Archivo de la Categoría “Travelling”


Siempre me han encantado la cultura y el idioma franceses, cosa que no me impide ver sus contradicciones y defectos. Supongo que más allá de que me resulte atractivo el tono y la pronunciación influye el hecho de que lo aprendí siendo muy pequeña y que su cadencia se ha quedado grabada en una zona de mi cerebro muy vinculada a las emociones. Sea como fuere, aprovechando que una amiga ha pasado este finde largo en París y me ha estado poniendo los dientes largos con sus fotos del Iphone (¿verdad C.?) desde el Louvre, un par de restaurantes y demás, y para compensar el mal tiempo de este finde en Madrid recupero aquí algunos artículos sobre un viaje a París que hice en noviembre y al final de este post encontraréis un enlace a un artículo de “El mundo today” que pone el contrapunto humorístico al glamur y la elegancia parisinos…

Y el curioso caso del niño francés aparecido en Almería, recogido en “El mundo Today”.

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Mi profesor de técnica Alexander me dijo que observara cómo se movían los franceses, especialmente a la hora de hablar, así que eso hice, con el entusiasmo que me caracteriza, de forma que no era de extrañar que cierta gente me observara. Tardé en caer en que quizá y sólo quizá no es que esos hombres y mujeres que me miraban tan fijamente me encontraran irresistible y/o encantadora sino que en realidad correspondían a mi (digámoslo así) análisis ocular. Decidí que en lo sucesivo sería más discreta en mis investigaciones y seguí adelante. En mi descargo diré que los parisinos miran también bastante, especialmente aprovechando que lees una guía o un plano y comentaré que se liga bastante más en París que en Madrid, por poner un ejemplo (aquí cabe decir que basta salir de tu ciudad para volverte más interesante para cualquier espectador, porque tu propio interés por el entorno te hace más interesante y también aumenta tu disposición para detectar el interés ajeno, al encontrarte en “modo observación”).

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Cómo somos los humanos.  Al oir el relato de lo que vengo haciendo estos días que estoy de vacaciones en París, alojada en casa de unos amigos, muchos de estos humanos se apresurarían a llamarme vaga, parada, “retra”, esnob, o como mucho hedonista desfasada. Resulta que antes de lanzarme a conquistar París en este noviembre lluvioso nuestro me levanto tarde, me ducho y desayuno tranquilamente té Earl Grey con galletas Bon maman (es-pectaculares, en dos palabras que diría el otro), zumo de naranja si nos hemos acordado de comprarlo en el  France Prix y si no una manzana royal gala (no podía ser de otra manera) y leo la prensa francesa o la guía de París, ventilo la habitación, arreglo la cama y a eso de las 12 me pongo en marcha. En el metro voy viendo los carteles y observando a la gente, leo todo lo que cae en mis manos y demás.

Sé que el relato de lo anterior pondría los pelos de punta a muchos viajeros ansiosos, pero yo les haría cambiar de opinión con las palabras mágicas “slow food” (comida lenta), un movimiento que goza de bastante difusión en Italia, Francia, e Inglaterra y enfatiza la importancia de saborear con detenimiento la comida, su preparación y su degustación y de saborear en fin cualquier cosa de la vida.

Y claro saborear con detenimiento las texturas de París, sus tonalidades y hechuras y todos sus matices da para mucho. Aquí nos quedamos de momento, saboreando este suculento momento previo al festín.

Continuará…

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Berlín es una ciudad muy grande, y compleja, en cambio constante y sobre la que se podrían decir muchas cosas, así que por el momento, mientras digiero el viaje (y descargo las pocas fotos que he hecho), sólo reproduciré algunas reflexiones, en plan impresionista.

“Bajaremos del tren cuando haya suelo”, frase pronunciada por la misma Elsinora que viste y calza, volviendo la primera noche al hotel en Savignyplatz, en medio del entramado de S-Bahn (ferrocarril por superficie) y U-Bahn (subterráneo) mientras miraba muy seria por las ventanas de los dos lados del vagón hacia la noche sin farolas, sin conseguir ver nada.

Bicicletas asesinas apareciendo a toda velocidad por la espalda o de frente, dentro y fuera de los carriles correspondientes.

Una misión imposible: conseguir un simple café con leche que no sea de medio litro… El café latte era una especie de copa gigante con leche cremosa, especie de copa Chamburcy con sabor a café con leche… Lo conseguimos sólo en el Marché del aeropuerto.

Avispas hambrientas revoloteando por todas partes, preferiblemente sobre tu cerveza rubia, tu zumo de manzana o tu vino blanco. (La Paulaner, por cierto, me resultó demasiado fuerte; me gustaron muchas otras rubias como la Jever o la Krombacher y me encantó la negra Köstritzer, con su regusto a café).

Al comprobar las raciones de comida tipo Picapiedra (muy grandes) entendemos por qué hay tantas bicis y por qué conducen con tanta energía. La afición cervecera quizá explique la fijación de los ciclistas por llevarse por delante a los turistas a la menor oportunidad.

Grupo de turcos rezando el domingo en el jardín del Präter en dirección a la Meca, separados de sus mujeres, a unos quinientos metros de otra zona donde algunos berlineses tomaban el sol desnudos.

La última noche, entonando melodías cubanas y latinoamericanas que cantaba un grupito en un restaurante llamado La Batea, en medio de un lugar invadido por los insectos, las velas que se caen y los bichos que se caen en las velas y la cera que se cae en los jerseys. A medida que el diluvio se apropiaba del exterior, la ocupación y la algarabía interiores aumentaban hasta que el lugar parecía cualquiera de los de España.

