Archivo de la Categoría “Aguafuertes londinenses”


Ayer me estuvo contando una compañera de trabajo sus planes de hacer el doctorado en una estupenda universidad del centro de Londres si le conceden una beca. Para optar a esa beca necesita obtener una nota determinada en el IELTS (International English Language Testing System) modalidad Academic, es decir exactamente lo que me pasó a mí hace unos seis años para conseguir que me admitieran en G. Estuvimos comentando sobre la universidad británica y demás y me estuve acordando de un montón de detalles de mi propia aventura londinense, el aterrizaje y demás. Así que se me ha ocurrido recuperar alguno de aquellos post tan cargados de sorpresas y expectativas. Otra amiga también me ha comentado lo que supuso para ella vivir 9 meses en Estados Unidos y cuánto le gustaría darles a sus hijos la oportunidad de vivir fuera durante un tiempo.

Empecemos con Todos somos raros.

(Esta reposición va para A.A. y para P.B., por alusiones :-) spread the joy!)

Continuará (es decir re-continuará).

Comments No Hay Comentarios »

Primera parte del texto aquí.

Frente al Big Ben está el monumento a Boudica, una enorme noria a la que llaman el ojo de algo, no está claro porque no termino de entender el inglés, por no decir que no entiendo nada en absoluto, salvo palabras sueltas como yes y no, y frases hechas, útiles para momentos de emergencia, como “Kiss my ash”. He de mencionar que los ingleses hablan inglés de un modo tan radical que resulta ininteligible, aunque eso no supone problema, siempre y cuando lleves libras en el bolsillo. Si no llevas libras, el inglés es sólo uno de tus problemas, así que tampoco hay que preocuparse.

Y en este recorrido por la ciudad constaté una serie de hechos:

1 las pelirrojas existen;
2 las inglesas no son ni mucho menos gordas y rubias como vacas, tal como nos han hecho creer, probablemente para quedárselas todas;
3 en Londres hay una cantidad de ingleses muy inferior a lo que se sospecha, dado que la mayoría de los que veíamos por la calle eran o bien españoles, o bien de cualquier otro sitio, desde hindúes a negros. (De hecho, si alguien quiere ver ingleses, es mejor ir a Benidorm, lugar en el que también he estado, aunque ese es un viaje fascinante que tendré que narrar en algún blog dedicado a Benidorm).

Llegamos a Trafalgar Square, donde hay un monumento a Nelson. No lo pueden poner a caballo porque era hombre de mar, pero luce mucho. En esta plaza está la librería más grande de Europa (según mi guía de viajes) donde entré sobrecogido como si entrara a un templo, imaginando las maravillas que contendría, todas a precios asequibles.

Tuve que salir corriendo antes de que me diera una apoplejía, dado que todas esas maravillas, que sí las había, estaban en un idioma completamente ininteligible y probablemente bárbaro. Allí tuve que dejar un ejemplar de Finnegans Wake, que nunca se ha traducido al español, por increíble que parezca, o una recopilación casi completa de los poemas de Seamus Heaney, hechos ambos que me partieron el alma, pero era como el gallego que se encuentra una sirena y la vuelve a tirar al mar, preguntándose, ¿y por dónde?

(Aquí el lector se preguntará si soy tan cándido como para no comprender que las librerías inglesas contienen libros en inglés, a lo que debo decir que sí, lo sabía, pero tengo tal talento para la esperanza y el autoengaño que no acababa de creérmelo, y me obligué a constatarlo).

En cuanto a la arquitectura de la ciudad, es sorprendente. No hay una zona histórica que recorrer, ya que Londres se quemó de parte a parte allá por 1700, según mi guía de viajes. Pero da igual. Es grande, variada, cosmopolita. Todos los edificios son singulares, todos son distintos, y sin embargo, situados unos junto a otros dan sensación de armonía. Londres da sensación de Metrópoli global, de ser el sitio donde PASAN las cosas. No quiero ni imaginarme cómo será Nueva York.

Bien, allá sobre las ocho hora local me empecé a sentir fatal, en el sentido que de que ya no podía dar un paso, porque creo que habíamos caminado la misma distancia que separa en línea recta París de Detroit, por lo menos a nivel subjetivo. Aunque me callé, para evitar que mi encantadora esposa pensara que se había casado con un hombre débil, hipocondríaco y permanentemente agotado. Diez minutos estuve callado, pero ya no pude más, y le dije, por dios te lo pido, esposa de mis amores, llévame a comer algo caliente antes de que me dé un desmayo.

En este punto debo decir que Caléndula es una persona contradictoria, en el sentido de que le gusta viajar a lugares exóticos y lo más lejanos posible, y sólo admite alojarse en hoteles buenos o muy buenos (lo que va en consonancia con su belleza) PERO luego protesta porque gastamos en ello mucho dinero. Así que poco menos que pretendía mantener este cuerpo serrano que descubrí en los espejos a base de sándwiches baratos, y este cuerpo, cueste o no cueste, precisa para mantenerse de buenos alimentos, y a ser posible calientes.

Así que logré convencerla de que fuéramos a un japonés, donde pedí una especie de sopa nutritiva, y luego, fortalecido, fuimos a tomar una cerveza local en un pub local, que resultó ser una cerveza que sabía exactamente igual que la Mahou y el pub era igual que los de aquí, salvo por el hecho de que no dejaban fumar.

