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Cuando se despertó aquellos horribles signos seguían estando en el lugar de los acentos.

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Tengo algo que comunicaros. He descubierto que la niña de la curva soy yo. Pero no de una curva cualquiera: de la curva de aprendizaje.
Una personalidad curiosa unida a una buena conexión Wi-Fi a Amazon desde un Kindle pueden hacer maravillas por tu cultura general (sobre todo si lees en inglés y tienes configurada la opción “One click”) y estragos a tu cuenta corriente. Como te digo una có, te digo la ó… que decía la canción.
Así que aquí estoy, reinventándome como creativa freelance, como dibujante, como experta en literatura infantil, como iniciada en liderazgo, como psicóloga… A un paso de internarme en todas estas cosas pero aún subiendo la cuesta o mejor dicho la curva (de nivel) del aprendizaje.
¡Deseadme suerte en mi travesí­a!
Seguiremos informando.

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He pasado una semana en un resort en la playa levantina. Ríete tú de la experiencia religiosa de Enrique Iglesias. Lo mío sí­ fue iluminación y penitencia y propósito de la enmienda…
La vida en un complejo de este tipo básicamente consiste en esperar el ascensor, esperar a que te den mesa en el buffet, esperar a que esté libre la máquina de las tostadas y respirar hondo para no dar un par de bofetadas a los puñados de niños maleducados con los que te encuentras, o a sus padres…
Al principio te las prometes muy felices porque el lugar es moderno, bien equipado y el hall está lleno de carteles de actividades de todo lo que en teorí­a puedes hacer. Cuando lees con detalle la información descubres que las excursiones y salidas más o menos interesantes no están incluidas y que de la lista de actividades la mitad se realizan en la otra punta del complejo por un módico precio, eso sí­.

A lo largo de estos dí­as he aprendido a odiar cordialmente los carritos de niños que se apropian de ascensores, pasillos y puertas, he aprendido a compadecer algunos padres de monstruitos y a abominar de otros padres que simplemente confían la educación-contención de sus vástagos al sistema. Por confiar a sus vástagos al sistema entiendo cosas como soltarlos en el buffet libre del desayuno y que sea lo que dios quiera. Luego llegan las carreras entre tus piernas, los empujones a la gente mayor, los gritos…
Una de las mañanas un niño de unos dos o tres años la emprendió con un extintor pegado a la pared. De repente parecí­a que fuera un objeto irresistible para él. Su madre, un metro más allá de él, pero de espaldas viví­a feliz en la ignorancia de la que podí­a montar su monstruito, mientras yo imaginaba aquel rincón del enorme salón de desayuno inundado de espuma, la gente resbalando, comensales cegados por la espuma, niños pisoteados…
Dijimos al niño “extintor no” -adaptándonos a su complejidad intelectual- y durante 0,3 milisegundos para para retomar su tarea muy pronto. Volvimos a decir “extintor no” y esta vez la madre se tomó la molestia de reprender al niño sin girarse. El monstruito se detuvo esta vez 0,6 milisegundos pero luego retomó la tarea con más brí­o. Terminamos nuestro desayuno y nos fuimos.

Un buffet de un hotel de 600 habitaciones consiste básicamente en gente abalanzándose sobre los bollos, el Tang que te venden como zumo o el bacon, como si no hubiera mañana. Niños italianos que se pegan a tu pierna cuando te echas cereales ante la mirada aprobatoria de la madre que le está explicando no sé qué como si tú no estuvieras ahí­ y no te hubieras ganado a pulso el primer puesto del dispensador de chococrispies.
Tripones muy tripones con un plato lleno de bacon, salchichas y chorizos fritos. Glotones con mala conciencia como yo misma con sus cruasanes pequeñitos combinados con una raja de melón “para compensar“, sin reparar en que sólo se compensa si una porción de melón se come en lugar de otra de bollerí­a y no además de ella, pero en fin…
Lo de la monitora sin alma es otra historia de la que ya hablaremos.

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Tras unas semanas sin entrar al blog (o entrar lo imprescindible para “podar” las malas hierbas, léase spam) hoy he vuelto a meterme en Mi no entender.
El principal cambio que he visto es que se nos afrancesa la bandeja de Spam. Se nos llena de comentarios trufados de “Tandis que”, de “pas cher” y de bolsos Longchamp falsificados, supongo porque este tipo de bolsos no se caracterizan precisamente por ser “pas cher”.
Ojeando los comentarios spam en francés se me ha ocurrido que podría tener gracia tomarlos como punto de partida para escribir una historia. Aquí dejo algunos, para ver si alguien se anima a darles forma, en español o francés:

Continúa la historia:

Madame seule ne bougea point, et, souriant à  son époux, lui répondit :

il ne faut jurer de rien.sac longchamp pas cher

simplement, comme nous l’ avons dit, ne lui inspira pas grand respect,

il faut tourner sept fois sa langue dans la bouche avant de parler.solde sac longchamp

Je pars. Je savoure ces mots. Je savoure mon dernier bain. Je savoure même son absence. Enfin, j’essaye. sacs longchamp pliage pas chers

¿Qué se le ocurre a tu mente creativa?
Haz tu propuesta a través de un comentario (si te apetece :-)).

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Es curioso esto de que te pongan la etiqueta de ansiosa. Es como si de repente todo lo que hago estuviera marcado por esto. Por ejemplo, mi trabajo con la bicicleta elí­ptica. ¿Eliptiqué? para saber más sobre la elíp­tica echa un vistazo a este post.
Cuanto más me observo a mí misma y a mis compañeras de Pilates y de otras actividades físicas más me convenzo de que cada uno deberí­a enfocar su entrenamiento o su deporte en función de su forma de ser y no de manera genérica como se suele hacer. Habría que aplicar pequeñas adaptaciones. A la gente rápida habría que darle tareas rápidas y enseñarle a ser constante y planificar. A la gente lenta pero constante habrí­a que encargarle tareas de larga duración pero retarles también con pequeñas actividades rápidas y trabajar su velocidad de reacción.
Volviendo al tema, la elíptica es parecida a la bici estática, pero en ella vas de pie y trabajas también los brazos. Pones los pies en unas plataformas grandes que hacen un recorrido elíptico (de ahí el nombre). Puedes elegir mayor o menor resistencia. Y por supuesto puedes enfocar el ejercicio como quieras, de resistencia, más o menos anaeróbico o aeróbico. Incluso puedes pedalear al revés (poco recomendable si la coordinación no es lo tuyo).
En mi caso, aunque llevo bastante tiempo con la elí­ptica y he usado distintos enfoques, últimamente parece que lo único que no me aburre (ansiosa como soy) y que no me abruma (deportista más bien dominguera, reconozcámoslo) es el de intervalos.
Y es que es lógico. Si eres impaciente, es lógico que plantearte diez minutos a ritmo moderado-alto se te haga un mundo, pero en cambio pensar en 3 minutos a ritmo moderado-alto y un minuto a máxima potencia es mucho más llevadero. Ese minuto es precisamente el intervalo, y en teorí­a es bueno para adelgazar y para progresar en el entrenamiento porque fuerza al corazón a adaptarse. Como son series de 4 minutos puedes hacer unas cuantas por sesión. Yo normalmente suelo hacer sesiones de unos 45 minutos o más porque, si no, al descontar el calentamiento y la vuelta a la calma el ejercicio efectivo se queda en nada.
A efectos prácticos, con el entrenamiento por intervalos lo que notas es que los minutos a más de 21 km/hora son durillos pero llevaderos y que te dan un subidón de hormonas euforizantes que te dejan estupendo y con ganas de repetir. Tienes que estar bastante concentrado en el ejercicio para ir calculando siempre la proporción 3 minutos a ritmo moderado - 1 minuto a máxima potencia (saberte los múltiplos de tres bien, o ir contando con los dedos de alguna mano libre).
Pues en resumen así es la cosa. Primero estiras la musculatura anterior y posterior de las piernas, calientas durante 5 u 8 minutos en la propia elíptica a ritmo suave, luego 3 minutos a ritmo medio, 1 min al máximo y tantas series de 3+1 como quieras. Te guardas unos 8 minutos para la vuelta a la calma sobre el propio aparato, preferiblemente bajando la resistencia (para no eternizarte en recuperar las pulsaciones normales) y luego estiras bien gemelos, gastronemio, isquiotibiales y cuádriceps, los tí­picos estiramientos que se hacen después de correr, vamos y si tienes los brazos cargados también los sueltas un poco.
Y por hoy se ha acabado el capí­tulo de “El libro gordo de Petete”. Seguiremos informando en cuanto superemos el empacho de torrijas ;-)…

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He cambiado de estudio de Pilates. En Pilates no se habla de gimnasio, sino de estudio. Y las clases normalmente no se dan, se imparten o se dictan (o al menos eso decí­an en mi antiguo “estudio”). Sea como fuere me he cambiado de centro de Pilates y llevo unas semanas acudiendo a un sitio nuevo.
Este es menos fashion, lo que se traduce en que no hay un esqueleto de tamaño natural que se adorna en fechas señaladas con un gorrito de Navidad o un traje de chulapa cuando son las fiestas de Madrid. Y tampoco ponen fotocopias enormes de los músculos de cierta parte del cuerpo cada mes para aprender dónde están los transversos o los abdominales, esos músculos de los que has oí­do hablar pero que no te consta que existan en tu cuerpo.
En este centro sólo tienen cinco Reformers, en lugar de tener también Cadillac, Wundas, y otros cacharritos de aprendizaje/tortura, (según el dí­a) pero el lugar es muy agradable y los profes además de tener formación acreditada en Pilates son licenciados en Fisioterapia.

