Imagina la cara que se te puede quedar si oyes o lees algo como lo siguiente:
Al ver el error apache el betatester ha renderizado un archivo muy pesado y todas las aplis multimedia se han caído. El técnico le ha dicho que descomprimiera, compilara y volviera a paquetizar pero al parecer el sistema le ha redireccionado a un formulario y se ha metido en un bucle…
¿Ein? Me repita, pero esta vez en cristiano.
Voy a tener que llamar a Doña Blasa para que me lo explique, con su claridad característica… eso sí ese ojo enorme que tiene me pone un poco nerviosa y ese pañuelito… Pero vamos que por comparación habla un castellano de lo más cristalino.
Si estos días has hecho como la mayoría y te has sumado a las comidas opíparas habrás experimentado la curiosa sensación de ver cómo tu energía merma y andas todo el día arrastrándote un poco como un alma en pena… Pues bien, yo antes de que me diagnosticaran la intolerancia alimentaria iba por la vida con esa sensación casi todo el tiempo, por más normalita que hubiera sido mi comida (el concepto de normal es muy relativo, ya se sabe, y si lo que tu cuerpo no procesa bien es el trigo, el arroz y el aceite de oliva la comida más normal te puede sentar como un tiro).
Por otra parte, estos días he puesto entre paréntesis parcialmente las indicaciones de mi pitonisa Lola con título universitario, porque si no la Navidad iba a ser demasiado triste, pero estoy notando las consecuencias…
Y yo me pregunto: ¿a qué mente calenturienta se le habrá ocurrido echarle canela al pan de centeno?
Menuda comida más peculiar tuve ayer cuando harta de comer tostaditas-duras-como-madera de Wasa y tortas de maíz decidí saltarme la prohibición de la levadura (pero no la del trigo) y comprar pan de centeno. No es que este pan-de-centeno-con-canela esté malo… pero con cualquier cosa salada sabe raro raro raro. De hecho imaginad comer una ensalada de rúcula con queso de cabra, almendras machacadas, aceite de girasol, vinagre de manzana y ¡pan que sabe a arroz con leche!
Para mí que la de la panadería quería ligar con el único cliente que se llevaba el pan de centeno y le puso canela que como se sabe tiene cierto efecto afrodisiaco…
En fin, con esto de las intolerancias alimentarias por lo menos no te aburres
Os contaba hace unos días que mi vida gastronómica fuera de casa desde el test de intolerancias alimentarias se parece bastante al encaje de bolillos o a un Brain Training de la Nintendo DS con recetas de cocina y cuarto y mitad de combinatoria estadística. Por suerte, la cosa mejora bastante cuando como en casa, porque puedo elegir mucho mejor los ingredientes y la forma de cocinarlos. Puedo elegir y prepararme cosas como esta:
¿Es un plato gigante para que quepan en él tres huevos y sobre tanto espacio o es que los huevos son muy pequeños? ¿Importa el tamaño? ¿Es real la realidad?
Para prevenir que surjan nuevas intolerancias tengo que cambiar de alimento cada día (lo que como hoy no lo puedo repetir hasta pasados 3 días), así que se me ha ocurrido aplicar la lógica del “Un, dos, tres” y me he preguntado a mí misma “por veinticinco pesetas cada respuesta, ¿cuántos tipos de huevos comestibles hay?” y me he contestado “de gallina, de codorniz y de avestruz”. Eso me ha hecho ganar un capitalito de 75 pesetas (que en euros no me da ni para un café, salvó quizá alguno de máquina) pero sobre todo me ha permitido ampliar mi menú.
Así que, en fin, he decidido incorporar a mi dieta los huevos de codorniz para poder tomar huevos de algún tipo más a menudo. Y la verdad es que están muy ricos, especialmente fritos y puestos sobre una torta de maíz. ¡Buenísimos! Y los de gallina pasados por agua y colocados sobre la torta de maíz son espectaculares (la yema reblandece el maíz y se queda muy tierno… umm). Cuando no puedes comer nada que tenga harina de trigo ni levadura hay que buscarse los trucos para mojar…, hasta ahí puedo leer.
Desde que el Comité Mundial de las Intolerancias Elsinoriles se pronunció en contra del aceite de oliva, el trigo, el arroz y la levadura (entre otras cosas) mis incursiones en restaurantes tienen un punto extra de reto y aventura para mí y para quienes me acompañan.
No es sólo que tenga vetadas comidas muy comunes, sino que no puedo repetir el mismo tipo de alimento en tres días. Así que en lugar de consultar la carta, hago un verdadero escaneado y análisis de contenido y lo contrasto con la chuleta en la que voy recogiendo lo comido los últimos días en el Iphone, me pregunto si el jengibre es tubérculo o rizoma y ya puestos si puedo comer rizomas (porque me han quitado también los tubérculos, por mi tipo de piel…, pero de rizomas no me han dicho nada). Cualquiera que me vea leer una carta de restaurante pensará que más que leyendo, la estoy hipnotizando…
No sé qué tal terminará mi aparato digestivo con esto, y espero que mis amigos no huyan de mí como de la peste, pero desde luego mi agilidad mental va a mejorar mucho, en plan Brain Training de Nintendo, por no mencionar lo que estoy aprendiendo sobre el reino vegetal y animal. La cuestión es que o gano agilidad mental o me van a declarar persona non grata en todos los restaurantes de Madrid tras repartir una nota en la que se lea algo como “Elsinora, esa chica que colapsa las mesas porque tarda dos horas en decidir lo que va a comer y hace preguntas extrañas sobre rizo no sé qué…”.
La cosa es que una de las primeras incursiones post-test de intolerancia fue en un sitio muy cool de Chamberí llamado Gabinoteca, en el que es costumbre pedir muchos platos pequeños de cocina imaginativa y contemporánea, cosa que agrada mucho a mi paladar pero que no facilita nada mi mano a mano con la carta. Así que cuando por fin descubrí una ensalada que podía tomar (sin tomate y sin aceite de oliva y sin ningún vegetal que hubiera tomado en los últimos tres días), un rico plato de proteína apto (afortunadamente puedo tomar todo tipo de carnes y pescados, thank Goodness; la cosa es no repetir lo ya comido en los últimos tres días) en forma de Magret de pato con kikos (que son maíz y no trigo, afortunadamente) y un entrante de gambas al ajillo, la camarera
-que parecía un sargento- nos hizo saber a mi comadre y a mí que hoy las gambas al ajillo eran en forma de carpaccio y a continuación nos explicó lo que era un carpaccio por si no lo sabíamos (se sirve crudo, dijo, en un alarde de concisión marcial) a lo que contestamos que perfecto, temiendo que con lo que nos había costado cuadrar nuestro castillo de naipes gastronómico cualquier nuevo dato lo tirara por el suelo.