Tras esto caí tronchado en la cama, y a la mañana siguiente corrimos al British antes incluso de que abrieran y tras un rápido vistazo volvimos volando para Madrid junto a una familia del Opus completamente consternada (o trastornada) porque el avión no aterrizaría antes de la misa de las nueve. Hubo un momento de estupor cuando descubrimos al comandante de la nave sentado entre la familia del Opus contando chistes, pero se ve que eran todos de La Obra, y el avión estaba en manos de Dios, ¿en qué manos mejor?

He de decir que allí con mi pelo rubio estaba completamente camuflado y nos paraban a menudo para preguntarnos por calles, momento en que les decía, hablen con mi joven esposa. Sólo un inglés se esforzó por hacerse entender cuando se dirigió a mí, y fue el tipo que me vendió dos botellas de whisky de quince años cada una en el aeropuerto. En un momento en que me solté de la mano de mi mujer, cosa que evitaba hacer por si me pasaba precisamente esto, el tipo corrió a acosarme cuando estaba con las botellas entre los brazos, y tras quince minutos de diálogo en que él me hablaba en perfecto inglés y yo le contestaba en perfecto español alcancé a entenderle que lo que pretendía decirme es que podía llevarme hasta diez botellas de ese tipo a España. Ten bottles, ten bottles.

Ah, cómo derriban barreras lingüísticas el interés y los porcentajes de comisión, cómo allana el dinero todas las diferencias culturales, se llame libras o euros.

Qué hermoso es el capitalismo y la globalización.

Y qué cara de doloroso estupor se le quedó a Caléndula cuando consultó el saldo de la cuenta, momento en que la amé desmedidamente, precisamente por ser contradictoria, y también por apaciguar su dolor.

Javier Arriero Retamar

**********
Notas de la editora:

El monumento a Boudica, reina guerrera de la tribu celta de los icenos, se encuentra en Westminster Bridge, cerca de la noria London Eye, pero no son la misma cosa como se puede inferir del texto. Aquí se pueden ver distintas imágenes del monumento en cuestión. Para los freakies de la historia he encontrado este foro/chat/juego de rol, para (imagino) entretenerse y quizá hacer amigos (o todo lo contrario, hacerse mala sangre y labrarse enemigos).

El incendio de Londres que se menciona es el Great Fire de 1666, originado por el fuego en una panadería/tahona situada en Pudding Lane. La columna de Monument situada a unos 60 metros del lugar que ocupaba la tahona conmemora el lugar donde se iniciaron las llamas. Más info aquí. El incendio fue dos años después del inicio de la llamada Great Plague o peste negra, en cuya época más virulenta llegaron a morir 14.000 personas a la semana.

Del Finnegans Wake de Joyce, que Borges creía intraducible por el momento en castellano sólo existen traducciones parciales, entre las que las más conocidas son la de García Tortosa (uno de los traductores del Ulises a quien seguí en mi tesina) y de Víctor Pozanco. Información que sirve de introducción a la obra aquí Ejemplo de lo titánica que puede ser esta tarea aquí; una aproximación más digerible (dentro de lo que cabe) en este documento.

Más información sobre traducciones de textos de Joyce aquí.

Y si a Javier le dieron una especie de Mahou es porque pidió una lager y no una riquísima stout Samuel Smith (que por cierto yo descubrí en Madrid tras vivir dos años en La Pérfida). La próxima vez será.

***
Nota final: como bien señala Simoneta, la grafía correcta de “ass” (culo, asno, persona estúpida etc) es ésta y no “ash”. Lo había dejado tal cual porque precisamente lo gracioso del personaje es que no sabe inglés y no conoce aquella cultura. Pero es cierto que hay que marcar de alguna manera la desviación de la norma y por eso ahora lo he puesto en cursiva.

Comments 8 Comentarios »

Le he pedido a mi amigo Javier Arriero Retamar, escritor, que me dejara publicar el correo en el que me contaba su reciente viaje a la capital de La Pérfida Albión, porque su punto de vista, pese a ser muy distinto al mío (o precisamente por ello) me resultó muy refrescante. Evidentemente ir por primera vez a un sitio y de turismo no se parece en nada a vivir en un sitio durante dos años, un sitio al que ya habías ido de vacaciones varias veces.

En todo caso, es un texto magnífico (aunque comete el crimen de llamar tetera a la kettle, dónde vamos a ir a parar). El blog está abierto a colaboraciones (no retribuidas, eso sí :-( , así que si tienes algún texto con una experiencia que encaje con la filosofía perpleja del blog (no hace falta que sea inglesa, basta con que sea “extraña”), puedes escribirme a elsinora_london@yahoo.co.uk

********

A sugerencia de Elsinora procedo a contar mi viaje a Londres.

Parte I

Caléndula (nombre ficticio para preservar el anonimato de mi esposa) me dijo:
- Quiero ir de viaje.
- Dónde, le dije.
- A Londres.
- Pues venga.

(Aviso para viajeros: no hace falta ninguna razón especial para ir a Londres, pero si quieres buscarlas, es posible encontrarlas).

Así que Caléndula se dedicó a buscar vuelo y hotel por Internet, y como Caléndula estaba en paro y pelín obsesionada con este hecho, exclamando desmayadamente frases como “jamás encontraré trabajo”, se dedicó a ello en cuerpo y alma. Tan en cuerpo y alma se dedicó que cuando llegaba a casa la encontraba con los ojos rojos y desorbitados de mirar la pantalla del ordenador, enarbolando un plano de Londres repleto de anotaciones y post it pegados y manejando en su mente abstrusos cálculos probabilísticos que medían distancia del metro al British Museum, del British Museum al aeropuerto, el precio de los desayunos, el tamaño de las camas, el número de estrellas del hotel y los miles de comentarios de todos y cada uno de sus usuarios.