En otras palabras, de 6 a 7 te destrozan el cuerpo y de 7 a 8 te lo reparan con un masaje.
Eso sí, este centro tiene una fuentecita, unas piedras blancas en plan jardí­n zen y una decoración bastante relajante.
La cosa es que aquí­ no me llaman lagartija ni me gritan, pero sí­ me ruegan que vaya más despacio y me sugieren que me tome tres tilas antes de entrar para hacer los ejercicios a su velocidad correcta. Así que se ve que lo de lajartija ansiosa es en serio. Lo mismo es que me caí­ en la marmita del Red Bull cuando era pequeña. Espero que mi madre me pueda sacar de dudas.
Lo curioso del caso es que tengo la impresión de que salvo en situaciones como las clases de Pilates no doy la apariencia de ser una polvorilla tan polvorilla. Cierto que hablo rápido, pero comparada con otras personas que conozco yo me veo tranquila…

En fin, Pilarí­n. Voy a hacerme una tila o dos. Pero antes de nada le preguntaré a mi madre lo de la marmita de Red Bull. A ver si va a ser verdad…

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“Ansia viva para Dummies”, o, mucho mejor, “Ansia viva para lagartijas bilingües”.
El libro no existe pero conozco unas cuantas personas a las que les serí­a útil, empezando por mí­ misma.
Y ya que no existe y dado que soy una lagartija con inventiva (y ansiosa) me he aprestado a consultar los libros de temática similar que he encontrado y he elaborado un mix. Eso sí­, mientras consultaba con avidez esos libros en distintos formatos e idiomas me he esforzado en respirar profunda y ansiosamente.
Hay teorí­as de todo tipo en torno a la ansiedad. Que si es adaptativa (ya que ese estado de alerta es el que históricamente ha hecho que sobreviva el hombre), que si es una maestra que te indica qué áreas de tu vida no van bien o necesitan cambios, que si hay que aplacarla, que si hay que escucharla… Básicamente parece que lo esencial es el grado: el estrés o la ansiedad empieza a ser patológica o disfuncional cuando cobra gran intensidad, te paraliza o te hace infeliz.
Las formas de aproximarse a la ansiedad varí­an en gran medida, pero parece que las que tienen más aceptación son las cognitivas-conductuales (pensamientos, sentimientos y conductas) y aquellas relacionados con la meditación y el mindfulness o atención plena.
Los primeros consideran que en algún momento de la vida del paciente se ha generado un hábito de creencia errónea-sentimiento negativo-ansiedad que hay que romper mediante herramientas como la disputa sistemática de las creencias erróneas y la exposición controlada a los factores de estrés. En general, salvo que se combinen con un enfoque de psicoanálisis, estos enfoques se detienen poco en el origen de esa creencia errónea y se centran más bien en disputar su lógica y en mostrar lo poco eficaz que es como planteamiento (preguntándote si el sitio al que te va a llevar esa creencia es un sitio al que no quieres ir).

El enfoque mindfulness y meditación considera menos hostil la ansiedad, recomienda escucharla y aceptarla y centrarte en el presente y desarrollar un hábito de meditación continuada . La meditación se ha comprobado que activa zonas del cerebro relacionadas con la serenidad, la compasión y el control de las emociones. De hecho, un estudio de la Universidad de Winconsin realizado en 2004 con 8 monjes tibetanos descubrió que generaban ondas cerebrales un 800% más potentes y sincronizadas que las de las personas del grupo de comparación; entre los monjes estaba el famoso Mathieu Ricard. Según otro estudio, la meditación de los monjes tibetanos da lugar a cambios plásticos en el cerebro y fortalece la habilidad de inhibir procesos mentales como la preocupación continua (Moreno, p 200).
Para que los beneficios de la meditación y el mindfulness se produzcan es necesario ser constante. Según Pedro Moreno (2013: 194-196), con practicar unos 15 minutos al dí­a la meditación formal durante seis u ocho semanas se empiezan a ver resultados.
Pues nada, respiren hondo, disputen sus creencias erróneas y a disfrutar del fin de semana ;-)

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Aquí iba yo toda dispuesta a contaros mis últimas aventuras cuando se me ocurrió limpiar un poco el panel de moderación. De forma subterránea a la superficie visible del blog hay todo un mundo de robots que mandan spam todo el tiempo y como llevaba un cierto tiempo sin pasarme por el blog, tení­a nada menos que 2000 comentarios esperando moderación.
Como la versión que tengo de mi plantilla no permite hacer selecciones en bloque me ha tocado borrar los 2000 comentarios uno a uno. Después de casi una hora y de probar a usar el ratón con la izquierda, usar la pantalla
táctil y prácticamente probar todos los trucos circenses que se me han ocurrido, he logrado borrar toda esa morralla en inglés, francés, polaco y chino sin demasiada merma en mis capacidades fí­sicas.
Lo peor de todo es que una vez he terminado se me había olvidado de qué querí­a escribir en el blog…
Mientras lo recuerdo lo que sí­ os puedo comentar que con todo este proceso de limpiado de comentarios spam se me ha quedado la mano derecha más larga que la izquierda, por aquello del sobreuso… En fin, buena semana para todos. En Madrid es fiesta hoy…

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No sé si os pasará a vosotros, pero mi cuerpo tiene cierto espí­ritu de contradicción que hace que cuanto más me cuide peor esté.
Es una teorí­a difí­cil de demostrar, pero realmente fácil de experimentar.
Y es que media un abismo entre lo que uno siente y lo que le pasa a tu cuerpo.
Estoy adaptándome a un cambio de trabajo, de entorno y de costumbres y de momento lo llevo bien (under the circumstances), pero las últimas semanas noto ciertas molestias en aquagym y en Pilates.
El otro día, haciendo un ejercicio en la piscina de los pitufos, el dedo pulgar del pie derecho cobró vida propia y se rebeló, atrincherándose en modo garfio fuera del agua. En palabras más sencillas, tuve un calambre y el dedo se quedó en una postura involuntaria, que no remitía. Una especie de corte de mangas a lo artis mutis.
Otros días en Pilates en los movimientos que requieren estirar y levantar las piernas era como si me hubieran desconectado la pila y apenas pudiera con mi cuerpo. De repente unas piernas pesadas como demonios habí­an tomado mi cuerpo y no hacían más que temblar y ponerme las cosas difí­ciles.
La fisio diagnosticó acortamiento de gemelos y me contó que tengo los cuádriceps muy potentes y tanto los gemelos como los isquiotibiales acortados. A continuación tuvo una revelación y decidió comprobar hasta qué punto de la escala de los sádicos sin fronteras puedo aguantar el dolor sin matar a nadie.
Y dicho y hecho: masaje en los pies, en la tibia y peroné y luego bocabajo y a sufrir. De repente es como si te estuvieran clavando algo en unos gemelos que a vez estuvieran llenos de pequeñas agujas.
A esta maniobra la llamó punción seca y se quedó tan pancha, como si poner nombre a la tortura que te han aplicado borrara su crimen contra la humanidad… de mis gemelos.

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El Ansiosus Ibericus (división también conocida como Lagartijus Mediterraneus) es una especie protegida. No porque esté en peligro de extinción (esta especie abunda), sino porque los ejemplares de esta especie necesitan cierto nivel de protección para no lanzarse a quemar o romper cosas (bastante tenemos con lo que tenemos). En otras palabras, el Ansiosus integrado y aparentemente normal va a todas partes con una especie de navaja suiza con utilidades que le permiten sobrevivir al estado de alerta en el que vive… permanentemente.
Tras lecturas sesudas en diversas fuentes he llegado a la conclusión de que pertenezco a una rama “moderada” de la especie de Ansiosus Ibericus, lo cual significa básicamente que la procesión va por dentro y que un@ se come con tomatito y en silencio (como en aquel anuncio de crema rectal) su exceso de adrenalina y cortisol. Las versiones más radicales de la especie no pueden salir de casa sin ansiolí­ticos y suelen tener crisis y ataques aparatosos, visitar al psicólogo y demás.
En las versiones “light” de Ansiosus, más conocidas como Lagartijas, nos conformamos con cuarto y mitad de contracturas de cuello y trapecio, el pulso un poco acelerado de vez en cuando y una especie de runrún continuo en la cabeza y por toda la columna vertebral que te impulsa a tratar de dar la talla todo el tiempo, como si estuvieras metido dentro de una mala broma de evaluación vital continua y no pudieras relajarte nunca. De ahí los tironcillos de la lagartija…
Por lo que he leí­do, los Ansiosus -Ibericus y de otras latitudes- sufren de un exceso de actividad en los ganglios basales, una parte del cerebro destinada a alertar al individuo del peligro. Es como esos coches que tienen la alarma demasiado sensible y saltan con cualquier vibración un poco intensa. Agotador de todo punto para uno mismo, pero aunque no lo parezca bastante cómodo para los que te rodean porque el Ansiosus tiende a ser muy activo y muy responsable.

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Aquí­ me teneis tras mes y medio sin calefacción ni agua caliente. En Navidad he compensado el fí­o dándome alegremente a los dulces, convencida de que el turrón de chocolate es un combustible “limpio”, idóneo para poner a tono un organismo humano sin efectos colaterales. Lástima que la báscula no estuviera de acuerdo con esta visión de las cosas y me haya devuelto un par de kilos.
Como recordaréis, unos seres maléficos con martillos y llanas y cosas ruidosas y/o polvorientas, vulgarmente conocidos como obreros, tuvieron a bien obturar y romper la salida de nuestra caldera. Desaparecieron después de Reyes y se llevaron sus andamios consigo, pero ahora los del mantenimiento de la caldera sostienen que la obra ha roto el ventilador y gripado el motor y que hay que cambiar no sé qué pieza que sólo tienen en Alemania porque nuestra caldera es muy nueva etc etc.
¿Recuperaremos la caldera antes de que llegue la primavera…?