Y para que no os baje la tensión demasiado con el calor, aquí va un pellizquito de sal gorda, en forma de adivinanza o chiste malo. ¿Qué cantaría María del Monte si en lugar de andaluza fuera alemana del mismo Berlín? “A la sombra de los tilos”. Si no te ha hecho gracia el chiste, a lo mejor es que no sabes que Unter der Linden, el infinito bulevar berlinés que parte de la Puerta de Brandenburgo del lado ex comunista significa en español “Bajo los tilos” o que la ciudad (y otras poblaciones como Potsdam) está cubierta en muchas partes por este frondoso árbol. Los tilos también aparecen en títulos de obras literarias alemanas de autores importantes, como en el caso de Christa Wolf. De la Wolf leí hace mucho tiempo y aún conservo en mi biblioteca “Noticias sobre Christa T”, una novela envolvente, poética y que a ratos corre más que el lector. La publicación en 1967 de este texto hizo que el órgano central del partido comunista de Alemania Oriental la reprobara y también contribuyó mucho a que su reputación literaria se afianzara en Occidente, según explica la contraportada del libro, editado por Seix Barral; en definitiva, un libro recomendable y cortito, con sus 158 pags. Debo confesar que su novela “Casandra” (1983) no la entendí apenas y que me acabó desalentando; creo haber leído “Lo que queda” (1989) y/o “Muestra de infancia” (1972), pero quizá sólo leyera fragmentos para la clase de Literatura de la universidad, tiempo ha, porque mis recuerdos son inconexos.

Aunque también es posible que supieras todo esto del famoso bulevar y el chiste sobre tilos/pinos no te hiciera gracia. Qué le vamos a hacer, la sal gorda es lo que tiene, no es apta para todos los metabolismos… :-)

Por cierto, hablando de metabolismo, la currywurst me gustó, pero no tuve oportunidad de probar el famoso kebab berlinés.

Tratando de recordar los nombres de las cervezas he dado con esta página sobre el idioma y la cultura alemanas…

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Tenía pensado escribir un post-acertijo de Wallysinora dando pistas para que tuvierais que andar deduciendo mi destino de vacaciones, mencionando pelis, o canciones, o personajes vinculados a ella, pero visto el calor que hace y que aún no he hecho la maleta prefiero reservar las (pocas) neuronas que me quedan de servicio en este momento para rematar los preparativos en lugar de a andar documentándome y a construir un texto curioso con esa información.

Así que así es. Elsinora se marcha una semana a Berlín, a partir de mañana jueves. Si hay que creer en la estadística de los círculos sociales inmediatos cabe afirmar que medio Madrid está allí y que un tercio de España también, pero bueno, como yo respeto mucho los planes “parejiles” (perejiles dice el corrector de Word; ¿qué narices será un plan perejil?), parte de ese medio Madrid que está allí puede contar con conservar su independencia.

Así que sed buenos, disfrutad todo lo que podáis y nos leemos a la vuelta.
P.S. Si alguien tiene una sugerencia berlinesa, favor de transmitirla ahora o callar para siempre :-)

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Le he pedido a mi amigo Javier Arriero Retamar, escritor, que me dejara publicar el correo en el que me contaba su reciente viaje a la capital de La Pérfida Albión, porque su punto de vista, pese a ser muy distinto al mío (o precisamente por ello) me resultó muy refrescante. Evidentemente ir por primera vez a un sitio y de turismo no se parece en nada a vivir en un sitio durante dos años, un sitio al que ya habías ido de vacaciones varias veces.

En todo caso, es un texto magnífico (aunque comete el crimen de llamar tetera a la kettle, dónde vamos a ir a parar). El blog está abierto a colaboraciones (no retribuidas, eso sí :-( , así que si tienes algún texto con una experiencia que encaje con la filosofía perpleja del blog (no hace falta que sea inglesa, basta con que sea “extraña”), puedes escribirme a elsinora_london@yahoo.co.uk

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A sugerencia de Elsinora procedo a contar mi viaje a Londres.

Parte I

Caléndula (nombre ficticio para preservar el anonimato de mi esposa) me dijo:
- Quiero ir de viaje.
- Dónde, le dije.
- A Londres.
- Pues venga.

(Aviso para viajeros: no hace falta ninguna razón especial para ir a Londres, pero si quieres buscarlas, es posible encontrarlas).

Así que Caléndula se dedicó a buscar vuelo y hotel por Internet, y como Caléndula estaba en paro y pelín obsesionada con este hecho, exclamando desmayadamente frases como “jamás encontraré trabajo”, se dedicó a ello en cuerpo y alma. Tan en cuerpo y alma se dedicó que cuando llegaba a casa la encontraba con los ojos rojos y desorbitados de mirar la pantalla del ordenador, enarbolando un plano de Londres repleto de anotaciones y post it pegados y manejando en su mente abstrusos cálculos probabilísticos que medían distancia del metro al British Museum, del British Museum al aeropuerto, el precio de los desayunos, el tamaño de las camas, el número de estrellas del hotel y los miles de comentarios de todos y cada uno de sus usuarios.

Que, temiendo por su salud mental, le decía yo, coge cualquier hotel, y me decía consternada, eso es fácil decirlo.

Total, que tras varios meses en este plan consiguió un hotel de lujo por un precio de escándalo, y le dije, contrata ya, que como sigas otros seis meses buscando eres capaz de que nos paguen por alejarnos en el Meliá, pero a cambio te tendré que internar en un psiquiátrico.

Así que nos plantamos en Londres. Hay dos formas de llegar al centro desde el aeropuerto, o bien un tren rápido que te deja en quince minutos y cuesta 16 libras, o el metro, que se tarda una hora, pero eso sí, contemplas a tramos la periferia, ya que las afueras las recorre por superficie. Eso te permite descubrir:

1 que la vegetación es tan verde como la de las películas,
2 que hay bloques de pisos como en Madrid, y ésta es tu única oportunidad de verlos,
3 que los usuarios de metro tienen la misma cara de lunes en todas partes.