La cuestión es que cuando llegaron las gambas, más que un carpaccio de gambas al ajillo aquello era una alfombra rosa-blanquecina sobre un plato cuadrado, una especie de tranchete derretido que uno tenía que ir cortando a trozos e ir comiendo sintiéndose un poco inadecuado y acuciado por cientos de dudas (¿por qué lo llaman carpaccio si es un tranchete? ¿dónde se han ido las gambas? ¿son tan trasgénicas que se han disuelto en el aire? ¿la masa blanquecina insípida que parece tranchete es ajo crudo? y sobre todo ¿a qué cocinero iluminado se le habrá ocurrido esta idea tan “brillante”?).
Al ver aquella triste planicie de color y textura indefinida sobre un plato cuadrado, mi comadre y yo bramamos contra Derrida y su rollo deconstructivo y recreamos en nuestras mentes pre postmodernas la imagen del tradicional cuenco de barro con sus gambas en tres dimensiones, y su ajito y su salsita (en mi caso de aceite de girasol, eso sí) y sobre todo su olor, mientras salivábamos como el gato Silvestre cuando fantasea con comerse a Piolín.
La alfombra de gambas con cosa blanca no es que estuviera mala, es que carecía de aroma y tenía un sabor plano, como corresponde a una alfombra, que se extendía hasta la línea de fuga sin alcanzar nunca altura suficiente para lograr el umbral de estímulo de nuestras papilas gustativas. Un desperdicio, vamos. Pero cualquiera se lo explicaba a la camarera-sargento. Y afortunadamente el restaurante no era caro y el magret de pato estaba realmente bueno… Por no hablar de la fantástica compañía, por supuesto, a quien aprovecho para agradecer su paciencia
Me ha gustado esta propuesta del blog de Elena Alemany, y hasta estoy empezando a darle vueltas a una posible continuación de la historia que propone con las últimas palabras de Steve Jobs.
Ahí está Punset con ese arma letal todo sonriente rodeado de chicas de lo más guay.
Antes del miércoles este anuncio de pan de molde en el que Punset va a visitar a unas sobrinitas naturistas de lo más cool me daba más bien igual (aunque pensaba que la gente de La Primera no podía hacer anuncios), pero desde que el miércoles le pusieron nombre y cara a mis enemigos gastronómicos directamente me da escalofríos oír como Punset dice que ese pan sólo tiene trigo, levadura y aceite de oliva. Justo los tres más buscados de mi top ten de intolerancias alimentarias. Pero ahí están las tres chavalas con un aire de lo más inocente en el anuncio para resaltar lo saludable que es el pan cuando en realidad es materia peligrosa.
Lo cierto es que para mí también son materia peligrosa los restaurantes italianos: no puedo tomar pasta ni pizza, ni tomate frito.
En otro orden de cosas, diré que de los Peta Zeta no decía nada el informe del nutricionista, pero en fin a quién le preocupan los Peta Zeta cuando no puede comer arroz, ni patata, ni nada con harina de trigo ni levadura…
Sólo faltan dos días, y diréis, ¿para qué? Pues para que se revele ese gran secreto de la humanidad consistente en saber a qué le tiene intolerancia (física) Elsinora Bonasera, alias Mister Bean, alias la menda. La intolerancia mental o moral la tengo bastante clara a estas alturas de la vida, pero no entraré en ello, que este blog es sobre todo humorístico.
Pues eso, el miércoles, por fin, el flamante endocrino, basándose en el test-que-sólo-se-hace-en-Estados-Unidos me dirá si puedo tomar Peta Zetas, ese “alimento” tan necesario para todo organismo humano que viene en sobrecitos y que al masticarlo estalla en la boca (los hay de fresa y de cola, además). Sin olvidarse de las gominolas, ¿podré seguir tomando gominolas?… Uf, pensándolo bien no sé si este test de intolerancias alimentarias va a ser tan buena idea al final…
Aunque por otra parte me da a mí que a lo mejor este test tan de vanguardia sólo incluye alimentos en el sentido tradicional y no cosas ingeribles en general (como trozos de bolígrafo o de lápiz, uñas, y otra serie de cosas mordisqueables), con lo que no dirá nada de regalices, gominolas ni Peta Zetas, de manera que dejaremos estos ricos productos en el limbo del No sabe/no contesta y como en mi sistema de cosas ingeribles todo son inocentes hasta que se demuestre lo contrario, podré seguir frecuentándolos…
Seguiremos informando (de hecho tengo a la vista alguna nueva sección para el blog; ya os contaré…).
…o quizá incluso alarmante.
He estado curioseando en la red sobre la prueba de intolerancias alimentarias que me han hecho y cuyos resultados aún no tengo y he descubierto con horror que en la lista de noventa y tantos alimentos que recoge (según esta web) no figura el chorizo… ¡acabáramos! Ni por supuesto el lomo ibérico, ni el jamón, ni el salchichón. ¿A quién se le ocurre? Saber que es una prueba diseñada en Estados Unidos lo explica en parte, pero en fin, la validez del test para España y para otros países con nuestra tradición gastronómica deja mucho que desear…
Ahí estaba el vaso de café con leche. Giré la cabeza en aquel bar madrileño con poca gente, pero nadie parecía ser consciente de lo que representaba aquel vaso humeante, y aparentemente nadie nos observaba ni al vaso ni a mí. Todo un reto y toda una incógnita, por más inofensivo que pudiera parecer a primera vista.
Y diréis ¿qué tiene de reto o de misterio un simple café con leche? Pues, hombre, si llevas nueve meses sin tomarlo porque te han “prohibido” el café y la leche, la cosa tiene su intríngulis. El hecho de que la responsable de la prohibición fuera la pitonisa Lola le quita mucha solemnidad a la cosa (sería la típica cosa que mi abogado me pediría omitir en un juicio), y quizá ponga en cuestión mi equilibrio mental (yo dudo de él a menudo…), pero no, si le hice caso es porque suelo tener ardor y el café lo agrava.
La cosa es que hace unos meses hablaba de una visita que hice a una experta naturista en busca de un remedio a mis problemas digestivos. La metodología empleada por la tal naturista implicaba un aparatejo con dos polos que hace pasar ciertos impulsos eléctricos por tu mano hasta el intestino a través de un meridiano determinado (que se inicia en el dedo corazón) y luego detecta la corriente al salir por la otra mano y calcula cuánto tarda en recorrer tu cuerpo y en función de eso determina la mayor o menor resistencia de los tejidos a ciertas sustancias (cada sustancia está representada por una determinada longitud de onda del impulso, creo recordar) etc, etc.
Entre las cosas que aparecieron en el ordenador de la Pitonisa Lola (una naturista actualizada; la tradición y las tecnologías no son incompatibles) estaban los lácteos, los estimulantes, el alcohol, el chocolate.