Que, temiendo por su salud mental, le decía yo, coge cualquier hotel, y me decía consternada, eso es fácil decirlo.

Total, que tras varios meses en este plan consiguió un hotel de lujo por un precio de escándalo, y le dije, contrata ya, que como sigas otros seis meses buscando eres capaz de que nos paguen por alejarnos en el Meliá, pero a cambio te tendré que internar en un psiquiátrico.

Así que nos plantamos en Londres. Hay dos formas de llegar al centro desde el aeropuerto, o bien un tren rápido que te deja en quince minutos y cuesta 16 libras, o el metro, que se tarda una hora, pero eso sí, contemplas a tramos la periferia, ya que las afueras las recorre por superficie. Eso te permite descubrir:

1 que la vegetación es tan verde como la de las películas,
2 que hay bloques de pisos como en Madrid, y ésta es tu única oportunidad de verlos,
3 que los usuarios de metro tienen la misma cara de lunes en todas partes.

Nos apoderamos de la habitación de hotel y la cama parecía pequeña, pero eso era debido al tamaño de la habitación, que según mis cálculos era como toda nuestra casa, y cuando Caléndula se tumbaba en la cama corría riesgo de no volver a encontrarla.

Como nos habían jurado y perjurado que en Londres era imposible comer, y de su gastronomía sólo recordaba la existencia de té y sándwiches de pepinillo llevábamos en la maleta como cuarto y mitad de matanza de cerdo, como si viniéramos del pueblo, amén de magdalenas. Como los desayunos costaban diez libras y consistían básicamente en grasa con guarnición de judías, que son buenas para los gases, habíamos decidido hábilmente emplear las teteras que ponen en todos los hoteles anglosajones para prepararnos cafés con leche acompañados de bollos por la cara.

En fin, primer tópico derribado. En Londres no sólo es posible comer, dado que venden sándwiches bien rellenos casi en cualquier parte, sino que incluso es posible comer bien. Hay un montón de restaurantes de comida semirrápida, pizzerías, indios, japoneses, y a un precio comparable al de Madrid. Los embutidos nos los trajimos de vuelta sin desempaquetar, no os digo más, y eso que llevábamos hasta jamón.

Así que dejamos la maleta en la habitación y corrimos al British Museum, donde constatamos que los ingleses habían atesorado doscientos años de expolios arqueológicos y contenía por tanto la mayor parte del arte histórico del mundo, y que está constituido por lo siguiente, en un resumen sucinto, y que así nombrados parecen títulos de Best Sellers protagonizados por Indiana Jones:

las puertas de la ciudad de Nimrud, los relieves del palacio de Salmanasar III (nunca confundir con Salmanasar II, que es otro) un busto de Germánico, mi héroe de la infancia, otro de Pericles, que no es mi héroe, los tesoros de la tumba real de Ur, un enterramiento de Jericó, las metopas del Partenón, la tumba de Mausolo, una cantidad indefinida y absurda de momias egipcias, y como dijo Caléndula, esto es sólo lo que enseñan, que a saber lo que tienen en el sótano, momento en que mi cabeza empezó a dar vueltas, y mezcla del largo viaje en avión, la impresión de la cama del hotel y tal acumulación de restos históricos que para mí los quisiera, me vi forzado a tomar asiento para no desmayarme asaltado por el síndrome de Stendhal.

(Aviso a viajeros: la entrada al British es gratis. Hay urnas por todas partes donde puedes echar billetes a voluntad. Yo no eché ni uno, justificándome en el hecho de que cuanto veía eran tesoros expoliados de sus lugares de origen por la rapiña de la Pérfida Albión, y quien roba a un ladrón… pero acosado por la mala conciencia de parecerme a ellos, y lanzado contra mi voluntad a una especie de debate interno de proporciones filosóficas, finalmente decidí deshacerme de la posible mala conciencia y del debate interno volcando unos peniques de forma y manera que sonaran mucho).

A las seis de la tarde nos echaron del British porque cerraban, momento en que constatamos varios hechos:

1 que tendríamos que volver antes de irnos para poder verlo todo, porque era como llenarse la boca de caviar a puñados y no nos daban ni las tragaderas,
2 que a según que edades estos recorridos turísticos son mortales de necesidad,
3 que Caléndula se había vuelto a tumbar en la cama del hotel y la tuve que localizar a voces,
4 que la habitación del hotel estaba llena de espejos que me reflejaban en pelota picada camino de la ducha.

Debo decir que algo tienen los espejos de los hoteles de lujo que te reflejan más alto, más guapo y mejor dotado de lo que te refleja la propia realidad, que también es un espejo. Es como los espejos de las ferias, pero es una deformación inversa, porque en vez de hacerte grotescamente gordo te rellena de virtudes y músculos.

¡Así que estoy más bueno de lo que creía!, pensé gozosamente, momento en que salté alegremente sobre la cama, satisfecho de mi virilidad, y me di un golpe en el pómulo con lo que resultó ser la rodilla de Caléndula, que era tan difícil como que un paracaidista aterrice sobre un platillo de café, pero así sucedió, aunque ni siquiera este hecho pudo detener mi gozo, y seguí descojonándome de alegría mientras decía ay, ay, ay.