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Por si alguno se lo preguntaba, puedo declarar y declaro que estoy viva, aunque algunas fuerzas del mal hayan intentado neutralizarme de diversas maneras a lo largo del último mes.
En el primer puesto de mi top ten de malos malísimos está el comando “tonto l’haba”, unos obreros sui géneris que han tenido a bien acompañarme las últimas semanas con sus golpes y gritos desde los andamios del patio interior de mi casa. Discuten a voces todo el tiempo, dejan caer utensilios y cascotes desde los pisos más altos y sobre todo dominan el arte de poner el andamio justo en la salida de nuestra caldera de manera que nos han dejado sin calefacción ni agua caliente unas tres semanas en pleno invierno, gesto que nunca les podré agradecer lo suficiente…

Lo de “tonto l’haba” es porque uno de ellos con cierta voz de pito se empeña en insultar a otro que está unos pisos más abajo con este calificativo como del siglo XIX, gritando muy alto y de forma muy repetida. Al parecer, según me contó mi hermano, hace unas semanas tuvieron una discusión muy interesante sobre la definición exacta de un ladrillo doble o algo semejante y el de “tonto l’haba” consideraba que el otro tení­a muy poco futuro en la construcción si no distinguía un ladrillo doble de un no sé qué. Yo no sé si tienen futuro o no en la construcción, pero espero que ese futuro sea lo más lejos posible de mí­ y así poder dormir siesta sin estar en medio de un festival de golpes, dormir hasta después de las ocho de la mañana en vacaciones, y cosas exóticas como tomar un baño caliente.
Pero estos deseos van a tardar en cumplirse porque el dueño del piso justo encima del nuestro ha decidido aportar su granito de arena y lanzarse a hacer obras al mismo tiempo.
Festival del horror…

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La Red y la gente nunca dejarán de sorprenderme. Un@ escribe sobre lo que le interesa y le intenta dar un enfoque que resulte ameno e interesante para los demás, pero al ver las palabras clave que han traído a los nuevos visitantes a este blog, me surgen todas las dudas del mundo sobre si estaré transmitiendo bien mi mensaje. He aquí­ algunas de las palabras por las que la gente ha llegado hasta este blog de nuevas:

el castellano viejo entero,
irlandeses morenos,
piscina escuelas pias aquagym,
bragas colgadas,
el castellano viejo articulo completo
humor sueco.

De lo más “Te paece que”, ¿no crees ;-)? En fin…

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A partir de ahora podéis llamarme “Palillos despiadados”.
Ya lo sé, más que dar miedo, mi mote de boxeadora mueve a la risa. Pero con estos bracitos que me ha dado la genética ya me diréis…
¿Qué tal la lagartija de Chamberí?, así­ como el Potro de Vallecas pero en reptil escurridizo. Vale que no tengo puños de acero y mucho menos un biceps descomunal, pero tengo mucha cintura… me muevo rápido. Fiu fiu. Mi pequeño saltamontes. Ya me he equivocado de animal.
¿Y a qué viene todo esto de los puños y los motes con animales? os preguntaréis. Pues es que el otro dí­a hicimos cardiobox en la clase de aquagym (o de aguají­n como dice un compañero; hay una tercera opción, aguagí­n, que me hace pensar en un vaso de ginebra con agua tónica).
La clase fue muy divertida y trabajamos mucho pero al empezar a dar puñetazos en bañador a la decena de chicas nos entraba un poco la risa. Andabamos tan escasas de músculo como de convicción. A quienes no les faltaba una pizca de interés en nuestra actividad era a los nadadores de la piscina grande. Habí­a uno en concreto que parecía hipnotizado. Tijera patada patada. Pum puñetazo en cara de mirón. Socorrista. Botiquín. Etc. Pero no, al mirón ni le rozamos.
Y ahí estábamos nosotras con nuestros ganchos y puñetazos al mentón, de lo menos creí­bles y nada amenazadores. La parte de las defensas con las piernas, en cambio, me salieron mucho más profesionales, se ve que me acordaba de mis tiempos de yudo.
Es curioso, en caso de necesidad me veo mucho más dando una buena patada a alguien que un puñetazo. Cosas de las caderas femeninas, supongo, y de los bracitos de lagartija, que no dan para mucho…

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La piscina a la que voy es un espacio inquietante. Parece un campo de pruebas. Yo creo que es una especie de reality show tipo Gran Hermano destinada a analizar la capacidad de adaptación del hombre a un medio cambiante. Algo tipo “¿Quién se ha llevado mi queso?”, pero con variaciones y repeticiones.
Primero no habí­a perchas, luego sí­, y luego volvieron a desaparecer. El sistema de cierre de las taquillas, con monedas, se estropeaba cada dos por tres quedándose con tus euros y el otro día, de repente, nos encontramos con que habí­an cambiado la mayoría de los cierres por un sistema de candados… pero el candado habí­a que traérselo de casa o comprarlo por 4 euros en recepción.
A todo esto, como siempre, faltaban dos minutos para que empezase tu clase, tú estabas en bañador y chanclas y tenías toda la ropa en una mochila dentro de la taquilla. La opción de salir hasta las taquillas en bañador por el pasillo helado te parecía un horror y además no estabas segura de llevar cuatro euros en el mini monedero que llevas en la mochila. La opción de dejar tus cosas en una taquilla sin protección era una lotería (a la que yo jugué el primer día, por cierto y no perdí­). Y habí­a una tercera opción apta para habitantes del ecosistema con buenos reflejos: conseguir alguna de las taquillas que aún tenían el cierre con moneda.
Aquí­ cada una se las apañó como pudo: mis reflejos de lagartija me permitieron conseguir una de las pocas taquillas que funcionaban con euro aprovechando que una chica se iba; otra dejó sus cosas sin ninguna protección… Adaptación al medio, riesgos asumidos y decisiones. Un experimento sociológico con todos los ingredientes.
Un fenómeno paranormal parecido de apariciones y desapariciones ocurrió con los secadores. Primero no había secadores de pelo, sino sólo esos de manos que duran cero coma tres segundos. Para secarte el pelo había que ser malabarista y muy paciente, pero al menos funcionaban sin monedas. Además, habí­a enchufes en los que enchufar tu secador traí­do de casa. A las pocas semanas vimos con sorpresa y alegrí­a que habí­an puesto unos cuantos secadores de pelo, pequeños, parecidos a los modelos de viaje y que funcionaban sin monedas. De los cuatro que había pronto sólo funcionaba uno, cosa normal dado el grado de humedad del sitio y el tute que se les da.
El otro dí­a de repente se los habí­an llevado todos, hasta el único que funcionaba. Así­ que de repente muchas nos vimos compuestas y sin secador, en plena noche de invierno…
Ayer recordé que tení­a que llevar mi candado y lo llevé. Usé uno de los tropecientos que tengo para las maletas y tuve la precaución de asegurarme de que la llave iba bien. Metí todo en la mochila y cerré la puerta, ajusté el candado al peculiar cierre y todo quedó listo. El problema era que no habí­a traí­do ninguna cadena ni goma para la minillave y a ver qué hací­a para no perderla. Podí­a dejarla sobre las chanclas, al borde de la piscina, pero estarí­a demasiado visible. Preferí el viejo truco de meterla en la toalla doblada y recé para acordarme de que estaba allí cuando cogiera la toalla, porque dado el tamaño que tiene era muy fácil perderla.
La clase transcurrió bien, no me lesioné ni transformé mis dedos en percebes, recuperé sin problemas la llave, y hasta quité sin problemas el candado. Lo malo fue cuando quise abrir la puerta. Yo tiraba y tiraba con la energí­a del ejercicio aeróbico que acababa de hacer pero aquello no se abrí­a. El agua escurrí­a por mi cuerpo y soñaba con coger mi champú y mi suavizante y la toalla del pelo, pero aquello no se abría.

-Es que está muy duro. Tira con fuerza -me dice una compañera de clase-. A mí me pasó lo mismo el otro día.

Ahí­ estoy yo tirando con fuerza asida al borde, dejándome las yemas de los dedos, pero aquello no se habí­a movido ni un milí­metro. Sí que es seguro este sistema -me digo a mí­ misma-, está claro que mi ropa no se la va a llevar un ladrón, y a este paso tampoco yo misma…
Tercia una chica que no es de mi grupo.
-No, mira, es que para abrirlo tienes que ponerlo en horizontal…
Se oye un uau uau uau… el tí­pico sonido de cuando un concursante mete la pata en la tele.
Agradezco adecuadamente la indicación iluminadora de esta nadadora con estudios de ingenierí­a, cojo lo que necesito y me voy a la ducha. A la vuelta ayudo a dos compañeras de vestuario que han tenido problemas parecidos con sus candados y que empiezan a mostrar signos de desesperación.

En ese momento alguien comenta que se han llevado los secadores de pelo y al rato, la compañera de clase que me dijo que tirara fuerte de la taquilla me presta su secador, por generosidad o mala conciencia…
En fin, la moraleja es que para entornos cambiantes y hostiles la solidaridad y el trabajo en equipo es lo que te saca del apuro.
Hoy por ti y mañana por mí­, vamos.

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Si alguien es lo contrario de disléxico, ¿qué es, hiperléxico, ortoléxico, ultraléxico? ¿o simplemente un pedorro de las palabras?
Acabo de descubrir que soy hiperléxica, ultraléxica o pedorra de las palabras y como tal me inquieta no saber qué palabra me define.