Nos apoderamos de la habitación de hotel y la cama parecía pequeña, pero eso era debido al tamaño de la habitación, que según mis cálculos era como toda nuestra casa, y cuando Caléndula se tumbaba en la cama corría riesgo de no volver a encontrarla.

Como nos habían jurado y perjurado que en Londres era imposible comer, y de su gastronomía sólo recordaba la existencia de té y sándwiches de pepinillo llevábamos en la maleta como cuarto y mitad de matanza de cerdo, como si viniéramos del pueblo, amén de magdalenas. Como los desayunos costaban diez libras y consistían básicamente en grasa con guarnición de judías, que son buenas para los gases, habíamos decidido hábilmente emplear las teteras que ponen en todos los hoteles anglosajones para prepararnos cafés con leche acompañados de bollos por la cara.

En fin, primer tópico derribado. En Londres no sólo es posible comer, dado que venden sándwiches bien rellenos casi en cualquier parte, sino que incluso es posible comer bien. Hay un montón de restaurantes de comida semirrápida, pizzerías, indios, japoneses, y a un precio comparable al de Madrid. Los embutidos nos los trajimos de vuelta sin desempaquetar, no os digo más, y eso que llevábamos hasta jamón.

Así que dejamos la maleta en la habitación y corrimos al British Museum, donde constatamos que los ingleses habían atesorado doscientos años de expolios arqueológicos y contenía por tanto la mayor parte del arte histórico del mundo, y que está constituido por lo siguiente, en un resumen sucinto, y que así nombrados parecen títulos de Best Sellers protagonizados por Indiana Jones:

las puertas de la ciudad de Nimrud, los relieves del palacio de Salmanasar III (nunca confundir con Salmanasar II, que es otro) un busto de Germánico, mi héroe de la infancia, otro de Pericles, que no es mi héroe, los tesoros de la tumba real de Ur, un enterramiento de Jericó, las metopas del Partenón, la tumba de Mausolo, una cantidad indefinida y absurda de momias egipcias, y como dijo Caléndula, esto es sólo lo que enseñan, que a saber lo que tienen en el sótano, momento en que mi cabeza empezó a dar vueltas, y mezcla del largo viaje en avión, la impresión de la cama del hotel y tal acumulación de restos históricos que para mí los quisiera, me vi forzado a tomar asiento para no desmayarme asaltado por el síndrome de Stendhal.

(Aviso a viajeros: la entrada al British es gratis. Hay urnas por todas partes donde puedes echar billetes a voluntad. Yo no eché ni uno, justificándome en el hecho de que cuanto veía eran tesoros expoliados de sus lugares de origen por la rapiña de la Pérfida Albión, y quien roba a un ladrón… pero acosado por la mala conciencia de parecerme a ellos, y lanzado contra mi voluntad a una especie de debate interno de proporciones filosóficas, finalmente decidí deshacerme de la posible mala conciencia y del debate interno volcando unos peniques de forma y manera que sonaran mucho).

A las seis de la tarde nos echaron del British porque cerraban, momento en que constatamos varios hechos:

1 que tendríamos que volver antes de irnos para poder verlo todo, porque era como llenarse la boca de caviar a puñados y no nos daban ni las tragaderas,
2 que a según que edades estos recorridos turísticos son mortales de necesidad,
3 que Caléndula se había vuelto a tumbar en la cama del hotel y la tuve que localizar a voces,
4 que la habitación del hotel estaba llena de espejos que me reflejaban en pelota picada camino de la ducha.

Debo decir que algo tienen los espejos de los hoteles de lujo que te reflejan más alto, más guapo y mejor dotado de lo que te refleja la propia realidad, que también es un espejo. Es como los espejos de las ferias, pero es una deformación inversa, porque en vez de hacerte grotescamente gordo te rellena de virtudes y músculos.

¡Así que estoy más bueno de lo que creía!, pensé gozosamente, momento en que salté alegremente sobre la cama, satisfecho de mi virilidad, y me di un golpe en el pómulo con lo que resultó ser la rodilla de Caléndula, que era tan difícil como que un paracaidista aterrice sobre un platillo de café, pero así sucedió, aunque ni siquiera este hecho pudo detener mi gozo, y seguí descojonándome de alegría mientras decía ay, ay, ay.

Tras cenar en un indio nos arrastramos penosamente hasta el dormitorio porque al día siguiente íbamos a:

La torre de Londres.
(Aviso a viajeros: es posible comprar las entradas a través de Internet, lo que te ahorra mucho tiempo, sobre todo si logras encontrar la taquilla en la que imprimen las entradas compradas a través de Internet).

La torre de Londres nos ocupó casi todo el día, y porque teníamos prisa. Qué podría deciros de la Torre de Londres. Parece ser que dentro han descabezado a algunos ingleses de renombre. Tienen una cosa que se llama Puerta de los traidores, que es como una puerta acuática, por la que introducían en barca a los ingleses de renombre todavía con cabeza. Salir no salían nunca, porque los enterraban dentro de la capilla que construyeron para ello. Porque matar sí, pero siempre desde la piedad de dar luego anglicana sepultura.

En cuanto al concepto de traición, es el mismo en todas partes: hay dos que quieren ser rey pero sólo hay sitio para uno, así que el más maquiavélico llega a rey, lo que convierte de inmediato al otro postulante en traidor. Pero vamos, los roles son intercambiables, que para eso son roles.

Hay otra que se llama La torre sangrienta, que es precisamente donde menos gente ha muerto. Se llama así porque desaparecieron tres niños allá por 1600 y todavía los están buscando. Empiezan a olerse que quizá no los van a encontrar vivos.

De hecho, se teme que los mató o bien uno o bien otro postulante a la corona del momento, ya que estorbaban en su camino al trono. Se puede votar quién de los dos ordenó su muerte, y me pareció una forma muy democrática y concluyente de resolver crímenes, la verdad.