Tras cenar en un indio nos arrastramos penosamente hasta el dormitorio porque al día siguiente íbamos a:

La torre de Londres.
(Aviso a viajeros: es posible comprar las entradas a través de Internet, lo que te ahorra mucho tiempo, sobre todo si logras encontrar la taquilla en la que imprimen las entradas compradas a través de Internet).

La torre de Londres nos ocupó casi todo el día, y porque teníamos prisa. Qué podría deciros de la Torre de Londres. Parece ser que dentro han descabezado a algunos ingleses de renombre. Tienen una cosa que se llama Puerta de los traidores, que es como una puerta acuática, por la que introducían en barca a los ingleses de renombre todavía con cabeza. Salir no salían nunca, porque los enterraban dentro de la capilla que construyeron para ello. Porque matar sí, pero siempre desde la piedad de dar luego anglicana sepultura.

En cuanto al concepto de traición, es el mismo en todas partes: hay dos que quieren ser rey pero sólo hay sitio para uno, así que el más maquiavélico llega a rey, lo que convierte de inmediato al otro postulante en traidor. Pero vamos, los roles son intercambiables, que para eso son roles.

Hay otra que se llama La torre sangrienta, que es precisamente donde menos gente ha muerto. Se llama así porque desaparecieron tres niños allá por 1600 y todavía los están buscando. Empiezan a olerse que quizá no los van a encontrar vivos.

De hecho, se teme que los mató o bien uno o bien otro postulante a la corona del momento, ya que estorbaban en su camino al trono. Se puede votar quién de los dos ordenó su muerte, y me pareció una forma muy democrática y concluyente de resolver crímenes, la verdad.

Y hay cuervos, las joyas de la corona, la cama reconstruida de un rey del 1200, juegos interactivos para niños, pero donde acaban jugando los mayores, y en realidad hay más de lo que puedo recordar, porque tras el impacto del British el mundo entero (a excepción de mi bella esposa) se me hacía como distante, insuficiente y pálido, incluida la Torre de Londres.

Pues tras esta larga visita recorrimos la ciudad, caminando siempre junto al río (hay recorridos en barco, pero no tuvimos el gusto), hasta que llegamos al edificio del Parlamento y el Big Ben (que no Big Bang, como le decía yo a Caléndula, que se descojonaba viva).

El Big Ben es como esos relojes situados encima de una torre que hay en todas las plazas de los pueblos, pero más alto y con más dorados. Por alguna misteriosa razón, resulta hermoso. Si uno lo piensa, el reloj es una invención capital en nuestro modo de vida, ya que con él se inventaron los cuartos de hora y los minutos. Si siguiéramos midiendo el tiempo por la altura del sol jamás llegaríamos tarde (llegarías o no llegarías, sencillamente, sin más) y a mí me hubiera dado tiempo de ver Londres en condiciones, porque iba a contrarreloj.

Continuará

Comments 5 Comentarios »

Una pasada absoluta las imágenes de Londres a vista de pájaro tomadas desde un helicóptero por Jason Hawkes (un verdadero halcón :-). Helas aquí. Disfrutadlas. Si os habéis quedado con ganas de más, pinchad aquí.

(Thanks to Alan and Genny for the link, BTW).

Comments No Hay Comentarios »

(Sobre cómo Elsinora se entregó al periodismo de investigación en la capital de La Pérfida)

La cosa es que después de la cena, tomamos unos small capuccinos en vaso de papel en la estación de tren Charing Cross y hablamos sobre mis expectativas respecto a mi regreso a Madrid. Yo miraba de frente imaginando cómo sería volver, pero lo que tenía a la vista era el panel de las salidas de trenes y en una línea muy destacada el tren de las 22:17 de Caterham que tantas veces yo había tomado para volver a la entonces mi casa y que esta noche cogería sólo mi amiga. Yo por mi parte iba a coger el metro hasta la casa de V. en Putney. Me despedí de esta compañera taiwanesa, que además se había empeñado en invitarme a la cena, y me metí en el metro.

Al llegar a mi destino recibí un SMS (allí lo llaman text message) muy cariñoso de esta amiga que me apresuré a contestar en términos semejantes y en el camino desde la estación a casa decidí que debía aprovechar que tenía la cámara conmigo para retratar las cosas que me llamaban la atención de Putney, en las que siempre me fijaba en mis paseos pero nunca tenía oportunidad de retratar. Una de esas cosas era una lavandería. Las laundrettes de Inglaterra son bastante curiosas para un español, así que decidí que haría una foto de una de ellas que me pillaba de camino. No era una especialmente interesante ni bonita, pero sí bastante típica. Saqué la cámara de la funda, puse el botón en On, enfoqué y disparé. Como era noche cerrada y no tenía trípode, el flashazo sobre el escaparate de cristal era inevitable. Pensé que además del flashazo, esa toma frontal no era la ideal para captar la simetría de los bombos de las lavadoras en decrecendo así que cambié un poco la posición con idea de repetir la operación. De repente se escuchó una voz airada desde algún lugar.

-No hagas fotos, decía alguien desde arriba.

Alcé la cabeza para ver a un afrocaribeño en camiseta interior de tirantes y trencitas mirándome con cara de odio desde la ventana del piso superior.

-No hagas fotos -repitió en tono más alto y más enfadado- Vete de ahí.
Por algún motivo, tras el estupor inicial, me salió el prurito profesional, no en vano he sido reportera gráfica. O quizá tenía el día asertivo.