Curiosamente, he descubierto esta cualidad (o defecto, según autores), en el gimnasio, o para mayor precisión, en el estudio de Pilates, en lugar de en una biblioteca o museo, como parece lo lógico. Ser una pedorra de las palabras no impide “promiscuar” un poco a la hora de hacer hallazgos. Llámalo asignatura transversal, “cross training”, o materia de libre configuración.
Ya os habí­a hablado de las diferencias entre la Bruja y yo en las clases de Pilates. Hemos tenido algún acercamiento, piropea mis camisetas y últimamente ya casi no me amenaza con matarme y ha bajado los decibelios cuando me llama lagartija, pero tampoco es lo que los ingleses llaman “my cup of tea”, aunque reconozco que sabe un montón y que se toma su trabajo muy en serio.
Cierto que no soy la reina de la coordinación y cierto también que ella no es la reina de las palabras. De hecho, con frecuencia llama pies a las piernas o viceversa. Habla con acento italiano y usa mal el subjuntivo y el imperativo, así­ que supongo que lo que ocurre es que el castellano no es su lengua materna y eso explica ciertos errores no graves. Lo curioso es que cuando llama pies a las piernas o genera confusión con su mal uso del indicativo-subjuntivo te riñe como si la culpa fuera tuya. Me pasa a mí­ y nos pasa a todos (el resto encuentra ambiguas algunas de sus explicaciones, pero no sabe por qué).
La cosa es que hoy se me ha ocurrido preguntarle en un ejercicio qué músculo tenía que mover y a partir de ese momento me ha bombardeado todo el rato con los músculos que debí­a activar en cada ejercicio, enumerándolos a toda velocidad, en voz alta y con cierta sorna.
Como lagartija corajuda que soy he aguantado el tirón como he podido y según la propia Bruja, el sistema ha funcionado. Supongo que tras vivir en Inglaterra me he acostumbrado a que entender las instrucciones grosso modo sea suficiente. Quiero decir -y guardadme el secreto- que en esa retahí­la de músculos que me pedí­a mover habí­a muchos que no sabía dónde estaban y mucho menos cómo moverlos.
Pero desde luego esto de llamar a las cosas por su nombre y no por vecindad o aproximación me parece mucho más operativa. No entiendo por qué si hay una palabra que describe exactamente lo que tienes que hacer no recurre a esa palabra. Para mí­ es como si alguien te dijera suma el número que está a la derecha del 1 y a la izquierda del 3 en la calculadora en lugar de decir directamente el número 2. Es introducir ruido en el sistema, entorpecer la comunicación.
Al terminar la clase me ha preguntado que por qué sabí­a tanto de los músculos. Le he dado una explicación vaga, ya que la precisa hubiera sido muy larga y tirando a inverosímil. Pero, en fin, lo importante es que hemos abierto un nuevo canal de comunicación que parece que funciona mejor que sus indicaciones a salto de mata previas. Para seguirlo usando, necesitaré afilar un poco más mis conocimientos sobre músculos, porque como vuelva a mencionar el gastronemio como hoy me va a tocar sacarme del bolso la apli del cuerpo humano en 3D que tengo en el Iphone y ponerme a investigar…
En fin, menudo estrés… Cada clase va a ser un examen de anatomía, como si no tuviera bastante con recordar cómo se mantiene la pelvis neutra o cuál es el brazo iquierdo y el derecho…

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Parece que la Bruja está estabilizada en su “brujería” y yo por mi parte me voy convirtiendo en una lagartija de lo más disciplinada, amaestrada, casi. En unos meses me iré al Circo del Sol…
Nuestro Naaacho recibe muchos menos “magní­fico” que semanas atrás, con cierta frecuencia le corrigen (aunque no a gritos como a otras) y la situación es más equilibrada. Todos nos llevamos cuarto y mitad de cal y de arena, en definitiva.
Pese a ello, hay algo que me inquieta. He pillado al pasmarote, al hombre sin hombros, riéndose de mí/conmigo, cuando la profe ha venido a corregirme/ayudarme en una postura que no me sale.
Por un segundo sonrí­e como si yo fuera lo más risible que ha visto en su vida de pasmarote. Y un segundo después vuelve a su naturaleza de hombre de sangre de corcho, como si nada hubiera pasado. Pero la vista fulgurante de la lagartija de mirada díscola ya habí­a registrado ese fogonazo.
Por una parte me gustarí­a decirle unas palabritas a este Naaacho, pero por otra, si es la única oportunidad que tiene el pobre fistro diodenal de biorritmo plano de disfrutar un poco (aunque sea a mi costa), me sacrifico…
Pero no sé cuánto me va a durar la vena zen.

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Cualquiera diría que en mi hombro izquierdo se esconde la piedra filosofal o algo, a juzgar por todas las dificultades que nos salen al paso a la hora de “cartografiarlo” y “circunnavegarlo”.
Ya os conté el primer intento fallido debido a que perdí los papeles en el momento Pato borracho. Hace un par de semanas por fin conseguí que me hicieran la famosa ecografía y encima del hombro correcto.
La radióloga (¿ecógrafa? no sé muy bien cómo se dice) era muy amable y tenía ese puntito didáctico que me gusta que tenga la gente experta con la que me cruzo cuando lo que está en juego me interesa (no es lo mismo que te cuenten lo que le pasa a tu cuerpo que te expongan los problemas de las antenas del TDT, por ejemplo).
Así que me estuvo explicando grosso modo (que no “a grosso modo”, la “a” ya está incluída en la declinación del término) lo que veía en la ecografía y lo que podía significar, y los posibles tratamientos. Me comentó que ellos pasan este tipo de pruebas a la Seguridad Social a través de una intranet, con lo cual en una semana podía pedir cita con mi médico de cabecera y verla con ella. Dicho y hecho.

Al salir de la eco decidí sentarme en una terracita y relajarme un poco porque confieso que estas historias de las radiografías, ecografías y demás me ponen un poco nerviosa. Me pedí un trina de naranja y me puse a trastear en el Iphone. En la mesa de al lado una chica que no tendría treinta años, con acento ligeramente catalán, aleccionaba a un tío de cuarenta y muchos o cincuenta, con el que trabajaba y que aparentemente era su jefe. Deduje que ella era algo así como relaciones públicas de un sitio de copas y él ocupaba algún tipo de papel de gerente o así. Debían tener algún tipo de parentesco o una amistad previa porque la chica se metía en todo lo que hacía el tipo y este no le paraba los pies. El tipo de interacción no hacía pensar en un rollo sexual entre ellos. Parentesco, amistad previa o que el tipo era un calzonazos, o en términos más técnicos, tenía un grave problema de falta de asertividad.

No sé si por efecto de las llamadas a organizar mejor su vida de la sargenta juvenil de la otra mesa o por mi propio Pepito Grillo pensé que lo mejor era ir pidiendo cita con mi médico de cabecera para comentar la eco, así que me metí en la página de gestión de citas del Insalud desde el Iphone y reservé con más de una semana para dar tiempo a que subieran la eco y el informe.

Cuando llegó el momento de ver a mi médico, resultó que aunque un icono anunciaba la presencia del archivo de mi eco, a la hora de pinchar daba un mensaje de error de archivo no disponible… Acabáramos. La imagen estaba mal subida, o los permisos de acceso eran incorrectos. Y del informe (en PDF) no había ni rastro. La médico me dijo que bajara a Atención al paciente a pedirles que reclamaran el informe y que dejara mis cosas en la consulta.

Mi visita a Atención al paciente fue toda una experiencia tirando a cómica porque todo parecía regido por la ley de Murphy o haber sido fabricado por marca Acme: no tienen el teléfono de los centros colaboradores, el centro colaborador no tiene web, la red va a pedales, en los impresos de citas con este centro el teléfono que aparece es del Hospital Clínico de Madrid, cuando a la enfermera peculiar pero voluntariosa se le ocurrían otras vías la tenían con musiquita todo el tiempo, luego ella decía buenos días (aunque eran las cuatro y media de la tarde) y apenas acertaba a explicarse pese a que hubiera explicado lo mismo a varias personas antes y después de mucho pasarle de uno a otro y repetir la historia finalmente consiguió localizar el centro y hablar con ellos, pero resultó que la gente de las ecografías no trabajaba los viernes

En todo este proceso debían haber transcurrido por lo menos unos quince minutos y de repente apareció por allí mi médico alarmada por la demora. Se puso al teléfono y señaló firme pero educadamente que los problemas de acceso a los archivos estaban ocurriendo muy a menudo y tal y tal.

Mientras discutía me pidió que subiera a su consulta y eso hice. La puerta de la consulta estaba entreabierta y allí seguían mi bolso y mi abrigo. Fuera había un par de pacientes con cara de pocos amigos. Sin hacerles caso, pero sintiendo su mirada clavada en mi cogote, entré en la consulta y me senté.

Al rato volvió la médico, me explicó los problemas técnicos que tienen con algunos centros colaboradores, le conté el incidente en la piscina con mi pie derecho y me lo estuvo examinando. Dijo que era una contusión y que iba muy bien y se reabsorbería sola. Hubiera hecho algún chiste sobre la capacidad de regeneración de las extremidades de las lagartijas, pero no estaba la cosa para chistes, con aquellos pacientes con cara de cabreo en el pasillo…

Respecto al hombro ya veríamos, dijo, pero habrá algunas cosas que no puedas hacer.
En fin, pediré cita para dentro de unos días para dar margen para que reclamen y algún espabilado descubra cómo hacer para que los archivos se puedan abrir sin problemas

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Tras día y medio de tratamiento de choque a base de hielo, antiinflamatorio y reposo relativo (además de un protector de estómago, no vaya a ser) me empiezo a encontrar mejor.
Cada vez me parezco menos a Chiquito de la Calzada en mi forma de caminar y afortunadamente cada vez me alejo más de la trayectoria vital del personaje de Amanece que no es poco arrancado prematuramente del bancal de Pastora Vega que no hace sino repetir “cojito para toda la vida”.
Aunque a muchos les resultará incomprensible, tanto reposo me abruma, y pese a lo agradable que es por una parte quedarte en casa por la tarde y ahorrarte el frí­o exterior, no tener prisa y no tragarte las apreturas del metro y demás, la lagartija con dedos de percebe se aburre con tantas horas de inactividad fí­sica y tanta escasez de estí­mulo externo. La lagartija Elsie necesita salir a explorar nuevas tapias, escudriñar nuevas piedras. O empezaré a parecerme a un reptil disecado…

Ansiosa o no, todavía me queda una cierta reserva de sentido común y hasta que mis dedos lesionados no recuperen un “pantone” más tirando a color carne (han pasado de morado-verdoso a una especie de granate), una resistencia estándar al contacto con el zapato y al movimiento en general no recuperaré mis actividades extraescolares.