Y hay cuervos, las joyas de la corona, la cama reconstruida de un rey del 1200, juegos interactivos para niños, pero donde acaban jugando los mayores, y en realidad hay más de lo que puedo recordar, porque tras el impacto del British el mundo entero (a excepción de mi bella esposa) se me hacía como distante, insuficiente y pálido, incluida la Torre de Londres.

Pues tras esta larga visita recorrimos la ciudad, caminando siempre junto al río (hay recorridos en barco, pero no tuvimos el gusto), hasta que llegamos al edificio del Parlamento y el Big Ben (que no Big Bang, como le decía yo a Caléndula, que se descojonaba viva).

El Big Ben es como esos relojes situados encima de una torre que hay en todas las plazas de los pueblos, pero más alto y con más dorados. Por alguna misteriosa razón, resulta hermoso. Si uno lo piensa, el reloj es una invención capital en nuestro modo de vida, ya que con él se inventaron los cuartos de hora y los minutos. Si siguiéramos midiendo el tiempo por la altura del sol jamás llegaríamos tarde (llegarías o no llegarías, sencillamente, sin más) y a mí me hubiera dado tiempo de ver Londres en condiciones, porque iba a contrarreloj.

Continuará

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(Por si alguno no lo sabe, os recuerdo que la expresión inglesa “Itchy feet” hace alusión a las personas que no pueden pasar mucho tiempo en el mismo sitio, a los “culos inquietos” en definitiva; aquí un post de la época inglesa sobre este asunto)

Hace unos días mi amigo Metrolando cogía un avión hasta Nueva York para pasar unos tres meses en la Universidad de Siracusa, investigando y mejorando su inglés.

Aterrizó (físicamente) con bien y ahora está aterrizando (metafóricamente) con bien también y con extrañeza y con calma (espero).

Antes de marcharse se me ocurrió proponerle que considerara su estancia en USA como una oportunidad y no como una prueba; como un proceso y no como un punto de llegada. Creo que es una buena filosofía para enfocar los cambios en la vida, los viajes y las estancias en el extranjero.

A veces tendemos a ver ciertas situaciones novedosas como un examen, como un momento en el que los focos y las lupas están sobre nosotros, pero esa sensación, además de ser falsa (la vida es compleja y la gente no suele ir por el mundo con un foco portátil y una lupa para ponérselas al primero con el que se cruza :-), salvo que se trate de un Torquemada vocacional, un inspector o un auditor), no es útil, en la medida en que nos paralice o nos llene de ansiedad.

Ayer, en una terraza de la Castellana, en medio de una nube de malévolo polen que la tomó conmigo, estuve charlando con Ignacio Izquierdo (don Igna), otro “itchy feet” al que conocí en Londres, al que he leído cuando estaba en Japón y que ahora está a punto de emprender una vuelta al mundo con su supercámara de fotos de “gatillo” rápido y sensible. (Por cierto, la foto de Ignacio en Japón levitando y con brazos múltiples refleja muy bien el espíritu de las personas “itchy feet”, amén del del propio retratado. La foto se puede ver pinchando en el link de la entrevista que Kirai le hizo para su web).

Pues eso, bon voyage para ambos. Disfrutad de esta oportunidad y tratad de no verlo como una prueba.

Y una última cosa, si entre los lectores del blog hay algún redactor de alguna una revista de viajes o similar, estoy segura de que no debería dejar escapar a Ignacio Izquierdo sin encargarle fotos o reportajes de alguno de los muchos lugares/países que va a visitar en su periplo mundial. Ocho meses de viaje, su savoir faire fotográfico y su experiencia en la elaboración de contenidos para el blog dan para mucho. Se puede contactar con él escribiendo a ignacio.izquierdoarrobagmail.com .

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(La parte I está aquí)

La empresa de alquiler de ropa académica, pese a ser muy antigua y prestigiosa (fundada en el siglo XVII) tenía algunas costumbres bárbaras como la de permitirse la grosería de preguntarte tus medidas sin preámbulo ninguno –y encima en pies y pulgadas; ¡que yo no tengo de eso, oiga!- y te volvía a advertir que si no procesabas tu petición con margen suficiente no te aseguraban la disponibilidad de las prendas. Pensé que eso no era tan grave, que en Londres habría más “Cornejos” donde alquilar togas y birretes y que a lo mejor incluso eran más baratas, al ahorrarse el transporte. Incluso teníamos tiempo de buscar, porque llegábamos a Londres varios días antes. Sea como fuere, me dije que lo fundamental era conseguir plaza en la ceremonia y que a partir de ahí ya veríamos.

Volví a leer la documentación de la facultad y ahí decía claramente que en el país del “arreglá pero informal” para casi todo, para las presentations sin embargo es compulsory ir vestido con esas peculiares ropas y que la empresa de marras era adjudicataria de mi facultad (official robemakers to…) y bla bla bla. En la documentación proporcionada te pedían que rellenaras los datos y adjuntaras un cheque en libras y lo mandaras todo a una dirección de Cambridge. Advertían en varios lugares que no se podía mandar cash y que la anticipación era la única forma de garantizarte tu trajecito.

Todo eran ventajas para mí, que vivo en España y he dejado morir mi cuenta inglesa, de la que por supuesto nunca he tenido chequera, y sobre todo teniendo en cuenta que si mandaba los datos por carta llegaría yo antes a Londres que la misiva.

A todo esto, tanto para sacar el billete de avión, como para indagar en la web de la empresa de ropas académicas tuve que lidiar con una conexión de Internet a pedales. Ya sabéis, lo típico: cuando después de un buen rato ya has localizado el vuelo que te interesa y has quitado pacientemente todos los extras que te quería cargar Easyjet a poco que te descuidaras y has dado una última oportunidad a la persona que viaja contigo para que se asegure de que las fechas le vienen bien y has rellenado las casillas de tu nombre con tus múltiples nombres y apellidos que no caben en las casillas anglosajonas, pero que no debes resumir porque hay que escribirlos tal y como aparecen en la tarjeta de débito y has cruzado los dedos para que haya bastante saldo y cuando por fin estás a punto de formalizar el pago, la conexión se cae y aparece el cartelito: No se puede realizar la conexión o bien te sale esa bonita advertencia: Ha excedido el tiempo, pedazo de lento procrastinador y bla bla bla. Tras varios intentos heroicos al final no sé muy bien cómo conseguí comprar los billetes.