-Estoy haciendo fotos en la calle. Esto es un espacio público. Tengo todo el derecho del mundo a sacar una foto del escaparate de una tienda iluminada…

-Yo sólo te digo que no hagas fotos. A los dueños no les va a gustar.

-No veo por qué. Esto es un espacio público y bla bla, bla.

Le podía haber dicho que estaba retratando la vida moderna como en la exposición de la Hayward, que las lavanderías son un símbolo de la cultura inglesa, pero algo en su atuendo y en su cara de perro me hizo pensar que no era la mejor estrategia, por más que fuera la verdad.

El tío insistió en un tono cada vez más enfadado. Decidí que esa segunda foto de la lavandería cutre tampoco merecía tanto la pena y me marché. Llevaba, eso sí, una foto de esa lavandería presumiblemente clandestina en la memoria de mi cámara digital. Aquí tenéis el “impresionante documento” que el afrocaribeño tenía tanto empeño en impedirme obtener. Si alguno localiza algo digno de ocultarse e ir amenazando a alguien para que no lo fotografíe, favor de hacérmelo saber, porque para mí es sólo una lavandería de la especie Cutre Vulgaris.

/></p>
			</div>

			<p class= Comments 2 Comentarios »

Había pasado el día por Central London, cámara al hombro a pesar de la contractura, viendo esto y aquello. Lo penúltimo fue una visita a la Hayward Gallery donde exponían una colectiva bajo el lema “El retrato de la vida moderna” (“The Painting of Modern Life: 1960s to Now”, traduzco “retrato” en lugar de “pintura” porque el objetivo de esta iniciativa es retratar como lo hacía Toulousse Lautrec y no pintar en sentido amplio) con gente como Andy Warhol, Gerhard Richter, David Hockney, Pistoletto, Peter Doig o Richard Hamilton. El marco para la exposición parte del libro de Charles Baudelaire “El pintor de la vida moderna” (1863) en el que el crítico y poeta francés exhortaba a los pintores de la época a abandonar la pintura académica para dedicarse a retratar lo cambiante, contigente, es decir capturar el carácter incipiente de la vida moderna. Algo menos de cien años después, un puñado de artistas artistas de diversos países decidieron romper con el arte abstracto, que para entonces se había convertido en una nueva forma de pintura académica, para crear lienzos que retrataran el paisaje social de los tiempos por medio de la traducción y, en cierto sentido, la reinvención de la imaginería fotográfica. Desde 1963 para acá esta forma de acercarse a la fotografía se ha convertido en una de las más influyentes en la historia de la pintura contemporánea según el director de la Hayward (la explicación anterior, por cierto, es también traducción del catálogo de la exposición).

La muestra tenía cuadros realmente interesantes, unos cinco o seis de unos cuarenta, pero sobre todo me gustó mucho verla porque lo que ahí se discutía era algo que me apelaba también a mí como escritora: la llamada a representar el presente.
Tras la exposición de la Hayward me pasé por la National Gallery y estuve navegando por la red de recursos didácticos multimedia de la galería, tranquilamente aposentada, dado que apenas tenía unos minutos libres y dado que el día anterior había estado allí. La plataforma te permite búsquedas por pintores, por épocas, por títulos, de una manera muy intuitiva, seleccionando opciones en la pantalla táctil. Saqué algunas ideas para aplicarlas en un momento y descubrí una errata, cosa que me devolvió a la mente mi deformación profesional carapantallil. Al rato me encontré con una amiga de Taiwán con la que había quedado para ir a cenar. Terminamos en un restaurante chino muy chino de Leicester Square, el preferido de mi amiga, en el que comimos muy bien pero en el que si nos descuidamos además de colocarnos la servilleta casi nos dan de comer con el tenedor (bueno, con los palillos). La comida era muy buena, el servicio muy servicial pero la sensación de que uno se había vuelto un abuelito no te la quitaba nadie, con esa manía de apresurase a llenarte la taza de té y abrirte la servilleta y demás. Se ve que los buenos restaurantes chinos tienen esa tendencia a la “senilización” del cliente. Mi amiga se comunicaba con los camareros en chino (ignoro si cantonés o no; creo que se lo pregunté, pero no me acuerdo de la respuesta…) y la mayor parte de los clientes eran chinos.

Comments No Hay Comentarios »

Un post vegetal y cortito hoy para desengrasar tras los “excesos” de carne (meaty es la expresión que utilizan los ingleses para los textos con “chicha”) de los anteriores.

Aquí sigue la justicia climática: veinticinco grados tenemos en las horas de más calor. Los suburbios de Londres están estupendos (barbacoas, césped, vida familiar y placeres sencillos). Lo sé porque aunque sigo en modo carapantalla esa vida está al otro lado de mi ventana. A la hora de comer he salido con mi bandejita para sentarme al sol. He comido feria de restos, como dice mi padre: una pechuga de pavo al horno guisada con cilantro, lemon grass, limón y ajo picadito con arroz Basmati integral, mezclada con unos ravioli cuatro quesos, zanahoria rallada, rúcula y espinaca cruda troceada. Como la mezcla ésta de su padre y de su madre, improvisada para la ocasión, resultaba pelín insípida, le he añadido salsa de soja. El conjunto no ha ganado mucho en sabor pero algo en color para ponerse a juego con el día de playa que teníamos. No aconsejo esta cosa, que se deja comer y es equilibrada pero no sabe a nada en especial. Eso sí la verdura era fresca y recién preparada, con lo cual acaba siendo saludable. Y la zanahoria me ayudará a pasar del blanco leche al blanco vainilla con estos breves baños de sol que me doy, o eso espero.