Pero en fin, ahora mismo entrar y salir libremente o poder subir y bajar escaleras me parecen lujos maravillosos. Qué contenta voy a estar en un par de días cuando pueda caminar sin problemas. Hay que ver lo relativo que es todo, quién me iba a decir a mí hace unos di­as que me parecerí­a maravilloso poder caminar…
En fin, valoremos lo que tenemos y digamos aquello de “virgencita, que me quede como estoy”.

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Piscina de pitufos 1, Elsinora 0.
Ya sabía yo que esta pileta de menos de un metro de profundidad y yo no estábamos hechos la una para la otra. Anoche tuvimos nuestro primer asalto y sí­, por ahora voy perdiendo. Concretamente he perdido el esmalte de cuatro dedos del pie y la dimensión y color habitual de dos dedos. Ahora están morados e hinchados y recuerdan vagamente a percebes.
Mi conversión al sector del marisco de lujo fue una consecuencia de un par de carreritas que teníamos que dar por la piscina, con salto sobre colchoneta en medio. Lo de correr estuvo Ok, pero en el momento de levantarse tras hacer la plancha sobre la colchoneta a una velocidad supersónica que habí­a en el medio no recordé que estaba en una piscina de pitufos y los dedos del pie derecho aterrizaron sobre el suelo. Ya puestos, para garantizar un servicio completo de pedicura, el limado de uñas y golpeteo de dedos tuvo lugar a la ida y a la vuelta. Aunque la cosa podrí­a haber sido peor si me hubiera dado con la rodilla, una posibilidad ya explorada en el pasado (Madame Betadine en Pekí­n).
Así que nada, me paso el tiempo poniéndome hielo en el pie (para que los percebes se mantengan fresquitos), voy al trabajo en taxi y de momento estoy anulando todas mis actividades extraescolares. El hielo resulta muy eficaz, pero con el frí­o que hace, apetecer no apetece nada.
Y otra cosa, no sé si tuvo que ver, pero justo ayer Massiel nos obsequió con su presencia en la piscina. Fue una visita muy breve, porque la tipa se presentó completamente vestida y con zapatos de tacón (y un acompañante). VenÃía como quien viene a comprobar lo bonito que le han dejado a uno el seto de su chalet, con una sonrisa autocomplaciente y de persona que cree tener derecho a hacer lo que hace. Enseguida se acercaron a Massiel las fuerzas vivas de la piscina, léase un socorrista bajito y bastante intransigente con el que tuve unas palabras el otro día, pero eso ya es otra historia.
En fin, mis percebes y yo nos retiramos para entregarnos a los chupitos de Ibuprofeno on the rocks… Sean felices y tengan cuidado con los suelos engañosos.

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Señores inventores:
Tengo una petición muy especial para ustedes. Necesito una peluca que se autoseque o un tratamiento capilar que haga que mi pelo se seque rápidamente al salir de la piscina.
Con el frí­o que está empezando a hacer, está claro que ya no va a ser posible salir con el pelo a medio secar con el secador de mano…
En fin, alégrenme la temporada de otoño-invierno de piscina, hagan el favor ;-)

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Parece que hubiera pasado un siglo desde el “desconcierto total” al descubrir que esta piscina de Pin y Pon iba a ser el escenario de nuestras operaciones en los próximos meses. En otras palabras: a la hora de corretear por la piscina de los pitufos persiguiendo a la otra mitad de la clase lo hago como con más energía y seguridad. Y en las coreografías a veces acierto la coordinación brazo pierna a la primera (hasta incluso). Un pequeño paso para la humanidad pero uno enorme para mi cerebro descoordinado.
El jueves pasado, víspera de festivo (El Pilar), la profe había dicho que obsequiaría a quienes no hicieran puente con una clase de Batuka. Dicho y hecho. Estuvimos muy poquitos, o mejor muy poquitas, porque el único hombre del grupo no vino. De Richard que es todo un personaje ya hablaré. La cosa es que ahí estábamos en el vaso pequeño tratando de enterarnos de la pequeña coreografía de ese baile-ejercicio llamado Batuka (marca registrada). “Patada derecha, patada izquierda, derecha y giro a lo Bisbal” empieza a decir la profesora.
Al oír aquello, la antigua Elsinora hubiera fruncido el ceño, como en el momento Paquito el chocolatero en las bodas años atrás, pero por algún motivo en mis años en la Pérfida me abrí al disfrute de las cosas sencillas como Pocoyó (doblado por Stephen Frears, eso sí), al humor físico y a cierta tendencia a tratar de divertirte sin juzgar la calidad estética o musical del momento. De intelectual exquisita a disfrutona todoterreno. Supongo que en parte esa transformación tuvo que ver con estar lejos de tus amigos, tus sitios favoritos y tus referencias. A algo había que agarrarse. Adaptación al medio, mezclada con una especie de maduración. La cosa es que aunque Bisbal me sigue dando un poquito la muerte (los grititos, la nariz de berenjena, esa felicidad rústica y boba que desprende), me limité a tratar de hacer lo que se me pedía y a pensar que la profesora nos pedía ese movimiento con esas palabras con un objetivo global concreto: aprender una coreografía con diversos pasos (este es el subterfugio intelectual que aún necesito para que mi coherencia no se resquebraje, supongo).
Una vez dominado esto había que sustituir el momento giro Bisbal por un movimiento de twist (girar las caderas y descender). “Lo siguiente es caminar hacia atrás sacudiendo el pecho y…”, explicaba la profe sacudiendo su ancho torso de pecho voluminoso frente a nosotras, dando la espalda a la piscina grande.

Aquí me quedé clavada. “¿Sacudiendo el pecho? ¿A qué viene esto ahora, a las ocho de la tarde y sin luces de colores, ni bolas de espejo? ¿en bañador y con el agua a mitad de la pierna? ¿ein?”. Estas y otras preguntas se agolpaban en mi mente, mientras de fondo sonaba en sordina la música de la batuka de marras.
No es sólo que nuestra pileta dé justo a la piscina grande en la que los nadadores pasan mucho tiempo observándonos fascinados, ni tampoco que mi bañador de lycra tipo faja ajustada esté genial para hacer deporte pero te deje la “pechonalidad” a media asta, aplastada física, moralmente que diría Chiquito, sino que, en fin, algo de naturaleza física, emocional o mental, pero en todo caso muy real me impedía dedicarme en serio a ese sacudir absurdo del pecho sin venir a cuento, así que inventé una opción alternativa y seguí adelante. Miraba a mis compañeras moverse tan panchas ajenas a todo, como si estuvieran bailando en la disco del pueblo y como si lo más normal es que la clase de aquagym fuera una disco de pueblo en la que uno baila en bañador. Quizá es que me he vuelto más inglesa de lo que creo y por eso he perdido completamente la capacidad de bailar… sobria. Pero, claro, lo que me faltaba era ponerme a beber alcohol antes del aquagym. O a lo mejor es que mi sentido del ridículo necesita otra vuelta de tuerca o que sigo bajo la invisible influencia de la cultura de las “bragas católicas“.

Mientras yo pensaba todas estas cosas, la profe nos estaba contando la historia de…

Continuará.

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Tengo una noticia buena y una mala. Ah, no que eso se le dice a otra persona y no a uno mismo. Y esto en realidad es para mí­ misma. Bueno, ya puestos seguiré con este enfoque.
La buena noticia es que por fin pude ir a que me hicieran la famosa ecografí­a y la mala es lo que encontraron. Bueno, mala mala no es que sea, es más bien preocupante, preocupante pero no alarmante, como decía aquel. En fin, que mola saber lo que tienes pero hubiera preferido tener otra cosa… Pero, claro, los diagnósticos no son el teletienda y uno no puede elegir lo que le apetece… (aunque bien pensado, en el teletienda tú eliges algo y lo que te mandan no es ni la quinta parte de lo que creíste comprar, así­ que elegir elegir…).

La radióloga, tras frotarme el hombro con un aparato y disculparse por estar apretando mucho “pero es que como eres tan delgadita” (¿delgadita yo?, me dieron ganas de enseñarle los michelines, pero me contuve a tiempo; por delgadita querí­a decir huesuda, supongo, porque huesuda soy un rato), me mostró en su bonita pantalla una masa grisácea, alargada, que de repente se volví­a discontinua. Vamos, que tení­a un agujero. Un pequeño agujero. Lo gris de repente dejaba de ser gris y se volví­a negro. Para mayor claridad lo delimitó con un lazo como los de Photoshop gracias a un joystick del teclado.
Y os preguntaréis, ¿qué era lo gris? Lo gris era el tendón del músculo supraespinoso, uno de los músculos del hombro, uno de los tres elementos de los llamados manguitos rotadores (cuya función es básicamente esa: permitir rotar el brazo hacia atrás y hacia delante, como cuando nadas a crol, mi estilo favorito). Un tema espinoso, en cualquier caso.
La radióloga me pidió que siguiera poniendo posturitas con el brazo para terminar de rematar el retrato del “culpable”, pero definitivamente el veredicto terminó siendo el de desgarro del tendón del supraespinoso. Un desgarro pequeñito, rodeado por una lí­nea de puntos como los lazos del Photoshop, pero que, entre tú y yo, me da cierto mal rollo.
Me dijo que esta afección no se opera y que se trata con rehabilitación y que ya me contará mi médico.
A ver qué tal.