Hice un caso relativo a tales prohibiciones, pero con el café fui bastante estricta, de manera que llevaba nueves meses sin tomar café… ¿resistiría Elsinora aquel chute de cafeína? ¿aquel mejunge oscuro y fragante atacaría vilmente mi tubo digestivo? y más importante aún, ¿por qué, después de 9 meses decidí de repente “darme” al café con leche?
Pues porque eran las once de la mañana, estaba en ayunas y venía de hacerme un análisis de sangre para una prueba de intolerancia alimentaria seria. Con un endocrino con bata y título en la pared de clínica en barrio señorial. Vamos, que la pitonisa Lola ha hecho un máster y se ha dejado barba. Ha salido ganando con el cambio (aunque mi bolsillo ha salido perdiendo).
Así que nada, el botecito con mi sangre primero se analiza en Madrid en busca de cosas normales y la parte de las intolerancias alimentarias se analiza en Estados Unidos. ¡Cuánto mundo va a ver ese tubito rojo! Bon voyage, darling.
Esperamos noticias tuyas en unos veinte días. Pórtate bien y di que el chocolate estupendo y las croquetas y todas las frutas divinas de la muerte, haz el favor…
PS. Para quien le interese, no se me salieron los ojos de las órbitas con el café. Me tomé sólo la mitad, porque me resultaba demasiado fuerte y eso sí, el agua fresquita después del café con leche me pareció una bebida paradisiaca. El efecto de media taza de café con leche tras nueve meses sin probarlo fue una visión periférica más amplia (o como menos periférica, más “central”; digamos que los ojos estaban más activos) y un cierto ardorcillo horas después. Pero no vi marcianos ni nada. Qué decepción.
Esta mañana he ido al ambulatorio para ver si me podían sacar esta emisora de radio albanesa que tengo incrustada en el oído izquierdo desde el miércoles pasado. La emisora ésta emite por libre y en un idioma que no entiendo, y por si fuera poco, por la noche transmite misas de gallo o así, porque oigo como campanadas, muchas campanadas, como si siempre fueran las 12 de la noche; a lo mejor la emisora es de Transilvania, o algo.
Así que aquí estoy, sentada sobre un asiento morado, en medio de la sala de espera empapelada de carteles sobre la gripe A, recordando una novela policiaca que he leído durante el finde y que habla de misterios y cosas ocultas en comunidades pequeñas. En un contexto tal de lecturas policiacas, espera larga entre extraños de aire reconcentrado y al mismo tiempo ausente y poca luz, ha sido casi inevitable mirar con cierta curiosidad a los otros pacientes que esperan junto a mí y decirme a mí misma que un ambulatorio de barrio, si uno lo analiza con detenimiento, es un lugar en el que coincide un buen puñado de gente sospechosa.
Será que cualquiera sacado de su hábitat normal, y mezclado con cuarto y mitad de preocupación y enfermedad deja aflorar rápidamente su lado más siniestro (o simplemente ve cosas siniestras donde sólo hay tedio y ganas de salir corriendo), pero la cosa es que la densidad de personas extrañas por metro cuadrado me ha parecido bastante alta. Aunque debo decir, peligrosas peligrosas había pocas; la mayor parte encajaban más bien en la categoría de “irritantes”, como una pareja de sesentones que no cesaban de discutir sobre sus saludes respectivas.
Mientras buscaba inspiración para iniciar la trama inspirada en mis compañeros de sala de espera se ha levantado una pareja, él con pantalones cortos y chancletas (aunque en Madrid hoy hacía fresquito) y ella con mascarilla verde y mirada fúnebre-extraviada. El descubrimiento repentino del par de dos me ha sumido en la convicción de mi escaso talento detectivesco, porque no había reparado en los más sospechosos de la concurrencia (al menos desde un punto de vista realista), especialmente en esta época de psicosis con la gripe A. Se ve que la emisora ésa que tengo metida en el oído izquierdo no sólo hace que oiga peor y hable más alto, sino que también interfiere con la sinapsis de mis neuronas. También es posible que me haga pensar en albano-kosovar y que con la traducción llegue tarde a todo.
Sea como fuere, la pareja ha actuado como los sospechosos más sospechosos. Diversas personas en bata los han estado mandado cortés pero fríamente de una consulta a otra, los han hecho bajar a recepción y al final mi médica les ha terminado recibiendo, pero en otra consulta, no sin antes decirme: “Elsinora, ahora estoy contigo”. Lo ha dicho, ha cerrado su consulta con llave y se ha metido con la pareja sospechosa en otra consulta (¿una con micrófonos? ¿o bien una a prueba de virus de rápida expansión?).
La señora de la mascarilla, además, a veces reaparecía sin mascarilla y con una leve cojera.
A todo esto los minutos iban pasando y me empezaba a doler la espalda de estar tanto tiempo sentada. Las sillas de plástico no son el colmo de la comodidad, por una parte, y por otra las esperas de los médicos me ponen nerviosa, así que me he puesto de pie y he buscado un rinconcito donde no estorbara para caminar un poco. He hecho algunas respiraciones profundas y luego, como no había mucho espacio para caminar, he pensado que era una buena oportunidad para practicar una técnica de meditación sobre la que acabo de leer que consiste en dar doce pasos lo más despacio posible, siendo consciente de cada movimiento y luego dar la vuelta y retroceder del mismo modo.
Y bueno, en fin, he realizado mi experimento sólo un par de veces, porque la concurrencia parecía cada vez más interesada en esa estrambótica tipa que era la única que estaba de pie y se entretenía en dar pasitos como Chiquito de la Calzada versión zen. Como aún no soy capaz de meditar entre “gentiles”, que encima son sospechosos, he tenido que parar, porque aquello, como decía el bizcochito de Ally MacBeal, me turbaba.
Al poco ha llegado mi turno (supongo que para alivio de mis compañeros de sala de espera; o quizá para su aburrimiento) y mi médica ha abierto la llave de su consulta para mí y nos hemos metido. Le he contado mi problema, sin referirme a la radio albanesa ni a las campanadas nocturnas sino con vocabulario más empírico, comprensible para una médica de familia y que no despertara sospechas sobre mi salud mental ni atrajera el interés de los posibles escuchadores de micros en ambulatorios de barrio y mi doctora ha cogido un instrumento para hurgar en mis orejas con aire de saber lo que se hacía.
La derecha le ha parecido bien (cosa normal, viviendo en Chamberí) y ha descrito a la inquilina esférica como una bola normal de cerumen pero al observar la izquierda ha dicho que había una bola de tamaño muy considerable que no dejaba ver el tímpano. Al oírlo (por el lado derecho, claro), no sé por qué me he imaginado una bola grande de chocolate blanco incrustada en medio de un valle, como si fuera una especie de meteorito blando que fuera atrayendo las pequeñas masas cercanas hacia él (léase las gotas de líquidos para deshacer tapones que he estado echándome estos días). La cosa es que las pendientes del valle son la parte interna de mi oído medio y las aproximaciones de la bola al tejido resultan bastante molestas en cuanto uno se sale de la metáfora.