Ayer salí por la noche por el centro, así que sé que hay vida más allá de mi jardín y de los suburbios del South East London. Londres es una ciudad apabullante salvo que estés inmunizado por exposición continua. Yo llevaba tiempo sin ir a Central London y ha sido llegar a Charing Cross y notar cómo mis anticuerpos se movilizaban para repeler la agresión que supone estar en un hormiguero de personas, ruidos y estímulos. Mi hormiguero interno pugnaba por imponerse al externo en medio del inmenso hall de la estación poblado por gente con prisa de todas las razas, pantallas y la megafonía anunciando trenes que alguien está a punto de perder. Una vez en Trafalgar Square no puedes dar un paso sin toparte con hordas de turistas franceses e italianos y algunos españoles. La zona del río sin embargo es estupenda y espectacular a cualquier hora. Al rato de pasear por el centro tus sentidos se acostumbran a la hiperestimulación y te relajas, además de que tu instinto de conservación te haya hecho poner rumbo a zonas más tranquilas.

Al regresar por la noche, la justicia climática ajustó el termostato al modo noche: hacía el frío suficiente para que a eso de la medianoche recogerse fuera la opción más apetecible, pero no un frío excesivo. Va a ser verdad que un@ se acaba aficionando al “crispy weather” (el fresquito como algo estimulante), por más frioler@ que se sea.

Comments 9 Comentarios »

Olvida lo que hayas leído o escuchado sobre el partido del Valencia de ayer. Ayer en la ciudad del Turia ganó el equipo Che. Lo decía bien clarito la pantalla de televisión del pub donde fui a ver el partido. Val 1 Che 2.
No soy nada futbolera pero tenía curiosidad respecto a este partido. Mi padre es valenciano y en mi casa de Madrid somos más o menos seguidores del Valencia (más o menos porque el fútbol no nos pone), salvo mi madre que simpatiza con el Madrid. La cosa es que desde que vivo en La Pérfida los partidos en los que participan equipos españoles tienen un interés añadido, aunque apenas distingo la Champions de la UEFA o de dos huevos duros, y por supuesto no sé qué es un fuera de juego, a pesar de que una vez estuve a punto de entenderlo leyendo un símil que usaba mujeres que compran bolsos o algo así. El baloncesto me interesa bastante, sin embargo.

La cosa es que llevo unos días siguiendo las noticias de fútbol inglés por aquello de los disturbios en Roma y en Sevilla, por ver cómo enfocan los medios de aquí los desmanes de sus hinchas, de manera que cuando me enteré de que había un partido importante entre el Valencia y el londinense Chelsea pensé que podía ser interesante verlo, para ver a los locales en acción. La cosa es que Patrick, mi flatmate productor de televisión, es seguidor del Chelsea y yo más o menos del Valencia (no sé cómo se llama la mitad de los jugadores, por ejemplo), de forma que nos presentamos en el pub de la esquina para ver el partido, cada uno con nuestras expectativas y nuestras cervezas, unas proporcionales a las otras: yo con mi modesta media pinta y Patrick con su enorme y espumosa pinta.
Los que viérais el partido ya sabéis lo que pasó y quienes no lo vistéis ni leistéis el resultado seguramente no tenéis interés en lo que ocurrió. Por mi parte, me pasé el partido tomando notas, sonriendo discretamente con las buenas jugadas y el gol del Valencia y musitando improperios con las ocasiones de gol y los dos goles de mis paisanos de adopción.
Las conclusiones a las que llegué son las siguientes: la mayor parte de lo que se oye en un partido de estos es completamente internacional: los “fucking” vienen y van como sus equivalentes españoles, y normalmente van acompañados de risas como en España. Acción y reacción: frase con fucking en cualquiera de sus variantes, pasan dos segundos y llegan las risotadas. También aquí como en España todo el mundo habla con todo el mundo, aunque si uno se fija, como en nuestro país, en realidad pocos escuchan. Son conversaciones encorsetadas, fáticas. Del tipo de cuando te preguntan “¿Cómo estás?” y sólo puedes contestar “bien, gracias y tú?”. El grito de gol suena exactamente igual y también es costumbre gritarlo como si fuera un conjuro que fuera a conseguir un gol por sí mismo (tan poco eficaz como en España, me temo). Corner suena muy parecido también (salvo los españoles que se ponen creativos y dicen “córnel” y cosas parecidas). Descubrí que mi frío y calculador Patrick es de los que gritan a la pantalla “you are on your own!” (¡que estás solo!), y de los que al final del partido abrazan emocionados al primero que pillan, que en este caso era un total desconocido que había a su lado. Cuando algo no le gusta dice “rubbish” en lugar de “fuck” o “bloody”, no en vano es hijo de escritor. Cuando el portero del Chelsea con su gorrito para un gol Patrick aplaude suavemente, con un gesto de señorita remilgada que me irrita, no se si por el fondo o por la forma o por ambos.
La cuestión es que hemos montado nuestro propio ballet bien coordinado. Cuando ellos se tapan los ojos yo sonrío y cuando ellos aplauden o gritan yo suspiro. Como estoy en minoría y no me fío mucho de la flema inglesa en temas de fútbol, voy de incógnito, lo que significa que no exteriorizo mucho mis reacciones por lo que pueda pasar. Esto le quita al partido la mayor parte de su interés, especialmente para alguien que como yo, no sabe mucho de fútbol y valora por tanto sobre todo la parte emotiva o el cotilleo. Aquí también existe la figura del purista que grita “eso no es fútbol” cada dos por tres. El público del pub es mayoritariamente masculino. Además de mí las únicas mujeres que hay son las camareras y una chica que está sentada en la barra dando cháchara a una de ellas y que probablemente sea su novia.
Vivo en el sur de Londres, pero parece que aquí el Chelsea tiene su publiquito. La diferencia fundamental que encuentro con una situación parecida en España es que aquí en el bar de la esquina hay un tipo con trenzas rastafari coreando a los del equipo local, además de algún pakistaní.
El momento más divertido de toda la velada tuvo como protagonista a un perro y a un seguidor del Chelsea. El perro se ve que tenía interés en ver el partido y ahí estaba, ladrando con cada gol, tanto los del Manchester (que le metió 7 a La Roma: os podéis imaginar el escándalo del perro) como con los del Valencia o el Chelsea. La cosa es que el empate entre el Valencia y el Chelsea duró un montón y los tiros a puerta de los de Mourinho se topaban con el poste o con Cañizares. Tras una parada del portero valencianista el perro ladró por algo o empezó a moverse con nerviosismo y uno de los lugareños le dice “Think positive, man”, “Sé positivo, hombre”. Me hizo muchísima gracia.