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Devuélvame mi axila, señorita -pensaba yo a voz en grito internamente, tirada sobre aquella camilla cubierta con papel como las mesas de los bares, mientras la joven me aplicaba no sé qué mejunge en la axila derecha.
Había pedido cita en un centro al que voy a veces a que me den masajes (véase el chino que me achuchó), en el que también imparten Pilates y cuentan con servicios de estética, para que me informaran de los tratamientos disponibles en depilación láser y los precios, vieran mi tipo de piel y me contaran la metodología. Así pues, yo venía preparada para una charla educada sentada en una silla en un pequeño despacho, mucha sonrisita y mucho lugar común sobre pieles sensibles, lo engorroso de la cuchilla o la cera y lo buena que es la natación para todo pese a que te obliga a ir depilada siempre y también para ese punto crucial en el que preguntas el precio y el interlocutor no quiere estropear todo lo que ha ido construyendo hasta ese momento diciendo una cifra global de tratamiento cerrado que suena realmente caro. Venía incluso preparada para que me pidieran desnudarme en algún momento para ver el tipo de piel y de vello y ser objeto de un examen profesional breve y volver a vestirme rápidamente.
Así que imagina lo que me pasó por la cabeza cuando en lugar de lo anterior, lo que me encuentro es un pequeño gabinete con una camilla y un aparato grande, una joven dinámica tirando a rolliza que me pregunta dos cosas a toda prisa y declara que me va a hacer una prueba de tolerancia y que qué prefiero, axila o ingle, como quien pregunta si prefieres muslo o pechuga del pollo que van a trinchar.

Me resisto un poco diciendo que he venido solo a parlamentar, pero la veo tan decidida que le digo que muslo, muslo con patatas quiero decir, axila, siempre será menos heavy entregar tu axila a una extraña de buenas a primeras…
Mientras empieza a embadurnar mi axila derecha con algo pringoso y yo trato de respirar hondo y tranquilizarme sobre la camilla y me alegro de que el experimento sea con la axila del hombro bueno, pienso que hubiera sido muy apropiado decir aquello de “se puede hablar sin tocar”, como decía un amigo mío, pero enseguida añado que esto tampoco hubiera detenido a la jovenzuela. Me hago ver a mí misma lo curioso que es que en este tipo de situaciones me dé por utilizar términos decimonónicos (parlamentar, jovenzuela), viendo que para resistir a estas invasiones de la intimidad de la “modernidad” (y a este no respetar los ritmos de cortesía habituales) mi reacción institiva ha sido aferrarme a los polisílabos y arcaismos como una forma de dejar claro que no pertenezco al mundo de estas prácticas “salvajes”.

Se oyen algunos pitidos, veo a la jovenzuela inclinarse sobre el aparato y al poco empieza a proceder. Proceder significa que te da unas gafas de sol algo sucias, y luego hace barridos de tu axila durante un rato con la cabeza del aparatejo del demonio arriba y abajo. En algunas pasadas ni te enteras, pero en otras es como si te estuvieran mordiendo con unos dientes diminutos en medio de la axila (alguien eligió axila de Elsinora con patatas en lugar de muslo, por lo que se ve). Y lo peor es el olor, un olor a pelo quemado podrido que no acompañaría nada la degustación de muslo, pechuga ni axila… y que en cambio invitaría a hacerse vegetariano de inmediato.
Mientras me deleita con sus barridos-dentelladas y con ese olor a cuerno quemado la jovenzuela decide añadir un nuevo ataque sensorial y empieza a saturar mi oído con información sobre lo que debo hacer en lo sucesivo, comenta no sé qué de aloe, y no sé qué de rosa mosqueta (aderezos para el muslo-axila de Elsinora, será) sin que yo apenas registre nada de lo que dice porque desde luego soy incapaz de prestar ninguna atención a esa información verbal mientras algo muerde mi axila y me atufan con armas químicas procedentes de la combustión de mis propios folículos pilosos.
Ya está -dice en medio de mis reflexiones, me pasa otro papel por la axila, apaga el aparato, se quita los guantes y me devuelve por fin mi axila, más o menos sana y salva-. Observa si te da reacción en los próximos días y si te animas, yo vengo al centro una vez al mes. El tratamiento se hace cada ocho semanas, que es lo que el pelito suele tardar en salir y…
Ella sigue hablando, pero yo me pongo a pensar en lo curioso que es que en este tipo de sitios se empeñen en llamar “pelito” al pelo, o “manita” a la mano, para no resultar bruscos, pero en cuanto te descuidas te dejan en pelotas y te escanean la axila (o la ingle si no andas bien de reflejos).
Cuando vuelvo a conectarme a la conversación está diciendo que el precio son 89 euros por sesión de las dos cosas, axilas e ingles. Le pregunto si no tienen un precio cerrado por zonas, me dice que no, que cada persona necesita un número de sesiones distintas y que cada uno paga lo que necesita. Qué ecuánimes.

Salgo de aquel lugar pensando en la novela “La soledad era esto” de Millás, en aquella escena en la que la protagonista se depila una sola pierna y va por la vida así, la sensación de extrañeza que le produce. Es lo que tiene tener un background literario, que te llevas las referencias siempre al mismo sitio. También recuerdo “Amanece que no es poco” porque creo que nunca he pronunciado ni escuchado tantas veces la palabra “ingle” salvo en esta película. En fin, me siento mucho más simétrica desde que la jovenzuela me devolvió mi axila.

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He empezado en mi nuevo horario y como diría un inglés hay todo un mundo de diferencia.
Llego a la piscina con luz, lo que en una piscina normal sería irrelevante, pero es que ésta, como os contaba aquí (http://bdbaloncesto.com/minoentender/?p=1295 )
es una piscina de diseño y tiene una vista fantástica al centro de Madrid, la Red de San Luis, Gran Vía y demás. Por si fuera poco, por otro de los lados ves un jardín muy cuco que las instalaciones deportivas comparten con el Instituto de Arquitectura y una especie de biblioteca de diseño y una sala de exposiciones. Recorro el perímetro de la piscina y el spa toda seria, con mi bañador Arena, mis chanclas y mi gorro de látex, tan fascinada como quien observa París a sus pies desde la Torre Eiffel. La gente sigue dando brazadas, entrando o saliendo de la piscina, quejándose ante un compañero de alguna pequeñez en algún rincón, ajenos a la belleza que les rodea.

Otro cambio importante es que mi famoso “vaso de enseñanza” (esa piscina para pitufos cuya agua te llega por la rodilla), en lugar de contener una versión de nosotras mismas dentro de 45 minutos estirando, como solía ocurrir cuando venía a las nueve y pico, ahora está vacía y no hay ni rastro de mi profesora. (Vacía vacía seguro que no está, que alguna partícula extraña andará flotando con tanto tute que se lleva esta pileta, pero mejor no pensarlo).
De pronto mi profesora se materializa en el extremo de la piscina grande, seguida de una estela de críos que no tendrán ni cuatro años. Se materializa ella o la mitad de ella, porque al principio es solo una cabeza que asciende por la escalera y luego al salir se desdobla, multiplicando su altura por dos hasta ser el equivalente a dos niños. Se dobla y desdobla todo el tiempo porque se agacha para indicarles lo que tienen que hacer, les agarra del brazo y demás. “Coged las chanclas y las toallas”, les está diciendo. En ese momento me ve, una figura pálida y de altura adulta en bañador y gorro azules, con tape rojo sobre el hombro izquierdo. -Hola, ¿qué tal tu hombro?
Mientras empiezo a contestarle pasan dos cosas, ella se dobla de nuevo para agacharse y encender el altavoz de la música y aparece un niño a un palmo de mí, señala sus chanclas diminutas en el suelo y me explica muy contento que se le había olvidado cogerlas.
El grupo de esta hora es muy parecido al que tenía antes. Y como la profe es la misma la clase tiene un gusto muy parecido al de otras veces.
Cuando salgo, ya duchada, vestida y peinada me encuentro con una compañera del otro turno que entra. Me llama traidora entre risas y se va hacia el vestuario.
Al llegar al hall el murmullo musical que se oía desde arriba cobra intensidad y se vuelve reconocible. Es música de violonchelo en directo. Proviene del jardín que comparte el polideportivo de diseño con el Colegio de Arquitectura, de mayor diseño todavía. En una pequeña loma del jardín está sentada de espaldas una chica con pelo largo tocando un violonchelo con una blusa vaporosa que se mece con la melodía.
Se ha ido el sol, y hay grupitos de personas sentadas en poses diversas escuchando la música, entre ellos el actor que hacía de Gonzalo en “Siete vidas” o de Doctor Pichín. Los asistentes son de distintas edades y todos ellos van bastante arreglados. Soy la única con el pelo mojado y con mochila, eso sí. Me acomodo en un rincón y bebo agua mientras escucho la música grave. La vibración intensa del chelo rebota contra el cristal del patio, contra mi ropa y contra la botella de agua. Hasta el agua vibra con las notas del instrumento.
Qué maravilla de noche de martes.

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-¡¿A quién se le ocurre…?!