Así que la doctora, ajena al drama desencadenado en mi oído medio y con aire de lo más normal me ha dado un volante para pedir cita para una extracción y me ha indicado que debo aplicarme unas gotas cada ocho horas para ir ablandando la esfera famosa. “Te darán cita para dentro de dos o tres días”, me ha dicho, pero al consultar el volante, el tipo de la ventanilla me ha dado fecha para el día siguiente.
¿A qué vienen esas prisas si todo es tan normal? Yo creo que la doctora ha apuntado algo sobre la emisora y las campanadas y que en realidad la cita es para desactivar el microchip extraño que me ha metido por error alguna persona del ambulatorio que me viene siguiendo desde hace días, pero que no consigo identificar. A lo mejor son los viejos esos que discutían… una buena tapadera esa de ir de matrimonio cansino y discutidor, ¿no te parece? Es la típica escena que uno intenta olvidar… Y bueno como todo empezó en la piscina, quizá debería buscar allí. Además recuerdo que una compañera de clase, que andará por los setenta tacos precisamente y que había faltado a clase los días anteriores , me comentó que ese día encontraba el agua muy turbia… y me preguntó si no estaba de acuerdo. Seguramente era una señal, pero como yo aún no estaba metida de lleno en las novelas policiacas y demás no lo pillé y me limité a contestar que más o menos como siempre.
[Esto, como los lectores más fieles y avispados habrán descubierto es una "redifusión"; el tema de las conspiraciones y los problemas de oído vuelven a estar de actualidad en mi macromundo y mi micromundo, así que me ha parecido pertinente rescatar este artículo y echarnos otra vez unas risas]
Como el tiempo es propicio al piscineo (y a ir a la playa para los privilegiados que la tengan cerca), recupero este post de temporada estival que espero que os deje una sonrisa en los labios para empezar el “finde” con buen pie.
Una piscina pública de verano en una ciudad del interior es la máxima entropía. Una playa muy concurrida también lo es aunque en menor grado, porque al fin y al cabo la parte que tiene de naturaleza impone un cierto orden (natural): es natural que haya arena, es natural que haya olas, es natural que haya peces… y esta naturalidad (contaminada, si se quiere, asfixiada por la urbanización salvaje en las zonas costeras incluso) compensa en cierta manera por todo lo demás, mientras que en una piscina pública en pleno agosto y en pleno Madrid todo es accidental o artificial o entrópico.
Estas cosas pensaba yo mientras trataba de encontrar un hueco para mi toalla y mi mochila bajo un sol de justicia en la piscina de El Canal un día cualquiera de la semana pasada. Me habían dado el número 13 a cambio de mi percha con ropa, pero como no soy supersticiosa no lo tomé como un presagio de nada. Extendí la toalla sobre el suelo, la crema sobre la piel y mi cuerpo sobre la toalla (la teoría lingüística comparativa dice que en español las partes del cuerpo o el cuerpo en sí no precisan de adjetivo posesivo, me habrá poseído el espíritu del espanglish). En seguida el bikini se puso a tono con la entropía del lugar y decidió descolocarse cada pocos segundos y hacer surgir de la nada unos michelines que yo nunca había tenido y que por supuesto no se correspondían con cierta fijación con los gusanitos y los helados. Por más que estirara y recolocara aquella cosa no había manera de disimular esas extrañas incorporaciones, así que aplicando mis conocimientos anatómicos sobre medicina china, meridianos y demás, decidí que lo mejor era permanecer tumbada. Vuelta y vuelta, mano a mano con el bikini y surge en escena el humo de la tipa de al lado. Huyendo del humo me tiro al agua sin gafas y sin gorro y sin tapones sintiéndome rara o poco preparada porque durante nueve meses al año no entro a la piscina sin ninguno de esos elementos. El agua no escuece demasiado los ojos pero al pelo le va la entropía y me ciega. La parte de arriba del bikini no combina bien con un estilo de natación vigoroso, por más que sea un bikini Speedo (de los que la FINA nunca prohibirá), o quizá es que me lo he atado mal y tengo que reprimirme las ganas de recolocarlo cada tres segundos porque así no hay quién nade y menos en medio de los adolescentes chillones, los niños tirándose a bomba y las parejitas besuconas que surcan el agua. Menudo estrés, así no hay quien se relaje para flotar bien.
Descubro que han aislado dos calles mediante corcheras supuestamente para nadar. Ilusa de mí, o gobernada por una nube de neuronas entrópicas, intento nadar por una de ellas, hasta que me rindo a la evidencia de que lo no puede ser no puede ser y además es imposible: la gente ha interpretado que las corcheras son para jugar, saltar sobre ellas, bucear bajo ellas o para hacer vida social.
Abandono la zona de nado y nado un poco por la zona de no nado. Esta agua es defectuosa, algo le pasa, me digo, porque no termino de sentir que floto bien, porque en cuanto doy cuatro brazadas deja de cubrir o aparece alguien o me tropiezo con objetos flotantes no identificados de tacto inquietante.
Salgo de la piscina y me tiendo junto a la tipa fumadora. De nuevo inicio las negociaciones con la rebelde braga del bikini que va por libre y cuando consigo una tregua me relajo. Empieza a hacer demasiado calor, así que es hora de otro chapuzón. Esta vez pienso ir preparada: me hago una coleta y me pongo las gafas. He ajustado mejor la cuerda del bikini, de hecho creo que el nudo me va a perforar una vértebra cervical, pero me digo que no se puede tener todo en la vida. Una vez en el agua, descubro que las gafas no eran tan buena idea: con una visibilidad casi perfecta bajo la intensa luz del sol no puedo evitar ir haciendo inventario de las sustancias flotantes que habitan el agua: la cantidad y la variedad de esta fauna acuática me da vértigo o quizá el vértigo lo produce el chaval que se tira en bomba a escasos centímetros de mi cabeza o la chavala que ha decidido bucear debajo de mí y de las sustancias en suspensión o el anciano que hace largos nadando de espaldas pasando por encima de lo que se le ponga por delante (y por supuesto no flotando en absoluto y haciendo mal el barrido de los brazos).
En cuanto decido dejar de hacerme mala sangre por las cosas que no me permite hacer este extraño entorno piscinil y ponerme a explorar las que sí me deja, como bucear un poco o mejorar la patada de braza, surge una voz por megafonía que nos informa de que son las 8 menos veinte y que esa voz del más allá nos agradecería que nos fuéramos para evitar aglomeraciones y bla, bla, bla. Obedezco al rato porque total, quién querría luchar para defender su derecho a estar un rato más en este charco superpoblado y caótico.