Me puse a redactar el emilio llorica-formal dirigido a la empresa de alquiler de togas…

Continuará

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Acabo de regresar de Londres, tras una semana larga llena de acontecimientos.

Dejamos una Pérfida encapotada y gris y nos recibió un Madrid luminoso y tapizado de lomas marrones a punto de incendiarse.

Ha habido unos cuantos reencuentros además de rostros nuevos, en cuanto al reino animal, vegetal y mineral.

Ya iré dando cuenta de lo más señalado del viaje en cuanto pueda sentarme a escribirlo.

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No se me asusten. No me voy a poner filosófica (todavía). Mañana vuelo a Londres para la ceremonia de graduación del máster. Y dirán ustedes… pero si terminaste el máster hace un montón. Pues sí, entregué mi último trabajo a principios de septiembre, pero si la corrección del essay sobre Ulises les llevó un montón, y otro montón la impresión del título (académico, no del essay :-) , es lógico que preparar la sala para el acto (académico, no del otro tipo :-) les demore otros tantos meses (sobre esta parte comentaremos in extenso a la vuelta; porque tiene tela).

Ya que voy a Londres, aprovecho para hacer turismo y ver la ciudad desde otra perspectiva, espero que no demasiado melancólica. Tuve un adelanto de esta perspectiva al hacer escala camino de Pekín y de regreso a Madrid ya que cambiamos de avión en Heathrow. En todo caso, es curioso que al final mis planes de hacer un montón de cosas y viajar bastante en cuanto me asentara en Madrid se han quedado en gran parte en agua de borrajas, pero la vida free lance es lo que tiene (mucho curro y nóminas interruptus). Hasta el viaje a China lo más lejos que había estado en estos meses era en Valencia, y por razones nada festivas.

Pienso desquitarme (ya lo he empezado a hacer) y además por otro lado también está bien disponer de tiempo para reposar las ideas.

En fin, hoy una vecina me decía con ojos añorantes que necesitaba una tormenta por encima de todas las cosas. Que se asfixiaba con este calor. Yo venía pensando en si me cabría el paragüas y en cuántos jerseis me iba a llevar en la maleta. He estado en un tris de decirle que me iba a Londres, a lo fresquito, pero luego he recordado que es de las que no escuchan, y he preferido no perder el tiempo.

Pues eso que pasaré una semana larga en la capital de La Pérfida. Hagan el favor de vitaminarse y mineralizarse y reciban un afectuoso saludo de su Elsinora que lo es.

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Sábado 23 de agosto. Hoy he tenido un trampantojo vital. Iba yo muy ufana en metro para reunirme con una amiga en un lugar de prometedor nombre y de repente, sin mediar aviso, he visto que en el luminoso del vagón se formaba en color rojo el mensaje: Dirección Estadio Olímpico. De repente he creído estar aún en Beijín camino de algún evento deportivo. Me ha parecido oir un enjambre de voces diciendo “tickets, tickets”. La humedad ambiental ha subido repentinamente.

En mi vagón, casi vacío por ser agosto, sólo había un chino alto vestido de negro y un grupo de ruidosos jóvenes cubanos, ¿o serían jaimacanos?

Tras pensarlo detenidamente he llegado a la conclusión de que era imposible que estuviera aún en Beijín 2008 (Un mundo, un sueño) y que más bien estaba en el Madrid que soñaba con convertirse en olímpica para 2012 y construyó estadios por doquier para finalmente ver cómo la capital de la Pérfida se llevaba la convocatoria al agua. Una vez comprendido esto, pasé por el Barrio de la Concepción para renacer como ser hispano y me bajé en Pueblo Nuevo, ilusionada con ver en qué consistían las novedades prometidas. Mi amiga y yo quisimos visitar el literario Callejón del gato, aquel en el que los espejos deformaban la apariencia de las cosas, pero estaba cerrado y terminamos en un pub irlandés rodeadas de pintas de Guinnes y de London Pride y de pantallas que reproducían imágenes de los Juegos de Beijín y de ediciones anteriores.

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O mejor, siete. Aquí van las respuestas correctas del test de ayer, titulado China para principiantes así como las fuentes empleadas.

1. El cuatro es (b) un número que trae mala suerte en China y por tanto no hay piso cuatro en los ascensores… La razón de que se considere de mala suerte es que si este carácter se gira significa muerte. Esto lo vi en un programa de Telemadrid llamado “Madrileños por el mundo”. Lo contaba una pareja joven que vivía muy felizmente en Shangai.

2. La costumbre de vendar los pies de las mujeres para que no crezcan… (b) es una costumbre que estuvo muy extendida en China y Japón hasta hace unas décadas. Sobre esta costumbre escribe con detenimiento Vicente Verdú en su libro “China Superestar” (EL País Aguilar, Madrid 1998; pags 85 y 86). Cuenta lo doloroso que es, los olores que produce la carne infectada… La razón para esta costumbre parece ser un fetichismo sexual masculino que deriva o bien de la creencia infundada de que el menor tamaño del pie se corresponde con una vagina más estrecha que produciría mayor placer al varón o bien del capricho de un emperador de la dinastía Tang del sur (emperador Li), al que aquello le gustaba y la costumbre se extendió después a las clases populares. Finalmente, también existe una razón de estatus: una mujer con los pies vendados no podía trabajar en el campo y eso daba muestra del nivel económico de la familia. Afortunadamente, la moda remitió a principios del siglo XX.