Ahí estaba yo despotricando para mis adentros contra una pedorra que se me habí­a colado en la taquilla de la piscina. Querí­a saber si podrí­a cambiarme a una hora más normal de aquagym, pero justo cuando volví­ del cartel al empleado se me habí­a colado una mujer de mediana edad que tení­a muchas preguntas, ninguna prisa y sobre todo una escasa capacidad de comprensión.
Preguntaba una y otra vez los detalles para cambiarse de aquagym a natación. El empleado le explicaba que eso en realidad era cambio de actividad y no un cambio de horario y que por tanto tenía otro dí­a fijado para su gestión, pero parecía que la mujer era incapaz de pillarlo. Tampoco parecí­a entender cosas tan sencillas como que para meterse en una clase de natación tuviera que hacer una prueba de nivel (ella, además, esperaba meterse en el nivel 2; el más alto).
Los minutos pasaban y lo único que progresaba era mi impaciencia. Tení­a que pasar a cambiarme para mi clase de Aquagym pero ahí estaba la tipa, preguntando sin cesar y apuntando sin cesar a dos por hora en un cachito de papel como quien quiere hacer una tesis doctoral sobre los pasos para cambiarse de actividad deportiva.
Yo notaba que me estaba alterando. Era una lagartija que se retorcí­a nerviosa. Cada vez que miraba el reloj se me aceleraba el pulso y temí­a estar farfullando en voz alta mis quejas contra la pedorra. Hací­a calor y tenía prisa, así que empecé mi propia versión de strip-poker.
Por cada pregunta de la pedorra yo me quitaba una prenda. Según preguntaba la fecha, me quité la mochila. Mientras se informaba de los dí­as para la prueba de nivel me quité la chaqueta. Cuando estaba a punto de quedarme en bañador frente a la taquilla afortunadamente la buena señora empezó a dar las gracias y a guardarse el papel con las notas (”el conceto es el conceto”, que decía aquel).

El empleado me confirmó que habí­a hueco para el mes siguiente a una hora más normal, como ya había visto en el cartel y me indicó que tení­a dos días para cambiar la hora. Eso sí -señaló-, abrimos la taquilla a las 7 de la mañana, y las dos plazas que hay se llenarán por orden de llegada, así que…

El dí­a siguiente, viernes, había huelga de metro y autobuses de 6 a 8 de la mañana y además amaneció lloviendo, así­ que decidí­ ir más tarde, por más que de este modo me arriesgase a perder la plaza.
Afortunadamente cuando fui al mediodí­a a cambiarme de hora todavía quedaban algunas. En fin, los pobladores de piscinas públicas (incluída yo misma) nunca dejarán de sorprenderme

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O mejor, mujer de un solo ser humano, miembro o miembra ;-)
El otro dí­a tuve clase a solas con La Bruja. Qué miedo, diréis quienes hayáis leído el post “Me sube la bilirrubina“. Quienes además de este post hayais leí­do “Me gusta tu camiseta” simplemente no sabreis qué pensar. Yo, como soy de natural optimista, no pensé nada y me limité a ver qué pasaba.
Sí­ os puedo adelantar que acabé la clase colgada.
No sé qué les ocurrirá a Naaachoo y a Sonia para no poder venir a unas clases tan caras. Sara ya había advertido que no podí­a venir.
La cosa es que tuve una clase estupenda. La profe me estuvo explicando un montón de cosas y la luz se abrió paso en mi mente, es decir que he empezado a entender algunos movimientos que antes simplemente hací­a a lo tonto.
Me gané unos cuantos “magní­fico, Elsinora” y además la profe me contó que como somos pocos alumnos y muy distintos en cuanto a fí­sico y forma de trabajar va a intentar dedicarnos un dí­a a cada uno en especial. Eso podrí­a explicar la desviación descarada pro Naaachooo del otro dí­a.
Sea como fuere, terminé la clase colgada. Literalmente. En el aparato llamado Cadillac hay dos tiras como de borrego suspendidas de la parte superior. Te meten los pies ahí­ y te cuelgan para estirar bien la espalda. Sienta muy bien… En mi caso lo de colgarme tení­a como objetivo suavizar la hiperlordosis, es decir reducir el arco excesivo de las vértebras lumbares. Salí de la clase encantada de la vida y relajada… Pero, eso sí­, al dí­a siguiente tení­a agujetas en las piernas y hasta en músculos que no sé cómo se llaman.

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    -Me encanta tu camiseta.

Levanto un poco una ceja de lagartija, convencida de que mi profe de Pilates, más conocida como La Bruja, está hablando con alguna de mis compañeras. Pero me mira a mí, con una sonrisa que parece sincera. Esto es nuevo y no sé cómo interpretarlo. ¿Qué estará tramando?

    -Ah… -acierto a decir únicamente, pensando que después de la que me montó el último día tiene que haber gato encerrado, y ya se sabe que lagartijas y gatos no son una buena combinación.
    -Llevas siempre camisetas coloristas, cuando en España casi todo el mundo las lleva de tonos apagados.
    -Ah… -sí, ya sé que no estoy muy locuaz, pero es que la cosa me ha pillado por sorpresa. Trato de encontrar algún comentario ingenioso que relacione mis camisetas con algo de lo ocurrido en clase el día anterior, como una forma de justicia poética o de reivindicación simpática, pero al final no digo nada, recordando que una de las cosas que me dijo fue que no hablara en clase. Contención, amigo conductor ;-) o simplemente es que me falla el ingenio…

Hoy no ha venido Naaachooo El Magnífico; tal vez no haya podido digerir aún el atracón de ego que se llevó la semana pasada. Quizá simplemente lo que ocurre es que la profesora necesita encontrar un destinatario favorito para sus alabanzas y por algún motivo, la altura quizá -desde luego no la falta de hombros ni la nula expresividad-, soy quien más le recuerda a Naachooo. O simplemente aplica una táctica de palo-zanahoria con sus alumnos y esta semana me toca zanahoria (y como Naaachoo sabe que le toca palo, prefiere retirarse discretamente hasta que cambien las tornas).
Sea cual fuere la razón, de repente, hoy que tenemos sesión con las sillas Wunda -el aparato que peor se me da con diferencia (porque es raaaroo raaaroo ;-) aquí enlace, resulta que me he convertido en un hacha del Pilates.

Los “muy bien Elsinora” llueven ya desde la parte preparatoria en suelo, aunque me parece que no recibo ningún “magnífico”. A mis compañeras también les caen comentarios positivos, especialmente a una de ellas, que es la más simpática de las dos. Y desde luego cuando les corrige no amenaza con matarlas como a mí. Aunque eso sí, a la menos simpática de las dos compañeras la profesora el otro día amenazó con darle un beso porque, al parecer por primera vez en mucho tiempo, no había subido los hombros indebidamente. Esta profesora se lo toma todo muy a pecho, por lo que se ve.

Según va transcurriendo la clase no termino de entender a qué obedece tanto “bien, Elsinora” pero, eso sí, intento no moverme mucho, controlar adónde dirijo la vista y centrarme en lo que hago siguiendo los consejos-bronca de mi profe. En el suelo es fácil controlar la mirada, porque simplemente miras el techo. Subida a la Wunda (una especie de silla con pedales de muelles y otros cacharritos), más te vale dirigir bien la mirada al artilugio para no salir propulsada de mala manera contra la pared o el espejo (aunque bien pensado, en mi calidad de lagartija no debería tener demasiado problema con eso… ahora que “caigo”). Y tampoco es mucha la tentación de moverse demasiado sobre la silla de marras, por lo que pueda pasar.
Así que, en fin, parece que mi profe ha decidido quitarme las orejas de burro por un tiempo y emplear conmigo el refuerzo positivo. Esperemos que dure. Pero me da a mí que esta mujer es tirando a bipolar, aunque saber, sabe un rato, eso es indudable.

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Como os comentaba hace días, traspapelar mi volante para una ecografía de hombro me devolvió a la casilla número 1 del tablero y me deparó varias miradas de esta-mujer-se-chuta por el camino y me hizo “perder” una tarde de viernes. Las comillas son porque en realidad no perdí esa tarde, sólo la reinventé, como se dice ahora. Implementé cambios de última hora, como también se dice. La rediseñé, en definitiva, como en plan “redecora tu vida” de Ikea pero en tarde de viernes.
Así que el otro día volví al ambulatorio. Previamente había recuperado mi volante, que se había quedado traspapelado entre el fondo de la cajonera y el propio cajón (el cajón estaba muy lleno y se ve que los papeles decidieron ir en busca de un lugar más espacioso en la parte de atrás…). Recuperar el volante me tranquilizó, debo decir, porque además de evitarme tener que pedirle a mi médico que saque un duplicado de ese documento tan secreto y probablemente aguantar una pequeña reprimenda por su parte, quiere decir que todavía hay esperanza para mi capacidad mental

En el ambulatorio me tocó esperar casi una hora entre la habitual parroquia de estos sitios hasta ser atendida. Esperar a entrar a ver al médico en medio de conversaciones en chino, bebés que lloran, ancianos con aspecto de estar idos, niños que se estampan contra el suelo con gran estrépito, toses sospechosas, compañeros de asiento que no entienden qué hay de malo en sentarse encima del vecino y gente que te pregunta con aire inquisitivo a qué hora tienes cita con afán de colarse son situaciones que me ponen nerviosa por más que me esfuerce en respirar hondo y estar tranquila.
Sin embargo esta vez tuve una pequeña alegría en forma de una compañera de asiento de unos treinta y muchos, simpática y probablemente norteamericana, que hablaba en inglés con su hija de unos tres años, que era un encanto y andaba empeñada en darle chocolate a su osito e iba locutando cada interacción con el peluche con su media lengua. La madre le pedía en inglés que hablase con ella en este idioma y la pequeña le contestaba en español que no hablaba inglés. La conversación era muy divertida y dejaba claro que la niña entendía perfectamente a su madre pero le daba pereza hablar en inglés en medio de un contexto tan hispanohablante. Me acordé fugazmente de los colegios supuestamente bilingües de nuestra recién dimitida Esperanza.

Sea como fuere finalmente me tocó el turno. Mi doctora fue muy comprensiva, me estuvo palpando el brazo y observando mis movimientos, escribió en el volante el hombro correcto y me pidió que esta vez no traspapelara el documento. Al parecer, los del centro diagnóstico cuelgan la prueba (en lugar de dártela impresa) y la ves con tu médico en la consulta. Esta doctora es la típica persona que parece haber nacido para médico, una persona tranquila y sensata que te da buen rollo… A lo mejor es que es una médico-veterinaria especializada en tratar a mujeres-lagartija.

