineaciones y las estadísticas. Llevaban unas uñas largas pintadas de oscuro y un look semiheavy que siempre me había desagradado. La cosa es que estas chavalas ignoraban cualquier cosa que no fuera fútbol y por supuesto no practicaban ningún deporte.

Volviendo al presente, leí en la carpeta de los chavales “Universidad Juan Carlos I” y me acordé de un amigo mío que es profe allí, precisamente en Periodismo y me pregunté si estos cuatro serían alumnos suyos. Parecían buenos chicos, y a efectos académicos su mal gusto para vestir y su exceso de ingenuidad no creo que fueran relevantes.

A mi derecha había otros tres tipos curiosos. El del extremo, muy moreno y con rasgos de origen árabe pero claramente español y nariz de boxeador hablaba animadamente con el que tenía a su lado, un chaval de pelo castaño y cara vagamente inglesa, repanchingado sobre el asiento y con su pie enfundado en una zapatilla de marca pisando el asidero metálico del vagón con esa dejadez física tan anglosajona.

El del pelo oscuro le hablaba en español y el otro le contestaba en inglés, con un marcado acento del centro de Inglaterra. El que estaba junto a mí, rubio y de formas redondas, tenía un libro de baloncesto sobre el regazo, y sobre él un paquete de tabaco y un cuaderno. Parecía norteamericano y vestía con un look de hace diez años. A éste sólo le oí hablar en español con acento vagamente inglés. Estaba bastante estresado por cuestiones de trabajo y los otros dos trataban de tranquilizarle sin esforzarse demasiado en el empeño, me pareció.

El del medio, el del acento no londinense, se puso a hablar en un español perfecto y entonces ya no supe si realmente tenía cara de inglés o había sido una suposición hecha después de haberle oído hablar con tanta fluidez.

Por la conversación y el aspecto deduje que eran periodistas deportivos y bilingües y de alguna forma me sentí muy cerca y muy lejos de ellos al mismo tiempo. Ninguno de ellos parecía demasiado deportista, por otra parte.

Las estaciones se sucedían y los chavales de enfrente…

Continuará.

(Como los más observadores habrán notado, he vuelto a la plantilla original. He pensado que un post tan largo con un cuerpo 8 podía ser matador, y como de momento no puedo modificar el tamaño de letra me ha parecido mejor volver a esta plantilla).

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Cuando yo era ¿pequeña?, ¿más joven?, hace unos años, vamos, era famoso un sketch de televisión de Emilio Aragón en el que él aparecía persiguiendo interminablemente una línea blanca pintada en el suelo por las calles de la ciudad. Al mismo tiempo sonaba una melodía muy familiar.

El otro día juraría que a mí me pasó lo mismo. O bien yo seguía una línea blanca o bien una línea blanca me seguía a mí. Sea como fuere, mi línea y yo llegamos nada menos que hasta Alcorcón, desde Chamberí. Y en metro, además.

Perseguíamos un par de pesas o mancuernas, que son una cosa rara para perseguir, pero así era. No es que fuera presa de un brote de “Teletienditis” (ya sabes, ese mal que consiste en invertir miles de euros en aparatos de gimnasia más o menos estrambóticos vistos en la tele), sino que mi profe de Pilates está empeñado en hacer de nosotras (sólo hay un par de hombres en clase y uno casi nunca viene) unas atletas y para ser atleta parece imprescindible poder hacer fondos impecablemente y para hacer fondos parece imprescindible no tener muñecas de pitiminí, al menos si tus caderas no son igualmente de pitiminí. El profe nos tuvo un rato practicando con las picas (ver este post) y luego nos dio instrucciones para que siguiéramos practicando en casa con el palo de la fregona para tener muñecas de acero cuando en noviembre nos pongamos a hacer fondos. Puso a Dios por testigo de que si no practicábamos todos los días, llegado ese momento nuestras muñecas se abrirían. Mi experiencia con los fondos hasta ahora ha dejado mi casilla en 0 y la de los fondos en 1, pero ya se sabe que el que ríe último ríe mejor.

La cosa es que el palo de la fregona -rígido como es- no termina de plegarse a mis deseos: a mi madre no le hace demasiada gracia ver los flecos del mocho subiendo y bajando en medio del salón (me gusta hacer ejercicio mientras veo la televisión), por más que la fregona esté completamente seca y sea una flamante Vileda-palo-largo de 140 cm bastante nueva, y a mí no me complace que sea tan larga y tan hueca y a las paredes colindantes y a las macetas no les hace demasiada gracia ser avasalladas treinta veces con cada mano.

Unas pesas ligeras parecían una opción segura para mí y para el mobiliario. Hay una pequeña tienda de deportes cerca de casa, pero a quién le seduce cazar una mosca pudiendo cazar un dragón. Como además también quería echar un ojo a algunas cosas de natación y nunca había estado en un Decathlon (básicamente porque antes de mi fiebre deportista era más bien alérgica a este tipo de sitios) puse en marcha la operación de busca y captura. Hete aquí que todos los establecimientos de la cadena francesa están en el extrarradio y como yo no conduzco y no podía esperar a que nadie me llevara (valiente cazadragones dominguera estaría hecha entonces), tenía que analizar cuidadosamente las comunicaciones de cada sede para descubrir la de mejor acceso mediante transporte público.

Porque claro, con mi sentido de la orientación tampoco podía arriesgarme a andar buscando por las calles de Alcobendas o San Sebastián de los Reyes el bonito edificio de Decathlon. Fui comprobando los planos de cada sede y descubrí que efectivamente la mejor opción era Parque Oeste en Alcorcón, porque la parada del Metrosur dejaba bastante cerca, como me había comentado una amiga tiempo atrás. El plan era ir a echar un vistazo a la oferta en pesas, cintas elásticas de fitness y cachivaches de natación y sólo comprar cosas ligeras a la espera de volver otro día con refuerzos (una cosa es querer cazar dragones y otra ser masoca). Pero al final de algún modo regresé con dos pesas de dos kilos, dos cintas elásticas Reebok (Fitness Rings) y tres pelotas de diversos tamaños y colores vivos.

La vuelta a casa…

Continuará

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