3. En el ámbito del tenis, un globo es (c) un tiro parabólico alto y largo. La fuente de esto es la observación directa de la que suscribe. Por lo que vi –y que me corrijan los que sepan de tenis si me equivoco-, la dificultad radica en conseguir que el globo caiga justo antes de la línea y la ventaja en que al que recibe le resulta difícil saber si lo hará o no.

4. El “ojo de halcón” es (c) una ayuda técnica que pueden solicitar los jugadores de tenis para comprobar si una pelota entró o no. Esto lo vi también en una transmisión de Televisión Española.

5. En China se imprimen a diario (a) unas 2000 cabeceras de periódicos distintas. La fuente en este caso es la versión inglesa de la guía Lonely Planet de Beijing. Al parecer estos periódicos son de un marcado carácter rosa (o amarillo): ya que no pueden informar por la falta de libertad de prensa, se dedican a entretener y a difundir cotilleos.

6. Las Analectas (c) es un famoso libro escrito por Confuncio. Este personaje es uno de los pensadores fundamentales de la cultura china. Defendía el respeto por la jerarquía y la familia, la búsqueda del equilibrio, el cuidado corporal (el cuerpo es un regalo de tus padres y debes conservarlo en buen estado; de ahí el interés por las artes marciales, el taichí y demás) y una cierta resignación. A los comunistas no les gustaba un pelo esta filosofía y la postergaron, pero en las últimas décadas se está volviendo a este pensamiento en el que se cree se encuentra el antídoto contra una sociedad que adora el dinero.

7. El “redeem team” es (b) el nombre de la actual selección norteamericana de basket, encargada de salvar a su país del infierno de los segundos y terceros puestos. Estados Unidos llevaba ocho años horríbilis en el panorama del basket internacional. La razón básica es que mandaban a los torneos extranjeros al primer jugador que pillaban, convencidos de que la mera visión de cinco tipos con el uniforme USA y mascando chicle llenaría a sus contrincantes de admiración y pavor y les nublaría la vista. Los jugadores argentinos, griegos, lituanos, rusos, e incluso españoles no estaban muy de acuerdo con este guión y “de repente” se pusieron a ganar Mundiales y olimpiadas. Las derrotas empezaron a caer y el Dream Team se metió en una dinámica de pesadilla tal que la debacle llegó incluso a oídos de un tal George W. Bush (que tira a ser un poco duro de oído). El tal Bush hijo decidió que ya era hora de demostrar al mundo quién es USA, es decir, juntar un equipo capaz de patearles el culo a los oponentes (palabras textuales de Bush en Beijing ante su selección que se enfrentaba a China: “id y pateadles el culo”; viva el espíritu olímpico presionó a quien correspondiera para que fraguaran un equipo de redención y colorín colorado…

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No he nacido para exploradora del Más allá; ni siquiera del más acá, si me apuras.

Los que me conocen y los que me leen asiduamente saben que no me caracterizo precisamente por mi buen sentido de la orientación (aunque en Londres mejoré bastante), rasgo que lógicamente no facilita las cosas al viajar al extranjero. La situación llega al extremo cuando un@ se pasa una semana en China, en medio de caracteres que no comprende y sumid@ en un grupo que habla en inglés, y yendo de un polideportivo a otro en autocar la mayor parte de las veces, en medio del calor, la humedad y la bruma.

La cosa no es grave si vas en un viaje organizado y además con alguien que ya ha estado allí, pero para alguien tan verbal como yo el hecho de no ser capaz de recordar los nombres de los lugares visitados más allá de La gran muralla (The Great Wall) o La ciudad prohibida (The Forbidden City) o el Mercado de la Seda y las Perlas (Silk and Pearl Market; a éste no fuimos, porque nos pareció mejor idea tratar de conseguir entradas para el partido de baloncesto España-Grecia) dificulta bastante la organización de los recuerdos y experiencias del viaje.

Así, por ejemplo, resulta molesto tener que referirse a la zona de copas que visitamos como la zona-del-lago-donde-estaba-el-restaurante-vietnamita o pasar las hojas de la guía en busca de la zona donde estaba tu hotel y ver que todo te suena a chino y que no entiendes nada hasta que se enciende la luz y recuerdas que la zona del hotel era Dongcheng o Chengdong o Feng shui o Kublai Kan. Me fui a China bajo la apariencia de cultureta occidental y varias lunas después he vuelto convertida en Elsinora Pelo al Viento y Rodillas Coloradas.

Lo de las rodillas, que ya mencioné aquí en vivo y en directo, viene a cuento precisamente del “momento postración involuntaria” que viví a diez metros del autocar, cuando regresábamos al bus tras una comida en un restaurante internacional en la zona del lago: una docena de platos y un par de cervezas locales, conversaciones cruzadas en inglés y una lucha intestina con las camareras chinas para lograr que entendieran que “bottled water”, “mineral water” o “still water” no eran sinónimo de “agua del grifo llena de bacterias”, sino intentos más o menos desesperados de pedir una modesta botellita de agua para reponer líquidos, aquel caballero inglés al que le faltaba un dedo empeñado en comerse sus noodles con palillos, la tarta de cumpleaños para una inglesa del grupo (las velas, al quemarse, activaban un chip que emitía la cantinela del cumpleaños feliz; hay que ver estos chinos; en todo caso algo pasó porque la canción se oyó como un quejido de la vela al arder más que como una melodía festiva), el váter de agujeros en el suelo con el que nos topamos y luego la taza de madera impoluta, el encuentro con un cámara de Televisión Española al salir del restaurante y el tipo que ante mi incredulidad juraba y perjuraba que había venido a este local para comer jamón español porque el restaurante era portugués (y ciertamente vi a la entrada una carta con productos portugueses junto a otra carta de platos vietnamitas) y el mismo tipo con su niky con el anagrama de TVE diciéndome “adiós, manchega” (¿) y decenas de platos de comida yendo y viniendo y las sonrientes camareras chinas empeñadas en cambiarme la botella de cerveza por una nueva a la mínima de cambio.