La versión supuestamente inglesa del aviso me hiela la sangre: una especie de pitufa de voz nasal y acento tirando a marciano masculla que please nos vayamos en el established time y otras cosas. El acento es extraño pero lo que más me extraña es que diga “Attention please” en lugar de “Your attention, please” que es como yo creo que debería empezar su anuncio, pero con tanta confusión como la que reina en este lugar ya no estoy segura de nada. Miro el reloj grande de la fachada y veo que en él son las 6 y media. No entiendo nada, porque recuerdo que compré la entrada poco antes de las siete con el temor de que a esas horas no me dejaran entrar, pero en fin, se ve que no tienen problema en venderte una entrada a las siete menos diez y luego echarte del agua a las ocho menos veinte. Y que tampoco tienen problema en tener un reloj con la hora equivocada.
Mi bikini rebelde y yo nos quedamos secándonos al sol hasta las ocho menos cinco y después regresamos a un mundo donde reina un cierto orden, las zonas dedicadas a una función se respetan y los relojes, a veces, marcan la hora real y uno puede desplazarse sin miedo a que le caiga alguien sobre la chepa o a que alguien le aparezca por debajo.
Recupero este post porque un amigo anda dándole vueltas a la posibilidad de abrir un blog. Quizá este artículo le aclare un poco.
El bloguero o la bloguera va a todas partes con un cuaderno real o imaginario y va tomando notas de las cosas más tontas. También suele llevar una cámara, o un teléfono con cámara. Intenta estar al día de lo que se publica en la prensa y en otros blogs y sites. El resto de la humanidad cena y ve la tele, él/ella no, él/ella cena, ve la tele y piensa qué parte de lo que está viendo dará para un post con miga o al menos divertido. La gente tiene amigos y vecinos, el blogger tiene personajes o lectores. El blogger está muy interesado en ver cómo otros bloggers enfocan las cosas de las que él habla. El blogger habitualmente es alguien pelín compulsivo en general y con la comunicación y las tecnologías en particular (incluso aunque su dominio de la informática sea muy limitado, se apañará para aprender lo que necesita). Es de los que saca fotos compulsivamente, o escribe emails igual o se tira horas al teléfono o es adicto a los SMS. Cuando se le ocurre algo no puede esperar, lo tiene que escribir, lo tiene que contar, lo tiene que plasmar en una foto. No cree mucho en el mañana, sino en el ahora mismo. Es impaciente y curioso por naturaleza. Tiene sus propias ideas sobre qué es un buen título, qué es un texto divertido y qué es tener algo que contar, ideas que con frecuencia sólo comparte el cuello de su camisa. El blogger habitualmente ha estado enganchado a un blog como lector y tiene su vena voyeur y su vena exhibicionista.
Por más que sus intereses sean misceláneos, el autor de una bitácora suele tener un estilo definido que le produce un cierto confort pero a la vez le encierra, le encorseta. Dice que no le importan las visitas, pero como tenga acceso a un contador lo mira con frecuencia y por supuesto saca sus conclusiones sobre qué cosas son más leídas y cuáles menos. Aborrece el spam con toda su alma, por dos motivos, porque le invade su bandeja de entrada y porque le usurpa el sitio a un comentario de verdad, que es lo que él busca (comentarios, mi tesoro). En el resto de facetas de su vida puede ser más o menos perfeccionista, pero en lo que se refiere al blog ha aparcado este alto estándar de exigencia para sobrevivir: un artículo diario difícilmente va a ser estupendo. Aunque no quiera, tiende a imaginarse cómo son sus lectores basándose en comentarios esporádicos y aunque no quiera, estos lectores de perfil imaginario y los amigos que sabe que le leen influyen en lo que escribe y en cómo lo escribe, en una reinterpretación muy peculiar del lector implícito.
El blogger puede haber sido alguien que siempre ha querido ser escritor o periodista, y que incluso lo ha sido. El blogger no sabe cómo ha podido vivir sin ADSL, wireless y tarifa plana tanto tiempo. Es la reencarnación del tipo del chiste de Claudia Schiffer: ése en que cuando ésta se le ofrece corre a contarselo a sus amigos en lugar de rematar. El blogger hace lo mismo: si le pasa algo muy bueno o muy malo, en lugar de disfrutarlo o buscar la manera de salir de ello se entretiene en imaginar cómo lo va a contar al día siguiente.
El tiempo transcurre de una forma muy peculiar para el blogger. No es sólo que tenga que postear compulsivamente, sino que la mañana en el trabajo se le hace eterna hasta que tiene un hueco para mirar si ha recibido algún comentario. El blogger es un tertuliano nato, un hombre del Renacimiento o al menos se lo cree: le interesa la actualidad, la fotografía, el diseño, los viajes… Moja en todas las salsas en su blog y en los ajenos. Y es curioso porque con frecuencia odia a los tertulianos de la tele que hablan sin saber de lo que hablan. Pero es que él si sabe de lo que habla… su trabajo le cuesta estar al día…
Si te gusta escribir o conoces a alguien a quien le guste ya puedes ir tomando nota porque ya no queda casi nada para el originalísimo concurso Javier de Mier. Es el 18 de junio. Aquí tienes las bases completas. No te lo pierdas y dale difusión si conoces a alguien a quien le pueda interesar.
XIV PREMIO DE RELATO BREVE “JAVIER DE MIER” (2011)
Primera. Podrán presentarse a este premio todos aquellos autores que lo deseen y cumplan los requisitos que se expresan en la convocatoria.
Segunda. Los relatos deberán estar escritos en español, tener más de 5 páginas y menos de 12, con treinta líneas por folio en letra Times New Roman cuerpo 12. Los originales se presentarán en hojas DIN A 4 de color blanco, numeradas y sin grapar. Se añadirá una primera hoja en la que constará el título del relato y el seudónimo utilizado por el autor.
Tercera. El original se entregará en sobre cerrado de tamaño folio de color blanco, en cuyo exterior no se escribirá nada. Dentro del sobre, se incluirá otro sobre pequeño de color blanco que contendrá una hoja con el título del relato, el seudónimo y el nombre del autor.
Cuarta. A fin de facilitar la participación en el concurso de autores no residentes en Madrid, los cuentos se entregarán también en CD /pendrive formato Word. Los participantes no residentes en Madrid pueden enviar su cuento por correo a Javier Gallego, Libertad, 7, 4º Izda, 28004 Madrid, así como a la dirección de email javierdemier@gmail.com en la fecha indicada.
Quinta. Cada participante aportará 25 € en el momento de la entrega del original. Esta cantidad constituirá la dotación del premio. Aquellos que no residan en Madrid, podrán enviar un talón por correo a la dirección expresada en la base anterior o bien hacerlo efectivo en el acto de la proclamación del vencedor.