En el último minuto, ante mi estupor, uno del Chelsea con apellido centroeuropeo metió el gol del desempate y el pub se vino abajo, o mejor se puso en pie, abrazos, aplausos, Patrick confraternizando con un Chico Raro que estaba a su lado y yo disimulando el mal rollito. Eso sí, como buen caballero inglés, Patrick me dice que lo siente y le explica al Chico Raro que yo voy con el Valencia. “I´m sorry” dicen ambos.
Lo que ellos no saben es que el Equipo Che ha ganado. Lo dice la pantalla: Val 1 Che 2. Pero a mí no me hace ninguna ilusión, porque lo bueno del fútbol es poder exteriorizar las emociones y aquí estoy en minoría. En fin, Pilarín. Otra vez ganaremos de verdad y lo podré celebrar. Amunt lo que sea!

Comments 3 Comentarios »

Trabajo con palabras, palabras, palabras, sentada en una mesa, en un interior, así que hoy mi pequeña venganza o compensación será hacer huelga de palabras en el blog (esto son los servicios mínimos) y recrearme en algunas escenas del Londres exterior. Porque creo recordar que existe un Londres con calles y edificios en tres dimensiones y gente que sube y baja y camina y no sólo pantallas planas y correos lineales y códigos de documentos iguales a sí mismos.

(Si no estuviera de huelga de palabras diría que la primera foto es del Big Ben y el resto del London Eye…)

(Acabo de descubrir que si mueves despacio la rueda del ratón a la altura de la primera noria, parece que estuviera girando. ¡Qué divertido! ¡haz la prueba si tienes ratón con rueda! Funciona en los dos sentidos pero tienes que usar como navegador Mozilla Firefox y mover la rueda despacio).

Comments 5 Comentarios »

Ardillas primaverales.
Las hay de varios tipos, coquetas, bien compuestas.

Funambulistas

Bastante humanas

Activas

Y otras decididamente pasadas de químicos

—————-

Si te han gustado las fotos, echa un vistazo a los post siguientes porque también contienen fotos, de diversos tipos.

Comments 5 Comentarios »

Llega la nieve y le pone nombre a las cosas.

verjanieve

calle cuesta nieve

pasos nieve

triangulo

pasos

buzon nevado

Comments 2 Comentarios »

Hoy me gustaría recomendar algunos blogs sobre Londres. Hay un montón, en varios idiomas y desde distintas perspectivas. Más o menos profesionales o amateur, muy locales, más abiertos. El periódico Guardian, por ejemplo, tiene varios sobre cultura, viajes, y política. Muy profesionales (bien informados, buenas fotos, “to the point”, al grano) pero sin personalidad, en mi opinión.
Mi selección contiene un blog en inglés, uno en español y uno en francés, como en los chistes multiculturales.
El británico London Daily Photo contiene fotos de rincones de Londres, interesantes por ser peculiares, representativos, o poco conocidos. Publica una foto al día, y las fotos suelen ser muy buenas. Está integrado en una red internacional de Photoblogs. Pincha aquí
El blog en español se llama Un mundo perplejo. Comparte perplejidad con esta bitácora pero pone la extrañeza en el mundo y no en el cronista. Le interesa la vida cotidiana en UK, la alimentación, la televisión, el mundo del trabajo. Para verlo pincha aquí .
Finalmente, pero no por ello menos importante, está el blog de la profe canadiense. Caroline à Londres recoge post (billets, se llaman, no sé si en quebecois o en francés también; se entiende bastante bien aunque tu francés no sea maravilloso) sobre política, historia y medios de comunicación de Gran Bretaña y sobre sus escapaditas a otros lugares de Europa. Véase aquí
¿Conoces algún blog interesante sobre Londres? ¡Ponlo en un comentario!