En fin, que lo raro hubiera sido que hubiese podido digerir todo esto sin despeinarme, y así, buscando un correlato físico a mi confusión mental me dije a mí misma “hagamos algo” y diligente como soy cuando me pongo, encontré un obstáculo en el suelo y decidí tropezarme con él, a diez metros del autobús aparcado, y caí de rodillas al suelo pekinés, no tanto maravillada ante el despliegue de lujo oriental como vencida por tanta cosa incomprensible junta.

Mi amigo y compañero de fatigas, confuso también ante esta realidad compleja, pero más modesto o prudente en la elección de sus correlatos, ya que se dedica a la prevención de riesgos, se contentó con dejarse caer la comida en diversas partes de la camisa, según diversas coreografías versión Mister Bean con palillos, y con dejar caer su gorra desde el respaldo de la silla al suelo todo el rato, gorra que sistemáticamente alguna camarera china se empeñaba en darme a mí.

El conductor del autobús, chino, entendió perfectamente que mi correlato no estaría completo sin que un lugareño tuviera un papel destacado, así que en cuanto subí al bus se acercó a mí con diligencia y el botiquín y primero me puso dos tiritas sobre las dos rodillas, luego me las quitó y sacó un bote de un líquido morado y un bastoncillo de oídos, y un paquetito de toallitas impregnadas con un niño chino dibujado, me limpió la zona, abrió con energía el bote de antiséptico y me hizo un cuadro abstracto en la parte alta de cada pierna (bulto morado sobre fondo blanco; ¡y cómo escocía!), cuadro que tuve oportunidad de lucir el resto del viaje y por el que se interesaron a diario mis compañeros de viaje ingleses y que me obligó a iniciar la moda del pantalón pirata remangado.

Aún hoy, con la herida completamente cerrada, la costra me tira y me pica. Creo que tendré que buscarme correlatos más virtuales en lo sucesivo, aunque eso suponga privarme de conseguir un souvenir artesano o de un ready made corporal hecho a medida en Beijín e incluso aunque eso le prive al grupo de conversación para rellenar los ratos muertos.

Pues ya sabéis la forma de convertirse en Madame (o Monsieur) Betadine. Es divertido, pero all in all no termina saliendo rentable, porque al regresar a España no encuentras a quién venderle el cuadro que te pintó el conductor de autocar chino sin perder el uso de tus piernas (y blancuchas y todo, les tengo cariño).

Seguiremos informando.

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Curioseando en la Red sobre China he encontrado muchos datos que tienden hacia lo escalofriante; entre ellos, el asunto de la lluvia artificial y lavado de cerebro a los ciudadanos de a pie para que contesten lo que el régimen quiere a los periodistas a los que se puedan encontrar, la prohibición de que los habitantes de otras regiones entren en Pekín/Beijing durante los Juegos (ahora que por fin los cubanos pueden entrar en los hoteles de su país se ve que había que compensar de alguna forma) o el control de las comunicaciones electrónicas en los hoteles internacionales o la censura en Internet.

Por otra parte, es curioso que USA y la RPC (República Popular China), estas dos potencias tan distintas en casi todo, tengan en común la no aceptación del Tribunal de la Haya y ciertos enfoques digamos bastante laxos sobre el derecho a la intimidad de sus ciudadanos (aquí el caso de China; me temo que no podré informar en directo desde allí :-( ).

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Teléfono rojo, volamos hacia Pekín

Bueno, todavía no. Volaremos en agosto para la inauguración de los Juegos olímpicos.

Seguiremos informando, creo.

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El niño chillón reveló su naturaleza cuando el avión empezó a rodar a gran velocidad. Se puso a chillar/llorar a voz en grito, Stop it, I want you to stop it. Hold it for me. I don´t wanna die here. I don´t wanna die buaaahh. Y seguía gritando. Los pasajeros pasamos del estupor a la risa, porque aquello era tan exagerado que no podía ser una verdadera fobia. Y la chavalería cercana a mí estaba muy interesada en el contenido de aquellos gritos, pero por algún motivo no conseguía entenderlo. Yo les traduje parte, sintiéndome muy importante por ello, y censurándoles o dulcificando los fragmentos sobre que no quería morir en el avión y demás no fuera a desencadenarse una crisis de pánico por ello, o las madres me denunciaran por traumatizar a sus hijos. Como insistían, tuve que traducirlo todo. La mayor, de siete años, dijo, ¿cómo se puede morir si sólo es pequeño? Ni la madre ni la otra madre española pestañearon. Parece que los niños bilingues pueden expresarse eternamente en Spanglish, y que los padres en ningún momento (al menos no en las dos horas y media de vuelo) les corregirán los “queriba” o los “caritos” en lugar de “carritos” o “las sacapuntas” convertidos al género femenino por el simple procedimiento de terminar en “as”. Vale, seguramente no es tan importante y ya lo aprenderán, pero si sus madres son españolas ¿cómo puede ser que oigan esas cosas y no salte automáticamente un resorte corrector?, porque ellas hablaban bien, por lo que yo pude oir. Los hijos de la bióloga y el alemán creo que hablaban inglés, alemán y español, pero eso sí, a sus padres les tenía absolutamente sin cuidado que saltaran por el pasillo, estamparan el brazo elástico de su muñeco en la cara del primer niño que pasara por allí o que los lápices de colores rodaran por el suelo…
En fin, lo cierto es que me lo pasé muy bien a pesar del cansancio, la hora de retraso en Barajas, los chillidos y demás. Mi lectura de la obra de Shakespeare al estilo caribeño se tiñó de nuevos matices y realmente no avancé mucho, aunque tomé algunas notas en inglés resumiendo el texto en francés (algún “queriba” se me escaparía, seguro). Es cierto el tópico de que los niños dan mucha vida (y la quitan, a fe mía). Cuando estábamos en la cinta de los equipajes estuve a punto de despedirme formalmente de Alejandra y su familia, como quien se despide de un viejo amigo, pero al final no lo hice, resentida quizá porque en uno de sus diálogos incoherentes Alejandra no me había enumerado entre los amigos que se había hecho en el vuelo, aunque si había citado a Clara pies ligeros y a seres más o menos indefinibles. En fin, esto es todo lo que os “queriba” decir. No saqueis las sacapuntas todavía para sacarle punta a mis comentarios o huiré en mi “carito”.
Quiero bajarme. Páralo. Páralo. No quiero morir todavía. Buahh.