Sexta. Los originales se entregarán el día 18 de junio de 2011 en el bar UNDERWOOD, calle Infantas frente a la calle Barbieri (zona Chueca, Madrid).
Séptima. Las copias se entregarán a los participantes el día 24 de junio de 2011 en el mismo lugar.
Octava. Este premio se caracteriza porque el jurado está formado por todos los participantes. Ninguna otra persona será admitida como jurado, a salvo de lo expresado más adelante. Cada participante votará dos relatos, entre los que no podrá figurar el suyo, a los que otorgará 2 y 1 puntos respectivamente según el orden de preferencia. La votación deberá ser firmada con el nombre de la persona que vota y el seudónimo utilizado en la presentación de su relato.
Novena. Cada participante, si lo desea, podrá nombrar a una persona que actúe como jurado popular, que emitirá su voto según las mismas normas que las establecidas en la base Octava, sin poder elegir el cuento de quien le ha designado. Esta votación tendrá valor informativo y no será vinculante excepto en el caso de producirse un empate en el cómputo final, en cuyo caso se sumarán los votos otorgados por el jurado popular a los cuentos que hayan resultado ganadores.
Décima. La puntuación se entregará en sobre cerrado el día 9 de julio de 2011, en el curso de una fiesta celebrada en la calle Libertad, 7 4º Izda. En este día, será proclamado vencedor el cuento que haya recibido más votos según lo establecido en la base anterior.
Undécima. La participación en este concurso supone la aceptación de estas normas.
El otro día os contaba sobre el superpoder de mi madre para dar nombres alternativos a fenómenos como Twitter. La cosa no queda ahí porque tiene en su haber otros bautismos más claros en su intención: el “Gran Hermano” de Mercedes Milá se llamaba muy oportunamente “La casita de la bruja”; el programa de cine de José Luis Garci (llamado “¡Qué grande es el cine!”) recibía el nombre de “Los magistrales”, dado que el 90% del tiempo lo dedicaban los contertulios a declarar que tal escena era “magistral, magistral” o lo magistrales que eran las piernas de Cyd Charisse y Tómbola era por supuesto “Los maleducados”. Lamentablemente ahora creo que pocos programas se libran de pertenecer a la categoría “maleducados”, cuando no ingresan directamente en la categoría “juzgado de guardia”.
Pero en fin…
Mi madre tiene un don para poner nombres a las cosas nuevas. Ahora le ha dado por llamar a Twitter, Trivium. Como muchos de vosotros recordaréis, Trivium era un compendio del saber esencial en las épocas clásica y medieval y constaba de Gramática (según la Wikipedia: ciencia del uso correcto de la lengua, ayuda a hablar; en 140 caracteres, en este caso), Dialéctica (ciencia del pensamiento correcto; ayuda a buscar la verdad; las noticias que se “microbloguean” en Twitter deben ser veraces) y Retórica (ciencia de la expresión, enseña a “colorear” las palabras; si tus tweet no son atractivos estás perdido).
La cosa es que uno no sabe si emplea una metáfora para señalar que Twitter recoge lo esencial del saber contemporáneo o simplemente está siendo sarcástica (qué arte de la retórica cabe en un texto de 140 caracteres con espacios poblado de signos tipo #, abreviaturas infernales RT, FF, @ o qué dialéctica puede haber en “Desayunando chocolate con churros”).
Mi madre sugiere además que el Quadrivium llegará cuando el Twitter sea en 3D. El Quadrivium completaba el estudio de las siete artes liberales en la época medieval con disciplinas basadas en la matemática (aritmética, geometría, astronomía y música). Ciertamente la matemática en muchas de sus formas es imprescindible para las animaciones en 3D, pero en fin…
Qué elocuencia la de las madres cuando se ponen.
Para saber más sobre Trivium y Quadrivium consulta este link
Mis vecinos están de obras. Ayer estuvieron dando unos golpazos terribles pared por medio, justo al otro lado de mi cuarto de baño. No me atreví a ducharme en ese baño por si todo el alicatado se caía sobre mí en un momento porno-ñapa de lo más lamentable, pero sí me lavé los dientes en medio de un frenesí de melodía “bakala”. La cosa era como el anuncio de Oral B de cepillos eléctricos que hacen vibrar las casas de diseño de los vecinos, pero al revés: mi cepillo manual y toda yo vibrábamos al son de los martillazos.
Por la tarde los ocho sacos de cascote del descansillo daban fe del destrozo que habían perpetrado durante todo el día y demostraban que no exagero un ápice.
Al ver tanto saco respiré aliviada y me dije que no podía quedar nada que echar abajo a martillazos, pero hete aquí que ahora se dedican a hablar en voz baja y después dan golpes puntuales aquí y allá.
Para mí que en realidad mis vecinos andan buscando un tesoro y tanteando dónde puede estar…
Allí estaba ese mensaje inquietante dirigido a mí, en medio de muchos otros más normales:
“You are in the right weight range for your height. You should just wait for breast development becasue some women don’t start to until the turn 18. But if you want to lose weight i would try doing crunches etc because that would reduce fat in concentrated areas compared to diest where you lose fat all over.”
Lo he reproducido tal cual, con erratas. Ahora traduzco:
(Querida Elsinora) Estás en el rango de peso correcto para tu altura. Deberías limitarte a esperar a que se desarrollen tus senos porque algunas mujeres no empiezan hasta los dieciocho. Pero si quieres perder peso (¿no habíamos quedado en que estaba en el rango correcto?) yo intentaría empezar a hacer fondos y demás porque eso reduciría la grasa en determinadas áreas contrariamente a la pérdida de grasa general que se da con las dietas.
Dada mi edad y condición no sé cómo encajar estas revelaciones respecto a mi anatomía. Mi no entender at all. ¿Alguna sugerencia o propuesta de interpretación?
Se acaban ya las vacaciones de Semana Santa para muchos españoles (aunque otros tienen también el lunes) y yo no sé vosotros, pero para mí estos cuatro días de tormentas, cielos encapotados y redes encapotadas, más que unas verdaderas vacaciones han sido un malentendido.
Me explico. Un@ tenía entendido que Semana Santa casaba bien con playa, procesiones o con los viajes al extranjero. Pero la lluvia ha borrado el plan de playa y de procesión para miles de personas. Las nubes grises nos han acompañado desde el miércoles hasta hoy, en diverso grado de grisura y carácter plomizo. Y hablando de plomo se me viene a la memoria la imagen de la copa del Rey cayendo a plomo de las manos de Ramos desde lo alto del autobús camino de la Cibeles para ir a para justo a las ruedas del autobús.
Debió de ser un malentendido general (o trampantojo en este caso) porque según explicó el propio Ramos en su Twitter no es que él soltara la copa, sino que al ver tanto madridista junto la copa saltó de júbilo (cita exacta: “Buenos Días a todos amigos…!!!Lo de la copa fue un mal entendido, no se cayó…salto ella cuando llegó a Cibeles y vio tantos madridistas…”; aquí la reacción de usuarios de Twitter ).