Bajé a Atención al paciente (impaciente en mi caso) y cuál no sería mi sorpresa cuando me toca el turno, le paso los papeles a la empleada, mira la pantalla y me dice:

-No le puedo dar cita porque la web del Clínico no funciona.
-¿Ein?
-No funciona.
-Pero, estoooo… ¿Cuánto puede tardar en volver a funcionar?
-Como comprenderá -la cara de asco se intensifica- No tengo ni idea.

Yo esperaba algo del tipo: “pasa a menudo y suele tardar tanto o tanto” o “no pasa nunca y por eso no tengo ni idea de cuánto puede tardar” o “llevamos toda la tarde con problemas con la red”, o “inténtelo en veinte minutos” o “este es el teléfono del Clínico, pregúnteles a ellos”. Pero por supuesto esto es España y no Reino Unido (donde los políticos dimiten por llamar plebeyos a los empleados de Downing Street o piden disculpas por incumplir el programa electoral en algún punto…) y además con los recortes de sueldo el personal está especialmente irritable. Todo se zanja con un “Vuelva usted mañana” (como en el artículo de Larra) o si uno se pone insistente, con un “Multiplíquese por cero“.

Con la misma simpatía me indica además que este tipo de citas no se puede obtener por teléfono. Al día siguiente ya tengo mi cita para la ecografía y por una vez mi optimismo se ve confirmado por la realidad (querida Simoneta ;-) y el centro diagnóstico asignado está más cerca de casa que el de la otra vez, realmente muy cerca.

Hago una fotocopia del volante y de la cita y la guardo en lugar seguro, no vaya a ser…

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-Elsinora -grita la Bruja, vulgarmente conocida como mi nueva profesora de Pilates-. Te voy a matar.

Como broma una vez estaba bien, ya se sabe que cada maestrillo tiene su librillo, pero la tercera vez que te corrigen a voces ya empiezas a mosquearte. Sobre todo si lo siguiente que oyes es:

-Magnífico, Naachoo. ¡Muy bien!
Y si levantas la vista para ver qué es eso tan magnífico te topas con el pasmarote de Nacho, haciendo cualquier cosa de lo más normal…
Pero vayamos por partes, que como vengo indignada me lío.

Un poco de contexto para que os ubiquéis. Un fenómeno poco estudiado pero evidente para cualquier persona que haya frecuentado clases pequeñas de Pilates (en las grandes no hay tiempo para corregir individualmente y la cosa se diluye) es que en esos grupos reducidos, las profesoras mujeres se mueren por los huesos de sus (pocos o únicos) alumnos masculinos. Es un hecho comprobado. Todo lo hacen bien. Todo el rato les quieren corregir, ayudar… tocar, en definitiva. Es como un complejo de Electra a lo Pilates… Todo lo que él hace es fascinante y maravilloso. A la atracción normal tío-tía, se une el valor de la escasez e imagino que también influye que quieren tratarles especialmente bien para que no se vayan y al quedarse puedan arrastrar a otros amigos masculinos al gimnasio.

Por mi parte, aun sin ser profesora de Pilates, cuando hace unos días me tuve que cambiar de grupo y vi que había un chico en él me alegré a fondo perdido, en abstracto y es que está bien tener algún hombre en clase for a change, aunque el tipo me pareció una seta, una seta tan alta como un poste de teléfono y tan seca como él.

El poste de teléfono tendrá unos cuarenta tacos recién cumplidos, pelo blanco prematuro, la piel ligeramente morena y buenas piernas. Pero el rasgo principal de Naaachooo es que es una seta, y presuntuosa, además, como descubrí después. Es un tipo al que te imaginas poniéndole sellos a un formulario, metiendo datos en una hoja Excel pero desde luego no haciendo nada medianamente interesante, original ni creativo. C´est pas grave, que diría un francés, no todo el mundo va a ser la alegría de la huerta, ni un Einstein en potencia, pero hay que mencionar además que Naaachooo es un tío sin hombros, y por ahí sí que no paso…

Cuando digo que no tiene hombros no me refiero a que los tenga caídos o pequeños, sino que en lugar de ser horizontales son triangulares (de leptosómico, creo que se dice). Eso para mí viene siendo carecer de hombros. El tío sin hombros, además, no interactúa, no sonríe, no te mira, no frunce el ceño, ni siquiera estornuda… Saluda al irse, pero no al llegar, cosa curiosa. Naachooo se limita a obedecer puntualmente las órdenes de la profesora y a dejarse regalar los oídos con los “fenomenal, caballero”, “magnífico, Naaachooo”, merecidos o no y a convencerse de que se los ha ganado.

Pero seamos justos, pese a mi (justificadísima) indignación reconozco la eficacia de Naaachooo. No sé cuánto tiempo lleva en este grupo y qué porcentaje de su acierto tiene que ver con que conoce los movimientos y los ha practicado al estilo de la Bruja decenas de veces, pero hay que reconocer que trabaja bien y comete pocos errores. Es una especie de autómata bien entrenado. Por supuesto no merece los “genial, Naaachooo” que brotan de los labios de La Bruja cada cinco minutos, ya que con frecuencia la postura que tiene no parece correcta, ni simétrica, por ejemplo y además le tiembla todo el cuerpo… Pero las alabanzas no dejan de llegar, por alguna razón.
En cualquier caso, cuando somos cuatro la descarada predilección por Naachoo me da un poco igual, la Bruja nos corrige a cada una lo suyo, alaba todo el tiempo a Naaachooo, me dice que me va a matar porque he hecho no sé qué mal, felicita a Sandra por X, corrige a Sonia por Y y la clase va avanzando y el orden universal y el equilibrio hombre-mujer no se altera mucho: Naaachoo supongo que se irá contento a casa, flotando gracias a su ego hinchado, Sandra y Sonia, como no tienen ego-globo para volver volando se ponen sus zapatillas y se van y yo me pongo las mías contenta porque aunque me está costando cogerle el truco a esta mujer tan extraña que se empeña en cambiar todos los ejercicios y en decir que me va a matar cuando hago las cosas incorrectamente o de una forma distinta a como a ella le gusta, se nota que sabe mucho y que se toma muy en serio su trabajo. Y se ve que me riñe con cariño (aunque no domine las formas, la verdad).

Pero hoy que hemos estado solos la seta y yo en clase, más La Bruja, y los “genial, Naachooo” salían como por un surtidor de su boca y a mí no hacía más que llamarme lagartija (dice que me muevo demasiado), decirme que no mueva tanto los ojos (???) y advertirme que como no haga tal cosa de tal forma me va a matar (sé que no es literal, pero tampoco me parece pedagógico, la verdad).
Por si fuera poco, estas impertinencias de La Bruja han sacado un par de veces al hombre poste de su mutismo de palitroque con sangre de corcho y ha soltado una pequeña risita… Se ve que a este Naachoo se le ha subido a la cabeza lo de ser el ojito derecho de la profe y que vive feliz ignorando que carece de hombros… Al menos espero que se pregunte por qué le quedan mal todas las camisetas y todas las chaquetas sin hombreras del mundo mundial. Y que se gaste una pasta en ropa a medida jur jur.

Volviendo a la regañina con que me obsequió La Bruja, es cierto que sigo sin saber hacer El elefante en el Reformer. Por más que lo intente esa postura del demonio escapa a mi capacidad de entendimiento, pero es que a ver qué lagartija es capaz de hacer bien un elefante… Bueno, lo reconozco, no soy la reina de la coordinación, y seguramente el movimiento no es tan difícil como yo, nerviosa y resbalosa lagartija, me empeño en hacerlo, pero juraría que uno iba a estas clases a aprender, no a que te riñan por no saber y por ser torpe, o por no ser hombre, que también…

El colmo de los colmos ha llegado cuando estábamos haciendo un estiramiento del psoas. Resulta que Naachooo como buen poste de teléfonos que es carece totalmente de flexibilidad, con lo cual mientras yo me estiraba tranquilamente con un pie sobre la barra y el otro sobre el hombro de la tabla, con los muelles bien extendidos, yo solita y sin recibir ni un simple “bien, Elsie” o incluso “bien, lagartija” de la Bruja, Naachooo era incapaz de poner el pie en alto para empezar a estirar. La Bruja ha ido al rescate y le ha dicho, comprensiva, “es que es difícil”. En ese momento, de no haber estado despatarrada sobre el Reformer seguramente hubiera estrangulado a la Bruja con mis manitas de lagartija nerviosa (y vengativa). Porque, claro, cuando Naachooo hace algo mal es porque es difícil y lo que hago mal yo es porque soy torpe, o miro donde no debo, o me muevo demasiado… Va a ser todo un problema de especies: mujer caca, lagartija, caca, hombre pasmarote guay.

En fin, tengo que buscar una salida (además de mi profesora, quiero decir). O bien me tomo una valeriana para la próxima clase, o me pinto una barba, o me tomo todo esto como unos ejercicios espirituales de renuncia a mi ego y me dejo fustigar por los “te voy a matar” e incluso me sumo a los “Naaachoo, magnífico” en plan poner la otra mejilla.
Otra alternativa tirando a radical sería hacerme una lobotomía e insertarme un cerebro de elefante. Así tendría garantizado que comprendo esa postura del demonio, y a una mala siempre podría pegarles un trompazo a Naachooo y a la Bruja y mandarles a hacer manitas a Tegucigalpa.

Qué duro es esto del deporte, por no mencionar las relaciones humanas. En fin.
Cualquier sugerencia sobre cómo vengarme de este par será bienvenida ;-)

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Ha aparecido mi volante: estaba entre el cajón y la cajonera donde guardo mis papeles.
Pero resulta que en el volante indica que se realice la ecografí­a al hombro que tengo bien.
En fin. Cuánto Míster Bean anda suelto por ahí­…

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