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Clarita es una especie de bulldog con flequillo y nariz chata, encantada con eso de dar patadas y llorar por rachas y bastante interesada en el ser de cinco años llamado Alejandra que aguantaba sus patadas sin ningún estoicismo sino más bien preguntándose filosóficamente en voz alta ¿pero quién me da patadas? con un tono que añadía el taco que ella no sabía decir aún, mientras el padre, el Extranjero Universal, le decía a Clara “no seas travi-esa” con un acento extraño sobre todo en las erres y eses y separando el diptongo, con escaso convencimiento y dudoso resultado. La de los cinco años decía con voz airada “¿quién me da patadas?” y luego explicaba sensatamente “cuando duermo no me gusta que me den patadas” sin reparar en que era evidente que no estaba durmiendo, que ni siquiera lo había intentado durante un segundo seguido, si lo sabré yo que la tenía al lado, ni un segundo de descanso por la izquierda (yo estaba en el pasillo). Alejandra se ponía nerviosa, se levantaba, saltaba desde el asiento al suelo y se colaba en el asiento de Clara, para jugar con ella, el padre de la media lengua la recibía encantado. La madre no sé qué opinaba, porque no salía de su mutismo. Pero me da que tanta confianza no le debía de gustar mucho. Clara y Alejandra interactuaban civilizadamente por un momento… Continuará

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Los Reyes, tras dejar regalos a los niños buenos y carbón a los acreedores de combustibles (vistos los tiempos que corren no sé quiénes fueron más afortunados), tuvieron a bien desviarse un poco y acercarme a Londinum el día 6 por la tarde. El envío de Sus Majestades llevaba retraso porque subcontrataron a Easyjet (donde vamos a ir a parar!!), pero a cambio me proporcionaron un vuelo lleno de niños hiperactivos que curiosamente no me terminó de sacar de quicio a pesar de las cuatro horas que había dormido y de lo mucho que tenía pendiente. Con un ojo iba leyendo “La Tempete”, versión postcolonial y en francés escrita por Cesaire Aime sobre la obra de Shakespeare “The Tempest”, textos sobre los que -Dios y sus milagros mediantes- escribiré una tesina en una semana (ejem ejem) y con otro 0jo, hiperactivo también él, controlando las idas y venidas por el pasillo del enano rubio y de mejillas sonrosadas que le tenía querencia a nuestra zona y a cuantas espinillas se interpusieran en su camino, los saltos de Hugo, hijo de española (bióloga) y de alemán (llamado Olaf), que era un enano elástico empeñado en saltar y saltar, los jugueteos de Alejandra (cinco años, hija de española y francés) con sus mensajitos que acababan casi siempre en el suelo, junto a mis pies, y sus incoherentes pero estimulantes comentarios a diestro y siniestro, mi tierna compañera de asiento, adulta, catalana, y juraría que embarazada de pocos meses, amorosamente dormida con un dedo de su enorme novio inglés entre los suyos, o el caso misterioso de Clara, hija de una chica rubia con el cartel de soy Anglosajona y autista, además de estar embarazada y un hombre joven alto que me pareció que hablaba inglés y español con fluidez pero ambos con acento extranjero, a pesar de que por su físico podría ser español, Clara o Clarita (tendría un año) era una especie de bulldog…
Continuará

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Pues sí, creo que el apartado de ideas de bombero ya lo he cubierto para una temporada. Aunque odio madrugar, me dio la vena práctica y decidí comprar un billete de avión tempranero London-Madrid porque era más barato y para aprovechar mejor la estancia en España, (esta vez voy poco tiempo) pero tras mirar distintas posibles combinaciones desde mi casa a Gatwick creo que ha sido una “misterbeanada” más. Cuando Super Coco explicó la diferencia entre antes y después, horario de trenes de madrugada versus horario normal, dormir o no dormir, alerta amarilla, control de equipaje de mano exhaustivo y llegar a tiempo o perder el avión se ve que yo estaba en otra cosa, leyendo a Schopenhauer o algo. Así que ahora me va a tocar levantarme a las 3 y media de la mañana y hacer una especie de gimkana, andar con las maletas, más bus nocturno, más andar otra vez con las mismas maletas, más otro bus nocturno, más tren. Y luego coooolas y coooolas y desconcierto en el aeropuerto porque hay nuevas normas europeas sobre equipajes de mano y mucha gente aún no lo tiene claro. Al menos espero que después del madrugón y la odisea no haya retrasos.
Lo que sí tenía claro es la diferencia entre la hora de llegada a Londres prevista y la real de Easyjet, de manera que la vuelta no será con hora prevista 22:30 pero aterrizaje probable a las 24:00, cosa que te deja sin tren a casa y te obliga a hacer un rodeo larguísimo, sino a horas más prudentes, aún a costa de no aprovechar tanto el tiempo.
En fin, amigos, ahora que ya sabemos la diferencia entre idea de bombero e idea brillante, damos paso al Conde Draco que nos enseñará a contar murciélagos (dígase con la voz aguda y desmayada de Super Coco).

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