Por otra parte, si en Semana Santa te quedas en tu ciudad y llueve, un@ tiende a pensar que una alternativa apetecible es quedarte leyendo libros o en Internet. Pero aquí el malentendido continúa y adquiere incluso tintes surrealistas.
Resulta que according to Twitter (y concretamente a Enrique Dans), “la nube”, esa super puntera red de superservidores mundiales estratégicamente deslocalizados que dan soporte a Amazon y demás han sucumbido a un evento no previsto de back-up masivos que ha hecho caer la Red. Así que quienes hemos aprovechado estos días para bucear en la Red a través del Iphone o de la WiFi nos hemos topado con una conexión a pedales en el mejor de los casos (y con ninguna conexión en absoluto a ratos). Pensábamos que era cosa del tiempo, pero era cosa de “la nube”.
Al parecer todo podría deberse a una explosión solar, pero en esta época de malentendidos lo más seguro es que no se sabe.
Siempre me han encantado la cultura y el idioma franceses, cosa que no me impide ver sus contradicciones y defectos. Supongo que más allá de que me resulte atractivo el tono y la pronunciación influye el hecho de que lo aprendí siendo muy pequeña y que su cadencia se ha quedado grabada en una zona de mi cerebro muy vinculada a las emociones. Sea como fuere, aprovechando que una amiga ha pasado este finde largo en París y me ha estado poniendo los dientes largos con sus fotos del Iphone (¿verdad C.?) desde el Louvre, un par de restaurantes y demás, y para compensar el mal tiempo de este finde en Madrid recupero aquí algunos artículos sobre un viaje a París que hice en noviembre y al final de este post encontraréis un enlace a un artículo de “El mundo today” que pone el contrapunto humorístico al glamur y la elegancia parisinos…
Como os contaba hace unos días, llevo un par de semanas tomando dieta blanda y diciendo vade retro a las bebidas con gas, las salsas y los cítricos y la cafeína. Al principio noté una cierta atracción por el tute, el ganchillo y las rebequitas, pero de repente el otro día tomando parte en un juego en el que la comunicación no verbal era muy importante todo el mundo coincidió en considerarme sospechosa habitual. Todo el tiempo me acusaban de ser una loba por más que casi siempre no fuera más que una humilde campesina (información sobre el juego Hombres lobo de Castronegro aquí y aquí). Y yo, aplicando mi lógica de “eres lo que comes” me he quedado pensando que de dónde habrá salido esta faceta y lo único que se me ocurre es que obedezca a la ingesta de mango maduro. Se ve que esta fruta tropical tiene poderes ocultos, de ahí que Paulina Rubio insistiera tanto en lo de “el mango bien madurito”. Así que, ya sabéis, si queréis pasar por loba (o por lobo) tenéis que alimentaros a base de puré de patatas, infusión de manzanilla y mucho, pero que mucho, mango maduro… (en mi caso brasileño). Haced la prueba y me contáis.
No hagáis chistes, por favor. Acabo de caer en que “Crónicas perplejas desde la Pérfida Albión” lleva algo más de cinco años en marcha. El 2 de marzo de 2006 inauguraba este blog y, ahora, a punto de terminar el mes de marzo de 2011 aquí me tenéis, al pie del cañón, en este mismo rincón de la blogosfera.
Habrá que celebrar que todo llega con un buen plato de Tikka Massala, por ejemplo. Aunque no sé si mi actual dieta de abuelita me lo va a permitir. Sea como fuere, hago un brindis por vosotros, lectores y comentaristas, y por cinco años más (a lo mejor).
¿Cómo fardar en tiempos de crisis? Elsinora ha investigado y hoy te trae un fantástico Briconsejo que hará que tu popularidad en tu entorno suba como la espuma. Si quieres ser la envidia de tu oficina estos días de sol y montañas cubiertas de nieve lo tienes muy fácil y apenas necesitas gastar. Haz como yo: el fin de semana búscate una terraza con sol, con una mesa de acero, pídete algo de beber y ponte tus maxi gafas de sol y charla relajadamente con una amiga o amigo (Simoneta fue la cómplice perfecta en este caso, ¿verdad, S?). Al rato, cuando consigas que la camarera te cobre en ese mar de mesas atestadas de gente y te levantes tendrás cara de perfecto esquiador/a: nariz, frente y mejillas y hasta la barbilla quemadas y un gran blanco en la zona de las gafas. Eso sí, ten la precaución de no exponer los brazos al sol, que el moreno Agromán te echaría por tierra tu bonita historia sobre que has pasado el finde esquiando, o sea.
Y en fin, luego es un rollo andar echándote crema todo el día, pero, en fin, o sea, ya se sabe que la fama cuesta.
Si Elsinora tuviera Facebook y esto fuera mi ventana de “Estado” habría escrito: Creativa y dispersa, de marejadilla a fuerte marejada. (Por cierto, a lo mejor me abro un perfil; me deprime la poca interactividad “visible” de este blog y quizá Facebook lo solucione; ¿alguna opinión a favor o en contra?).
Pero no iba a eso, en realidad (como decía, estoy dispersa; será la edad, mi nueva edad). Dice el proverbio que somos lo que comemos, de forma que como llevo unos días con dieta blanda por cortesía de mi estómago volcánico y tomando mis calditos sin grasa, mi puré y mis manzanillas templadas como las abuelitas fetén me pregunto cuánto tardaré en empezar a usar rebequitas de ganchillo, teñirme el pelo de azul y pasar las tardes en el bingo. De momento sólo he notado una cierta moderación en todo mi ser y como un cierto apagamiento (también atribuible al tiempo). Me tranquiliza comprobar que todavía ni el ganchillo ni el punto me llaman demasiado y además no tengo gafas para dejarlas en medio de la nariz y mirar a mis nietos por encima de ellas mientras coso, de hecho ni siquiera tengo nietos… Mejor lo dejo aquí, que me deprimo pensando en todo lo que me falta para ser una abuela feliz e integrada.
En fin, por ahora no me atrae el programa de Ana Rosa, ni el de Las mañanas de La 1, pero quizá en cuanto pasen unas semanas de cena de jamón de york con puré de patatas me apetezca ver esos programas y note al mismo tiempo cómo aumenta mi tolerancia hacia los vendedores de La Atalaya y otras publicaciones semejantes. En todo caso tengo claro que en esa transformación “abuelosa” promovida por la dieta blanda tendría que conservar la comunicación por el hiperespacio: iría al centro de día con mi microportátil y departiría largamente en plan virtual con mis alegres comadres de C (¿verdad P. R. y V.?). Pero en fin esperemos que el omeprazol y la dieta blanda obren su milagro y pueda volver a comer con arreglo a mi edad pronto.