Comments 6 Comentarios »

Blackheath es un barrio londinense que pertenece a otro planeta. Forma parte de la galaxia “Variaciones infinitas de Londres” o del sistema “Los ingleses cuando nos ponemos”. Lo más impresionante de esta zona al sur de Greenwich es una gran extensión de césped con tímida presencia de carreteras como cuerdas de una circunferencia o como nervios de una hoja muy verde y con una iglesia en medio de la nada: es como si el campo hubiera decidido quedarse allí, hacerse fuerte, pero no como un resquicio, sino como una fuerza bien asentada y aún poderosa. El poder telúrico del lugar se traduce de manera paradójica en un gran relax. La zona recibe el nombre de Blackheath Vale y es un sitio perfecto para ir de picnic o volar cometas. Habría que matizar esta idea de campo: en realidad, lo que hay allí es césped y extensión. No un bosque. Pero una extensión tan amplia en superficie y en geometría (es un espacio ligeramente curvo, cóncavo, como si estuviéramos presenciando las curvas del planeta tierra o pisando los contornos redondeados de la cabeza de un gigante acogedor y mullido) que se convierte en la escenificación de la naturaleza como reina suprema.

Ciudad a lo ancho, y con multitud de ambientes, Londres encierra muchos lugares parecidos a éste, pero éste es especialmente llamativo. La cosa no queda ahí, si paseas desde la estación de tren Blackheath tomando la calle en cuesta Lee Road, irás viendo tiendas monas y luego el Conservatorio, un edificio bastante mono también, con un mendigo de buena familia en el banco de la puerta y luego casas no muy altas y algo más tarde, si te metes a la izquierda por Manor Way descubrirás que el mundo se ha parado y que es posible traerse la campiña inglesa a la capital y ver coches que ruedan sobre una gravilla de juguete en lugar de sobre asfalto. Verás monísimos jardincitos en el frontal de las casas, con la prescriptiva gravilla en el suelo y aparcados formando el ángulo perfecto. Casas tipo chalet o tipo casa victoriana o georgiana. Extensa valla de madera y extenso césped. Muy de tarde en tarde pasa alguien corriendo –personas “normales”, no corredores de diseño- y con mayor frecuencia, pero escasa aún, algún coche, más o menos deportivo o más o menos 4×4.
Esta zona que tan quintaesencia de lo inglés parece, en el fondo no lo es: los jardines son más bien de estilo francés, aunque mejor no divulgarlo. Y a pesar de lo agradable que parece todo (la tranquilidad, los árboles, las extensiones de césped, los pájaros) el entorno no deja de tener algo necrófilo: como una melena cortada con absoluta precisión y perfectamente inmóvil bajo la gomina. Para pasear una tarde es magnífico, pero vivir allí, además de aburrido, sería vivir una mentira peligrosa.
A medio camino se nos atravesará Foxes Dale (el valle de los zorros: yo no iría por la noche), una calle de similares características a la que estamos recorriendo, y pronto aterrizaremos en Brooklands Park, calle sinuosa en la que la zona se pliega hacia un imprevisto derrotero protección oficial, pero a su manera, con casas en bloque, y visiblemente más baratas que los chalecitos, pero en ningún caso iguales a otras casas del estilo en otras zonas. Hemos llegado a la calle Blackheath Park y al girar a la izquierda estaremos retrocediendo hasta el punto de partida: Lee Road, y luego la estación. Si ahora tomas el sentido contrario, si caminas desde la estación dirección norte acabarás llegando al apetecible marco de Blackheath Vale. Antes habrás encontrado por el camino tiendas de ropa de diseño, alguna charity, restaurantes y cafés monos (el Rouge, de estilo francés, muy parecido a su primo de Greenwich, por ejemplo), un Costcutter (supermercado de barrio), una cervecería orgánica de aire minimalista y superfashion y después la iglesia y el césped enorme y curvo de Blackheath Vale.

———–
Dedicado a Leolo, porque le gustó la metáfora de la hoja atravesada por nervios y el aire general del texto. Y para ver si se anima a poner a algún comentario ;-))

Comments 5 Comentarios »

Es verano. Estoy en Londres. Paseo sobre un cadáver que se llama Regent´s Park. Se trata de un gran parque del centro de la capital de La Pérfida, antiguo terreno de caza de Enrique VIII. Tiene un zoo, grandes extensiones para practicar deportes, teatro al aire libre, cafés, restaurantes y un lago. Hoy hace treinta y ocho grados centígrados o cien grados Fahrenheit y algunos hemos tenido la ocurrencia de venir al parque en busca de un cierto alivio bajo los árboles. Mientras recorro el lugar, que hoy por hoy y al menos en esta parte (Queen Mary´s Gardens) es un trazado de arena y césped quemado, con pequeñas isletas de flores solitarias, tengo la sensación de estar paseando sobre un cadáver que nadie reconoce como tal. Como si el emperador del cuento, en lugar de estar desnudo, estuviera muerto, pero todo el mundo se empeñara en actuar como si estuviera vivo. Los súbditos y los cortesanos han dejado una silla vacía en la cabecera de la mesa de palacio y ríen las gracias que el emperador no ha hecho y responden a las preguntas que no ha realizado. Los niños corretean bajo el sol abrasador sobre la hierba muerta. Las familias se tumban sobre la superficie reseca y áspera como si fuera mullida y refrescante. Estamos demasiado ocupados fingiendo que el emperador está vestido, que el parque no es un cementerio y que el planeta está bajo control para reparar en lo que realmente sucede a nuestro alrededor.

Para ver un pase de modelos del emperador en pelota picada o en términos menos metafóricos, para contemplar cómo era Regent´s Park antes de convertirse en un paisaje lunar por efecto de la sequía, las restricciones de agua, y la ola de calor pincha aquí .

Comments No Hay Comentarios »