Por más que me esfuerzo en hacer memoria sobre lo que pedí en los múltiples sitios por los que paré en mi largo sábado de vida social por las calles de Madrid no recuerdo que en ningún momento pidiera un trago de lejía o de alcohol de quemar. Pero a juzgar por los resultados, cualquiera diría que en lugar de tónica, zumos y de carne a la plancha cayeron varias rondas de disolvente con fabada y callos.
Ya no sé si es que definitivamente mi Pitonisa Lola de las intolerancias alimentarias erró el tiro por completo o si es que mi estómago es como la piel de la princesa del guisante del cuento. La cosa es que el domingo después de un largo sábado de aperitivo más comida, más café (té en mi caso), más cena (con más té en lugar de postre) amanecí como si me hubiera tragado un cactus del desierto, y como si luego el cactus reseco se hubiera incendiado formando un gran volcán. En los momentos regulares me sentía hambrienta, llenísima y como un globo y en los momentos peores el humillo del volcán o el vapor del chorrito de lejía devoraban primero mi estómago y luego el pecho y la garganta.
Diréis que soy una exagerada -y puede que lo sea en pro de la viveza del relato- pero la verdad es que albergar en el torax un volcán no tiene nada de divertido y no se lo deseo a nadie (aunque hay varias personas que se lo merecen,
De momento, mi médico de cabecera ha traducido mi escenografía desértica de cactus incendiados y volcanes en una posible hernia de hiato y me ha indicado que me dé al omeprazol, que eleve las patas de la parte de arriba de la cama 7 cm y que siga comiendo como una abuelita (es decir, evitar lo que irrita el estómago: cítricos, picantes, tomate, café, menta, bebidas con gas, alcohol, fritos, salsas, grasa) y que si no mejoro completamente vuelva en una semana para hacerme pruebas (imagino que con el equipo del National Geographic, dada la composición de mi torax).
Así que, en fin, me alejaré por unos días de los chupitos de lejía y dormiré en plano inclinado a ver si mejoro. Pero seguro que con una dieta a base de manzanilla y puré de patata con jamón de york mi vida social se va a resentir de lo lindo, ya imagino la escena:
-¿Qué va a ser?
-Cuatro cañas y una ración de calamares para mis amigos y para mí una manzanilla y una tapita de arroz blanco.
Panorama criminalístico donde los haya, pero en fin.
Una canción de la radio se alzó entre el barullo de repente. Era un tema de música disco de los ochenta que no oía desde niña.Y en ese momento tuve una iluminación. Lo normal es que las iluminaciones le lleguen a uno en lo alto de una montaña, tras semanas de ayuno, o en un viaje a las antípodas, pero a mí este descubrimiento transcendental me llegó en una habitación normalita escuchando un programa de radiofórmula, en pijama. Sea como fuere, una no descubre todos los días que un estribillo que tenía grabado a fuego desde pequeña era completamente inventado.
Cuando somos pequeños y tenemos poco vocabulario o cuando nos hablan en un idioma que no conocemos tendemos a interpretar por aproximación, cambiamos los fonemas hasta transformarlos en algo más “comprensible”. Desde este prisma, oir es haber oído ya que toda percepción pasa por el filtro de la memoria de sonidos que posee el oyente. Esto es fundamental para la enseñanza de idiomas o de música. José Antonio Marina analizaba este aspecto aunque aplicado a la vista en su libro “Teoría de la inteligencia creadora”, a partir de ejemplos tomados del baloncesto (cómo alguien que no conozca las reglas del juego y no esté habituado a ver los movimientos a gran velocidad no es capaz realmente de percibirlos ya que no los decodifica).
Volviendo a mi canción ochentera, lo que descubrí es que aquella vocecita del pasado no decía en absoluto “Las maravillas de my life”, como yo llevaba años tarareando, sino, por supuesto, “Last night a DJ saved my life” (de Indeep). Visto ahora, “Las maravillas de my life” es una combinación realmente extraña de español e inglés (una construcción “espanglis”) pero lo cierto es que este tipo de canciones nunca tienen demasiado sentido cuando uno las analiza. Lo curioso es que identificara el “my life”. Se ve que pese a ser una retaca y hablar sólo francés ese par de palabras me resultaban lo bastante familiares para reconocerlas, por no mencionar que la parte final de la frase se oye mejor por ser tónica.
Aunque dentro de los fenómenos perceptivos curiosos los más conocidos son los visuales, en el ámbito español se han popularizado bastante los auditivos gracias a la sección de “El hormiguero” de Cuatro llamada “Momentos teniente“. En ella se reproducen trozos de canciones en otros idiomas que parecen decir cosas extrañas en español. Los casos suelen ser divertidos y muy disparatados, pero haciendo memoria y sin buscar tanto es fácil recordar cosas que nos han ocurrido a nosotros en este sentido. Por ejemplo, un amigo mío solía comentar la risa que le produjo descubrir que el “ponporrutas imperiales” que cantaban él y sus compañeros en realidad era “voy por rutas imperiales”.
En el ámbito de la percepción visual son famosas las malas pasadas que nos juegan a veces la ley de la contigüidad y la de figura y fondo. ¿Quién no ha visto el famoso dibujo que puede ser tanto el perfil de una joven como la cara de una anciana, o las copas/perfil de dos personas? (más ejemplos aquí). Cada sentido parece generar sus propias claves de mala interpretación, por así decir.
A cualquier persona curiosa que se asome a la Red y a la actualidad le interesa tener una perspectiva detallada del panorama actual de la comunicación en sentido amplio. Además, dado que los blogueros somos en cierto modo periodistas (también pueden serlo los usuarios activos de las redes sociales como Facebook y Twitter), las reflexiones sobre el futuro de los plumillas nos conciernen. El post del blog de El País del 9 de marzo se ocupa de cómo deben adaptarse los periodistas a la web 2.0 y al mundo que se nos avecina y tiene mucha miga. Aquí dejo el link:
Ayer me estuvo contando una compañera de trabajo sus planes de hacer el doctorado en una estupenda universidad del centro de Londres si le conceden una beca. Para optar a esa beca necesita obtener una nota determinada en el IELTS (International English Language Testing System) modalidad Academic, es decir exactamente lo que me pasó a mí hace unos seis años para conseguir que me admitieran en G. Estuvimos comentando sobre la universidad británica y demás y me estuve acordando de un montón de detalles de mi propia aventura londinense, el aterrizaje y demás. Así que se me ha ocurrido recuperar alguno de aquellos post tan cargados de sorpresas y expectativas. Otra amiga también me ha comentado lo que supuso para ella vivir 9 meses en Estados Unidos y cuánto le gustaría darles a sus hijos la oportunidad de vivir fuera durante un tiempo.